viernes, 29 de marzo de 2013

Sobre la libertad de expresión

     En los últimos años, en Venezuela, libertad de expresión ha sido un término muy manoseado. Tanto, que uno llega a pensar que ha perdido su significado o que se ha banalizado a tal punto que es simplemente un comodín para hacer política o politiquería, según sea el caso.
        Empiezo por decir cómo interpreto el término. Circula una idea atribuida, no se si con justeza o no, a Winston Churchill que reza, palabras más, palabras menos, así: no comparto lo que usted piensa pero daría mi vida porque lo pueda decir. De ahí parte mi comprensión del término: del derecho que tenemos los seres humanos a expresarnos libremente. 
La Constitución de Venezuela recoge ese derecho así:

Artículo 57. Toda persona tiene derecho a expresar libremente sus pensamientos, sus ideas u opiniones de viva voz, por escrito o mediante cualquier otra forma de expresión, y de hacer uso para ello de cualquier medio de comunicación y difusión, sin que pueda establecerse censura. Quien haga uso de este derecho asume plena responsabilidad por todo lo expresado. No se permite el anonimato, ni la propaganda de guerra, ni los mensajes discriminatorios, ni los que promuevan la intolerancia religiosa.
Se prohíbe la censura a los funcionarios públicos o funcionarias públicas para dar cuenta de los asuntos bajo sus responsabilidades.
 Artículo 58. La comunicación es libre y plural, y comporta los          deberes y responsabilidades que indique la ley. Toda persona tiene derecho a la información oportuna, veraz e imparcial, sin censura, de acuerdo con los principios de esta Constitución, así como el derecho de réplica y rectificación cuando se vean afectados directamente por informaciones inexactas o agraviantes. Los niños, niñas y adolescentes tienen derecho a recibir información adecuada para su desarrollo integral.    
     Es decir, los venezolanos tenemos libertad de expresión garantizada en el contrato social más importante que suscribimos en 1999, siempre y cuando respetemos los límites relacionados con el derecho de los demás.Hasta ahí es casi un cliché lo que llevo escrito. Personalmente completo ese derecho con otro que me luce casi obvio (aunque está recogido en el artículo 58) pero que en este país desde hace unos años ha dejado de serlo: sostengo que los seres humanos tenemos el derecho a elegir lo que vemos o escuchamos, que tenemos el derecho de escoger a quien leemos, a quien escuchamos, qué programas de televisión vemos o qué programa de radio escuchamos, qué sitios de Internet nos interesan. Al parecer, este derecho que muchos asumíamos como natural, no lo es para quienes administran el país, sobre todo en los últimos cinco años. Me explico.
     Vi en el canal de televisión venezolano Vive un ... ¿Cómo se llamará técnicamente eso? Voy a decir lo que creo que era: un micro en dibujos animados, sin sonido, en el que se representa al fallecido Hugo Chávez, en alpargatas y con una chaqueta tricolor caminando por una campiña con árboles y un cielo azul con pocas nubes. A lo lejos se ve un rancho de bahareque y él se acerca hasta ahí. Lo recibe un grupo de personas compuesto, entre otros, por Simón Bolívar, Allende, el Che, el Negro Primero, Ezequiel Zamora,  Guaicaipuro y una señora, que asumo, representa a la abuela del ex-presidente, a quien él solía mencionar siempre con mucho amor. Cuando él se da cuenta de quiénes los reciben, se voltea a la cámara y sonríe. Ahí termina el corto. No voy a hablar aquí de todas esas cosas de semiótica que uno habla en clases, ni siquiera voy a hablar nada de intención y función del discurso. Diré que no comparto esa visión de la llegada al cielo pero quien creó el micro tiene derecho a expresar su parecer y yo lo vi porque quise.
     En ese mismo canal me atrapó un programa especial que pasaron acerca del 23 de enero, fecha emblemática para los venezolanos porque recuerda aquel día de 1958 en que los venezolanos derrocaron la dictadura de Pérez Jiménez. Ese documental se refería más que a la fecha histórica a la urbanización que cambió su nombre de 02 de diciembre, como la había bautizado el dictador, por 23 de Enero y que hoy en día y desde hace muchos, muchos años, es una urbanización combativa, revolucionaria que tiene sus propios códigos. Me alarmó que entrevistaran a representantes de los llamados colectivos y que uno de ellos ostente a la entrada de su territorio una gran pancarta que dice: "Aquí manda La Piedrita y el gobierno obedece". Me di cuenta también de que algunas de las personas mintieron en algunas cosas, por ejemplo, en el hecho de cómo obtuvieron su apartamento. Allí hablaron de adjudicación lo cual fue falso porque simplemente la gente invadió los apartamentos aún sin terminar a la caída del dictador. Pero en fin, esa es una manera de ver y vivir la realidad, y tienen derecho y recursos (del Estado) para divulgarla.
     Ocurren también situaciones francamente inauditas, insólitas y hasta vergonzosas. Es el caso de un ¿cómo le diré? Digamos un presentador que tiene un programa que se transmite diariamente en el canal oficial del Estado venezolano. Hace unos dos años, ese señor llamó, durante uno de sus programas, hijo de puta al director de uno de los periódicos más antiguos del país pero que mantiene una línea editorial opositora al gobierno. El agredido se dirigió al Tribunal Supremo de Justicia a hacer la demanda correspondiente alegando que se había ofendido a su progenitora que fue una mujer que durante más de medio siglo jugó grandes roles por la cultura del país. La propia presidenta del TSJ dictó sentencia: Hijo de puta no es una vulgaridad,  quien la dijo tiene derecho a usarla porque el contexto casi lo imponía y, en todo caso, quien tenía que haber solicitado justicia no era el hijo, sino la propia señora. Caso cerrado. Eso no es libertad de expresión, eso es una violación abierta a la Constitución, pero así andan las cosas en esta tierra de gracia...
     Otro caso. Yo nunca iría al teatro para ver una obra que se titule Orgasmos. Prefiero experimentarlos en privado; esa es mi razón. Pero una actriz venezolana presenta esa pieza desde hace algún tiempo y al parecer con bastante éxito. Tiene derecho a ganarse el pan sin más limitaciones que las establecidas por la ley:

Artículo 112. Todas las personas pueden dedicarse libremente a la actividad económica de su preferencia, sin más limitaciones que las previstas en esta Constitución y las que establezcan las leyes, por razones de desarrollo humano, seguridad, sanidad, protección del ambiente u otras de interés social. El Estado promoverá la iniciativa privada, garantizando la creación y justa distribución de la riqueza, así como la producción de bienes y servicios que satisfagan las necesidades de la población, la libertad de trabajo, empresa, comercio, industria, sin perjuicio de su facultad para dictar medidas para planificar, racionalizar y regular la economía e impulsar el desarrollo integral del país.
      Es el caso, que esta señora había reservado una locación en un hotel del oriente venezolano hace tres meses y cuando la semana pasada llegó con su equipo de producción al lugar, le impidieron la entrada al hotel y por consiguiente, la presentación del espectáculo. Las razones: el ministro de turismo en un arranque de adulación post mortem había decretado días antes que a ningún hotel Venetur podían entrar personas que no hubieran apoyado al presidente Chavez y que los gerentes estaban obligados a cumplir el decreto, no obstante, declaró a los medios que no se permitía la presentación de la obra porque el hotel no tenía artistas en su nómina. Aquí veo dos cosas: una, le están violando el derecho al libre ejercicio de la profesión a la actriz y a su equipo y, por la otra, le están violando el derecho a ver lo que le de la gana a la gente que disfruta de ese tipo de obras de teatro.
     Ya es historia harto conocida el cierre de emisoras de radio y de una planta televisiva por razones políticas. No voy a hablar de eso. Me referiré a la nueva modalidad de cercenar derechos: el acoso económico y judicial a los medios de comunicación  que acaba de dar como resultado la venta del canal Globovisión (único canal que ha mantenido su línea editorial opuesta al gobierno y que goza de gran respeto y popularidad entre la teleaudiencia), a alguien cercano al gobierno, lo que supone que a partir del 15 de abril, fecha en que ocurrirá el traspaso, los ciudadanos veremos cercenado nuestro derecho a ver lo que nos dé la gana, amén de las renuncias y despidos que vendrán afectando otros derechos a quienes dependen económicamente del canal.
     Yo soy optimista hasta límites imposibles. Estoy segura de que en este caso, no se puede hacer nada pero la arbitrariedad no va a durar para siempre. A pesar de la indignación que podemos sentir, agradezco a quienes laboran en esa planta que hayan solicitado que el traspaso se concrete el 15 de abril, fecha en la que seguramente, los venezolanos estaremos celebrando un nuevo amanecer.

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