lunes, 13 de abril de 2026

Istoria. Vasilii Shukshín.


Vasilii Shukshin (1929–1974)


Vasilii Shukshin es uno de mis escritores rusos favoritos. De sus cuentos admiro la capacidad de convertir a personajes y situaciones comunes en personajes y situaciones extraordinarios.

La traducción que hoy comparto, corresponde al cuento, titulado en ruso «Раскас». En este cuento Shukshin describe el dolor de un hombre abandonado por su mujer, a través de una historia que escribe el propio protagonista. Es decir, es un cuento dentro de otro cuento. Un cuento matrioshka. La peculiaridad, y dificultad especial de traducción, es que el cuento del protagonista está escrito con muchos errores ortográficos, sintácticos, de registro, de estilo, lo que nos hace suponer que Iván Petin era un analfabeta funcional.

Les invito a que disfruten esta Istoria.



Istoria

A Iván Petin lo dejó su mujer. ¡Y de qué manera lo dejó! Igualito que en las viejas novelas de amor: se fue detrás de un oficial.
     Un día Iván llegó de un largo viaje, metió el carro en el garaje, abrió la puerta de la casa… y encontró una nota sobre la mesa:
     “Discúlpame, Iván, pero yo no puedo vivir más con un pelmazo como tú. No me busques. Liudmila.”
     El enorme Iván, sin voltear a ver más nada, se sentó en un taburete, triste, era como si le hubieran dado un golpe en la cabeza. Por alguna razón, él comprendió que no se trataba de una broma, aquello era verdad.
     A pesar de que Iván siempre había sabido sobrellevar todo con paciencia, él creía que eso no lo podría soportar porque se sentía tan mal. Le empezó a doler el corazón. Una tristeza tan grande se apoderó de él que por poco se ponía a llorar. Quería pensar en algo, pero no podía, no pensaba nada… solo ese dolor que le apretaba el corazón.
     En su cabeza había un solo pensamiento: “Qué desgracia tan grande”. Eso era todo.
     A diferencia de los demás hombres de la aldea, Iván era calvo, se veía mucho mayor de los 40 años que tenía. Era taciturno, callado y eso no le molestaba, lástima que la gente se fijaba solo en eso. Jamás pudo entender que a un hombre se le juzgara nada más por si era alegre o por si era capaz de hablar bien. Cada vez que Liudmila le preguntaba: “¿Qué más?”, Iván la amaba un poquito más por esas palabras… y guardaba silencio. “¿Bueno, y las cosas no son así? -pensaba Iván- ¡Ni que uno fuera un político!” Pero, fíjate, resultó que a ella, de verdad, le entristecía que él fuera tan callado y poco afectuoso.
     Después Iván se enteró de cómo habían pasado las cosas.
     Resulta que al pueblo llegó una pequeña unidad militar a cargo de un oficial para ayudar a montar una subestación eléctrica y estuvieron en el pueblo solo una semana ¡Una semana! Montaron la subestación y se fueron, pero al oficial le dio tiempo de “montar” su propia familia.

Durante dos días Iván no se hallaba; intentó emborracharse, pero fue peor, el alcohol le repugnaba así que lo dejó. Al tercer día se sentó a escribir un cuento para que el periódico local se lo publicara; Iván él había leído fragmentos de cuentos escritos por personas que habían sido ofendidas sin motivo alguno y él también quería preguntarle al mundo cómo era posible lo que le había pasado. 

Istoria

Bueno, la cosa fue así: yo llego y sobre la mesa ay una nota.  Yo no voy a contar nada, ella me enpesó a poner sobrenombres ai. Lo mas importante es que ya yo se por que ella se burlo de mi. Es que a ella le decían que se parecia a no se cual artista, no me acuerdo a cual. Pero ella parece gafa, se parese a una artista y que? Que importa a quien me paresco yo. No por eso voy a enpesar a pegar brincos como una pulga. Pero ella, cuando le decían que se paresia a esa artista se ponia feliz. Es por eso que se metio a estudiar teatro en el club, ella misma me lo dijo. Aja, y si a alguien le dicen que se parese a Hitler va a agarrar una metralleta y va a matar a todo el mundo? En el frente había uno asi, igualito a Hitler. Despues lo  mandaron para la retaguardia porque asi tampoco se puede. Pero no, ella necesitaba estar todo el tiempo en la ciuda.  Me decia que alla la iba a reconocer todo el mundo. Que estúpida! Bueno, ella no es estúpida pero está un poquito enferma con eso de su cuerpo y su cara. Cuantas mujeres bonitas ay. Imaginense que todas las bonitas se van a ir de su casa. Seguro el tipo le dijo: “Uste si se parese a una artista!.”  Claro y ella se lo creyó. Que vaina, y eso que fueron a la escuela, el gobierno gasto plata enseñandolos a ustedes y aora ustedes son unos vividores abusan de la socieda felices como si nada. Y el gobierno que pierda la plata.”

 

Iván detuvo su ardiente pluma, se levantó de la silla y se puso a caminar de aquí para allá y de allá para acá. Le gustaba cómo estaba escribiendo, pero pensó que mencionar al gobierno a lo mejor no tenía sentido, así que se sentó nuevamente, tachó “el gobierno” y continuó escribiendo. 


“Como son ustedes! Ustedes piensan que como yo soy un chofer y llevo la vida con calma no entiendo nada? Yo a ustedes me los se de memoria. Yo soy una persona util para el gobierno pero con estas mismas manos que estoy escribiendo, con estas mismas manos si me encuentro a alguien yo puedo encendele los ojos para que pase una semana inchao. Yo no estoi amenasando a nadie y no quiero que despues me vengan a decir que amenase a nadie pero si me lo encuentro le puedo ofrecer algo. Porque es que asi no se puede tampoco, porque no es correcto: que tal si yo veo una mujercita que esta ai masomeno y le caigo de una ves. Yo les juro que aunque yo soy calvo también me he podido levantar a alguien porque en la carretera uno se encuentra de todo. Pero yo no hago eso. Y si ella es la esposa de alguien? Pero ay quien lo hase y no dice nada. En que me voy a convertir delante del tipo al que le monte cachos? Que va yo no le ago malda a la gente.

Ahora fíjense lo que pasa: ella levanto el vuelo y se fue a donde la llevara el viento. ¿Correcto? Aquí se destruyo una familia. Y ella creera que allá va a contruir una nueva? No porque ella conoció al tipo una semana nada mas y nosotros tenemos cuatro años viviendo juntos. No es estúpida despues de lo que hiso? Y el gobierno gasto plata en ella, le dio educacion. Y donde quedo esa educasion? Porque a ella no le enseñaron nada malo. Yo conozco a sus padres. Viven en el pueblo de al lado. Son buena gente. Ademas ella tiene un hermano que también es oficial , es teniente mayor. De el solo se dicen cosas buenas. Tiene una preparacion militar y política. De donde salio ella con la cabeza llena de cucarachas?  Me asombra porque yo hacia todo por ella. A mi el corazón se me derrama de amor por ella. Cada ves que vengo de regreso el alma se me alegra porque la veré pronto y por favor me monta semejantes cachos! Que se vaya al carajo si no pudo aguantar dos pedidas. De alguna manera yo ubiera soportado eso, pero para qué se fue? No lo entiendo, no me cabe en la cabeza. En la vida pasa de todo. A veces la gente tiene un momento de debilidad, pero destruir la vida completamente? Para que? Destruir la vida en un momento es facil, lo difisil es construirla de nuevo. Ya ella tiene 30 años. Yo me siento muy ofendido y por eso estoy escribiendo esta istoria. Si vamos a ver yo tengo tres ordenes y cuatro medallas y hace tiempo que soy trabajador ejemplar del trabajo comunista pero tengo una sola debilidad: cuando me enborracho enpieso a insultar a todo el mundo. Eso tampoco me entra en la cabeza porque cuando yo estoy bueno y sano soi otra persona. Pero cuando estoi manejando nadie me a visto nunca borracho ni me vera. Y delante de mi esposa Liudmila en todos estos cuatro años nunca dije una groseria ella se los puede decir. Delante de ella nunca dije una mala palabra. Y viene ella y me monta semejantes cachos. El que quiera que se ofenda, yo tampoco soi de piedra.

Saludos. Ivan Petin. Chofer de primera clase.


Iván tomó su historia y se fue a la redacción del periódico que quedaba cerca de su casa.

Era primavera y eso lo hacía sentir peor porque hacía frío y él tenía un pesar en el alma. Iván estaba recordando que hasta hacía poco tiempo él y su esposa caminaban por esa misma calle cuando él la iba a buscar al finalizar los ensayos y, a veces, cuando él la llevaba a los ensayos.

Iván odiaba con todas sus fuerzas la palabra “ensayo”, pero ni una vez se lo dijo a su esposa porque ella idolatraba los ensayos y él idolatraba a su esposa. A él le gustaba caminar junto a su esposa por las calles, se enorgullecía de la belleza de su mujer. Además, Iván amaba la primavera, sobre todo cuando apenas estaba empezando, pero se presentía en todo, incluso en los amaneceres y el corazón latía con dulzura como si esperara algo. Y llegó la primavera. Allí estaba desnuda, desbordante y dulce, prometiéndole a la tierra que pronto llegaría el calor del sol… Llegó la primavera, pero los ojos de Iván eran incapaces de mirarla.

Después de limpiar cuidadosamente las suelas de los zapatos en la alfombra que estaba en la entrada de la redacción, Iván entró. Él nunca había estado en la redacción del periódico, pero conocía al redactor porque alguna vez se habían encontrado cuando iban de pesca.

- ¿Aguéiev se encuentra? – Preguntó a una mujer que había visto muchas veces en su casa y que también corría a los ensayos en el club. En todo caso, cuando él escuchaba sin querer las conversaciones entre esta mujer y Liudmila, lo único que oía era “ensayos” y “escenografía”. Cuando la vio, Iván considero innecesario saludarla porque el corazón le dolía mucho.

La mujer lo miró con curiosidad y, por alguna razón, con cierta alegría.

- Si, aquí está. ¿Usted quiere hablar con él?

- Si, quiero plantearle algo. – Iván miró directamente a la mujer y pensó: “Está muy contenta, seguro que también le montó cachos a alguien.”

La mujer entró al despacho del redactor, salió y dijo:

- Pase, por favor.

El redactor era un hombre alegre, bajito, un poco más gordo de lo conveniente para su estatura; era redondito y también era calvo. Se levantó de su asiento y salió a recibir al recién llegado.

- ¡¿Qué le parece?! – preguntó entusiasmado el redactor mientras señalaba hacia la ventana. -El tiempo nos está invitando, ¿ya probó los anzuelos?

- No. -Iván quería demostrar a toda costa que él no estaba para anzuelos en ese momento.

- Yo quiero probar suerte el sábado. – El redactor no perdía su buen estado de ánimo. - ¿Qué me dice? ¿No le parece? Es que estoy impaciente…

- Yo le traje una historia.

- ¿Una historia? – con asombro preguntó el redactor. - ¿Una historia suya? ¿La escribió usted? ¿De qué se trata?

-  Aquí cuento todo. – Respondió Iván entregándole el cuaderno.

El redactor hojeó el cuaderno y miró a Iván, quien a su vez lo miró serio y sombrío.

- ¿Quiere que lo lea en este momento?

- Sería lo mejor…

El redactor se sentó y empezó a leer. Iván permanecía de pie y no dejaba de mirar la alegre expresión del redactor mientras pensaba: “A lo mejor su esposa también va a los ensayos. Y a él le da lo mismo porque él también sabe hablar de todas esas escenografías. El sabe de todo.”

El redactor soltó una carcajada.

Iván apretó los dientes.

- ¡Qué maravilla! – Exclamó el redactor y otra vez empezó a reírse con tanta fuerza que la barriga se le movía.

- ¿Cuál es la maravilla?  - Preguntó Iván.

El redactor dejó de reírse, incluso se sintió un poco turbado.

- Disculpe, ¿ésta es su historia? Quiero decir, ¿es sobre usted?

- Si. Es mía.

- Mmmm, disculpe, yo no había entendido.

- No se preocupe. Siga leyendo.

El redactor se metió de cabeza en el cuaderno. No se volvió a reír, pero era evidente que estaba sorprendido y todo le daba risa. Para disimularlo subía las cejas y fruncía los labios. Cuando terminó de leer, preguntó:

-  ¿Usted quiere que esto se publique?

-  Por supuesto.

-  Pero es que esto no se puede publicar porque no es un cuento.

-  ¿Por qué no es un cuento? Yo he leído lo que la gente escribe y escriben así.

- ¿Y para qué usted necesita que esto se publique? – El redactor miraba a Iván con seriedad y verdadera empatía. - ¿Qué va a lograr con eso? ¿Aliviar su… dolor?

Iván no respondió de inmediato.

- Ojalá ellos lo lean… allá donde están.

- ¿Y dónde están?

- Todavía no lo sé.

- Pero es que este periódico es local, no les va a llegar.

- Yo los voy a encontrar y se la enviaré.

-¡No, es que el problema no es ese! -El redactor empezó a caminar por el despacho. – El problema no es ese. ¿Qué va a lograr usted? ¿Qué ella se arrepienta y vuelva con usted?

Que les de vergüenza.

- ¡Pero no! - Exclamó el redactor. - ¡Dios mío! No sé cómo decirle… Yo lo comprendo, pero estamos haciendo una tontería incluso si yo reescribo esto.

- Puede ser que ella regrese.

- ¡No! – Casi gritó el redactor. -¡Ay, Dios mío! – Era evidente que el redactor estaba nervioso. -Mejor escriba una carta. ¿Quiere que la escribimos juntos?

Iván agarró el cuaderno y salió de la redacción.

- ¡Espérese! -Exclamó el redactor. – Vamos a escribir juntos, en tercera persona…

Iván pasó por la recepción sin siquiera mirar a la mujer que sabía mucho de escenografías y ensayos.

Se fue derechito a un café donde pidió medio litro de vodka y se lo tomó de un trago, sin probar ni un entremés, y se fue a casa sintiéndose apesadumbrado y vacío. Caminaba con las manos dentro de los bolsillos del pantalón, sin mirar alrededor. Era como si no pudiera alcanzar el equilibrio en el alma. Lloraba en silencio y la gente lo miraba con sorpresa… no importaba… Él caminaba y lloraba. No sentía vergüenza. Estaba cansado.






 

martes, 17 de marzo de 2026

Los hombres de mi vida (XII). Victoria Tokareva

Los hombres de mi vida (XII)

      Llegó el momento de hablar de mis viajes. Estuve nueve veces en Alemania, 11 en Suiza, cinco en París. Todos fueron viajes de negocios porque a Europa le interesaba nuestra cultura.

     Yo compraba accesorios, me vestía de pies a cabeza, no con trapos de precios especulativos sino con ropa de marca, de las mejores tiendas. ¡Dios mío, qué placer tan grande es vestirse a tu gusto!

     ¿Quién me vistió? Por supuesto que fue Mijaíl Sergueievich Gorbachov. Por eso cada vez que tengo ocasión, mi primer brindis es por él: “Que Dios le dé salud, Mijaíl Sergueievich, y largos años de vida.”

     Gracias a todo eso, yo pude construir una casa y me mudé a ella. Esa casa es como la casita de los Tres Cochinitos: es segura, de bloques, de dos pisos. En las ventanas tiene alféizares blancos y materos con geranios, como en Zurich. ¡Es una belleza!

     En el jardín tengo mi propio “Ugolok Dúrova”, es decir, tengo mi propio rincón de teatro con animales, igual que Vladímir Leonovich Dúrov. Tengo un perro, un gato, una ardilla y un cuervo. El perro y el gato son míos, la ardilla y el cuervo son silvestres; ellos simplemente vienen a robarle la comida al perro. La ardilla sabe que yo siempre tengo frutos secos especialmente.

     Hace poco, un perro callejero persiguió a mi gato y le mordió la cola. Durante algunos días el pedazo de cola estaba guindando hasta que se cayó. Como la cola quedó más corta, de unos diez centímetros, el gato estaba como enloquecido porque, en primer lugar, había perdido su belleza y, en segundo, porque para algo sirve la cola, para el equilibrio, por ejemplo. El gato dejó de ser hermosísimo, pero nosotros lo perdonamos; al fin y al cabo, es nuestro, casi un miembro de la familia.

     También tengo 40 árboles en el terreno. De ellos, ocho son pinos. Yo siempre levanto la cabeza para verificar que las puntas de los pinos no estén secas porque si a los pinos se le sacan las puntas, hay que eliminarlos, de lo contrario, caerían sobre el techo de la casa y lo reventarían. No quiero que eso pase.

     Es verano y mi nieta, que se ha dado un estirón, va hacia el cajón de arena con los ojos entornados por el sol, pero la detiene la ardilla. La ardilla la alcanza corriendo, se para en las patas traseras y las delanteras las coloca sobre las rodillas de mi nieta. En realidad, debajo de sus rodillas. Mi nieta se asusta porque quién sabe lo que se le puede ocurrir a esa ardilla. ¿Y si se le sube, corre por su cuerpo y le muerde una mejilla? La niña mira atentamente, de arriba a abajo, a la ardilla y la ardilla la mira de abajo a arriba, levantando su hocico de ojos inmensos.

     ¡Quédense así, un segundo, maravilloso!

     Me apuro a buscar la cámara y tomo la foto. Retraté el instante preciso y es realmente maravilloso.

     Es de mañana, hay sol. Pura felicidad…

 

      Sobakin, Mijalkov, Voinóvich, Daneliya, Gorbachov, he aquí los arquitectos de mi vida. Claro que yo también hice mi aporte, específicamente, he aportado mi trabajo. He escrito 20 libros que nadie hubiera podido escribir por mí, sin embargo, es muy difícil descubrir el talento literario, a diferencia de otros talentos, por ejemplo, el talento para cantar o para pintar. Si alguien canta o pinta se puede descubrir de inmediato su talento. Ahora, escribir… Bueno, todo el mundo sabe escribir. En Rusia, desde 1937, todo el mundo recibe instrucción elemental.

     Yo pude no haber descubierto mis aptitudes literarias. Hubiera trabajado como maestra de canto: do re mi… Y así, toda la vida. Mi vocación hubiera muerto dentro de mí y yo anduviera estresada e infeliz. Pero me salvé. Siempre he hecho lo que me gusta y en eso radica la felicidad. Es decir, yo soy una triunfadora en la vida.

     Y en mi historia personal también soy una triunfadora. Mi esposo y yo comenzamos juntos el camino, y juntos lo estamos terminando. Lo que hubo en medio, lo podemos olvidar como se olvida un baile blanco. Esos bailes en el que las damas, invitaban a bailar a los caballeros y éstos no podían negarse. Bailaban, se separaban y ya.

     Yo quise ser escritora, y soy escritora. Yo quise ser guionista, y soy guionista. Quise ser reconocida, y también lo logré. Una vez mi nieto, cuando era pequeñito, dijo: “Mi abuela trabaja de escritora famosa.”

     Al margen de todos los logros, me parece que el tiempo voló. La juventud es efímera y la vida es corta.  Al fin y al cabo, todo pasa. Eso no lo descubrí yo. Eso lo dijo el Sabio Salomón hace tres mil años, a lo mejor hace cinco mil años, pero no se equivocó. Pasará la vida y, cuando yo esté ante el Altísimo, en mi juicio, le entregaré los 20 tomos de mis obras.

     Puede ser que Él los tome en sus manos, sople y mis libros se vuelvan polvo, pero, aunque sea un cuentico quedará por ahí. Por ejemplo, «Старая собака» (Un perro viejo). Entonces, me permitirán entrar al jardín del paraíso y me encontraré con mi mamá y mi papá. Veré a Liusa Sundátova, mi amiga de tercero “B”, de la escuela 104, y nos alegraremos. Como dijo Chéjov: “nosotros descansaremos” …

     Además, me encontraré con Mérichka y le preguntaré:

- ¿Y qué? ¿Estás contenta?

viernes, 13 de marzo de 2026

Los hombres de mi vida (XI) Victoria Tokareva

 

Los hombres de mi vida (XI)


     ¿Cómo puedo no amar a Gorbachov, a pesar de que, para mi gusto, él habla demasiado? La mitad de lo que dice, es accesorio. Yo me sentaba frente al televisor y escuchaba sus intervenciones. Arrugaba la frente para entender: ¿qué es lo que quiere decir? ¿Para qué usa tantas palabras? Es que a él sencillamente le gustaba hablar. Es una persona que le gusta hablar. Ahora, cuando Mijaíl Sergueievich dejó de ser el número uno, también dejó de hablar en exceso. En ese sentido, la pérdida de estatus le vino bien. Una vez, en una alocución, lo escuché cantar. Lo hizo muy bien.

  Una vez, el Patriarca Alexi organizó un banquete. Él a veces invitaba a su casa a los intelectuales.

     Allí vi a Mijaíl Sergueievich. Nos encontramos con la mirada.

- ¿Cómo está, Victoria?

     Me sorprendió mucho que me conociera. ¿Acaso ese hombre, con lo ocupado que está, tiene tiempo para leer?

     Eso fue por la época en que Mijaíl Sergueivich había perdido a su esposa. Él lloró amargamente por televisión. Entonces, todos lo amamos y a Raisa Maxímovna también. Ella fue víctima de la guerra por el poder, y a las víctimas la gente las quiere más que a los vencedores.

     Mijaíl Sergueivich me miraba. Era necesario decir algo. Me parecía que él lo estaba esperando.

- Ahora usted es un novio, - dije yo con ligereza. – Lo vamos a casar…

       Después de pronunciar esas palabras, me asusté. Al hombre le había ocurrido una tragedia, no era momento para semejantes bromas. Yo esperaba que Mijaíl Sergueievich ignorara mi comentario. Que hiciera que no había escuchado nada, y con eso me hubiera puesto en mi lugar. Pero él, de repente, con una mirada viva preguntó:

- ¿Y con quién?

     ¿De dónde yo podía saber con quién? A mi lado estaba la bella Larisa Udovichenko.

- Con ella, por ejemplo.

- Bueno… - no se lo creyó Mijaíl Sergueievich. Al parecer, una mujer así no se casaría con él, ni él tampoco lo intentaría. Yo sonreí y me aparté.

     Gorbachov dejó de ser presidente, pero siguió siendo famoso y rico. Además, con una buena reputación, a diferencia del borrachín de Yeltsin.

     Entramos al salón. Habría un concierto. Mi lugar estaba justo delante de Mijaíl Sergueievich. Yo estaba sentada en la fila seis y él en la siete. Comenzó el concierto. La mirada de él estaba sobre mi nuca. Él quería continuar la conversación mientras que yo no sabía cómo continuarla y lamentaba haberla iniciado. 

Los hombres de mi vida. (X) Victoria Tokareva

 

Los hombres de mi vida (X)


     En el siglo XIX existía en el alfabeto ruso una letra que se llamaba jer (хѣръ). Se escribía como una equis mayúscula (Х). Hoy en ruso existe el verbo pojerit (похерить), que significa liquidar, tachar.

     La perestroika pojerila nuestra vida cotidiana. La perestroika destruyó la distribución de películas. La perestroika dañó nuestra nación. Los rusos se volvieron pragmáticos, como los americanos. ¿Dónde quedó el alma rusa grande y desinteresada? Solo quedan ruinas por todas partes. Pero… justo aquí surge el próximo hombre que tendió la mano para ayudarme. Ese hombre es Mijail Serguéievich Gorbachov.

     Gorbachov llegó al poder y llevó consigo la perestroika. Todo el país vivía pegado del televisor. Era más interesante ver televisión que vivir. Bueno, vivir también era muy interesante. La multitud se convirtió en pueblo. En Occidente respiraron aliviados. Allá temían a los rusos porque era incomprensible qué se podía esperar de Brezhnev, de su armamento y de los tenebrosos viejos que lo acompañaban. Era completamente posible que un buen día perdieran la razón y lanzaran la bomba atómica. Mientras que Mijaíl Serguéievich y su esposa Raísa Maxímonova causaban una agradable impresión: estaban en la edad perfecta, eran sonrientes y adecuados. Gracias a eso, surgió el interés por nuestra cultura, por la literatura.

     Por esa época, yo fui invitada a participar en una feria del libro en Frankfurt. También invitaron a Chinguiz Aitmátov y a Fazil Iskánder. Yo me sentía halagada de haber sido invitada junto con ellos porque uno y otro eran clásicos mientras que yo… Como se dice en ruso: “A donde va el caballo con sus cascos, va el cangrejo con sus tenazas”.

     A pesar de todo, cuando llegué a la feria, vi en un stand tres de mis libros, gruesos como ladrillos y traducidos al alemán. Los libros tenían unas cubiertas de colores vivos, brillantes: una rosada, otra amarilla y la otra, roja. Parecían pirulís y provocaba lamerlos. Esos libros habían sido publicados por una editorial de la República Democrática Alemana (RDA), cuyo nombre olvidé.

     Me quedé enamorada de las portadas y después le pregunté al alemán que atendía el stand:

- Où est mon argent? -Le pregunté en francés porque yo no sabía ningún otro idioma.

- No entiendo, - me respondió en ruso, el alemán. Él era de la RDA y allá estudiaban ruso en la escuela.

- ¿Dónde está mi dinero?

     Él guardó silencio y luego me dijo:

- Por supuesto que usted se ha ganado su dinero y nosotros pagamos completo a su agente los derechos de autor. Hay un acuerdo firmado.

- ¿Y dónde quedo yo? ¿Eso es al margen de mí?

- Ellos deben pagarle a usted un porcentaje. Mejor dicho, deben tomar un porcentaje.

- ¿Qué porcentaje? – Quise precisar yo.

- Aquí, en Occidente, el agente toma el 15%.

- ¿Es decir que el autor se queda con el 85%?

- Aquí sí, allá no sé.

     De pronto recordé que me había llegado un dinero que ellos habían llamado: cheque. Con ese dinero había ido a la tienda Beriozka, donde se compraban cosas extranjeras y se pagaba con divisas; pude comprar unas sandalias para mí y una rasuradora Gillet para mi esposo. Y ya. Eso fue todo. ¿A dónde se había el resto d’argent?

     Cuando regresé a Moscú, llamé a la agencia de derechos de autor. Pregunté en el ruso más puro:

- ¿Dónde está mi dinero?

- Un momento, - respondió la secretaria. Evidentemente, estaba transfiriendo mi llamada a alguien.

- ¡Diga! – respondió con gran irritación una voz masculina.

- Yo estuve en la feria del libro en Frankfurt y vi mis libros, - le informé.

- ¿Y qué con eso?

- ¿Dónde está mi dinero?

- ¿Qué pregunta es esa? – se enfureció el tipo.

- Mira, yo no te tengo miedo, - fue mi respuesta.

     El tipo se quedó callado porque el tipo está acostumbrado a que le tengan miedo. Pero esta vez, no le tenían miedo. Qué raro.

- ¿Y qué es lo que quiere? – me preguntó un poco más sereno.

- Que me manden la relación. Quiero saber cuáles son mis ingresos.

     El tipo volvió a quedarse callado.

- ¿Usted me entendió? – pregunté para verificar.

     El tipo decidió no tener ningún contacto conmigo. Qué importancia tenía quién era yo y de dónde venía…

     La culpa era de la perestroika. Los jefes ya no eran peligrosos e impunes. Habían encontrado la horma de sus zapatos.

     A la semana me llegó la relación. Revisé con detenimiento las cifras y comprendí: el 80% lo tomaba la Agencia de Derechos de Autor (ADA), y el 20% me quedaba a mí.

     Entonces llamé al escritor Serguei Kaledin. Su novela «Смиренное кладбище» (“Humilde camposanto”) había recorrido el mundo.

- Eso es un robo, - le dije a Serguei.

- ¿Y qué creías tú? Ellos también necesitan divisas.

- ¿Quiénes son “ellos”?

- Los jefes. Ellos mandan a sus hijos de safari.

- ¿Para qué?

- A cazar.

- ¿Y por qué los hijos de los jefes tienen que cazar con mi dinero? Yo también tengo hijos.

- ¿Y a ti que te gustaría?

- Justicia.

- En este país no ha habido justicia nunca.

- ¿Tu quisieras vivir en otro país? – Le pregunté.

- No. Pero quisiera arreglar las cosas aquí. ¿Comprendes?

     Todo estaba claro. Yo tampoco puedo vivir en ninguna otra parte que no sea mi país. En el exterior, yo soy visita. Y, como dice un refrán alemán: “la visita al siguiente día apesta.”

     Volví a llamar a la Agencia de Derechos de Autor. Esta vez, el auricular lo levantó otro hombre, un poco más inteligente. Entonces yo pregunté:

- ¿Por qué se quedan con un porcentaje tan alto?

- Porque tenemos un impuesto progresivo, - me explicó el funcionario. – Mientras más se publiquen las obras de un escritor, mayor porcentaje tomamos de él.

     Como los escritores que más se publicaban por esos tiempos eran los hermanos Strugatski, supongo que si a mí me quitaban el 80% a ellos debían haberle quitado el 101%. Es decir, ellos le quedaban debiendo a la ADA.

     Todo estaba claro. Colgué el auricular.

     Serguei Kaledin y otros escritores escribieron cartas a la ADA en las que prescindían de los servicios de la agencia como intermediario.

     “Ustedes reciben su dinero por ver los toros desde la barrera,” – los acusó Tatiana Tolstaya; fue intransigente y desencadenó una batalla.

      Yo no soy conflictiva. Soy miedosa. “Miedoso era el pobre Vania”. Pero tampoco estaba dispuesta a trabajar para que los hijos de otros disfrutaran. Así que simplemente me retiré silenciosamente de la ADA y empecé a firmar convenios directamente.

     Después de eso, hubo una feria del libro de Moscú a la que llegaron las editoriales más importantes del mundo.

     Un día me llamó un tal Misha, del departamento de asuntos extranjeros, y me dijo:

- Te buscan de la editorial suiza “Diógenes”. ¿Les puedo dar tu número de teléfono?

- Por supuesto, - Decidí yo.

     Después ocurrieron coincidencias, que no casualidades. Es la divina providencia.      Precisamente en esos días, estaba de visita en mi casa Angelika, una eslavista que vivía en Alemania.

     Los representantes de “Diógenes” me llamaron. Le pasé el auricular a Angelika y ella, astutamente, logró un acuerdo para reunirnos en mi casa. Les dio mi dirección. Los representantes de “Diógenes” llegaron a la hora pautada. Eran tres mujeres jóvenes.

     Me quedé muda cuando las vi. Qué rostros… Qué trajes… Nada escandaloso, en ningún caso. Todo modesto, discreto y caro. El discreto lujo de la burguesía.

     Los rostros: hermosos por naturaleza, por cuanto el dueño de la editorial es hombre y a él le gusta contemplar caras bellas, no hocicos torcidos. También me percaté del color de los rostros: la piel era limpia, como si la hubieran lavado con agua pura. Pero eso no era por el agua sino por la comida. Ellas se alimentaban de manera balanceada: comían productos frescos y muchas vitaminas. De esas mujeres jóvenes emanaba otra vida.

     Conduje a las invitadas hasta la cocina. Ahí estaba el teléfono que el día anterior se me había caído y se había desarmado, aunque seguía funcionando.

     Sin mucho ruido les ofrecí almuerzo. Las suizas tenían hambre y comían de una manera inspiradora.

     Angelika traducía con precisión. Yo escuchaba con atención y esto fue lo que entendí: el dueño de la editorial, Daniel Keel, leyó mi novela corta “Старая собака” (“Un perro viejo”), que había sido publicada en la RDA, mucho antes de la perestroika. Cuando la leyó, se sintió identificado porque, en aquel momento, Daniel sentía algo semejante a lo que sentía mi personaje principal en la novela. Él quedó tan afectado por la novela, que quiso comprarla para su editorial. Pero… los derechos los tenía la ADA y Daniel no pudo hacer nada entonces. Sin embargo, cuando se realizó la feria del libro en Moscú, mandó a sus mensajeros, les ordenó encontrar a Tókareva y seducirla para la editorial a cualquier precio. Por eso aquí están conmigo: Kori, Susanna y otra tercera cuyo nombre no recuerdo.

     No lo voy a negar, antes me habían contactado unos agentes de Inglaterra y Estados Unidos, y se dieron unas conversaciones mustias. Pero en este caso, todo es diferente. Todo es operativo, concreto, con visita a la casa, directo a la cocina… Hubo un momento en el que Kori sacó una hoja de papel y, con su bolígrafo, se puso a escribir un formato: una carta de intención. Según ese acuerdo, yo debía trabajar exclusivamente con la editorial “Diógenes”.

     Más adelante, hay más. Las bellezas regresaron a Zurich, invitaron a Angelika, que estaba en Alemania y le dijeron que, si ella me convencía de trabajar exclusivamente para “Diógenes”, ellos le darían trabajo a ella en la editorial. A ellos les hacía falta, justamente, un eslavista.

     No era necesario que me convencieran. Ya me habían propuesto un súper generoso acuerdo. Yo hubiera aceptado la mitad, hasta la tercera parte.

     La vida de Angelika también cambió para mejor. Antes, ella vivía en una pequeña ciudad alemana y recibía un subsidio por desempleo. Una suma miserable. Ahora ella se había mudado para la capital de la Suiza de habla alemana, un país hermoso y ordenado. Empezó a trabajar en su especialidad, en una de las editoriales alemanas más importantes. Y el sueldo era 15 veces mayor que el subsidio anterior. Si así llueve, que no escampe.

      Angelika se mudó para Zurich. A mí también me invitaron a Zurich para cerrar el acuerdo. La invitación incluía: boleto aéreo en Business Class, Hotel “Europa”, cinco estrellas, o tal vez diez. En la habitación cambiaban las flores cada día. Ponían rosas frescas, tan perfectas, que yo creía que eran artificiales, pero no, eran de verdad.

     Un día Dani Keel llegó a la editorial para conocerme. Su atuendo era una chaqueta elegante y carísima, sobre unos jeans comunes. Llevaba un pañuelo atado al cuello. Tenía un rostro inteligente. Se le notaba algo nervioso. Él estaba recibiendo a su autor preferido como un filatelista recibe una estampilla rara.

     Por la noche, Dani, Winfried, su asistente, Angelika y yo fuimos a un club de striptease.

     Yo contemplaba con interés a las señoritas desnudas. Se veían ordinarias, toscas. Prostitutas baratas. Algunas eran  secas como conejos. Había una culona. Era evidente que ninguna había leído algún libro en su vida. Su prioridad era el dinero, la cantidad que fuera, incluso la más pequeña. Yo creo que una mujer sin mundo espiritual no puede ser hermosa.

     Dani me invito a bailar. Yo bailaba, intentaba moverme con facilidad y, de ser posible, con elegancia. Tenía 48 años, prácticamente, 50. “50 años es una buena edad, pero eso lo comprendes a los 60” (Tókareva en otro cuento).

     Desde el punto de vista de hoy día, yo me veía joven pero igual me sentía acomplejada. Me hubiera gustado tener 20 años menos, y si hubiera sido posible, 30. Es que escribir libros se puede a los 50, pero bailar es mejor a los 20.

     Dani es editor por designios divinos. Conoce toda la literatura mundial a fondo. Él mismo alguna vez intentó escribir, pero no le fue bien y, desde entonces, considera una especie de deidades a quienes escriben. Dani era mayor que yo 10 años, una buena diferencia. Pero lo más interesante en él era el talento como editor, la entrega con fanatismo a su oficio. Era un raro editor.

      Angelika y yo comenzamos a visitar a Dani. Angelika odiaba esos paseos porque le tocaba traducir sin descanso. A la pobre no le daba tiempo ni siquiera de comer bien y yo, metida completamente en la conversación, no me ponía en sus zapatos.

     Dani tenía una casa maravillosa, de dos pisos, en Eleonorstrasse. En Zurich, las calles tienen nombres de mujer, porque aman los nombres de mujer porque son bonitos. En cambio, en Moscú, puede haber una calle que se llame Proletárskaia y otra que se llame Calle Voikov. ¿Quién era ese Voikov? Existen varias hipótesis.

     La persona más importante en la vida de Dani era Anna, su esposa, una rubia delicada, de ojos inmensos. Anna era artista plástico, muy bondadosa y de risa fácil. Nunca había visto a unas personas que conjugaran en sí todo simultáneamente: talento, belleza, bondad y buen humor.

     Anna, todos los días, me mandaba flores al hotel. El botones traía unos ramos gigantes, no eran simples bouquets. Era algo nunca visto, eran como arbustos tropicales, casi árboles.

     Habitación de lujo, flores exóticas… Yo nunca había vivido así.

    Una vez, Dani y Anna quisieron mostrarme las bellezas suizas. Nos subimos a un funicular. Nuestro vagón se mecía en las alturas. Exótico. Pero ese día, el clima no era propicio porque había mucha niebla, no se veía nada.

     Dani y Anna llevaban abrigos de casimir. Anna llevaba una trenza y Dani un sombrero panamá.

     Nos comunicamos perfectamente, a pesar de que no estaba Angelika. La mímica, los gestos, un mal francés, en fin, todo ayudó. Recuerdo ese día más que los otros porque fuimos sinceros y cercanos, como una familia.

     Dani y Anna se amaban, pero su amor era particular. Su relación era volátil, como la de los adolescentes. A veces, en medio de un banquete, empezaban a gritarse tanto que el techo se levantaba. Al principio yo me asustaba, pero después me di cuenta de que los demás invitados no se inmutaban. Estaban acostumbrados. No les prestaban atención.

     Una vez se prendió un escándalo por culpa de la luna. Dani dijo que la calle estaba clara por la luz de la luna. Anna dijo que no, que la luna no tenía nada que ver, que la nieve, como es blanca, es por sí misma, fuente de luz. ¿Qué diferencia había? Al parecer muy grande, de principios, tal vez. Casi se pelearon por eso.

     Algunos años más tarde, Dani se enfermó. Su enfermedad se evidenciaba en los temblores: le temblaban las manos y la cabeza. Como siempre, yo viajaba a Zurich y los visitaba. Cuando yo iba a llegar, Dani tomaba un medicamento que relajaba los músculos y eliminaba el temblor. Pero el medicamento tenía un efecto secundario: Dani podía quedarse dormido mientras almorzaba. Simplemente se apagaba.

     Cuando yo veía que Dani se quedaba dormido sobre la mesa servida, me sentía confundida, no sabía qué hacer, cómo reaccionar. Una persona se queda dormida de repente, sobre la mesa, y los demás siguen como si nada. Todo seguía normal. Imagino que pensarían: Sí, está dormido, en algún momento se despertará.

     Simplemente aceptaban a Dani tal y como era. Sus virtudes pesaban mucho más, por eso le pasaban cualquier inconsistencia.

     Nuestra amistad es el pedazo más luminoso de mi vida. Bueno, si no el más luminoso, uno de ellos. Dani siempre me elevaba la autoestima.

     Yo vivía como podía y no encontraba nada particular en ello. Pero Dani lo encontraba. Él me aseguraba que yo era una escritora con más profesionalismo que, por ejemplo, George Sand. Según él, yo tenía mejores resultados. ¿Por qué? Porque George Sand le dedicaba demasiado tiempo a sus amantes mientras que yo ponía en primer lugar mi trabajo y, de todas maneras, tenía tiempo para ser mujer.

     Esa comparación era rara para mí. Me comparaba con una escritora que había vivido 100 años antes. ¿Dónde estoy yo, dónde está ella? En realidad, 100 años tampoco es tanto. Estamos casi una al lado de la otra.

     ¿Qué rol jugó Dani en mi vida? Él compró la colección de mis obras y me pagó unos honorarios considerables. En los años 90, esa suma se consideraba astronómica.

     Yo compré un terreno en una zona elitesca y construí una casa en las afueras de la ciudad. Una casa: ese era mi sueño, mi sueño hecho realidad.

     El dinero me lo dio “Diógenes”. “Diógenes” pudo cristalizarse para mí gracias a la perestroika. Y la perestroika la trajo Gorbachov, Mijaíl Sergueievich. De no haber sido por Gorbachov, yo hubiera seguido recibiendo 20% de honorarios y me hubiera comprado unas sandalias blancas en “Beriozka”.