Hoy, desde el escalón de la vida en que me
encuentro, comprendo que mi vocación es la literatura. Pero entonces yo
estudiaba en el Instituto de Cinematografía. Todos soñábamos con “salir a
producir”. Yo también soñaba con ser la autora de un guion que se rodara, que
se convirtiera en película. A mí me parecía que allí estaba la verdadera
gloria.
Cuando
era estudiante iba con frecuencia a “Mosfilm” y llevaba propuestas de guiones
que Gribánov, el editor, cortésmente las rechazaba. Él era un hombre galante,
muy bien educado. Pero cuando quien rechazaba las propuestas era una editora,
lo hacía a lo bestia. Por ejemplo, yo preguntaba:
- ¿Por qué no funciona? ¿Son pocas páginas?
- Las páginas son suficientes lo que es
poco es el cerebro.
Todavía
recuerdo el apellido de esa “delicada” editora, pero no quiero decirlo.
Resultó
que la revista “Joven Guardia” publicó mi cuento «День без вранья» (“Día sin
mentiras”), entonces, una semana después, me llamó por teléfono Gribánov y me
pidió ir a “Mosfilm”, tercer piso, oficina 24.
Estuve
una hora pintándome una flecha en el párpado superior, como Nefertitis. Esa era
la moda. Naturalmente, llegué tarde. Gribanov estaba estresado. Cuando yo
entré, se alegró y escondió ese sentimiento.
- ¿Trajo el pasaporte? – me preguntó.
En
realidad yo había perdido el pasaporte pero no me decidí a reconocerlo. Me daba
miedo perjudicarme.
- Lo olvidé en la casa, - le respondí.
- ¿Recuerda de memoria?
- ¿Qué debo recordar de memoria?
- Los datos del pasaporte.
- Los recuerdo.
- Entonces nos arreglaremos sin pasaporte.
Yo
no entendía qué estaba pasando y le pregunté:
- ¿Para qué necesita el pasaporte?
- Vamos a cerrar un acuerdo con usted.
Después
supe que a Gribánov le habían dado la orden de no dejarme ir sin firmar un
acuerdo porque otras unidades podrían sonsacarme y acapararme. Por eso Gribánov,
sin preámbulo, sacó el block de acuerdos y, sin preámbulo, empezó a llenarlo.
En
ese momento entró el director de la Sexta Unidad, Danilyantz: un armenio de
edad avanzada con cara inteligente en la que se reflejaba la experiencia.
Él
pronunció unas frases generales del tipo: estamos muy contentos, nosotros
esperamos… Después se quedó pensativo mirando por la ventana. Con toda
seguridad, en ese momento, él elucubraba en su astuto cerebro armenio cómo
engañarme. Yo era estudiante y no estaba al tanto de las tarifas así que ¿por
qué no engañarla? Él pronunció una cifra: más baja que el nivel más bajo. Tres
veces más abajo.
Yo
quedé aturdida. La suma que me ofrecía me parecía astronómicamente enorme.
Irreal. Era el costo total del carro «Победа» (“Triunfo”).
Yo
firmé el acuerdo. Me fui a la dacha. Allí me esperaba mi familia: mi esposo y
mi pequeña hija.
Le
enseñé el acuerdo a mi esposo. Él se enfurruñó. Cuatro mil rublos era su sueldo
de dos años. Tenía que trabajar como esclavo dos años, además, sin comer ni
beber, para tener esa cantidad de dinero.
Cuando
el dinero entra en la familia es prosperidad. Pero quien debe garantizar la
prosperidad es el hombre, no la mujer. En eso de que el dinero lo gana la mujer
hay algo que rompe el balance. El esposo como que deja de ser el jefe de la
familia y no puede mandar. Puede mandar, claro que puede, pero nadie le hará
caso. En jefe se convierte el dueño del dinero. Y quien es el dueño, se porta
como un descarado. Yo me había dado cuenta de eso en otras familias.
Nosotros
estábamos comenzando nuestra vida. Dormíamos juntos, nos dábamos calor
mutuamente, amábamos a nuestra pequeña hija por encima de todo en el mundo. Yo
no iba a ser una descarada. Lo importante era que hubiera prosperidad, ahora,
quién la garantizaba ¿no daba lo mismo?
Mi
esposo era inteligente, guapo, de buena familia. A mí me gustaba verlo y
escucharlo. Pero de todas maneras su posición se tambaleó.
En
Occidente un ingeniero es un hombre próspero. Pero la situación de un ingeniero
en nuestro país es inferior a lo más bajo. Ese fue el país que nos tocó y esa
era la época.
Mi
esposo vio el acuerdo y lo puso en el alféizar de la ventana.
- Me quiero lavar el cabello. Échame el
agua, - le pedí yo.
Él
calentó el agua en un balde y empezó a echarme agua con un perolito.
Yo
estaba de pie con la cabeza inclinada sobre el lavamanos, desnuda hasta la
cintura. Estaba erizada. La espalda me temblaba ligeramente, como a los perros.
- ¿Tienes frío? - preguntó mi esposo.
- No.
- ¿Y por qué estás temblando?
- No sé.
Estaba
en shock de la felicidad. Yo había logrado salir a la producción. Haría una
película. Ahora estaría con Símonov en el mismo nivel. No de igual a igual,
claro, pero es lo mismo: el es escritor y yo soy escritora.
Una
alegría tan grande también es estresante, con signo de plus. Por eso el
organismo reacciona. Por lo visto, se desecha la adrenalina. Yo temblaba.
Comenzaba una nueva vida. Que comenzara con la cabeza limpia. Me envolví el
cabello en una toalla.
Mi
esposo y yo salimos, y nos sentamos en el porche. Nos quedamos en silencio,
disfrutando la tranquilidad. Mi esposo estaba triste.
Yo
entré a una nueva vida como si hubiera aterrizado en otro planeta. Allí todo es
interesante, hay talentos, hay otro nivel de libertad. Allá me seleccionarán y
él se quedará sin mí. Pero yo no le tengo miedo a nada. Yo me abrí paso hacia
la puerta del cubículo del Papa Carlo, igual que Buratino (1), y la llave de
oro la tenía apretada en mi puño.
Entonces,
me asignaron un director. Era egresado del Instituto de Cinematografía. Andrei
Ladynin, hijo de Ivan Pyryev y Marina Ladynina.
La
generación actual probablemente no recuerde esos nombres. Iván Pyryev era el
dueño del cine, amante del poder, el chivo más importante en el rebaño
cinematográfico. Marina Ladynina, su
esposa, una belleza, estrella de los años treinta. Pero... “Llegaron otros
tiempos, aparecieron otros nombres”. Se
vengaron de Pyryev por el éxito pasado y por el poder actual. En nuestro país
siempre pasa lo mismo: quien ayer fue todo, hoy nada debe ser.
Ladynina
tampoco volvió a figurar. Pyryev tenía una esposa nueva.
Andrei
Ladynin andaba sobre piernas débiles, andaba pensativo, como en el otro mundo,
encendiendo fósforos todo el tiempo. Tenía los dedos marrones por la cera de
los fósforos. Cuando se sentaba, enrollaba una pierna sobre la otra. Yo decía
que “tejía una trenza con las piernas”. Lo molestaban las “sombras de los
antepasados olvidados”. Andrei era un hombre dulce, tierno pero todo el talento
para dirigir, lo tenía su padre Iván Pyryev. A Andrei no le tocó ni una gota.
No
sé cuál sería su vocación. A lo mejor había nacido para ser biólogo, o aviador,
o médico. No lo sé, pero director de cine, no era. Eso, a él, no le interesaba
absolutamente para nada. No sabía cómo acercarse a un guion y yo tampoco sabía.
Esa era mi primera experiencia. Nos sentábamos uno frente al otro y ambos sufríamos.
Iván
Pyryev sospechaba que Andrei no tenía talento para esta profesión. Tal vez por
eso una vez me llamó a su oficina en “Mosfilm” y me preguntó:
- ¿Qué piensa usted de mi hijo?
Por
poco meto la pata y le digo lo que pensaba, pero me contuve a tiempo. Por más
que sea, trabajamos juntos.
- Es una persona interesante, - dije yo. Y
eso no era una exageración. Andrei era realmente una persona interesante en
todo menos en cine.
Iván
Alexándrovich se sinceró conmigo y empezó a quejarse de su vida, de la esposa
de Andrei que repetía: “Cuándo se morirá ese viejo…”
Yo
miraba con los ojos desorbitados a Pyryev. De lejos él me parecía todo
poderoso, como Stalin. Y ahora, frente a mí, estaba sentado un hombre viejo y
humillado, común y corriente. Tomaba té haciendo sonar la cucharilla.
Honestamente, es preferible no acercarse a los ídolos. Pyryev tenía una forma
poco común de cráneo: la nuca echada
hacia atrás, como los extraterrestres. Andrei tenía la misma forma. El talento
no le pasó al hijo, pero la forma de la cabeza sí.
Pyryev
amaba a Andrei y por eso decidió reforzar la película del hijo con los mejores.
Fueron invitados los mejores directores de comedia: Riazánov, director
artístico y Daneliya, guionista. Los soportes eran necesarios para el guion y
para la realización.
La
editora, Nina Skuibina, le mostró el guion a Daneliya. Él estuvo de acuerdo. Me
invitó a su casa para conversar al respecto. Nina y yo fuimos hasta Chistye
prudy, donde quedaba su casa. Abrió la puerta Meri Ilyinichna Andzhaparidze.
Resumiendo: Mérichka.
Recordé
que nos habíamos conocido en la revista “Fitil”, cuando Mérichka era directora
de cine, trabajaba en “Mosfilm”. Yo había ido para algo en “Fitil”, lo más
probable, a llevar un guion. Mijalkov y yo conversábamos con tanto interés y
alegría que a los demás se les transmitió esa alegría. Todos sonreían, Mérichka
también. Yo la recordaba con signo de plus. Si Mijalkov estaba contento
conmigo, quiere decir que yo no era un lugar vacío.
Nos
sentamos en el estudio de Georgui Daneliya. Estudio es una exageración. Era un
cuartico de unos ocho metros cuadrados. Parecía el compartimiento en un tren.
Liuba
Sokolova, su esposa, nos trajo café con crema. Mérichka y Liuba eran
excesivamente amables, con todo su ser nos mostraban un gran respeto. Pienso
que ese respeto era más hacia Nina porque ella era viuda del gran director de
cine Vladímir Skuibin, que había muerto de esclerosis múltiple. Su última
película la dirigió acostado en una camilla, no abandonó el rodaje nunca, ni
siquiera cuando ya estaba literalmente muriendo. Eso fue una proeza.
En el estudio chiquitito, estábamos Georgui, Nina y yo hablando cada
quien lo suyo. De pronto, Nina se levantó y salió. Tomó su abrigo del perchero.
Yo salí tras ella.
- ¿Para dónde vas?
- Me voy.
- ¿Por qué?
- Él me asfixia.
Por
lo visto, Georgui era insistente, autoritario, no soportaba objeciones ni otras
opiniones. Yo no sentía nada de eso y podía soportar lo que fuera. Nina no
quería soportar ninguna presión ajena. No quería discutir, no quería crisparse.
Por eso simplemente se levantó y se fue. El caso es que ella era editora, por
lo tanto, tenía que revisar montones de esos guiones. En cambio, yo era la
autora del guion. La diferencia es la misma que hay en una guardería entre tu
hijo y otro bebé. También deseas lo mejor para el otro niño, claro, pero no
igual que para el tuyo. Nina se fue. Yo me quedé.
En esa época, a
Daneliya le habían censurado la película Hadji Murat. Le prohibieron continuar
el rodaje porque en la novela de Tolstoi se representaba como anti rusa a
Goskinó, el organismo gubernamental que dirigía la industria cinematográfica en
la URSS. Es que Tolstoi describía con repugnancia la manera en que los soldados
rusos se comportaban en la tierra de los chechenos; defecaban en el agua, por
ejemplo. Tolstoi había descrito a los chechenos con mucho mayor respeto que a
los rusos.
El
guion de Hadji Murat ya estaba listo, el casting realizado y Daneliya estaba
loco por rodarla. Pero la censuraron. Como un portazo en la cara. Él se sentía
humillado, desconcertado. Entonces se dedicó a trabajar en mi guion solo para
estar ocupado en algo. No sabía estar mano sobre mano. Él, generalmente, estaba
de dos maneras: trabajando o bebiendo. Eso sí, por turnos. Aunque se dedicaba
con pasión a una y a otra cosa.
Nos
dedicamos a mi guion. Yo tenía 28 años, Daneliya tenía 36 y su esposa, Liuba,
47. Yo llegaba a su casa a las 10 de la mañana. Me sentaba frente a él.
Quedábamos nariz con nariz. Y empezábamos a crear.
Después
de Andrei Ladynin, me parecía que yo había volado de un sótano oscuro a una
pradera florida, inundada de sol. Todas las sugerencias que venían de Daneliya
me llevaban al más sincero éxtasis y yo me reía como un niño en el circo. Toda
la casa se llenaba con mi risa. Si algo no me gustaba, yo dejaba de reírme,
fruncía el ceño inexpresivamente. Daneliya se enfurecía, pero rápidamente
cambiaba la dirección de su fantasía y, al final, entre ambos, conseguíamos la
solución necesaria. Una vez yo le dije:
- Tu aporte al guion es mayor que el mío.
Él me respondió:
- Cuando tú estás conmigo en un mismo
espacio, yo me vuelvo genial.
Tiene mucho sentido. Es posible que él,
gracias a mis reacciones, encontrara el camino correcto, así, como un barco se
guía por el faro.
A la una de la tarde, Liuba se asomaba y
decía:
- Vamos a comer…
Íbamos
a la cocina, grande y luminosa, con una ventana con forma de medio círculo y
una mesa ovalada de roble. Nos sentábamos a la mesa. Liuba sacaba del horno un
pavo dorado y me preguntaba:
- ¿Qué prefieres, carne blanca o negra?
- Negra, - respondía yo pensando que era
una elección más discreta. Pero resulta que la carne negra es el muslo, la
parte más sabrosa.
En
esa época, todos éramos muy pobres, yo también, por supuesto. Un pavo dorado me
parecía una rara exquisitez.
Yo preguntaba, con los ojos abiertos como
platos, por el asombro:
- ¿Ustedes siempre comen así?
A
mí me encantaba la cocina de 30 metros, la ventana en semicírculo, la comida,
Mérichka, el talento de Geo. Me gustaba su apartamento, hecho de libros; el
niño alto, de ojos grandes, que era Kolka, el hijo de Geo y Liuba. Me gustaba
todo. Literalmente yo aplaudía la vida de ellos.
Ahora,
aunque es un poco tarde, me doy cuenta de que el apartamento era oscuro, que
todas las ventanas daban a un mismo y oscuro lugar, que los muebles eran
viejos, que Geo era alcohólico.
El
alcoholismo es un fenómeno poco frecuente entre los georgianos porque su
cultura gastronómica incluye el vino. Toman, pero no se emborrachan. Sin
embargo, un gran talento implica dificultades. Un gran talento es la excepción
de la norma y una excepción arrastra consigo otras.
Daneliya
decía sobre sí mismo: “Por la cantidad de lo que yo he tomado, he cubierto la
norma de una pequeña ciudad europea.” Se reía para no llorar. Esa era la
tragedia de su familia. Meri lloraba inconsolable: “Yo no quiero vivir esperando
a que él muera.”
La
borrachera no es una fiesta. Pero para mí, Geo no era peor por eso. Su talento
cubría todos los defectos. Yo simplemente no los veía. Cuando nosotros
escribíamos, uníamos la imaginación y las almas, y para mí no había otro
pasatiempo. Esos fueron los mejores años de mi vida.
Terminamos
el guion de «День без вранья» (Un día sin mentiras), y lo llevamos a “Mosfilm”.
Era marzo. Había sol. Yo no caminaba, iba, flotando; me impulsaba no de la
tierra, sino del aire. Así como en un sueño que si uno se impulsa con más
fuerza, vuela. Ese era el estado de mi alma. Él iba a mi lado, con un sobretodo
claro, erguido como un oficial de la guardia blanca.
Yo
me enamoré y los ojos me brillaban cuando lo veía. Daneliya era hosco e inaccesible. Él
también se enamoró, pero obstaculizaba el sentimiento con las cuatro patas,
como un perro cuando lo arrastran al desolladero.
Después del primer guion, escribimos «Джентльмены удачи» (“Caballeros de
fortuna”). Ese era un guion para Alexander Seroi, un amigo de Geo. Lo escribimos con alegría y sin mucho esfuerzo.
La película resultó muy divertida, todavía hoy la pasan porque encierra una
especie de magia: nuestra juventud y el presentimiento del amor. El amor crecía
en nuestras almas y no se escapaba al mundo exterior. Ninguno de los dos era
libre, cada uno tenía un hijo, aunque hay fuerzas contra las que es imposible
oponerse. Un terremoto, por ejemplo, o un tsunami. Yo no podía hacer nada con
lo que me pasaba y la culpa era de Daneliya ¿Por qué tenía que ser tan
talentoso y tan increíble?
Una
vez un taxista me contó que su padre había muerto por culpa de una vaca.
- ¿Lo corneó?
- No.
- ¿Lo aplastó con las patas?
- No. Nosotros vendimos la vaca, compramos
una caja de vodka, mi papá se tomó toda
la caja y se murió.
- ¿Y qué tiene que ver la vaca?
- ¿Cómo qué no tiene que ver? – se alarmó
el chofer – Si la vaca no hubiera existido, no la hubiéramos vendido, si no la
hubiéramos vendido, no hubiéramos tenido dinero y si no hubiéramos tenido
dinero, no hubiéramos comprado el vodka. Claro que la vaca tiene la culpa.
Yo
razonaba igual. De mis sentimientos yo culpaba a Daneliya porque él no tenía
que ser el mejor de todos. No tenía que mirar con esos ojos, los más bellos del
mundo, y menos tenía que tocar guitarra y cantar con esa voz tan hermosa, algo
quebradiza, tampoco tenía que hacer aquellos acordes tan precisos que iban
directo a mi corazón.
Nuestras
relaciones se volvieron peligrosas para nuestras familias. Meri me empezó a
odiar porque ella quería que su amado nieto creciera en una familia estable,
que tuviera cerca a su mamá y a su papá. Meri se mantenía firme como una roca y
era eterna, como el universo.
Ahora
yo la entiendo porque ¿qué es el amor? Un proceso químico en el cerebro
mientras que un niño es un ser vivo y tibio que tiene manos y piernas, y una
carita angelical. Un hijo es tu inmortalidad. ¿Acaso es posible sustituir uno
por otro? Y no solo eso, con su corazón amoroso, Meri comprendía, que su hijo
enfermo necesitaba, no a la amante, sino a una madre sustituta y esa era Liuba.
A propósito, Liuba no le temía a las borracheras, al contrario, eran sus
aliadas porque cuando Geo estaba borracho, perdía la capacidad de maniobra y se
quedaba en casa, como un barco en el puerto. Y eso era lo más importante.
Mi
esposo guardaba silencio, como si no se diera cuenta. Tocar el tema hubiera
sido como quitar el anillo y liberar la espoleta de una granada fragmentaria:
en tres segundos ¡kabum! Nuestro matrimonio hubiera estallado en pedazos,
mientras que, en silencio, podíamos seguir sobreviviendo, incluso podíamos
encontrar la belleza de la tranquilidad, de la estabilidad y de nuestra feliz
hijita porque ella también necesitaba un papá y una mamá fijos, no itinerantes.
Pero
el amor no es algo inmóvil, no se queda estático en un lugar. El amor se
desarrolla, como el fruto en el vientre. Llega el momento en que debe nacer. En
caso contrario, muere.
Eso
fue lo que pasó con nuestro amor.
Escribimos
otros guiones: “Mimino”, «Совсем пропащий» (“Fracaso total”), «Шляпа»
(“Sombrero”) …
Como
guionista, yo vivía el florecimiento de mi carrera, como mujer, me sentía como
un perro encerrado. Nuestro amor se enfermó. Empezamos a discutir.
Lamento
no haber escrito nuestras discusiones. Esos eran diálogos claros y apasionados.
Debo decir que me gusta escribir mis estados de ánimo. Una vez le escribí una
carta de amor, un desbordamiento del alma. La escribí en dos ejemplares: uno
para él, el otro, para mí. Para que quedara como un recuerdo. Difícilmente yo
volvería a sentir algo parecido alguna
vez en mi vida. Es más, yo, intuitivamente, sabía que nosotros no nos
mantendríamos juntos. Simplemente lo sabía. Es todo. No hay causas que
explicar.
Creo
que lo que pasa es que tengo un ángel de la guarda fuerte. Mi ángel de la
guarda sabe dónde es mejor que yo esté. Pobre ángel de la guarda, me imagino lo
que sudó y se sofocó tratando de despegarme de Daneliya. Hasta que, en un día
maravilloso, todo se reventó, como la cuerda de una guitarra, con un sonido
penetrante y triste. Y terminó la época que se llamaba Daneliya.
Yo
me quería suicidar, pero no lo lograba. De pronto, mi hija entró en la
habitación y me preguntó:
- ¿Tú sabes saltar la cuerda?
- Sí, - le respondí.
- Enséñame.
Me tocó levantarme y enseñarla a saltar la cuerda. Yo saltaba para
atrás, con una sola pierna, alternando, primero la derecha, después la
izquierda. Mientras saltaba, el deseo de morir se disipó. Había pasado el
momento. Y, si a ver vamos, qué horror le hubiera causado yo a mis seres
queridos, por no hablar de lo que me hubiera hecho a mí misma.
Por
su parte, Merichka hubiera dicho: “Es que ella es una loca. Yo siempre lo
supe.” Y los demás pensarían: “Exacto, una loca, porque solo los que están mal
de la cabeza se pueden ir de la vida por su voluntad.”
“A
veces pasa que amas, amas a una persona y después, ¡zaz! ya no amas. Queda solo
la tristeza de tus sentimientos que habías mandado a pasear y regresaron con
los dientes rotos y la cara llena de moretones.”
Es
una cita de Tatiana Tolstaya. Imposible decirlo mejor.
Mi amor pudo salir arrastrándose debajo de los
escombros, con los dientes rotos y los moretones en la cara. Después de todo,
fue lo que hubo entre nosotros.
Hay
un mandamiento que yo nunca entendí: “No te harás un ídolo, ni ninguna
semejanza.” Yo podía entender: “No matarás”, porque matar no es bueno; “No
robarás”, también está claro. Pero ¿qué
tiene de malo crearse un ídolo? Pues resulta que es un pecado por el que tienes
que pagar. Y yo creé un ídolo de un pecador. Por eso estoy pagando.
¿Por
qué escribo todo esto? ¿Qué importa lo que le pase a cada quien en la vida? Escribo
porque enumero a las personas que jugaron algún papel en mi realización.
El
papel que jugó Daneliya fue fundamental. Nosotros creamos algunas buenas
películas, aunque eso no es lo importante para mí. Pudo ser, pudo no ser. Lo
importante es otra cosa: EL ME DIO UN TEMA. Los críticos bautizaron ese tema
como LA NOSTALGIA POR EL IDEAL.
Daneliya
llenó mi vida de amor y de sufrimiento, en diferente proporción. Y yo me tomé
esa taza completica, hasta el fondo. Después escribí 20 tomos, escribí más que
Chéjov. Todos mis libros son variaciones de un mismo tema: el amor y el
sufrimiento, el paraíso y el infierno.
Que
bueno es escribir solo sobre lo que uno ha experimentado en su propio pellejo,
sobre lo que ha pasado por el corazón.
Creo
que la gente quiere leer mis libros porque, con algunas excepciones, a cada
mujer le ha pasado algo semejante a lo que yo escribo.
Hace
poco le pregunté a Daneliya:
- Si no hubiera sido por ti, ¿sobre qué
escribiría yo? ¿De qué viviría?
Él me respondió:
- Yo estoy solo en una parte.
Puede
haber sido en broma, o no. Él está en la parte de mi éxito y de mi prosperidad.
Porque los moretones en el alma pasan. O no.
(1) Referencia a Las aventuras de Buratino, película soviética musical de
culto que es una adaptación del cuento deAlexei Tolstoi "La llave de oro o las aventuras de Buratino".