domingo, 22 de febrero de 2026

Los hombres de mi vida (II). Victoria Tókareva

     

Los hombres de mi vida (II)

      Llamé a cada uno, en ese orden. Uno declinó por arrogante, otro por dipsomanía y el tercero era Mijalkov.

-       ¿Quién es usted? – me preguntó.

-        Soy maestra, - después pensé y completé mi respuesta: -y estudiante del Instituto de Cinematografía, en la Facultad de Producción de Guiones.

     Por supuesto que mentí, pero lo hice porque tenía razones. En primer lugar, yo soñaba con la Facultad de Producción de Guiones, en el Instituto de Cinematografía, y, en segundo, porque me parecía que ser maestra era poco. Tenía que estar más cerca de las artes para que estuviéramos en igualdad de condiciones: Serguei Mijalkov es poeta, yo soy guionista.

 -        De acuerdo, - aceptó Serguei Vladímirovich. – ¿Cuando es el encuentro?

-        El martes a las dos de la tarde.

-        Llámeme el martes a las diez de la mañana para recordármelo.

-      ¡Gracias! –me alegré yo.

-        Tenga en cuenta que si levantan el auricular y no hablan, soy yo. Yo soy tartamudo.

-        Entendido.

     De inmediato sentí que era una persona encantadora. Él acababa de conversar con una maestra desconocida y se había permitido bromear con sutileza. Su voz era un poco alta, inteligente. La voz te permite escuchar tanto.

     El martes lo llamé, no a las diez sino a las diez y media. Por alguna razón yo decidí que las diez era muy temprano, que era mejor esperar un poco. Marqué el número y al instante levantaron el auricular y gritaron:

-       ¿Por qué usted no me llamó a tiempo? Yo estoy sentado esperando, yo soy un hombre ocupado.

     Me quedé pasmada porque no esperaba que el propio Serguei Mijalkov estuviera sentado en su Olimpo esperando que sonara el teléfono por una llamada de una insignificante maestra que se mueve por allá abajo, a los pies del Olimpo, rumiando hierbas como una cabra. No comprendí de inmediato que la puntualidad y el deber son principios de un aristócrata. Un aristócrata jamás hace esperar a nadie porque eso es una descortesía.

     Por extraño que parezca, una misma persona puede ser de diferentes maneras. Algo así pasaba con Mijalkov. Mis contemporáneos tenían su Mijalkov y yo tenía el mío. Yo hablo de mi Mijalkov, del Mijalkov que yo recuerdo.

     Serguei Vladímirovich llegó a la escuela para el encuentro con los niño y se sorprendió al verme.

-        ¡Ma –maestra! – se admiró él.

     En realidad, yo me parecía muy poco a una maestra porque era muy joven y vestía a la moda. Me ganaba el pan con un trabajo lindo y honrado a pesar de que hubiera podido ganármelo sin tanto esfuerzo.

     Serguei Vladímirovch comenzó a hablar frente a los niños y en ese momento una niña, que estaba sentada entre los últimos puestos, perdió el conocimiento y se cayó de la silla haciendo un gran ruido. Se produjo una pequeña situación de pánico.

Serguei Vladímirovich preguntó:

-    ¿Qué pasó?

-     ¡Una niña se cayó! – grité yo.

-    Es decir que mientras yo hablo, ¿ellos se van a ir cayendo uno tras otro?

     Serguei Vladímirovich era contemporáneo con mi mamá. Era 24 años mayor que yo. Hoy en día, esa diferencia es la norma y casi todos los hombres cincuentones se divorcian de sus esposas cincuentonas y se casan con veinteañeras. Eso hasta se puede entender. Pero entonces, una diferencia de 24 años me parecía incompatible con la vida. Para mí, Serguei Vladímirovich era como un papá y por eso empecé a pedirle cosas como: “Yo quiero participar en una película.”

     Por aquel tiempo, todas las muchachas querían participar en una película porque parecía que el cine era el camino al éxito. Además, muchas creían que era un camino corto, el más corto hacia arriba, a una vida completamente diferente donde había ropa fina, hombres famosos, caviar negro todos los días, chofer privado… Pero, lo más importante, era otra cosa. Para mí, lo más importante era que ese sería un trabajo interesante, sin Sobakin y, además, con relaciones interesantes, conversaciones profundas, otra percepción de mí misma. Las relaciones personales son también un alimento, alimento para el alma. Son el caviar negro de cada día. Yo quería con locura participar en una película y Serguei Vladímirovich llamó por teléfono a un director de apellido Roshal y me presentó. Le dijo:

-        Te va a visitar un prospecto joven y bastante curioso. Obsérvala con atención porque tal vez la puedas usar de alguna manera.

     Grígori Lvóvich Roshal era tan viejo en ese momento que la única manera en que podía usarme era en el plano creativo. Escribí algo y fui a visitarlo a su casa. La esposa de Roshal, Viera Stróieva, había sido estrella del cine mudo, una belleza sin igual, pero cuando yo la conocí, ya no era ni joven ni esbelta. Podría decirse que era la “pomposa marchitez de la naturaleza”. Sin embargo, su rostro seguía siendo hermoso y amable. La belleza y la amabilidad son cosas diferentes: la belleza viene de Dios mientras que la amabilidad viene del carácter.

     Viera Stróieva andaba en dormilona por la casa y se peleaba con el esposo tratándolo exclusivamente de “usted”.

-        Grígori Lvóvich, ¡usted es una mierda! – le gritó desde su habitación.

     Él no reaccionó. Por lo visto, estaba acostumbrado. Después ella me trajo una fresa en un plato. Aunque su pequeño nieto estaba allí y ella podía dejarle la fresa a él, ella prefirió dársela a una muchacha desconocida que había caído quién sabe de dónde y quién sabe para qué.

     Grígori Lvóvich pensaba de un modo aburrido, a la antigua, de un modo académico, por tanto, era imposible que mi creatividad se enganchara con la suya. Así que nuestro experimento literario no llegó a florecer, se marchitó.

     Grígori Lvóvich me invitó a participar en su película «Суд сумасшедших» (El juicio de los locos). Me dieron un episodio en el que yo debía interpretar a una periodista del pueblo que viajaba en una motocicleta y luchaba contra el imperialismo. Mi periodista predicaba la libertad, la igualdad y la fraternidad. En pocas palabras, era una estúpida porque la igualdad no existe y no puede existir. No existe ni en la naturaleza. ¿Qué igualdad puede existir entre un león y una liebre?

     Por fin se terminó de grabar la película y el estreno iba a ser en el cine “Rossia”.

     Yo comprendí que habían llegado mis quince minutos de gloria e invité para el estreno a toda la escuela, incluido Sobakin, para que me vieran y supieran cuánto valía yo. Para que comprendieran quién era yo y quiénes eran ellos. Invité a toda mi familia; mi esposo invitó a todos sus amigos del trabajo; mi suegra invitó a todos los viejos comunistas y a los vecinos del edificio, en fin, la mitad de la sala estaba llena con mi gente.

     Empezó la película y yo temblaba de la emoción. Pasaron 20 minutos y la periodista no aparecía. Otros 20 minutos y ni el rastro. Sobakin estaba sentado en la misma fila que yo, se asomaba y estiraba su cabeza pelirroja hacia mí lo que yo interpretaba como una pregunta silenciosa: “¿Cuándo aparece?”

     Yo no podía entender nada.

     Después se supo que se habían filmado 2700 metros de cinta, en lugar de los 2100 prestablecidos y por eso había sido necesario eliminar 600 metros. Se hubieran podido cortar algunos fragmentos, pero Grígori Lvóvich decidió que lo mejor para la película era eliminar una secuencia completa, así que, cuando hacía el montaje, agarró las tijeras y quitó todos los cuadros donde yo había trabajado, donde aparecía mi personaje. De mí quedó solo el pedazo de una pierna y la rueda de la motocicleta.

     Terminó la película. La sala se puso de pie. La mitad de la sala era mi gente. Todos voltearon para verme. Yo sentía que estaba desnuda frente a una multitud. La vergüenza y la perplejidad me quemaban. ¿Qué había pasado? ¿Cómo era posible? ¿Por qué? “No, así no se puede vivir, mejor me doy un tiro.”

     Por supuesto que no me pegué un tiro. Es más, recibí una lección de la que saqué esta conclusión: uno, jamás, puede depender de nadie. Uno tiene que ser el dueño de la situación siempre, si no cualquier desgraciado puede agarrar unas tijeras y sacarte de la fiesta directo a la vergüenza.

     Claro que Grígori Lvóvich estaba muy lejos de ser un desgraciado. Él era un hombre bueno, profundamente correcto y cálido. Lo que pasa es que el cine no tiene compasión con nadie. ¿Quién era yo para que me tuvieran en cuenta? Lo mismo le hacían a actores profesionales, los sacaban cuando hacían el montaje sin anunciarles y sin disculparse. Como se dice en ruso: cuando cortan los árboles, cae el aserrín. Es decir, uno no debe ser aserrín, tiene que ser leñador.

     Fue entonces cuando decidí ingresar al Instituto de Cinematografía, a la Facultad de Producción de Guiones para ser la escritora del guion, crearme un personaje e interpretarlo, es decir, decidí ser la única dueña de la situación. Así todos dependerían de mí y me adularían.

     ¡Cristo! Cuán errada estaba… El escritor del guion no es nadie, está en el mismo nivel que el encargado de las luces. Eso lo entendí después. Entonces estaba intentando ingresar al Instituto de Cinematografía.

     Era verano presenté las pruebas de admisión. Me faltó un punto y, por supuesto, no me aceptaron. Claro que lloré a mares y llamé a Mijalkov.

 

-        Pero si tu estudias en el Instituto de Cinematografía, -se asombró Mijalkov – Me habías dicho que en la Facultad de Producción de Guiones.

 

-  Le mentí, - reconocí yo.

     Él guardó silencio un momento y después dijo:

-  Mentir no es bueno. Ese es tu error.

-  ¿Y usted cree que he cometido pocos errores? ¿Qué le hace una raya más a un tigre?

     Serguei Vladímirovich se quedó pensativo y decidió:

-        Bueno, eso es una postura ante la vida.

 

     Mijalkov llamó al rector del Instituto. El rector revisó las posibilidades y se dio cuenta de que había un cupo. Al parecer, alguien no había llegado a tiempo, o había cambiado de opinión. Ese cupo me lo dieron a mí. Me convertí en estudiante.

     ¿Qué cambió en mi vida? Todo. Dejé la escuela y encontraron sustituta de inmediato. El batallón ni se dio cuenta de que había perdido a un combatiente. Yo, en cambio, empecé a escribir cada día una palabra tras otra inclinada sobre una hoja de papel.

     La creación es un narcótico muy poderoso. A mí no me gusta la palabra “creación”, pero no sé cómo sustituirla.

     Yo me sentaba con la cabeza inclinada sobre la hoja de papel y creaba mi mundo. Como Dios. Solo que en la hoja no había nada, era una hoja limpia en la que de repente surgía un mundo completamente habitado por personas, pasiones, confusiones, amor.

     Por fin yo había escuchado el estruendo lejano de mi tren. Salí de la sala de espera, me subí en ese tren y voy a mi destino. Por primera vez en mi vida no me sentía aburrida.

     De no haber sido por Mijalkov, yo habría seguido trabajando en la escuela. Hubiera seguido sentada al piano y los niños seguirían gritando en coro: “Estrellita ¿don deestás.”  Después tocaría cantar “quiero verte titilar”, pero como la “r” es un sonido complejo para los niños de primer grado, cantarían “quiero vee- te titilá”.

     En el cuarto grado “B” Sobakin seguiría guindando del techo. Después yo supuse que le gustaba una niña y él quería llamar la atención.

     Esa fue la época de la pobreza más brutal. En invierno yo andaba con zapatos de verano. Eran unas zapatillas blancas con un adorno rosado, o al revés, rosadas con un adorno blanco. En la suela se les abrió un hueco y por ahí se metía la nieve. Pobreza. Trabajo aburrido. Vida fracasada. Ni el amor puede salvarte. Porque para ser feliz no basta solo con el amor, para la felicidad deben converger otros factores como la salud y un trabajo creativo. He allí los tres puntos de apoyo. De esa vida me salvó Mijalkov.

Los hombres de mi vida. Victoria Tókareva

Los hombres de mi vida

 Versión: Tatiana Lugo

     A partir de este post voy a publicar aquí mis ejercicios de traducción literaria. He decidido divulgar obras de algunos escritores contemporáneos rusos que, hasta donde tengo conocimiento, no han sido traducidos al español y me parece muy interesante que la literatura rusa actual se conozca.

     Este post es para mi traducción de la novela Мой Мужчины (2015), de Victoria Tókareva. Esta novela corta (siguiendo el concepto ruso), tiene como telón de fondo la historia de la URSS a partir de los años 60 y hasta la era Gorbachov mientras Tókareva cuenta su propia historia como escritora.

     A fin de que la lectura sea más cómoda he decidido hacer entregas por partes. 

 Los hombres de mi vida

Victoria Tókareva 2015

Parte I 

Empecemos por el principio.

Yo estudiaba en la escuela N° 104, que quedaba en Vyborskaia, en Leningrado. En 1991 Sobchak, el nuevo alcalde, le cambió el nombre a la ciudad, le puso San Petersburgo, es decir, le devolvió su nombre histórico, pero en mi época, la ciudad se llamaba Leningrado. Por mi parte, yo nunca vinculé el nombre de la ciudad con Lenin, simplemente era una palabra hermosa, clara, sonora: Leningrado.

Yo era una estudiante con promedio de 10 sobre 20 y, cuando me esforzaba, podía llegar a 15; pero en mi salón había dos estudiantes sobresalientes: Liusa Kósova y Liusa Sundátova. Las dos Liusas querían ser mis amigas, competían entre sí, me celaban, Liusa Sundátova incluso lloraba.

A la profesora guía del grupo, una coja que usaba un zapato ortopédico en el pie izquierdo, le escandalizaba aquel triángulo porque para ella las alumnas sobresalientes eran algo así como generales, mientras que yo, alguien de 10 en línea, pertenecía al grado más bajo; para ella, yo era, más o menos, un soldado raso. Por eso, ella no podía explicarse que unos generales tuvieran amistad con un soldado raso o que llegaran al extremo de pelearse por ocupar el primer lugar en mi preferencia.

Hoy en día supongo que estar conmigo debe haber sido interesante porque yo era alegre y sonaba muy bien, es decir, yo podía relatar cualquier libro que me hubiera leído y todos escuchaban con la boca abierta. Al parecer, la vocación literaria se estaba formando desde entonces dentro de mí.

Liusa Kósova era muy pobre. Tenía un solo vestido: el uniforme escolar. Lo usaba todos los días y, en los días de fiesta, lo lavaba y lo planchaba. Se convertía entonces en la ropa de salir.

Liusa, ¿dónde estás ahora? Si llegas a leer estas líneas, encuéntrame. Yo no he olvidado nada. Recuerdo tus cabellos claros, ensortijados y tu boca pequeña.

Liusa Sundátova siempre decía: “Me da miedo el futuro. Tengo mucho miedo.”

En esa época, tendríamos como 15 años y en el futuro nos esperaba lo que le esperaba a todos: el amor, una familia, hijos. Todo dependía de una sola persona: de aquel con quien te encontraras y de quién fuera como persona: un claro Romeo, un depresivo Demon, o un egoísta, miserable, como Pichorin.

A Liusa Sundátova no le pasó ni lo primero, ni  lo segundo, ni lo tercero. Ella desarrolló una manía persecutoria y se lanzó desde una ventana. Pero no estamos hablando de eso en este momento.

En tercer año llegó una nueva profesora de literatura. Se llamaba Viera Fiódorovna. Era rígida y muy arrogante. No le ponía 20 a nadie. Viera Fiódorovna amaba y conocía la literatura por eso nuestro miserable nivel de quinceañeros inmaduros la ofendía. Su talento pedagógico también era único, como cualquier otro talento. Nosotros, aún siendo adolescentes, lo sentíamos y lo venerábamos.

Nosotros le teníamos miedo a Viera Fiódorovna, sentíamos en ella a un espécimen particular. Era diferente a las otras profesoras. Las otras eran simplemente señoras que habían terminado alguna carrera y trabajaban por la obligación de producir para poder vivir, mientras que Viera Fiódorovna y la literatura eran como Paganini y su violín.

Una vez, Viera Fiódorovna me pasó al pizarrón para que relatara un cuento que nos había dejado como tarea para la casa. Yo pasé al frente e hice mi relato con valentía, usando muchas palabras de origen extranjero como “progreso”, “propaganda”, “agiotaje”, “infernal” y otras por el estilo. Viera Fiódorovna dudaba de que yo conociera el significado de esas palabras, se imaginaba que yo podía simplemente repetirlas como un loro, por eso empezó a preguntarme, a hacer que yo descifrara esas palabras.

-        Prolongar…

-        Hacer que dure más, - respondí yo.

-        Progreso…

-        Movimiento hacia adelante, desarrollo.

-        Infernal…

-        Contrario a celestial

-        Agiotaje…

-        Especulación.

Por mi parte, yo no podía imaginarme cómo alguien podía usar una palabra sin saber su significado. ¿Quién podía hacerlo? ¿Un loro descerebrado? Yo respondí con seguridad y quedó claro que mi vocabulario era prácticamente inagotable. Que yo sabía muchas palabras, las conjugaba con facilidad y las relacionaba con precisión.

-        ¡Veinte! – dijo Viera Fiódorovna.

El salón quedó estupefacto.

¿Cómo era posible que a los alumnos sobresalientes les hubiera puesto 18 y a la que siempre sacaba 10, le pusiera 20?

Bueno pues, así fue. Resulta que Viera Fiódorovna tenía una gran sensibilidad para las palabras, mejor dicho, para el uso de las palabras, y por eso pudo, no solo diferenciarme de los otros estudiantes, sino destacarme. Además, a ella no le molestaba mi estatus de soldado raso.

Está claro que entonces yo no presentía una escritora en mí, pero comprendí que puedo destacarme del resto. Que puedo nadar hasta Turquía, si quiero. Lo único que tengo que hacer es entrar al agua y ¡pa’lante es pa’llá!

¡Gracias, Viera Fiódorovna!

A lo mejor hace rato usted está ALLÁ.  Desde allá todo se ve mejor, incluso mis libros. Es posible que Viera Fiódorovna vea mi nombre y apellido sobre algunas portadas y piense: “Aaah esa es la muchachita de la escuela 104, del 3ero “B”… La recuerdo… La recuerdo… La muchachita del flequillo que a primera vista no tenía nada de particular.”

Cuando terminé el bachillerato intenté ingresar al instituto de medicina. A mi me encanta la medicina y leo libros de medicina como si leyera “Los tres mosqueteros”. Yo creo que la medicina y la literatura tienen mucho en común porque las enfermedades del cuerpo son casi idénticas a las enfermedades del alma. Por ejemplo, el estado de enamoramiento se parece a un estado febril: produce alta temperatura y pasa rápido. En cambio el amor es una enfermedad crónica. Dura mucho, a veces, toda la vida. El cáncer es la enfermedad de la tristeza. La tristeza se acumula y se concentra en un solo lugar. La úlcera gástrica es el resultado de muchos disgustos. A veces quisiera decir: gente, quiéranse primero a ustedes mismos pero, al mismo tiempo, pienso que un ególatra es una porquería espantosa incluso si es alguien inteligente y con sentido del humor.

De no haber sido escritora, hubiera sido médico, además, un buen médico, pero no pude ingresar al instituto de medicina porque saqué 10 en la prueba de admisión, que era una composición; no me alcanzaron los puntos. Ironías de la vida. Por eso mi mamá andaba muy preocupada buscando dónde podía inscribirme para que yo continuara mis estudios. Y resultó que, como sobre mis hombros había siete años de estudios en la escuela de música, me lanzaron al instituto de música.

Si había algo que a mí no me gustaba era precisamente leer y escribir música, tampoco me gustaba el solfeo. No me gustaba y no sabía hacerlo. Lo que se me daba más o menos bien era la dirección. También me gustaba cantar en el coro.  El canto coral es una especie de oración porque se unen las voces y vuelan hasta Dios, todas en un mismo paquete. Cómo cantábamos… En el repertorio estaba toda la literatura sobre canto coral. Hasta el sol de hoy la música coral me conmueve; cuando escucho un coro de niños, empiezo a llorar. ¿Por qué? No sé. Será porque los angelitos envían sus oraciones y mi alma se estremece.

La música es un país mágico. Pero ese no es mi país. Yo estudié sin entusiasmo. Me aburría como un pasajero esperando un tren que no termina de llegar y no se sabe cuánto más hay que esperar. Puede ser toda la vida. Es allí donde reside la melancolía. A pesar de todo, ahora puedo decir que la formación musical enriquece la vida porque la hace estereofónica.

 Cuando salgo de viaje y llego a una ciudad desconocida, muchas veces me siento en un banco, cierro los ojos y escucho cómo suena esa ciudad. Por ejemplo, Odesa me sorprendió con un crujido apasionado: el crujido de los tranvías y el crujido de las palomas. Por doquier hay calor y pasión. “Un tranvía llamado deseo”.

La capital de Laos me recordaba la tranquilidad y el silencio. El susurro de los neumáticos sobre el asfalto shshshuk shshshuk … Las muchachas en bicicletas como estatuas perfectas: camisitas blancas, falditas azules,  piernas delgaditas sobre los pedales shshsuk shshshuk… Los empleados del hotel se dicen unos a otros: “Bo pi nian” que quiere decir: “no le pares.” Y así viven, entre shshshuk shshshuk y bo pi nian.

A algunos les puede parecer aburrido, pero en realidad es extraordinario. Nada sobra. En ocasiones se escucha un escándalo en una tienda o en el mercado. Alguien grita a voz en cuello. Significa que los rusos han llegado y conversan entre sí.

 A los 20 años me casé con un moscovita al que llevaba conociendo una semana. Él clavó sus ojos en mí, sus ojos grandes y azules. No celestes, azules como el cielo en las postales japonesas. Además, llevaba pantalones pegaditos y botines con suela de caucho blanco que, por aquellos tiempos, les llamaban “suela de sémola”. Al ver toda esa guapura, pensé: “Qué feliz debe ser su novia. Ojalá fuera yo, pero eso es imposible.” Y resultó posible. Él me invitó al teatro, todo comenzó a fluir y terminó en que yo me mudé a Moscú y nació mi hija. Lástima que solo fue una.

Cuando miro el pasado, lamento haber trabajado tanto. Mejor hubiera sido tener hijos porque justamente ahí está la felicidad. En los niños, en sus caritas, sus voces y en tenerlos cerca. Pero, como se dice: en la historia no existe el subjuntivo. Si mi abuela tuviera ruedas, fuera bicicleta.

Por aquella época terminé el instituto de música y, a los 20 años, me mudé a Moscú, a la calle Gorki, N° 24. En ese edificio quedaba el restaurant “Bakú”; qué hay ahora, no lo sé.

Me fui a vivir al propio centro de la ciudad. La energía del centro es otra cosa. Apenas pones un pie en la calle, te diluyes en el río de gente. Ya eres parte del río, empiezas a moverte como si fueras a realizar una gesta heroica y todas las demás personas andan en las mismas.

Después de tener donde vivir, el paso siguiente era conseguir trabajo. Fui entonces al Departamento Distrital de Educación Popular, allí me clasificaron como profesora de canto y me mandaron a trabajar en una escuela básica que quedaba en el fin del mundo, donde Moscú se acaba..

¿Qué era lo que yo quería? ¿Quién era yo? Nadie. No tenía contactos, no conocía a nadie, solo tenía confianza en la vida y una cintura pequeña.

La escuela en la que yo trabajaba, tenía solo un piso, era rural y era de madera. Los padres de la mitad de mis alumnos estaban en la cárcel. Cuando pienso en quién me convirtió en escritora, reconozco que fue Sobakin. Él estaba en cuarto grado, era pelirrojo y pecoso. Cada vez que yo llegaba a clase, Sobakin estaba colgando del techo. Se trepaba por la tubería de agua y se guindaba del tubo agarrándose con los brazos y las piernas.

Yo le decía siempre lo mismo:

-        Sobakin ¿para qué te encaramaste ahí?

-        Porque desde aquí veo y escucho mejor.

-        Bájate de inmediato, -le ordenaba yo.

-        ¿Por qué? ¿Estoy molestando?

-        Si tu no te bajas, yo suspendo la clase, - lo intimidaba yo

Pero era imposible suspender la clase porque me hubiera metido en problemas con el director. Sobakin seguía guindando y yo seguía de pie en una pausa terrible.

Los otros niños no aguantaban, saltaban de sus puestos e intentaban bajar a Sobakin halándolo por los pantalones. Sobakin empezaba a dar patadas, intentaba golpear los rostros con los zapatos. En la clase empezaba una verdadera guerra civil: los que tenían consciencia golpeaban a los inconscientes y viceversa. Yo me escondía detrás del piano porque me daba miedo ser golpeada por cualquiera de los bandos.

Esa historia se convirtió en el tema de mi primer relato: «День без вранья» (Un día sin mentiras). Ahora estoy obligada a repetirme porque, como quien dice, a una canción no le puedes cambiar la letra.

Yo detestaba trabajar como maestra de música. Nunca quería ir a clase. Me sentía como Kashtanka, el perro de Chéjov, sobre el cual Chéjov dijo: “Si Kashtanka fuera humana, pensaría: ‘Así no se puede vivir, mejor me pego un tiro...’ ”

Después del trabajo, yo regresaba a casa. Mi esposo me esperaba en la parada del autobús. De ahí nos íbamos al comedor donde almorzábamos sentados a una mesa que olía a trapo de cocina. Las albóndigas que tomábamos estaban hechas 80% de pan y 20% de carne; las llamábamos “sin carne también se vive”. También tomábamos schi, una sopa que, también olía a trapo de cocina. Solo los ojos azules de mi esposo iluminaban aquella miseria. Sí, miseria porque el peor enemigo del hombre es la pobreza porque lo humilla y le chupa todas las fuerzas.

Yo me sentaba agobiada, solo que no lloraba y mi esposo me decía:

-        No le pares a ese tal Sobakin, tú me tienes a mí.   Ya está.

      No, no era “ya está”. Era verdad que yo lo tenía a él, pero yo misma no me tenía. Yo continuaba sentada en la estación esperando mi tren. Pero el tren no terminaba de llegar y esa espera, simplemente, era insoportable. 

Un día el director de la escuela me llamó y me ordenó organizar un encuentro con algún escritor para niños. Al fin y al cabo, yo era la encargada del Departamento de Cultura.

-        ¿A quién invito? – le pregunté.

-        A quien tu quieras, - respondió el director. – A quien acepte la invitación.

Respiré profundo y empecé a buscar los teléfonos que pudieran servirme. Desde mi punto de vista, los escritores más reconocidos eran tres: Svetlov, Tvardovski y Mijalkov.


jueves, 24 de marzo de 2022

De la vida, la nostalgia, la guerra y la paz


      Esta fotografía recoge uno de los momentos más importantes de mi vida: el día que recibí mis títulos como Master en Filología y como Traductora ruso-español. Cerraba así un ciclo lleno de aprendizajes, sin temor a equivocarme, los  más importantes para convertirme en la mujer que soy. Un ciclo de colores, alegrías, angustias, éxitos; un ciclo de formación y crecimiento personal y profesional, un ciclo por el cual agradeceré siempre a la Vida haberme colocado allí.

     Si ven con detenimiento la foto podrán percatarse de que hay rostros que nos llevan a diferentes lugares del mundo, es decir, yo tuve el privilegio de vivir durante casi siete años en el Planeta Tierra, me llené de sus olores y sonidos, de sus colores, de su luminosidad y de sus partes oscuras.

     En esta foto estamos Ania, Suresh, Lena, Txum, Najam, Seriozha, Badé Mejeranzheli, Tania, Oleg, Daljeet, Olga Krylova, Alicia, Tatiana, María Emilia, Sasha, Volodia, Bertha, Abdel, Sushila, Abdul, Marina, Shura, Natasha, Genadii Prokofiévich, Ksenia, la Decano y el Rector, Andrei ,Ashok, Axmed, Irina, Asma, Vania, Olia, Kira Borísovna y Vera Serguíevna, Yolanda y yo en la primera fila porque mi mamá se fue a compartir conmigo ese momento tan especial y por eso también yo pude sentarme. Hay otros muchos cuyos nombres ya están borrosos (seguro no éramos tan amigos).

     ¿Por qué cuelgo esa foto después de tantísimos años? ¿Qué puede importar lo que pasó entonces?

     Pues importa. Para mí importa. Me explico. Tal vez alguien comparta mis motivos.

     En esa fotografía hay gente de diferentes países, de diferentes razas, de diferentes religiones, gente con lenguas maternas diferentes: inglés, francés, español, suajili, hindi, laosiano, persa, penjabi, árabe, ucraniano, tayico, georgiano y con toda seguridad algún otro, pero todos aprendimos a comunicarnos en ruso, el ruso fue nuestra lingua franca; en la foto hay personas con diferentes posiciones políticas ¡aunque usted o lo crea! Gente que descubrió que el mundo no termina en la puerta de su casa, gente que entendió que el mundo es de colores y que suena de infinitas maneras. En esa foto estamos un grupo de jóvenes que aprendimos no solo a compartir en armonía y paz un salón de clases, sino a compartir el pan y el vino, a tejer sueños juntos y a creer que el mundo es un lugar maravilloso, que somos privilegiados por vivir en él.

     Esa fotografía reúne a rusos, los anfitriones, pero rusos de Moscú y Siberia, de las aldeas más apartadas y de las ciudades más luminosas; digo, reúne a rusos, georgianos, ucranios, azerbaijanos, lituanos, chilenos, mexicanos, indios, laosianos, libaneses, congoleses, sudafricanos, pakistaníes, colombianos y esta venezolana. Es decir, allí está el mundo en un pañuelo.

     En esa foto también faltan dos personas: el Doctor Beloúsov y Sasha. Beloúsov era decano de la Facultad de Filología y Sasha era compañero de curso. A ambos los perdimos en 1979 cuando el gobierno de la URSS decidió invadir Afganistán para defender sus fronteras. Hasta el sol de hoy me pregunto ¿defenderlas de qué? Las explicaciones geopolíticas me tienen sin cuidado. No se afanen en contármelas porque es que yo tuve la dicha de compartir habitación en la residencia estudiantil con una muchacha de Afganistán y sé que ese país, que entonces era más bien un montón de tribus, es decir, tenía una organización político territorial diferente a lo que conocemos (y creemos que es la tapa del frasco), Gracias a Akela, Majgul, y a otras muchachas afganas que fueron mis amigas, y seguirán siéndolo por siempre en mi nostalgia, gracias a ellas supe que allí vive gente exactamente igual a tí y a mí, que aspira lo  mismo que tu y yo: vivir en paz, realizar los sueños, ver crecer a los hijos, que nunca mueran los que aman (aunque eso no sea posible).

     Es decir, si los seres humanos tenemos los mismos sueños y las mismas necesidades, independientemente de dónde hayamos nacido, en que lengua nos comunicamos, o a qué dios oramos,  ¿hasta cuándo habrá familias que reciban los restos de sus hijos, esposos, hermanos, amantes en una bolsa negra? Eso sí, con una medalla que lo convierte en Héroe de la Patria y una esquela alabando el arrojo y valentía defendiendo la patria. ¿Cuál patria? ¿Para qué sirve eso?

     Yo todavía recuerdo cuando nos anunciaron la muerte de Beloúsov defendiendo la patria. Yo quería a ese señor. Él fue mi profesor de Historia Universal en primer año, era experto en América Latina y hablaba impecablemente español. Nunca supimos porqué lo habían mandado a la guerra si era un señor con el pelo blanco que pasaba los 50. 

     A Sasha lo mandaron porque no había cumplido el servicio militar obligatorio. ¿Habrá una razón más cínica? 

     Hoy nuevamente guerra. Mi amada Rusia otra vez en guerra, otra vez mandando tropas fuera de sus fronteras para... ¿para qué? ¿en nombre de qué? Como dije antes, no me importan las razones que argumentan los políticos e infinitamente menos las que puedan esgrimir los militares.

     Me importa que todos los seres humanos estamos hecho del mismo material, que todos respiramos el  mismo aire y compartimos la misma casa, aunque cada quien la decore a su manera; me importa que todos tenemos gente que nos ama y quienes amamos y por esa simple razón deseamos que siempre estén bien; me importa que nuestra casa, la Tierra, no tiene remplazo; me importa que quiero que mis hijas y mi nieta tengan la oportunidad de VIVIR LA VIDA, de llenar sus pulmones de aire puro hasta que ya no quepa más soltarlo, sentirse en paz, luego reír. 

     


     

miércoles, 9 de junio de 2021

Dos años sin ti, mi Doña Yola

 

Alguna vez leí que el tiempo no existe, que es una invención de los humanos para orientarnos en esta experiencia que llamamos vida. Eso debe ser cierto.

El 4 de junio de hace dos años yo amanecí en casa de mi mamá porque ella estaba muy delicada de salud. Acababa de salir del hospital después de un infarto que nos mantuvo un mes en aquel lugar tan deprimente y yo le estaba brindando compañía y cuidados.

Aquel día fue raro aunque empezó como cualquier otro. Mi hermana y mi sobrina se fueron a trabajar y yo quedé a cargo. Mamá rechazó el desayuno, pero como yo insistí, aceptó un bocado. Después de eso no aceptó nada más. Yo me quise quedar sentada a su lado y ella me dejó hacer. Pero algo me impelió a salir. No puedo explicar qué, pero salí de la habitación. Eso siguió pasando. Yo entraba, la miraba y ella seguía acostada, tranquila, en silencio. Yo le preguntaba cualquier cosa y ella contestaba monosílabos o nada. Yo estaba serena, nada me inquietaba. Me mantuve afuera. De pronto sentí la necesidad de escribirle a tres de mis primos más cercanos que viven fuera de Venezuela y les conté que mi mamá se estaba apagando como una velita.

Como a las dos de la tarde, mamá me llamó solo para preguntarme: “¿Y será que estas mujeres no van a venir hoy?” De inmediato llamé a mi hermana y ella a mi sobrina. Ambas regresaron al término de la distancia.

Todo siguió igual, mamá en silencio y nosotras entrábamos y salíamos sin poder quedarnos. Algo nos lo impedía.

Como a las cinco, mi hermana le dijo a mi sobrina: “Llama a Naty.” Ni ella sabía muy bien porqué lo pidió; nadie preguntó.

Estábamos funcionando como en automático sin saber porqué y sobre todo para qué. Mi otra hermana llegó sobre las seis de la tarde.

Más o menos a esa hora en mi cabeza sonó: “Llama al servicio de emergencia para que certifiquen el deceso.” Lejos de asustarme o preocuparme, llamé. Mi mamá seguía con vida, pero yo llamé a emergencias y dije que mi mamá estaba muy débil.

Sobre las siete de la noche llegó la ambulancia y yo bajé a buscar a la doctora y al joven paramédico. Me alegró que la doctora comentara que cuando ella escuchó el nombre de la paciente, se ofreció a atenderla “porque esa señora es una abuelita muy especial, nos trató con mucho cariño cuando vinimos a verla hace unos días.”

Subimos a la casa. La doctora y el joven paramédico entraron directamente a la habitación de mami y comenzaron a examinarla. La doctora constató que estaba muy deshidratada. Le pidió al joven que le colocara una vía para suministrarle suero. Él buscaba en qué vena podía insertar la aguja. En ninguna. Con espanto le dijo a la doctora que no fluía la sangre, pero seguía intentando. La doctora estaba muda y nosotras también. De pronto mamá le dijo al muchacho: “Mijo, déjame tranquila. Yo me estoy muriendo.” Él quería salvarla. No quería rendirse. La doctora le indicó que la dejara tranquila, pero él seguía allí, hablándole suave, queriendo ayudarla. De pronto, mami simplemente volteó el rostro y se fue.

El paramédico se impresionó mucho, era la primera vez que un paciente fallecía en sus brazos. La doctora examinó a mami y constató que había fallecido. El muchacho salió de la habitación aturdido. Informó lo que acababa de ocurrir. La única que no estaba en la habitación cuando mami falleció, era yo. Entré. La vi. Era como si estuviera durmiendo. Le besé la frente y le agradecí por haberme dado la vida, por haberme regalado la libertad, por haberme acompañado durante tanto tiempo y le pedí que volara alto.

Mi hermana menor y mi sobrina se acostaron con ella en un abrazo eterno, como habían vivido las tres. Se quedaron así un rato…

Hoy hacen dos años de aquel día raro, lleno –ahora lo sé- de tanta amorosa asistencia de nuestros ancestros y nuestros ángeles, lleno de mucha Luz.

Dos años… Yo no sé si hace mucho tiempo o si hace poco tiempo. No sé cómo se mide lo que se siente.

Lo más duro es el día después. Lo más difícil es aprender a hablar en pasado del amor. Para mí todavía es difícil. Sigo diciendo: “como dice mi mamá.” Lo que más duele es pensar: “Se lo voy a consultar a mi mamá.” O “Cuando mi mamá sepa esto se va a alegrar un montón.” Y en ese momento, justo en ese momento, te acuerdas que no puedes porque ella ya no está. También duele darme cuenta de que son las tres de la tarde y no tengo a quien llamar, porque a la única persona a quien yo llamaba a esa hora era a mi mamá.  Y nos reíamos porque ella decía que cuando sonaba el teléfono a esa hora primero pensaba que era “el equivocado de las tres” y así empecé yo misma a anunciarme. Ya no más.

No creo que la muerte se supere. Tal vez uno encuentra una manera de seguir viviendo, de seguir pa’lante con alegría, con muchas ganas de seguir construyendo la mejor versión de nosotros mismos. Seguir pa’lante honrando la vida de ese ser que seguimos amando, así, en presente porque el amor se queda.

Nosotras ya hemos aprendido a reírnos de “las cosas de mi mamá”, hemos aprendido a preguntarnos: “¿Tú te imaginas lo que diría Doña Yola en este caso?” Y normalmente soltamos la carcajada en un gesto de absoluta complicidad.

Sé que venimos en manada a vivir una experiencia humana, por tanto, sé que regresamos al Padre para encontrarnos de nuevo y quizás regresaremos nuevamente a este planeta todos juntos. Quizá…

Ahora sé que mami está bien, que está como me contó mi amado Tío Nel en un sueño: “Estoy bien, pero lejos, muy lejos.” Eso es y no es verdad porque quienes se nos adelantaron, como dicen los mexicanos, siguen con nosotros en nuestros corazones, en los recuerdos, en la nostalgia, en lo que nos enseñaron, en los sueños compartidos y en los logros que nos inspiraron.

 

lunes, 31 de mayo de 2021

Vamos a echar gasolina

 3:27 am. hay que despertar. Hoy toca echar gasolina. Debemos salir antes de las cuatro para hacer la cola. 

Me levanto y aseo rápido. Mi esposo prepara sandwiches y jugo de naranja. Vamos a una excursión que no sabemos a que hora termina. Preparo café. Lleno dos tazas y un termo. También lleno un termo con agua fría. Hoy toca echar gasolina.

Desde hace tiempo, ya no sé si muchísimo o mucho, echar gasolina al carro es un viacrusis que solo comprendemos quienes lo padecemos. Dicen en Colombia sobre el carnaval de Barranquilla que "quien lo vive es quien lo goza". Algo así es echar gasolina en Venezuela.

Salimos de casa a las 3:50 am. Está oscuro, muy oscuro. La autopista no tiene iluminación. Mi esposo maneja "de oido". Conoce de memoria cada curva, cada bache. Esquiva intuitivamente los obstáculos. Vemos una larga cola de vehículos que esperan cargar gasolina en una bomba sin saber si hoy surtirán esa estación de servicio. Nosotros vamos a una que queda un poco más lejos, pero siempre recibe gasolina. Llegamos a nuestro destino. Nos toca detener el carro a unos dos kilómetros de la entrada de la estación de servicio. No puedo calcular cuántos carros hay por delante. Mi esposo lanza una hipótesis: "200 y seguramente pasaron la noche aquí en la autopista porque esta bomba trabaja hasta las seis de la tarde." Puede ser.

Decidimos dormir un rato. No dormimos. Estamos a la  intemperie. Hablamos poco. ¿De qué se puede hablar? La bomba empieza a despachar a las 6:30 am.

5: 28 am. Empiezan a cambiar los colores del cielo. De negro pasa a azul oscuro con vetas grises. Aparecen los morados y lilas y poquito a poco van dando paso a los naranjas.



6:15 am. Veo cómo el sol se va abriendo paso entre las nubes. 



Me dedico a escuchar a las aves que empiezan a cantar. Los veo saltar de rama en rama en este majestuoso árbol.



¿Para que ocuparme de la cola que no se mueve? ¿Para que pensar en lo obvio? Decidimos tomar café y comer un sandwich. Son las 6:23 am.

Ya van a abrir. Tenemos dos horas y media esperando. La cola empieza despertar del letargo y vemos que los carros que están alláaaaa adelante empiezan a moverse. Mi esposo enciende el carro y espera poder moverse. Nos movemos unos 100 metros. Encendemos la radio. La volvemos a apagar porque no hay nada grato que escuchar. Conversamos mientras tomamos jugo de naranja. Pasan vendedores ambulantes ofreciendo café e infusiones de toronjil, manzanilla y malojillo. 

Nos movemos con lentitud. Trato de concentrarme en las montañas, en las nubes, en las flores silvestres del borde del camino. Estoy cansada de estar sentada. No quiero pensar. Opto por no gastar la batería del celular, pero voy enviando fotos. Quiero hacer la cronología de este trance.

Para poder comprar gasolina subsidiada hay que estar inscrito en el sistema Patria. A través de ese portal controlan cuánto puede comprar cada quien. La compra se puede hacer cada cinco días y solo hasta por 120 litros mensuales. Es decir, unos 20 litros semanales. Es muy poco lo que se puede circular con esa cantidad. Nos vemos obligados a usar el carro solo de vez en cuando. Quienes vivimos en ciudades dormitorios la pasamos realmente mal porque también el transporte público está sujeto a si hay o no gasolina o gasoil. Los viajes interurbanos a veces están prohibidos. Una semana sí y una semana no hay lo que aquí se llama "cuarentena radical" lo que se traduce en la imposibilidad de ir a otra ciudad. Se necesita un salvoconducto además de gasolina.

9:43 am. Hemos avanzado unos 400 metros. El sol ya nos agobia. 

10:15 am. Ya divisamos a lo lejos la entrada de la estación de servicio. Ya no sé cómo sentarme. No hay mucho más que ver. Tampoco mucho más que escuchar en la radio.

11:00 am. 7 horas en cola. Estamos más cerca de la entrada. La cola dejó de moverse. Mi esposo camina hasta la entrada y pregunta qué pasa. No hay respuesta, pero puede ver que hay una cola que ingresa por otro lado y está moviéndose. Son los ungidos.

Como la gente empieza a preguntar, permiten que entren algunos carros. Nosotros quedamos a siete de entrar.

11: 15 am. Logramos entrar. Nos recibe este bucare encendido:


Me hechizan sus colores contrastantes y por un momento dejo de estar en esa cola que ya parece eterna.

Estamos en el umbral de la estación de servicio. Para entrar realmente falta. Hay como ocho carros por delante.

No se mueve la cola. Mi esposo se baja nuevamente a ver que pasa. No hay sistema. 

11:27 am. Entramos oficialmente.


Ya se divisan los surtidores, pero delante de nuestro carro hay un cono naranja. No podemos avanzar. Falta mucho todavía. Creo que llenan los tanques con gotero.

11:40. Finalmente llegamos al surtidor. Estamos a tres carros para equipar. 

11:58 am. Ya han pasado ocho horas y es justo en ese momento en que puedo pasar a registrarme en el sistema, a comprar los 25 litros de gasolina y finalmente a las 12 y algo empieza a entrar gasolina al tanque de mi carro.

Ocho horas. Un día completo de trabajo. Un drama. Un desespero que pretende convertirse en normal. Un abuso que hay quien lo ve como algo correcto y necesario para la distribución equilibrada de combustible.

¡Quien lo vive es quien lo goza!




martes, 14 de abril de 2020

Una cuaresma diferente



      Coronavirus... ¡Qué cosa! Mucha reflexión. Pienso que está hablando el planeta, que nos dice: "Quédate contigo, solo tu contigo. Obsérvate y revísate. Piensa... Transformate. Busca tu mejor versión. ¡Epa, es con
todos!"
      Sé que hay quienes están buscando culpables para castigarlos, obligarlos a pagar (¿acaso con dinero se recuperarán las vidas de quienes se fueron por su causa?), son los policías del mundo. Otros
sacan provecho, llevan a subastas mascarillas y cualquier tipo de insumos para el mejor postor; son la maquila planetaria. Hay quienes juegan al héroe y mandan legiones de médicos al mundo entero; son los
viejos superhéroes que ya no salvan princesas en torres de castillos.
      Mientras tanto, por las calles de un pueblo colombiano, se pasea un oso frontino. El silencio y la paz le permiten explorar fronteras ¿o intentar recupera sus espacios? Las aguas de los canales de Venecia se aclaran y los peces y los cisnes deciden volver a la vida, mientras la muerte hace una fiesta macabra en Italia con los humanos. En mi casa hemos vuelto a escuchar los sonidos del silencio, no la canción de Simon & Garfunkel (que también), sino los grillos y sapitos en la noche, alguna chicharra pidiendo agua y
simplemente el viento que viaja libre sin carros y gandolas por la autopista. Las estrellas se ven más claras porque no hay luces de neón.
      A ver... Yo con yo. Me gusta el silencio que siento. Me gusta ver a la gente con mascarillas y guantes. No por morbo, por Dios, sino porque entiende que la vacuna contra el virus es cada uno de nosotros, es la prevención. Me gusta que en casa hemos encontrado montones de cosas que compartir y hacer. Cosas
sencillas, básicas como jugar "stop", dominó o bailar. Cosas como que el abuelo le enseña a la nieta la calistenia que hacía cuando era niño y soñaba con ser grandeliga. Cosas como dibujar manos y pies y pegar las hojas de tres en tres para hacer con el cuerpo la figura de cada línea, reírnos cada vez que alguno cae. Simplemente hacer pan, que el abuelo aprenda y disfrute amasar el pan y hacer una fiesta con el olor que nos avisa que ya podemos comerlo.
      Tengo conciencia de la hecatombe financiera mundial, de que nadie sabe cuándo y cómo será el día después, pero tengo la certeza de que nos inspirará el amor y luego podremos contar cómo fueron estos días, hablar de los verdaderon héroes: los que trabajan sin descanso en el sector salud y en el alimentario, los héroes como bomberos. Ojalá aprendamos y esta vez escribamos la Historia como es: desde el amor.

lunes, 10 de febrero de 2020

El viacrusis de los pensionados


Viernes 07 de septiembre del 2018. 5: 12 am indica el despertador. Hora de levantarse, hay que ir al banco para cobrar la pensión. Hay que ir porque sigo sin tarjeta de débito, cambió el cono monetario y en mi monedero no hay una moneda, y menos un billete. Me ducho, me visto, preparo café y tres pastelitos de queso. Me como uno y guardo dos. Los meto en el kit para las colas: botella mediana con agua, el tentempié y, por supuesto un libro. Ese día mis manos tomaron a Coelho. Años sin leerlo. Me parece repetitivo, sin embargo las manos llegaron derecho a “El Zahir”. Bien, es necesario seguir la intuición.
Salgo de casa a las 6:10 am. Camino hasta el banco. Llego a las 6:47. Tengo manía de consultar la hora cuando salgo, cuando llego a mi destino y cada vez que pasa algo que me llama la atención. También tengo la manía de contar los escalones que subo o bajo.
La cola para entrar al banco es larga. Ocupa tres cuadras. La cola termina justo frente al patio inmenso y frondoso de la Iglesia de los Santos de Jesucristo de los últimos días (creo que ese es el nombre). A esa hora es maravilloso estar cerca de los árboles porque los pájaros vuelan haciendo sus ejercicios matinales, afinan sus gargantas, el sol es claro y suave. No hace calor. Me digo: “Bueno, será larga la jornada, pero en este momento puedes leer y disfrutar del canto de los pájaros y ver los árboles. No voltees, la basura está del otro lado de la calle.” Abro el libro y comienzo a leer desde la página cero. Me parece no haber leído nunca ese libro. Pienso que cada vez que uno vuelve a leer un libro es como encontrarse años después con un amigo querido, es el mismo y también es otro. A veces más profundo, a veces más superficial; a veces nos gusta más, otras menos. ¿Es el amigo el que cambia o somos nosotros?
8:00 de la mañana y la cola no se ha movido ni un centímetro. Sigue llegando gente. Yo sigo leyendo. No me provoca conversar. Leo:
«Y de repente, en medio de la nave central, me doy cuenta de algo importante: la catedral soy yo, es cada uno de nosotros. Vamos creciendo, cambiando de forma, nos abordan algunas debilidades que deben ser corregidas, no siempre escogemos la mejor solución, pero a pesar de todo seguimos adelante, intentando mantenernos erguidos, correctos, de modo que honremos no a las paredes, ni a las puertas o las ventanas, sino al espacio vacío que está allí dentro, el espacio que adoramos y veneramos, aquello que nos es querido e importante.
»Si, somos una catedral, sin duda. Pero ¿qué hay en el espacio vacío de mi catedral interior?
Esther, el Zahir.»
Me quedo absorta pensando en si tengo un zahir. Creo que si. No sé. Creo que no. Una señora me toca el hombro y me dice que la cola está caminando, tres pasos contados, pero algo es algo. Vuelvo a la lectura. El autor habla de la Libertad… Dice que incluso cuando estuvo preso era libre… Eso es la Libertad… Complejo y profundo.
El sol sigue subiendo, la calle se llena de ruidos, gente, carros, motos, los de la cola se animan y hablan alto para poder escucharse, se hace difícil leer. Insisto tercamente en mi burbuja para no dejarme llevar por la desesperanza, la frustración mía y ajena. Hoy no quiero escuchar historias de dolor, hambre y miedo. Con lo que tengo me basta. Hoy quiero leer a Coelho, hoy quiero reafirmar que soy libre aunque esté presa, que soy la hija predilecta del universo aunque esté en esa humillante cola, aunque eso sea una pretenciosura.
La gente alrededor comienza a cansarse de estar de pie, se sientan en la acera. Otros “marcan la cola”, es decir, le piden a quien está delante y detrás que les cuiden el puesto, que ya vienen, que van a hacer algo y ya regresan.
9:40 am. No hemos avanzado ni un centímetro. A mi derecha siguen los árboles y los pájaros del patio de la iglesia. La señora que está delante de mí llama mi atención para mostrarme un par de zapatos, unas botas de obrero que están abandonadas tras la cerca que nos separa del patio de la iglesia. Le digo que a mí me impresionan los zapatos abandonados en la calle. Ella se sorprende y me pregunta si es porque pienso que a los dueños los mataron. Le respondo que no lo había pensado así, pero que a lo mejor es eso. Intento volver a Coelho: “Tiempo de romper, tiempo de coser, título basado en un verso del Eclesiastés, se publicó a finales de abril.” Me quedo pensando en el paralelismo… Tiempo de romper, tiempo de coser…
La cola se mueve un poco. Llegamos a la esquina donde termina el patio de la iglesia y donde hay un montón de basura apilada desde ¿siempre? El olor a orines rancios es insoportable. La señora que está delante de mí se ríe y dijo que habíamos llegado a la esquina de El Calvario. No puedo evitar sonreír y le pregunto porqué se llama así. Ella me responde sonreída que así le dice la gente porque ahí empieza una cuesta, pequeña, pero cuesta, y por el olor permanente a orines y basura. El humor salva a los venezolanos, dicen humoristas como Laureano Márquez y Emilio Lovera, yo digo que el humor nos venda los ojos. Le buscamos el lado chistoso a la vida, creemos que nos burlamos aunque en realidad buscamos la manera para no ver lo que nos aturde, nos humilla, nos rompe por dentro. No es una salvación, lo siento Laureano, lo lamento, Emilio.
En la esquina del calvario pasamos no sé cuanto tiempo. Ya ni quiero consultar la hora, ya no puedo leer. Marco el libro en la página 89. Me sorprende todo lo que he leído. Intento respirar y no salir corriendo. Necesito sacar efectivo.
El cielo se pone gris. Amenaza lluvia. Lo que faltaba. Comienza a lloviznar. Guardo mi libro. Tengo hambre, pero cómo puedo comer algo junto a la basura. Me aguanto. Era una nube pasajera. Escampa.
Se mueve la cola. Ya no siento el olor a orines rancios. Ahora estamos parados sobre una acera típica de Guarenas. Tan angosta que apenas cabe un pie. Hay que pararse de frente a la calle. Los carros nos embisten cada vez que pasan porque tienen que hacer una curva cerrada para incorporarse a la cuesta del calvario. Decido incorporarme a la conversación de las señoras que están delante mí. Alaban a sus nietos. Todos son muy inteligentes y hasta hermosos. Una se vanagloria de lo alto que es su nieto porque tiene 12 años y es una cabeza más alto que ella, la otra le comenta que los nietos de ella también son altísimos, que viven en Caracas y uno en Apure porque su hijo es militar y lo mandaron para allá. Yo simplemente sonrío. Cambian el tema de conversación porque se incorporó el señor que está delante de ellas. Él nos cuenta que tiene casa en Higuerote y lancha, que su casa es tan grande que en el estacionamiento caben tres carros; dice que cuando van todos para allá, sacan los carros y convierten el estacionamiento en patio de bolas criollas y que, como tiene lancha, cuando se va pescar, trae pescado en abundancia, que hacen parrillas de pescado y la acompañan con tostones de topocho porque los plátanos son carísimos. Entonces todos hablamos de lo hospitalaria que era HIguerote, que todos disfrutamos en algún momento estar ahí, aunque sea de paso. Coincidimos en que desde que fue declarada zona de paz y los cuerpos de seguridad no pueden actuar, la delincuencia no permite que la disfrutemos. Caímos en los temas de la vida real y nadie quiere hablar de la vida de verdad, verdad. Todos coincidimos en que eso es de hace dos años para acá y todos deseamos fervientemente que Higuerote recupere su esencia.
11:02. Vi la hora porque la cola avanzó hasta la entrada del estacionamiento del edificio donde está la agencia del Banco Bicentenario. Claro desde ahí hasta la puerta anhelada nos quedan dos cuadras. Lo interesante de esta entrada es que allí depositan los pipotes de basura del edificio y, aunque vimos al camión del aseo vaciarlos, quedaron la putrefacción y los gusanos. Allí estamos parados. La conserje del edificio barre los gusanos. Ella tiene tapaboca, pero no tiene botas de seguridad. Pienso en que esa pobre mujer está expuesta a contraer cualquier enfermedad. Alguien de la cola le pide que limpie con creolina o con kerosen, ella contesta que no hay ni agua en el edificio, que por eso solo está barriendo.
Nadie sabe cómo respirar. Los seres humanos somos animales de costumbres y sabemos que siempre se puede estar peor, así que poco a poco la gente comienza a hablar entre sí. Yo sigo muda, mirando para lontananza, como decía mi maestra de quinto grado, la Señorita Flor Valladares. Lontananza queda dentro de mí, porque del otro lado de la calle hay una cola igual de larga, pero de los sentados. Si, la gente que “marca la cola” y regresa a su puesto original solo cuando se mueve la cola, viene, sonríe, saluda y vuelve a decir, “ya vengo”. Me quedo mirando para lontananza. Sintiendo que no pertenezco al lugar en el que me encuentro, que no pertenezco a la gente que me rodea. No es aporofobia, lo sé, aunque no lo voy a explicar aquí. Simplemente no pertenezco.
Me saca de lontananza la voz estentórea de un señor alto, de barba larga y blanca, vestido de manera extravagante y que carga un palo que blande a diestra y siniestra. Él le pregunta a otro señor que habla con acento andino si se ha leído la Biblia. Pienso en que las peores conversas son las de política y religión. No me equivoco. El andino le contesta que sí. El otro le alecciona:
-       Ah bueno, entonces debe haber leído el Génesis y debe saber que Adán y Eva andaban desnudos en el Paraíso, que no se avergonzaban de su desnudez y que Eva no le dio a comer manzana a Adán, ella le dio a probar del fruto prohibido. No dice manzana ¿de dónde usted sacó eso?
-       Claro que si dice manzana, ¿de donde cree usted que salió el nombre de lo que los hombres tenemos aquí, en la garganta, la manzana de Adan?
-       Eso no tiene nada que ver. Usted no ha leído la Biblia.
-       Claro que sí, yo soy Cristiano. 
Y por ahí siguen en una discusión bizantina que me aturde. La voz del señor de barba me irrita los oídos. Él no tiene la culpa, claro, el problema es que mi oído derecho es hipersensible a los ruidos, hay algo ahí que no funciona bien. Me siento a punto de vértigo –una de las consecuencias de ese desperfecto. Intento volver a Coelho:
“Pasa una hora. Mikhail mira el reloj y veo que va a marcharse. Tengo que hacer algo inmediatamente. Cada vez que lo miro me siento más insignificante, y entiendo cada vez menos cómo Esther me cambió por alguien que parece tan fuera de la realidad (ella decía que él tenía poderes “mágicos”). Aunque sea muy difícil fingir que estoy cómodo, hablando con alguien que es mi enemigo, tengo que hacer algo.”
-       Señor, Dios ha acabado el mundo dos veces: la primera en candela y la segunda en agua. Eso está en la Biblia. – Dice el que tiene acento andino.
-       Jajajajajajaja ¿la primera en candela? ¿Cuándo fue eso?
-       ¿Usted no leyó la parte de Gomorra?
-       Jajajajajajajajaja Usted se refiere a Sodoma y Gomorra. Amigo, léalo usted mismo. Dios no ha acabado el mundo en candela nunca. Eso será con la tercera guerra mundial. La Biblia habla del Arca de Noe, eso sí, supuestamente, Dios acabó el mundo con una inundación. Ahora dígame usted: ¿de qué tamaño era el arca? ¿Con qué herramientas la hizo? ¿Cuántos hombres y mujeres entraron ahí? ¿La Edad de los metales ya había pasado? Digo, porque ¿con qué clavos y tornillos construyó el arca? Esas son preguntas interesantes.
-       Si… la historia de la mujer de Lot que no podía voltear para atrás y se convirtió en estatua de sal. Y él se quedó solo con las hijas. – Dijo el otro.
-       Y las hijas tuvieron que emborracharlo para que les hiciera el amor y pudieran tener hijos. – Completó una voz chillona de mujer que soltó una carcajada y aplaudió. ¿Por qué habrá gente que siente la necesidad de aplaudir mientras se ríe escandalosamente? 
El estruendo de la risa colectiva me saca nuevamente de mi lectura, pero intento seguir en la burbuja mientras repito como un mantra: “no pertenezco aquí, no pertenezco aquí, no pertenezco aquí...” De pronto escucho:
-       Señora, señora, señora… la que está leyendo
Entiendo que es conmigo y levanto la vista del libro. Era el hombre de la barba blanca y larga:
-       Está leyendo un libro muy interesante. Coelho.
-       Si, interesante –y bajo la vista nuevamente a las letras.
 Seguimos sobre los líquidos ya casi secos de la basura, los gusanos ya no están. No quiero pensar en qué fue de ellos. Por lo menos no los veo sobre mis zapatos.
1:37 pm. Nos movemos unos diez pasos. ¡Aleluya! ¡Llegué al poste! Salimos del basurero. Las dos cuadras hasta la puerta del banco siguen intactas, pero al menos ya no estamos sobre restos de basura y gusanos. Dos horas y media parados en la inmundicia. ¿Qué me está pasando? También estoy anestesiada. ¿Por qué no me voy? Tengo seis horas de pie, sobre basura, soportando olores infectos, escuchando disparates y sigo aquí. Fraga, ¿es a esto a lo que te refieres cuando hablas de las burbujas que debemos crearnos para que la realidad no nos toque? Supongo que no. Supongo que no sé. Supongo que la realidad me aplasta, no me deja respirar y sin aire no puedo pensar, estoy indefensa, soy vulnerable. Pienso en mi madre. En las pruebas durísimas de vida que ha tenido que sortear. Quiero asirme a ese ejemplo de vida: claudicar nunca, rendirse jamás. Ay, vieja querida, chica, como que me faltaron algunos genes.
Me como un pastelito que ya está duro, “correoso”. No sé si tengo hambre. Trato de distraerme masticando algo como un plástico. Bebo agua. Al menos no hay ningún mal olor, o mi nariz ya no lo percibe.
La señora que está delante de mí quiere conversar y me cuenta que su esposo, bueno su ex, solo que no se acostumbra porque él le habla y la visita de vez en cuando, pero nada que ver; bueno, su esposo se la hizo desde el primer día.
“Chica es que los hombres son así. Nosotros ya habíamos fijado la fecha para casarnos en la jefatura. En Petare. Bueno, cuando llegó el día yo me fui para allá y cual fue mi sorpresa, que el hombre no se apareció. ¡Imagínate tu! Yo hablé con la secretaria y la convencí para que llevara el libro hasta la casa de él que era por ahí cerca, en el edificio Bataglia, ¿sabes? Chica, ese libro no se podía sacar de la prefectura pero, será que le caí en gracia, ella aceptó y cuando fue la hora de almuerzo, nos fuimos. Yo tenía llave del apartamento así que abrí la puerta y lo llamé. Él estaba en el cuarto. Entré con el libro y le dije que firmara. Él no entendía nada. Me dijo que se sentía mal, pero firmó. Él me la hizo, yo se la hice.”
Yo sonreía y agradecí por este cuento porque me daba alimento para escribir.
En eso pasa una mujer que iba escribiendo un número en el brazo de las personas que estábamos en la cola. Cuando llega a mí le pregunto para qué hace eso. Ella responde que es para garantizar la atención. Coloca el número dos en la palma de mi mano izquierda. Va colocando los números de diez en diez. No sé en cuál decena entré yo. Nos marcaron como a las reses.
A las tres de la tarde comienza a correr la voz de que el banco cerraría a las tres y media, que nos quedaríamos sin cobrar y que para colmo de males, el lunes sería bancario. Me salgo por primera vez de la cola. Le digo a las señoras que voy a buscar información.
Llego a la puerta del banco con la suerte de que estaba hablando una mujer regordeta, de pelo rizado y brakets en los dientes:
-       Está claro que no los vamos a atender a todos. Nosotros no somos esclavos. Les vamos a hacer el favor de trabajar hasta las cuatro. Los que queden tendrán que venir el martes.
-       ¿Y para qué nos pusieron números en las manos? – pregunto mientras me siento francamente idiota.
-       Señora, ¿yo la marqué? No, ¿verdad? Que algún espontáneo haya salido a hacer eso no quiere decir que el banco esté obligado a atenderlos.
-       Pero anunciaron un operativo especial… -continúa la idiota que se había apoderado de mí.
-       Bueno, señora, ¿qué más quiere? trabajaremos hasta las cuatro. – Se da la media vuelta y entra. 
Yo también me doy la media vuelta y camino hasta mi puesto en la cola, obediente, furiosa, humillada. Cuento lo que me dijeron. Todos nos quedamos ahí. Pegados a la acera. No sé para qué.
Tres y veinte. Decido llamar al número de teléfono que aparece en la libreta. Me atiende un joven cuyo nombre era Jefferson, el apellido no lo entendí. Le expongo la situación, él pide mi número de cédula. Se lo doy. Me pide que espere. Espero. “Gracias por su tiempo de espera, señora, los reclamos se deben hacer por las redes sociales del banco. ¿Algo más en lo que pueda ayudarla? Buenas tardes.”
Claudicar nunca, rendirse jamás. Escribo un tuit a la cuenta del banco, escribo otro. Pido que intervengan esa agencia. Estoy furiosa, pero soy impotente.
Hay truenos. El cielo se puso gris, completamente gris. Hace mucha brisa, viento, mejor dicho. Seguimos pegados a la acera. No sé para qué, no sé hasta cuando. A lo lejos veo que se acerca mi esposo caminando. Me había dicho que me buscaría a las tres si yo no había salido antes. Me ve, se acerca y me pregunta qué hago ahí, dice que es obvio que no cobraría. Que hay cuadra y media de gente delante de mí, que el banco ya va a cerrar. No sé que decirle.
En ese justo momento, como a propósito, como planificado, llega un viento fuertísimo, huracanado que rompe varios gajos del árbol inmenso y frondoso que está en la esquina del banco. La cola se disuelve. Todos corremos lejos de la lluvia de ramas y yo, mientras corro agarrada de la mano de mi esposo, pienso en las maneras que tiene la vida para arrancarnos de donde no debemos estar.