martes, 3 de marzo de 2026

Los hombres de mi vida (IX). Victoria Tokareva

 

Los hombres de mi vida (IX)



     La cúspide de Daneliya en el cine fueron: «Не горюй» (“No te aflijas”) y «Осенний марафон» (“Maratón de otoño”). Esas películas también trastocaron el alma y se quedaron, se quedaron sin perder vigencia y brillando.

      Ahora él tiene 84 años. Es decir, Mérichka lloró inconsolablemente para nada. Él está vivo, no toma (se hizo un nudo), y trabaja. Rodó una película de dibujos animados por la que recibió el “Oscar asiático”. Yo ni sabía que existía ese premio. También escribió un libro que se convirtió en bestseller.

     Hace poco me llamó por teléfono y me preguntó:

- ¿Tu guardaste copia de la carta?

     Se refería a aquella carta que yo le escribí cuando estábamos en la cúspide de nuestro amor.

- ¿Para qué la quieres? -Pregunté como respuesta.

- Yo la tenía guardada en el bolsillo interno de un saco. Me gustaría que me enterraran con esa carta.

- ¿Y qué pasó? – Pregunté porque no entendía.

- La carta se perdió.

- Debe ser que tu esposa la encontró y la rompió. -Traté de adivinar yo.

- ¿Acaso ella anda hurgando en los bolsillos?

- Entonces, a la carta le salieron alas y se fue volando.

- ¿Tienes una copia?

     Daneliya me conocía muy bien, sabía que las cartas que me gustaba como quedaban, yo las consideraba originales.

- Voy a buscar. - Le prometí.

- Por favor, no te demores. -Me pidió él.

     Esa historia yo la escribí en un cuento. Ahora me toca repetirme, pero ¿Qué puedo hacer? Lo que fue, ya pasó.

     A lo mejor la carta está en el archivo. Mi archivo está en el segundo piso. La escalera es de caracol. Solo falta que me caiga… Me acerqué a la escalera y me devolví. Lo que fue, ya pasó. O no…

Los hombres de mi vida (VIII). Victoria Tokareva

Los hombres de mi vida (VIII)


     La cúspide de Daneliya en el cine fueron: «Не горюй» (“No te aflijas”) y «Осенний марафон» (“Maratón de otoño”). Esas películas también trastocaron el alma y se quedaron, se quedaron sin perder vigencia y brillando.

      Ahora él tiene 84 años. Es decir, Mérichka lloró inconsolablemente para nada. Él está vivo, no toma (se hizo un nudo), y trabaja. Rodó una película de dibujos animados por la que recibió el “Oscar asiático”. Yo ni sabía que existía ese premio. También escribió un libro que se convirtió en bestseller.

     Hace poco me llamó por teléfono y me preguntó:

- ¿Tu guardaste copia de la carta?

     Se refería a aquella carta que yo le escribí cuando estábamos en la cúspide de nuestro amor.

- ¿Para qué la quieres? -Pregunté como respuesta.

- Yo la tenía guardada en el bolsillo interno de un saco. Me gustaría que me enterraran con esa carta.

- ¿Y qué pasó? – Pregunté porque no entendía.

- La carta se perdió.

- Debe ser que tu esposa la encontró y la rompió. -Traté de adivinar yo.

- ¿Acaso ella anda hurgando en los bolsillos?

- Entonces, a la carta le salieron alas y se fue volando.

- ¿Tienes una copia?

     Daneliya me conocía muy bien, sabía que las cartas que me gustaba como quedaban, yo las consideraba originales.

- Voy a buscar. - Le prometí.

- Por favor, no te demores. -Me pidió él.

     Esa historia yo la escribí en un cuento. Ahora me toca repetirme, pero ¿Qué puedo hacer? Lo que fue, ya pasó.

     A lo mejor la carta está en el archivo. Mi archivo está en el segundo piso. La escalera es de caracol. Solo falta que me caiga… Me acerqué a la escalera y me devolví. Lo que fue, ya pasó. O no… 

lunes, 2 de marzo de 2026

Los hombres de mi vida (VII). Victoria Tokareva

 

Los hombres de mi vida (VII)


     Vladímir Voinóvich me dio el impulso a la literatura, pero Daneliya me abrió las puertas del cine y me llevó de la mano. Juntos escribimos los guiones de seis películas, de las cuales dos fueron un éxito rotundo: «Мимино» (“Mimino”) y “Джентльмены удачи” (“Caballeros de fortuna”). Esas películas no envejecen. La gente las ve y disfruta todavía hoy, y las disfrutará dentro de 40 años


     Hoy, desde el escalón de la vida en que me encuentro, comprendo que mi vocación es la literatura. Pero entonces yo estudiaba en el Instituto de Cinematografía. Todos soñábamos con “salir a producir”. Yo también soñaba con ser la autora de un guion que se rodara, que se convirtiera en película. A mí me parecía que allí estaba la verdadera gloria.

     Cuando era estudiante iba con frecuencia a “Mosfilm” y llevaba propuestas de guiones que Gribánov, el editor, cortésmente las rechazaba. Él era un hombre galante, muy bien educado. Pero cuando quien rechazaba las propuestas era una editora, lo hacía a lo bestia. Por ejemplo, yo preguntaba:

- ¿Por qué no funciona? ¿Son pocas páginas?

- Las páginas son suficientes lo que es poco es el cerebro.

     Todavía recuerdo el apellido de esa “delicada” editora, pero no quiero decirlo.

     Resultó que la revista “Joven Guardia” publicó mi cuento «День без вранья» (“Día sin mentiras”), entonces, una semana después, me llamó por teléfono Gribánov y me pidió ir a “Mosfilm”, tercer piso, oficina 24.

     Estuve una hora pintándome una flecha en el párpado superior, como Nefertitis. Esa era la moda. Naturalmente, llegué tarde. Gribanov estaba estresado. Cuando yo entré, se alegró y escondió ese sentimiento.

- ¿Trajo el pasaporte? – me preguntó.

     En realidad yo había perdido el pasaporte pero no me decidí a reconocerlo. Me daba miedo perjudicarme.

- Lo olvidé en la casa, - le respondí.

- ¿Recuerda de memoria?

- ¿Qué debo recordar de memoria?

- Los datos del pasaporte.

- Los recuerdo.

- Entonces nos arreglaremos sin pasaporte.

     Yo no entendía qué estaba pasando y le pregunté:

- ¿Para qué necesita el pasaporte?

- Vamos a cerrar un acuerdo con usted.

     Después supe que a Gribánov le habían dado la orden de no dejarme ir sin firmar un acuerdo porque otras unidades podrían sonsacarme y acapararme. Por eso Gribánov, sin preámbulo, sacó el block de acuerdos y, sin preámbulo, empezó a llenarlo.

     En ese momento entró el director de la Sexta Unidad, Danilyantz: un armenio de edad avanzada con cara inteligente en la que se reflejaba la experiencia.

     Él pronunció unas frases generales del tipo: estamos muy contentos, nosotros esperamos… Después se quedó pensativo mirando por la ventana. Con toda seguridad, en ese momento, él elucubraba en su astuto cerebro armenio cómo engañarme. Yo era estudiante y no estaba al tanto de las tarifas así que ¿por qué no engañarla? Él pronunció una cifra: más baja que el nivel más bajo. Tres veces más abajo.

     Yo quedé aturdida. La suma que me ofrecía me parecía astronómicamente enorme. Irreal. Era el costo total del carro «Победа» (“Triunfo”).

     Yo firmé el acuerdo. Me fui a la dacha. Allí me esperaba mi familia: mi esposo y mi pequeña hija.

     Le enseñé el acuerdo a mi esposo. Él se enfurruñó. Cuatro mil rublos era su sueldo de dos años. Tenía que trabajar como esclavo dos años, además, sin comer ni beber, para tener esa cantidad de dinero.

     Cuando el dinero entra en la familia es prosperidad. Pero quien debe garantizar la prosperidad es el hombre, no la mujer. En eso de que el dinero lo gana la mujer hay algo que rompe el balance. El esposo como que deja de ser el jefe de la familia y no puede mandar. Puede mandar, claro que puede, pero nadie le hará caso. En jefe se convierte el dueño del dinero. Y quien es el dueño, se porta como un descarado. Yo me había dado cuenta de eso en otras familias.

     Nosotros estábamos comenzando nuestra vida. Dormíamos juntos, nos dábamos calor mutuamente, amábamos a nuestra pequeña hija por encima de todo en el mundo. Yo no iba a ser una descarada. Lo importante era que hubiera prosperidad, ahora, quién la garantizaba ¿no daba lo mismo?

     Mi esposo era inteligente, guapo, de buena familia. A mí me gustaba verlo y escucharlo. Pero de todas maneras su posición se tambaleó.

     En Occidente un ingeniero es un hombre próspero. Pero la situación de un ingeniero en nuestro país es inferior a lo más bajo. Ese fue el país que nos tocó y esa era la época.

     Mi esposo vio el acuerdo y lo puso en el alféizar de la ventana.

- Me quiero lavar el cabello. Échame el agua, - le pedí yo.

     Él calentó el agua en un balde y empezó a echarme agua con un perolito.

     Yo estaba de pie con la cabeza inclinada sobre el lavamanos, desnuda hasta la cintura. Estaba erizada. La espalda me temblaba ligeramente, como a los perros.

- ¿Tienes frío? - preguntó mi esposo.

- No.

- ¿Y por qué estás temblando?

- No sé.

     Estaba en shock de la felicidad. Yo había logrado salir a la producción. Haría una película. Ahora estaría con Símonov en el mismo nivel. No de igual a igual, claro, pero es lo mismo: el es escritor y yo soy escritora.

     Una alegría tan grande también es estresante, con signo de plus. Por eso el organismo reacciona. Por lo visto, se desecha la adrenalina. Yo temblaba. Comenzaba una nueva vida. Que comenzara con la cabeza limpia. Me envolví el cabello en una toalla.

     Mi esposo y yo salimos, y nos sentamos en el porche. Nos quedamos en silencio, disfrutando la tranquilidad. Mi esposo estaba triste.

     Yo entré a una nueva vida como si hubiera aterrizado en otro planeta. Allí todo es interesante, hay talentos, hay otro nivel de libertad. Allá me seleccionarán y él se quedará sin mí. Pero yo no le tengo miedo a nada. Yo me abrí paso hacia la puerta del cubículo del Papa Carlo, igual que Buratino (1), y la llave de oro la tenía apretada en mi puño.

     Entonces, me asignaron un director. Era egresado del Instituto de Cinematografía. Andrei Ladynin, hijo de Ivan Pyryev y Marina Ladynina.

     La generación actual probablemente no recuerde esos nombres. Iván Pyryev era el dueño del cine, amante del poder, el chivo más importante en el rebaño cinematográfico.  Marina Ladynina, su esposa, una belleza, estrella de los años treinta. Pero... “Llegaron otros tiempos, aparecieron otros nombres”.  Se vengaron de Pyryev por el éxito pasado y por el poder actual. En nuestro país siempre pasa lo mismo: quien ayer fue todo, hoy nada debe ser.

     Ladynina tampoco volvió a figurar. Pyryev tenía una esposa nueva.

     Andrei Ladynin andaba sobre piernas débiles, andaba pensativo, como en el otro mundo, encendiendo fósforos todo el tiempo. Tenía los dedos marrones por la cera de los fósforos. Cuando se sentaba, enrollaba una pierna sobre la otra. Yo decía que “tejía una trenza con las piernas”. Lo molestaban las “sombras de los antepasados olvidados”. Andrei era un hombre dulce, tierno pero todo el talento para dirigir, lo tenía su padre Iván Pyryev. A Andrei no le tocó ni una gota.

     No sé cuál sería su vocación. A lo mejor había nacido para ser biólogo, o aviador, o médico. No lo sé, pero director de cine, no era. Eso, a él, no le interesaba absolutamente para nada. No sabía cómo acercarse a un guion y yo tampoco sabía. Esa era mi primera experiencia. Nos sentábamos uno frente al otro y ambos sufríamos.

     Iván Pyryev sospechaba que Andrei no tenía talento para esta profesión. Tal vez por eso una vez me llamó a su oficina en “Mosfilm” y me preguntó:

- ¿Qué piensa usted de mi hijo?

     Por poco meto la pata y le digo lo que pensaba, pero me contuve a tiempo. Por más que sea, trabajamos juntos.

- Es una persona interesante, - dije yo. Y eso no era una exageración. Andrei era realmente una persona interesante en todo menos en cine.

     Iván Alexándrovich se sinceró conmigo y empezó a quejarse de su vida, de la esposa de Andrei que repetía: “Cuándo se morirá ese viejo…”

     Yo miraba con los ojos desorbitados a Pyryev. De lejos él me parecía todo poderoso, como Stalin. Y ahora, frente a mí, estaba sentado un hombre viejo y humillado, común y corriente. Tomaba té haciendo sonar la cucharilla. Honestamente, es preferible no acercarse a los ídolos. Pyryev tenía una forma poco común de cráneo:  la nuca echada hacia atrás, como los extraterrestres. Andrei tenía la misma forma. El talento no le pasó al hijo, pero la forma de la cabeza sí.

     Pyryev amaba a Andrei y por eso decidió reforzar la película del hijo con los mejores. Fueron invitados los mejores directores de comedia: Riazánov, director artístico y Daneliya, guionista. Los soportes eran necesarios para el guion y para la realización.

     La editora, Nina Skuibina, le mostró el guion a Daneliya. Él estuvo de acuerdo. Me invitó a su casa para conversar al respecto. Nina y yo fuimos hasta Chistye prudy, donde quedaba su casa. Abrió la puerta Meri Ilyinichna Andzhaparidze. Resumiendo: Mérichka.

     Recordé que nos habíamos conocido en la revista “Fitil”, cuando Mérichka era directora de cine, trabajaba en “Mosfilm”. Yo había ido para algo en “Fitil”, lo más probable, a llevar un guion. Mijalkov y yo conversábamos con tanto interés y alegría que a los demás se les transmitió esa alegría. Todos sonreían, Mérichka también. Yo la recordaba con signo de plus. Si Mijalkov estaba contento conmigo, quiere decir que yo no era un lugar vacío.

     Nos sentamos en el estudio de Georgui Daneliya. Estudio es una exageración. Era un cuartico de unos ocho metros cuadrados. Parecía el compartimiento en un tren.

     Liuba Sokolova, su esposa, nos trajo café con crema. Mérichka y Liuba eran excesivamente amables, con todo su ser nos mostraban un gran respeto. Pienso que ese respeto era más hacia Nina porque ella era viuda del gran director de cine Vladímir Skuibin, que había muerto de esclerosis múltiple. Su última película la dirigió acostado en una camilla, no abandonó el rodaje nunca, ni siquiera cuando ya estaba literalmente muriendo. Eso fue una proeza.

     En el estudio chiquitito, estábamos Georgui, Nina y yo hablando cada quien lo suyo. De pronto, Nina se levantó y salió. Tomó su abrigo del perchero. Yo salí tras ella.

- ¿Para dónde vas?

- Me voy.

- ¿Por qué?

- Él me asfixia.

     Por lo visto, Georgui era insistente, autoritario, no soportaba objeciones ni otras opiniones. Yo no sentía nada de eso y podía soportar lo que fuera. Nina no quería soportar ninguna presión ajena. No quería discutir, no quería crisparse. Por eso simplemente se levantó y se fue. El caso es que ella era editora, por lo tanto, tenía que revisar montones de esos guiones. En cambio, yo era la autora del guion. La diferencia es la misma que hay en una guardería entre tu hijo y otro bebé. También deseas lo mejor para el otro niño, claro, pero no igual que para el tuyo. Nina se fue. Yo me quedé.

     En esa época, a Daneliya le habían censurado la película Hadji Murat. Le prohibieron continuar el rodaje porque en la novela de Tolstoi se representaba como anti rusa a Goskinó, el organismo gubernamental que dirigía la industria cinematográfica en la URSS. Es que Tolstoi describía con repugnancia la manera en que los soldados rusos se comportaban en la tierra de los chechenos; defecaban en el agua, por ejemplo. Tolstoi había descrito a los chechenos con mucho mayor respeto que a los rusos.

     El guion de Hadji Murat ya estaba listo, el casting realizado y Daneliya estaba loco por rodarla. Pero la censuraron. Como un portazo en la cara. Él se sentía humillado, desconcertado. Entonces se dedicó a trabajar en mi guion solo para estar ocupado en algo. No sabía estar mano sobre mano. Él, generalmente, estaba de dos maneras: trabajando o bebiendo. Eso sí, por turnos. Aunque se dedicaba con pasión a una y a otra cosa.

     Nos dedicamos a mi guion. Yo tenía 28 años, Daneliya tenía 36 y su esposa, Liuba, 47. Yo llegaba a su casa a las 10 de la mañana. Me sentaba frente a él. Quedábamos nariz con nariz. Y empezábamos a crear.

     Después de Andrei Ladynin, me parecía que yo había volado de un sótano oscuro a una pradera florida, inundada de sol. Todas las sugerencias que venían de Daneliya me llevaban al más sincero éxtasis y yo me reía como un niño en el circo. Toda la casa se llenaba con mi risa. Si algo no me gustaba, yo dejaba de reírme, fruncía el ceño inexpresivamente. Daneliya se enfurecía, pero rápidamente cambiaba la dirección de su fantasía y, al final, entre ambos, conseguíamos la solución necesaria. Una vez yo le dije:

- Tu aporte al guion es mayor que el mío.

Él me respondió:

- Cuando tú estás conmigo en un mismo espacio, yo me vuelvo genial.

Tiene mucho sentido. Es posible que él, gracias a mis reacciones, encontrara el camino correcto, así, como un barco se guía por el faro.

A la una de la tarde, Liuba se asomaba y decía:

- Vamos a comer…

     Íbamos a la cocina, grande y luminosa, con una ventana con forma de medio círculo y una mesa ovalada de roble. Nos sentábamos a la mesa. Liuba sacaba del horno un pavo dorado y me preguntaba:

- ¿Qué prefieres, carne blanca o negra?

- Negra, - respondía yo pensando que era una elección más discreta. Pero resulta que la carne negra es el muslo, la parte más sabrosa.

     En esa época, todos éramos muy pobres, yo también, por supuesto. Un pavo dorado me parecía una rara exquisitez.

Yo preguntaba, con los ojos abiertos como platos, por el asombro:

- ¿Ustedes siempre comen así?

     A mí me encantaba la cocina de 30 metros, la ventana en semicírculo, la comida, Mérichka, el talento de Geo. Me gustaba su apartamento, hecho de libros; el niño alto, de ojos grandes, que era Kolka, el hijo de Geo y Liuba. Me gustaba todo. Literalmente yo aplaudía la vida de ellos.

     Ahora, aunque es un poco tarde, me doy cuenta de que el apartamento era oscuro, que todas las ventanas daban a un mismo y oscuro lugar, que los muebles eran viejos, que Geo era alcohólico.

     El alcoholismo es un fenómeno poco frecuente entre los georgianos porque su cultura gastronómica incluye el vino. Toman, pero no se emborrachan. Sin embargo, un gran talento implica dificultades. Un gran talento es la excepción de la norma y una excepción arrastra consigo otras.

     Daneliya decía sobre sí mismo: “Por la cantidad de lo que yo he tomado, he cubierto la norma de una pequeña ciudad europea.” Se reía para no llorar. Esa era la tragedia de su familia. Meri lloraba inconsolable: “Yo no quiero vivir esperando a que él muera.”

     La borrachera no es una fiesta. Pero para mí, Geo no era peor por eso. Su talento cubría todos los defectos. Yo simplemente no los veía. Cuando nosotros escribíamos, uníamos la imaginación y las almas, y para mí no había otro pasatiempo. Esos fueron los mejores años de mi vida.

     Terminamos el guion de «День без вранья» (Un día sin mentiras), y lo llevamos a “Mosfilm”. Era marzo. Había sol. Yo no caminaba, iba, flotando; me impulsaba no de la tierra, sino del aire. Así como en un sueño que si uno se impulsa con más fuerza, vuela. Ese era el estado de mi alma. Él iba a mi lado, con un sobretodo claro, erguido como un oficial de la guardia blanca.

     Yo me enamoré y los ojos me brillaban cuando lo veía. Daneliya era hosco e inaccesible. Él también se enamoró, pero obstaculizaba el sentimiento con las cuatro patas, como un perro cuando lo arrastran al desolladero.

     Después del primer guion, escribimos «Джентльмены удачи» (“Caballeros de fortuna”). Ese era un guion para Alexander Seroi, un amigo de Geo.  Lo escribimos con alegría y sin mucho esfuerzo. La película resultó muy divertida, todavía hoy la pasan porque encierra una especie de magia: nuestra juventud y el presentimiento del amor. El amor crecía en nuestras almas y no se escapaba al mundo exterior. Ninguno de los dos era libre, cada uno tenía un hijo, aunque hay fuerzas contra las que es imposible oponerse. Un terremoto, por ejemplo, o un tsunami. Yo no podía hacer nada con lo que me pasaba y la culpa era de Daneliya ¿Por qué tenía que ser tan talentoso y tan increíble?

     Una vez un taxista me contó que su padre había muerto por culpa de una vaca.

- ¿Lo corneó?

- No.

- ¿Lo aplastó con las patas?

- No. Nosotros vendimos la vaca, compramos una caja de vodka, mi  papá se tomó toda la caja y se murió.

- ¿Y qué tiene que ver la vaca?

- ¿Cómo qué no tiene que ver? – se alarmó el chofer – Si la vaca no hubiera existido, no la hubiéramos vendido, si no la hubiéramos vendido, no hubiéramos tenido dinero y si no hubiéramos tenido dinero, no hubiéramos comprado el vodka. Claro que la vaca tiene la culpa.

     Yo razonaba igual. De mis sentimientos yo culpaba a Daneliya porque él no tenía que ser el mejor de todos. No tenía que mirar con esos ojos, los más bellos del mundo, y menos tenía que tocar guitarra y cantar con esa voz tan hermosa, algo quebradiza, tampoco tenía que hacer aquellos acordes tan precisos que iban directo a mi corazón.

     Nuestras relaciones se volvieron peligrosas para nuestras familias. Meri me empezó a odiar porque ella quería que su amado nieto creciera en una familia estable, que tuviera cerca a su mamá y a su papá. Meri se mantenía firme como una roca y era eterna, como el universo.

     Ahora yo la entiendo porque ¿qué es el amor? Un proceso químico en el cerebro mientras que un niño es un ser vivo y tibio que tiene manos y piernas, y una carita angelical. Un hijo es tu inmortalidad. ¿Acaso es posible sustituir uno por otro? Y no solo eso, con su corazón amoroso, Meri comprendía, que su hijo enfermo necesitaba, no a la amante, sino a una madre sustituta y esa era Liuba. A propósito, Liuba no le temía a las borracheras, al contrario, eran sus aliadas porque cuando Geo estaba borracho, perdía la capacidad de maniobra y se quedaba en casa, como un barco en el puerto. Y eso era lo más importante.

     Mi esposo guardaba silencio, como si no se diera cuenta. Tocar el tema hubiera sido como quitar el anillo y liberar la espoleta de una granada fragmentaria: en tres segundos ¡kabum! Nuestro matrimonio hubiera estallado en pedazos, mientras que, en silencio, podíamos seguir sobreviviendo, incluso podíamos encontrar la belleza de la tranquilidad, de la estabilidad y de nuestra feliz hijita porque ella también necesitaba un papá y una mamá fijos, no itinerantes.

     Pero el amor no es algo inmóvil, no se queda estático en un lugar. El amor se desarrolla, como el fruto en el vientre. Llega el momento en que debe nacer. En caso contrario, muere.

     Eso fue lo que pasó con nuestro amor.

     Escribimos otros guiones: “Mimino”, «Совсем пропащий» (“Fracaso total”), «Шляпа» (“Sombrero”) …

     Como guionista, yo vivía el florecimiento de mi carrera, como mujer, me sentía como un perro encerrado. Nuestro amor se enfermó. Empezamos a discutir.

     Lamento no haber escrito nuestras discusiones. Esos eran diálogos claros y apasionados. Debo decir que me gusta escribir mis estados de ánimo. Una vez le escribí una carta de amor, un desbordamiento del alma. La escribí en dos ejemplares: uno para él, el otro, para mí. Para que quedara como un recuerdo. Difícilmente yo volvería  a sentir algo parecido alguna vez en mi vida. Es más, yo, intuitivamente, sabía que nosotros no nos mantendríamos juntos. Simplemente lo sabía. Es todo. No hay causas que explicar.

     Creo que lo que pasa es que tengo un ángel de la guarda fuerte. Mi ángel de la guarda sabe dónde es mejor que yo esté. Pobre ángel de la guarda, me imagino lo que sudó y se sofocó tratando de despegarme de Daneliya. Hasta que, en un día maravilloso, todo se reventó, como la cuerda de una guitarra, con un sonido penetrante y triste. Y terminó la época que se llamaba Daneliya.

     Yo me quería suicidar, pero no lo lograba. De pronto, mi hija entró en la habitación y me preguntó:

- ¿Tú sabes saltar la cuerda?

- Sí, - le respondí.

- Enséñame.

       Me tocó levantarme y enseñarla a saltar la cuerda. Yo saltaba para atrás, con una sola pierna, alternando, primero la derecha, después la izquierda. Mientras saltaba, el deseo de morir se disipó. Había pasado el momento. Y, si a ver vamos, qué horror le hubiera causado yo a mis seres queridos, por no hablar de lo que me hubiera hecho a mí misma.

     Por su parte, Merichka hubiera dicho: “Es que ella es una loca. Yo siempre lo supe.” Y los demás pensarían: “Exacto, una loca, porque solo los que están mal de la cabeza se pueden ir de la vida por su voluntad.”

     “A veces pasa que amas, amas a una persona y después, ¡zaz! ya no amas. Queda solo la tristeza de tus sentimientos que habías mandado a pasear y regresaron con los dientes rotos y la cara llena de moretones.”

     Es una cita de Tatiana Tolstaya. Imposible decirlo mejor.

     Mi amor pudo salir arrastrándose debajo de los escombros, con los dientes rotos y los moretones en la cara. Después de todo, fue lo que hubo entre nosotros.

     Hay un mandamiento que yo nunca entendí: “No te harás un ídolo, ni ninguna semejanza.” Yo podía entender: “No matarás”, porque matar no es bueno; “No robarás”, también está claro.  Pero ¿qué tiene de malo crearse un ídolo? Pues resulta que es un pecado por el que tienes que pagar. Y yo creé un ídolo de un pecador. Por eso estoy pagando.

     ¿Por qué escribo todo esto? ¿Qué importa lo que le pase a cada quien en la vida? Escribo porque enumero a las personas que jugaron algún papel en mi realización.

     El papel que jugó Daneliya fue fundamental. Nosotros creamos algunas buenas películas, aunque eso no es lo importante para mí. Pudo ser, pudo no ser. Lo importante es otra cosa: EL ME DIO UN TEMA. Los críticos bautizaron ese tema como LA NOSTALGIA POR EL IDEAL.

     Daneliya llenó mi vida de amor y de sufrimiento, en diferente proporción. Y yo me tomé esa taza completica, hasta el fondo. Después escribí 20 tomos, escribí más que Chéjov. Todos mis libros son variaciones de un mismo tema: el amor y el sufrimiento, el paraíso y el infierno.

     Que bueno es escribir solo sobre lo que uno ha experimentado en su propio pellejo, sobre lo que ha pasado por el corazón.

     Creo que la gente quiere leer mis libros porque, con algunas excepciones, a cada mujer le ha pasado algo semejante a lo que yo escribo.

     Hace poco le pregunté a Daneliya:

- Si no hubiera sido por ti, ¿sobre qué escribiría yo? ¿De qué viviría?

Él me respondió:

- Yo estoy solo en una parte.

     Puede haber sido en broma, o no. Él está en la parte de mi éxito y de mi prosperidad. Porque los moretones en el alma pasan. O no.

 

(1) Referencia a Las aventuras de Buratino, película soviética musical de culto que es una adaptación del cuento deAlexei Tolstoi "La llave de oro o las aventuras de Buratino". 



jueves, 26 de febrero de 2026

Los hombres de mi vida (VI). Victoria Tokareva

Los hombres de mi vida (VI)


     Todo esto lo trajo el viento del deshielo. En otoño habían derrocado a Jruschov (menos mal que no lo mataron, simplemente lo sacaron del cargo).

     Llegó Brezhnev y comenzó un largo estancamiento. Los jóvenes escritores con talento no podían abrirse camino a través del tapón de goma compacta del estancamiento. La energía creadora se esfumó como el humo por una chimenea. Y por ahí se fue la vida también. Entonces los escritores jóvenes empezaron a emborracharse, a cambiar a sus mujeres, se fueron del país. Todo eso lo describe maravillosamente bien Dovlátov, a quien la gloria le llegó después de muerto. Más vale tarde que nunca, pero es mejor a tiempo.

     Mi cuento fue acogido. La crítica debatió largamente cómo calificar el género. Para ser un cuento humorístico era muy largo. Para ser un cuento serio era muy divertido. O sea ¿qué es eso?

     Fue el filósofo Evgueni Bogat quien encontró la definición: tono irónico. Así que yo ingresé al mundo literario con la etiqueta de “Tono irónico”.

     De regreso a aquellos días, recuerdo que Volodia Voinóvich me llevó por primera vez a mi casa en su automóvil, un pequeño “zaporózhetz”, y me preguntó:

- ¿Te alegra haber conocido a Voinóvich?

     Hoy no recuerdo mi respuesta. Por más que sea, yo era una mujer casada y no me olvidaba de eso.

     Claro que Voinóvich fue un escritor genial, pero descuidado. Uno sentía que la pobreza lo acompañaba toda la vida y que él se había acostumbrado a ella. Él tenía otras prioridades. Las ideas maduraban en su mente, pero su apariencia personal o qué carro usaba, para él no tenía la menor importancia.

     Al parecer, eso era hereditario porque sus padres habían sido iguales. En la novela “Autobiografía”, Volodia cuenta que sus padres habían cambiado un maravilloso apartamento, luminoso, ubicado en una ciudad soleada por algo antagónico totalmente. Se mudaron a la humedad y a la oscuridad. Era gente poco pragmática. A su hijo Volodia, un joven talentoso, lo pusieron a estudiar en un instituto politécnico y Volodia se hizo carpintero. Uno pudiera entender eso si los padres de Volodia no hubieran tenido formación académica pero no era así. El padre de Volodia era periodista y la madre, profesora de matemática. Es decir, eran intelectuales.

     Volodia era igual. Aunque en su época de emigrante, las ediciones salían con tirajes de millones y él recibía sumas enormes de dinero, no se sabía qué hacía con el dinero. Se le iba como el agua entre los dedos. En el modo de ser de Volodia había algo puro, infantil, y conmovedor especialmente en nuestro tiempo de capitalismo salvaje donde el dinero se ha convertido en el ideal nacional.

     Cuando Volodia terminó el instituto, empezó a trabajar en la construcción. Se casó con Valia Boltúshkina. Él era carpintero y ella pintor de brocha gorda. Tuvieron dos hijos.

     La pobreza les pisaba los talones, como un perro hambriento. Cada mañana Volodia agarraba sus pantalones, se acercaba hasta la ventana y los miraba al trasluz. ¿Se les habría abierto un hueco? A través de los huecos podrían verle los calzones azules y eso sería una situación realmente incómoda.

     Ya en esa época Volodia se sentía inclinado hacia la escritura y por eso iba al círculo literario del club de los ferroviarios. Allí conoció al joven Okudzhava.

     Ocurrió que un día, Volodia iba caminando con un amigo por la Calle Gorki y se les acercó un hombre que trabajaba en la radio. Era redactor y se dirigió al amigo de Volodia:

-     Oye, necesito a un joven en la redacción, alguien que no sea ambicioso, que pueda escribir lo que sea por un salario modesto. ¿Tienes a alguien?

-     Aquí está. – respondió el amigo señalando a Vóinovich que estaba a su lado. – Es joven, no tiene ambiciones y puede escribir lo que sea gratis.

     Por lo visto, el redactor estaba en una situación desesperada y estuvo de acuerdo. Contrató a Voinóvich sin saber a quién se estaba llevando. En ese entonces, Volodia tampoco entendía quién era él mismo. Podríamos decir que él era como el casco de oro de Alexander Makedonski, pero se sentía como un lavamanos.

      Por esa época, Gagarin fue al cosmos. Un día llamaron al departamento donde trabajaba Voinóvich y gritaron: “Se necesita una canción sobre el cosmonauta. ¡Es urgente! Oscar Feltzman ya compuso la música, pero falta la letra. ¡Es urgente!”

     La jefa de redacción empezó a llamar a los más venerables poetas porque se necesitaban unos versos urgentemente. El límite de entrega era en dos días. 

     Los venerables poetas se ofendieron: ¿Cómo es eso de dos días, qué se han creído?  ¿Acaso creen que somos chapuceros? Hay que pensar y después crear… La situación se volvió crítica.

     Entonces Volodia se sentó en la orilla de la silla y en media hora escribió: «Заправлены в планшеты космические карты, и штурман уточняет в последний раз маршрут. Давайте ка, ребята, закурим перед стартом, у нас еще в запасе четырнадцать минут…» (“Las cartas cósmicas están sobre la mesa, y el navegante afina, por última vez, la ruta. Fumemos antes de la partida, muchachos, que todavía nos quedan 14 minutos.”). 

     Posteriormente, la palabra “fumemos” fue sustituida por “cantemos” porque había empezado la campaña contra el cigarrillo. Indiscutiblemente “fumemos” es mejor porque dibuja la escena de unos pendejos que se ponen a cantar antes del despegue, además, antes de un despegue tan peligroso.

     La jefa de redacción lo leyó y de inmediato llamó a Feltzman, y le dijo:

- Acabamos de recibir unos versos maravillosos, los escribió un talento joven, esperanza de nuestra poesía.

     Feltzman podía no estar de acuerdo con un autor desconocido, pero no había tiempo para ponerse caprichoso. Gagarin ya estaba volando y ya regresaba. Entonces, aceptó.

     La canción se convirtió en el himno de los cosmonautas. Todavía provoca cantarla sin parar. No cansa y no envejece. *https://yandex.ru/video/preview/9971913869263812484*

     Desde su alta tribuna, el afable barrigón Jruschov citó los versos de la canción. Fue entonces cuando la estrella de Voinovich salió y brilló en el firmamento.

      Una vez Voinóvich regresaba a casa. Estaba muy borracho. Él vivía en un apartamento comunal y su habitación quedaba al final del pasillo. Entonces Volodia mentalmente trazó una línea recta desde sus ojos hasta la puerta de su habitación. Se concentró y caminó por esa línea. Al alcanzar la puerta, entró y sin desvestirse se tumbó en el diván. Se quedó dormido en el acto. Cuando se despertó, vio sobre la mesa un cuadro idílico: un plato sobre el que estaba un arenque perfectamente limpio, rebanado, con cebollín picadito por encima. Al lado del plato, recostado de un vaso, estaba un telegrama.

     Volodia extendió la mano, tomó el telegrama y leyó: “Te felicito y te deseo grandes éxitos por los senderos polvorientos de la literatura. Alexander Tvardovski”.

     Con la resaca, Volodia decidió que el propio Tvardovski había estado en su casa, había limpiado el arenque y le había colocado cebollín por encima. Se volvió a dormir con una sonrisa en la cara porque no a todo el mundo lo visita en su casa el gran Tvardovski y encima, le prepara un arenque.

     Después se supo que quien lo había visitado había sido su hermana Faina. Que había sacado el telegrama del buzón, después había preparado el arenque y lo había colocado al lado del telegrama.

     El éxito de verdad, el éxito grande, le llegó a Voinóvich después de que la  revista “Nuevo mundo” publicara dos de sus cuentos: «Хочу быть честным» (“Quiero ser honesto”) и «Расстояние в полкилометра» (“A medio kilómetro de distancia”).

     Por esos días él empezó a escribir «Чонкин» (“Chonkin”), y siempre supo que éste sería el libro más importante de su vida.

 
(La vida y las extraordinarias aventuras del soldado Iván Chonkin)

     Todo iba fluyendo felizmente. Era muy reconocido y solicitado; el éxito y el amor también lo acompañaban. Se casó con Irina, la mujer de sus sueños. Por ella se divorció de Valia Boltúshkina. No fue fácil, pero…

     Emigró con Irina. Fueron tiempos muy difíciles porque si ser emigrante es una experiencia difícil, compleja, en este caso fue peor porque Volodia no quería emigrar. El gobierno de su país lo desterró.

   (Vladimir Voinóvich con su esposa Irina y su hija Olia)

      Volodia Voinóvich  era de carácter sociable. No podía ser indiferente a lo que pasara a su alrededor, no toleraba la injusticia. Tampoco soportaba que lo manipularan o que lo pisotearan. En resumen se podría decir que era terco, pero en realidad era algo más grande. Se trataba de la necesidad de justicia.

    ¿Acaso cuando el Danko de Gorki se abrió el pecho y se sacó el corazón para llevarlo como antorcha tenía ganas de reventarse el pecho? Lo hizo porque su deber era iluminar el camino de los demás. Eso fue lo que pasó con Volodia Voinóvich. Y todo terminó en que lo botaron del país. Claro, eso no fue lo peor. Hubieran podido darle un tiro en la cabeza en el portal del edificio. Eliminaron a tantos de esa manera. Actuaban como delincuentes.

     Volodia no tenía seguridad sobre el día de mañana, pero de todas maneras no cedía a la presión. Ofrecía su vida por la verdad. Él era y seguía siendo un defensor de la VERDAD.

     Vladímir Voinóvich, Volodia, es uno de los pocos ideales de nobleza que iluminaron nuestra vida. En ese mismo grupo incluyo a Lijachov, Rostropovich, Sájarov.  Son esas las personas que rompen las tinieblas y muestran el camino como una llamita en la noche oscura de un bosque. Gracias a ellos queda claro para dónde hay que ir, en qué sentido.

     Irina, la esposa de Volodia, era profesora. Una vez sus estudiantes le regalaron un cuadro. Cuando ella llegó a casa, lo colgó de una pared. Volodia lo veía y lo veía… no le gustaba el fondo del cuadro. Entonces compró pinturas, pinceles y arregló el fondo. Lo oscureció o, por el contrario, lo aclaró, En todo caso, el cuadro quedó mucho mejor. Y por ahí empezó todo. En Volodia brotó un pintor. Él comenzó a pintar cuadros y los cuadros se parecen a su prosa: Voinóvich jamás miente sobre lo que representa.

 

(Vladimir Voinóvich. Amor otoñal)

     Ilya Glazúnov, por ejemplo, miente abiertamente sobre sus personajes. En sus retratos, los ojos son enormes, como de extraterrestres. Claro que las personas se ven bellas con unos ojos así. A ver, Glazúnov es un extraordinario pintor, un profesional de muy alto nivel. Yo no quiero decir que él pinta peor que Voinóvich, pero Voinóvich es honesto en todo y hasta el final. Para él no existe el conformismo. Justo en eso radica su esencia.

     La perestroika le devolvió a Volodia la nacionalidad. Gorbachov le dio un apartamento.

     Voinóvich ya había obtenido la nacionalidad alemana, pero con mucho placer abandonó la emigración y regresó a Moscú.

     En la Casa de los literatos se hacían foros sobre sus obras. Recuerdo las salas abarrotadas. La gente se sentaba hasta en las escaleras, lo único que faltaba era que se colgaran de las lámparas. La gente amaba no solo las obras de Voinóvich, sino su hazaña civilista porque él se había arriesgado por todos nosotros. Veíamos a Voinóvich, de pie sonriendo con sus dientes fuertes sobre el escenario.

     Ya no lucía desaliñado. Llevaba una chaqueta de paño alemana y pantalones nuevos. Bueno, tampoco se le observaba un chic particular. Su apariencia era de un hombre promedio, como quien dice, en la estadística. Pero nada de eso tenía importancia. La sala lo aplaudía y lo amaba. Yo también estaba en la sala y lo aplaudía, estaba extasiada. En la primera fila estaba sentada su esposa, Irina, vestida con sencillez pero con ropa cara. También estaba la hija de ambos, la dulce niña Olia que se parecía a Volodia, eran como dos gotas de agua. Ese fue un tiempo bueno, literalmente, fue su hora estelar.

     Sin embargo, al destino no le gusta cuando todo va bien por mucho tiempo. Irina se enfermó gravemente. Durante mucho tiempo lucharon contra la enfermedad, pero un día Irina dijo: “Estoy cansada. No puedo más. Me voy a morir.”

     Fue un tiempo muy doloroso porque Irina estaba en cama, sin conocimiento. Una vez recobró el conocimiento y dijo:

- Yo estuve ALLÁ.

- ¿Y cómo es ALLÁ?

- Es imposible describirlo…

     El misterio más importante no fue desvelado. Por lo visto, ALLÁ hay otro tiempo y otro espacio, y en nuestra lengua no existen palabras para describir eso “otro”.

     La vida de ellos había sido con altos y bajos, como cualquier otra vida. Pero en ese último período él la amó con mucha ternura y abnegación, como al principio.

     Irina se fue.

     Volodia empezó a vivir en dos países porque su adorada hija, Olia, se quedó a vivir en Alemania. Volodia venía a Moscú cada vez con más frecuencia porque aquí estaban su lengua, su juventud y sus amigos.

     Por supuesto que Munich es una buena ciudad: es limpia, hermosa, tiene buenos comercios y buena medicina. Pero… El bienestar no se encuentra allá, donde todo es bueno, sino allá donde tú eres necesario, donde no pueden vivir sin ti. Resulta que patria no es un sonido hueco. En la patria la sangre fluye de otra manera.

     Por veleidades del destino, Volodia se casó por tercera vez. Con Svetlana. Y nos hicimos vecinos porque vivíamos en la misma calle: Vostóchnaia Aleia.

     Nos veíamos con frecuencia. Él no había cambiado nada, no se había convertido en Vladímir Nikoláevich, siguía siendo el mismo Volodia en la lucha y en el trabajo. Escribía nuevos libros, pintaba nuevos cuadros, se enfrentaba por la justicia. Lo visitaban caminantes en busca de consejo y ayuda. En la televisión necesitaban siempre de sus recuerdos y valoraciones. Literalmente era como si estuviera en oferta.

     Como Volodía no tenía nietos, ese rol se lo tomó para sí su perra Niusha. Volodia no podía vivir sin ella y Niusha, a su vez, no podía quitar sus ojos enamorados de él. Una vez le pregunté:

-   Volodia, ¿a quién quieres más: a tu esposa o a Niusha?

-   Esa pregunta es una provocación, - respondió Volodia. – Yo sabía que tú me ibas a preguntar eso.

     Él las ama de manera diferente: a Niusha con un amor no humano y a Svetlana con amor humano.

     Su tercera esposa, Svetlana, es nieta de Lianozov, un gran petrolero, un mecenas (oligarca, dirían ahora); ella heredó el talento de su abuelo, la inteligencia y el pragmatismo, y a eso le sumó su gusto impecable. Ella no hubiera soportado “un erizo en la tiniebla”, y su variante promedio, tampoco le complacía. Así que Svetlana le dio la forma correcta a Volodia y él, de repente, se transformó, como Ivanushka, el del cuento “El caballito jorobado” que se bañó en los tres calderos. Volodia súbitamente se volvió elegante, noble, con estilo. Literalmente se convirtió en un senador canoso.

     ¿Cuáles fueron los tres calderos en los que él se bañó?

1.- La emigración. Las pérdidas. Murió Irina y Valia Boltúshkina también murió. Ellas se fueron y se llevaron parte de su alma.

2.- El amor, al que se aferraba como Anteo a la Tierra.

3.- La actividad creadora.

     Incluso ahora, cuando está por cumplir 80 años, él escribe libros maravillosos, sus obras de teatro las ponen en escena, sus cuadros son expuestos y se venden muy bien. La batería divina sigue latiendo y produciendo energía creadora.

     Es un invierno hermoso. Voy saliendo de la casa de Voinóvich. Volodia me acompaña. Sale hasta el porche. Yo me volteo. Ahí está Volodia, de pie, canoso, luce joven todavía, importante. Pero aquel “erizo en la tiniebla”, aquel niño grande, sigue ahí, dentro de Volodia como una matrioshka dentro de otra. No se diluye con el tiempo. ¿Por qué? Porque es su esencia. Su capa fértil, de donde brota toda su obra.

     Es un invierno hermoso, silencioso. Hay nieve sobre los árboles. El destino llevó a Voinóvich por todo el mundo y al final lo dejó en el paraíso, en Vostóchnaia Aleia. Tal vez sea la recompensa por tantas dificultades en la vida. ¿Por qué no? Dicen que no hay justicia… Pero sí hay. Sobre todo para quienes la buscan toda la vida.

lunes, 23 de febrero de 2026

Los hombres de mi vida (V). Victoria Tokareva

Los hombres de mi vida (V)


    

      A propósito, debo decir que el story board lo escribí yo sola, que además ayudé a Bogdánov a escribir el suyo. Simplemente, los demás pensaban que la historia de él lo acercaba más a la prosa dura que a mí. Porque ¿Qué había en mi historial? Formación musical, un carácter alegre y una sólida frivolidad. No había manera de que yo alcanzara la imagen de intelectual. A nadie se le hubiera ocurrido que yo tenía talento, que me inclinaba a tener pensamientos serios.

      De la profundidad del túnel salió el tren. Ahora Yuri entra y se va. Qué importa que sea provinciano, que sea derrotista… De pronto me encontré con un sentimiento grande, con el sentimiento de que él era una joya de muchos kilates que difícilmente Dios pondría dos veces en mi camino. “No pienses, - me decía. – No pienses.”

     Él entró al vagón. “No pienses”, me repetía como un mantra. Seguramente eso es lo que hacen los suicidas que se quieren lanzar desde una ventana. Seguramente se dicen: “No pienses…” y se lanzan al vacío.

     No volví a verlo. ¿Para qué? A veces pienso que si alguna vez él me hubiera podido encontrar, me hubiera dicho:

- Yo te amé…

- Lo sé, - le contestaría yo. - ¿Cómo has estado?

- No me convertí en Yuri Kazakov. Trabajo en una revista.

- ¿Y cómo está tu tío?

- ¿Cuál tío?

- El que robaba. ¿Sigue robando?

- No.

- ¿Se reformó?

- Simplemente envejeció. Perdió la maña y le duelen las articulaciones.

- ¿Y qué tienen que ver las articulaciones?

- ¿Y cómo corre?

     Él no me encontró. Y yo no lo encontré. Pero lo recuerdo como se recuerda el agua cristalina y helada de un manantial que, cuando la tomas, te congela los dientes, pero todo canta por dentro.

     En segundo año escribí un argumento para “Fitil”. Era una historia corta acerca de un maestro joven que pasa un día entero sin mentir, diciendo nada más lo que piensa.

     En ese mismo mes cayó en mis manos el cuento «Хочу быть честным» (“Quiero ser honesto”), de Vladímir Voinóvich.

     Cuando leí ese cuento me petrifiqué, quedé como una estatua de sal. Algo pasó dentro de mí. Fue como si me hubieran conectado a un tomacorriente cósmico y cuando llegó el toque, brotó la escritora que estaba escondida en mis genes.

     Empecé a investigar quién era Voinóvich.  Así supe que iba a participar en un encuentro en el Club de los ferroviarios y me fui para allá. Quería simplemente verlo. Quería saber cómo era él, cómo lucen semejantes superhombres.

    El superhombre resultó ser de baja estatura, cabellos erizados, ojos grandes y saltones y un traje barato, marrón oscuro. Parecía un erizo que había saltado de la cueva a la llanura porque unos perros lo habían asustado. Volodia Voinóvich era mayor que yo cinco años. Apenas cinco años y ya estaba en la cima del Olimpo, ya nadaba en la gloria.

     En el encuentro en el Club de los ferroviarios, Voinóvich leyó el cuento «Расстояние в полкилометра» (“A medio kilómetro de distancia”), cuyo argumento eran una vida nula y una muerte nula. Cuando terminó la presentación, yo me abrí paso hasta Voinóvich y le deslicé mis dos páginas de “Fitil”y le dije:

- A mí también me angustia el tema fúnebre.

     Después de eso él empezó a llamarme “tema fúnebre”.

     A los pocos días nos volvimos a encontrar. Voinóvich me regresó mi “Fitil” y dijo:

- Tu fuerza está en los detalles. Escribe con más detalle.

     Cuando llegué a casa volví a escribir el argumento pero con todos los detalles. Las dos páginas se convirtieron en 42. Voinóvich creó para mí el título: «День без вранья» (“Día sin mentiras”).

     Le había gustado el cuento y lo llevó a la revista “Nuevo mundo” y lo recomendó. Yo le pregunté:

- ¿Por qué lo llevaste? ¿Querías complacerme?

     A lo que él respondió.

- Incluso si yo me hubiera encontrado este cuento en la calle, lo hubiera llevado a la revista.

     Es obvio que eso fue un piropo.

     “Nuevo mundo” rechazó el cuento. Era lógico porque, por aquella época, Tvardovski prefería a los “campesinitos” porque ellos reflejaban la dura realidad.

     Yo tomé un autobús y llevé el cuento a la revista “Joven Guardia”. ¿Por qué precisamente ahí? Porque estaba cerca de mi casa, a tres paradas de autobús. Yo iba caminando por el corredor y leía los letreros en las puertas: “Departamento de poesía”, “Departamento de cartas”, “Redacción”. Me detuve frente al último letrero. Y entré.

     Detrás del escritorio estaba Alexander Evséievich Rekemchuk: un hombre un poco gordo, pelirrojo, calvo, con ojos alegres.

- Buenas, - saludé yo.

- Buenas. ¿Quién es usted?

- Yo traje mi cuento. – dije mientras colocaba el manuscrito en la esquina del escritorio.

- ¿De dónde viene usted?

- De la calle.

- ¿Quién la mandó?

- Nadie. Yo vine sola.

- Qué interesante. Si de la calle van a empezar a llegar uno tras otro, no me va a quedar tiempo para hacer mi trabajo. Hay un Departamento de prosa…

- ¿Me lo llevo? – pregunté y estiré la mano hacia mi cuento.

     Al parecer a Rekemchuk le conmovió mi humildad. Me concedió una mirada con sus ojos alegres de pelirrojo y vio que yo era joven, que estaba clara y que tenía unos collares de cuentas de madera que parecían un ábaco.

     Rekemchuk había llegado del Norte y aquí le habían dado una gran responsabilidad. No estaba acostumbrado a tener responsabilidades de la nomenclatura; él era un hombre talentoso, brillante e impetuoso. Podía emborracharse, pelear y terminar en una delegación de policía. Entre la gente de la nomenclatura no existen hombres así. Todos son hombres enfundados. Yo simplemente tuve suerte de haber abierto esa puerta.

     En Rekemchuk apareció y maduró con mucha rapidez el plan de coquetear conmigo. El plan de aprovecharse de la ocasión y de la situación laboral. Leyó mi cuento con mucha rapidez y… se desencantó. El cuento se diferenciaba completamente de cualquiera de las corrientes literarias.

     Rekemchuk convocó al Departamento de prosa y ordenó prestar mayor atención a los espontáneos, es decir, a todos los manuscritos que llegaran de la calle o por correo aunque entre los espontáneos también puede terminar el talento innato.

     Un día Rekemchuk me llamó a la casa. Cuando sonó el teléfono en mi apartamento comunal, atendió mi suegra y, sin querer, gritó:

- Es para ti… - A ella no le gustaban las voces masculinas.

     Me acerqué y respondí.

- Aló…

     Hubo un largo silencio. Después Alexander Evséievich preguntó:

- ¿Es Victoria?

- Si, soy yo, -le confirmé. – ¿Quién habla?

-  Rekemchuk.

- Ay… - me asusté yo.

- Dígame algo ¿usted escribió este cuento hace mucho tiempo?

- Hace una semana.

- ¿Lo llevó a otro lugar?

- No… - respondí astutamente.

     Escondí que el cuento había estado en “Nuevo mundo”, pero si a ver vamos, no lo había llevado yo sino Voinóvich.

- ¿Por qué lo trajo a “Joven guardia”?

- Porque vivo cerca.

- ¿Eso es todo?

- Si. ¿Por qué?

     Nueva pausa. Nosotros conversábamos con largas pausas. Daba la impresión de que Rekemchuk quería alargar el tiempo. En realidad, el temía que un pez grande se le escapara del anzuelo y por eso era tan cuidadoso.

- ¿Usted podría venir? – preguntó Rekemchuk.

 

- ¿Cuándo?

- Mañana.

- ¿A qué hora?

- Hacia las dos.

     Rekemchuk colgó el auricular y yo me quedé confundida: ¿le había gustado el cuento o no le había gustado? ¿Para qué tenía que ir? ¿Para recoger mi manuscrito? Por esa época, cuando yo llevaba algo a cualquier redacción, generalmente me respondían: “Es lindo, hay talento, pero…” y empezaban a enumerar los peros. Entonces yo cogía camino. Nadie me decía cosas desagradables, no, exactamente así: lindo, hay talento, pero… Ya me había acostumbrado a esa fórmula.

     Al otro día me presenté ante los ojos de Rekemchuk. En silencio él se puso de pie y me condujo hasta el jefe de redacción. El apellido del jefe de redacción era Níkonov: un alto e imponente hombre enfundado. Una funda gris. Por alguna razón todos ellos vestían de gris. Cuello blanco debajo de la corbata. Eso era obligatorio.

     Níkonov se puso de pie para recibirme y se colgó una expresión de saludo en el rostro.

- Es lindo, hay talento… - empezó a decir él.

- Pero, - susurré yo.

- Pero necesitamos “un buen camino”.

     Yo no entendí nada.

- ¿Esta es su primera publicación?

- Si.

- ¿Cuántos años tiene usted?

- 26

- Es una escritora novelle – dijo Rekemchuk.

- Nosotros quisiéramos darle “un buen camino”. Que alguno de los clásicos escriba.

- ¿Cuál clásico?

- Da igual. El que a usted le guste. El cuento saldrá con el preámbulo de un clásico.

- ¿Ustedes lo van a publicar? – pregunté yo dándome cuenta finalmente de todo.

- Lo publicaremos en la edición de julio, - dijo Níkonov. – Pero nos hace falta una buena fotografía y “un buen camino”.

     Me provocaba lanzarme a su cuello, pero hubiera sido una situación incómoda, además, el cuello blanco no estaba dispuesto para eso.

     Hay gente que no quiere a los jefes porque suponen que son unas fieras, unos miserables que son capaces de cortar cabezas solo para conseguir sus objetivos. Otros, especialmente las mujeres, adoran a los jefes porque son el poder y cualquier tipo poder es erótico. Yo le temo a los jefes. Ellos para mí son extraterrestres, no entiendo qué tienen en la mente.

     Rekemchuk y yo salimos de la oficina. Yo lo veía con los ojos brillantes porque había comprendido que si yo hubiera entrado en la puerta con el letrero “Departamento de prosa”, mi cuento hubiera reposado un mes allí, después me lo hubieran devuelto sin leerlo y me hubieran dicho la fórmula: “es lindo, hay talento, pero…”.

     Uno puede entender que un editor, por un sueldo miserable lee ríos turbios por culpa de los cuales se le llena el cerebro de pantano. ¿Qué diferencia podía haber con lo que yo había escrito? ¿Qué puede escribir una muchacha con collares, que usa zapatos de plataformas? La suerte que yo tuve fue que Alexander Rekemchuk no es indiferente, tiene el alma completica, un amor inevitable por la literatura y, lo más importante, talento humano. Tiempo después él dio clases en el Instituto de Literatura, dictó el seminario de prosa. Los estudiantes lo adoraban. También fue director de Mosfilm por un corto período, pero huyó de esa responsabilidad. Es que para las grandes responsabilidades hace falta ponderación y exactitud.

     Me quedé pensando en quién podría darme “un buen camino”. Había muchos buenos escritores pero, para decirlo en el lenguaje de hoy, el que tenía más glamour era Símonov. Él era nuestro Hemingway soviético: tenía el cabello gris, era guapo y famoso. Generalmente, los escritores, particularmente los “campesinitos”, se vestían como un repollo: una capa sobre otra. Solamente dos lucían elegantes: Símonov y Naguibin.

 Yo escogí a Símonov. La redacción de la revista “Joven guardia” hizo un escrito en el que solicitaba que me diera “un buen camino”. Es que yo no podía presentarme ante él por iniciativa propia, de la calle no más. Yo tomé el escrito, le adjunté mi cuento y me fui a la dirección indicada.

     Mi amiga Olga, la misma que en el Instituto encabezó la protesta en mi contra, dirigió mi encuentro con Símonov. Me trajo una gargantilla con un brillante y un broche con un ópalo. Olga se encargó de adornarme como a una novia. La meta era que Símonov quedara ciego con el brillo de mis joyas.

     Konstantin Mijailovich no quedó ciego, es más, ni siquiera me invitó a pasar a su casa. Yo me quedé en el pasillo y las joyas, el brillante y el ópalo, siguieron cubiertas por el abrigo.

Él tomó el escrito de la redacción, el manuscrito y dijo sonriendo, desconcertado:

- No le puedo dar la mano porque está mojada de vodka. Es que le estoy poniendo compresas a mi perro.

     Comprendiendo la situación, asentí con un movimiento de cabeza. Él cerró la puerta y yo bajé las escaleras sintiéndome humillada porque no me había permitido entrar a su santuario.

     Bajé un piso y me detuve frente a una gran ventana que estaba en el descanso de las escaleras. Me quedé mirando los árboles blancos y algo pasó en mí, como en la atmósfera, como si las capas se intercambiaran. ¿Qué era exactamente? No podría explicarlo. Ante todo, el propio Símonov, famoso hasta más no poder. El olor de la riqueza, del talento, la gloria en vida.

     Una vez le pregunté a una niña pequeña, a Marusia Chujrai:

- Marusia, ¿Tú quieres ser famosa?

- ¿Para qué?

- Para que te quiera todo el mundo.

- ¿Para qué necesito yo que me quiera todo el mundo? Lo que yo necesito es que me amen los que están cerca de mí.

     Ahora, desde mis 30, estoy de acuerdo con Marusia. ¿Qué falta nos hace el amor de los desconocidos?

     A Símonov lo amaba el país entero. Él murió de una enfermedad terrible y realmente temprano, murió a los 63 años de un problema pulmonar. Le costaba respirar.

     Poco antes de su muerte me lo encontré. Estaba del color de la miel. Me asusté tanto que le dije:

- Luce muy bien.

- Usted es la tercera persona que me lo dice hoy, - dijo Konstantin Mijaílovich sonriendo.

     Lo que pasaba era que él comprendía que la gente se asustaba al verlo y por eso trataba de tranquilizarlos.

     Símonov leyó mi cuento y me llamó por teléfono. A las nueve de la mañana. El timbre del teléfono me sacó del sueño. Yo escuché la voz de Símonov:

- Yo creo que no hay escritores que están empezando y escritores que continúan. Escritor se es o no se es. Usted es escritor.

     Konstantín Mijaílovich había dicho todo lo que consideraba necesario y colgó el teléfono. Pero yo no podía soltar el auricular. Me quedé con el auricular pegado a la cara como si fuera una fotografía del hombre amado escuchando tu tu tu tu tu.

     El cuento salió en verano, en julio. Tenía una fotografía mía espectacular y el preámbulo de Konstantín Símonov. Una salida de lujo.

     En ese momento yo estaba de vacaciones en el Mar Báltico, en la Casa de los escritores. Mi esposo compró la revista en un kiosko y me la llevó a la playa.

     Cuando abrí la revista y vi el cuento, empecé a correr por la orilla de la playa. Igual que en una película. Yo corría porque no podía quedarme tranquila. La felicidad me hizo estallar en todas las direcciones. Si me hubiera quedado quieta en un lugar, hubiera explotado como un reactor nuclear recalentado.

     Yo corrí por toda la playa: de Dzintari hasta Maiori. Ese fue el día más feliz de mi vida. Me encontré conmigo misma. Fue entonces cuando comenzó mi verdadera vida, una vida en la que nada sobraba.

     ¿A quién agradecer?

     En primer lugar, a mis genes. En segundo, a Volodia Voinóvich porque él me dijo a tiempo las palabras más importantes: “Tu fuerza está en los detalles.” Para mí, el encuentro con él fue definitorio. La gran explosión que originó el Universo.

     En una ocasión, él me hizo ver esto:

- Vika, ya, quédate quieta. Yo le he dicho a muchos: “Escribe con detalles”, pero de todos esos, ninguno se ha convertido en escritor. Así que, yo no tengo nada que ver.

     Yo veo las cosas de otra manera. Gracias a Volodia yo pude publicar a los 26 años, no perdí ni un día.