martes, 17 de marzo de 2026

Los hombres de mi vida (XII). Victoria Tokareva

Los hombres de mi vida (XII)

      Llegó el momento de hablar de mis viajes. Estuve nueve veces en Alemania, 11 en Suiza, cinco en París. Todos fueron viajes de negocios porque a Europa le interesaba nuestra cultura.

     Yo compraba accesorios, me vestía de pies a cabeza, no con trapos de precios especulativos sino con ropa de marca, de las mejores tiendas. ¡Dios mío, qué placer tan grande es vestirse a tu gusto!

     ¿Quién me vistió? Por supuesto que fue Mijaíl Sergueievich Gorbachov. Por eso cada vez que tengo ocasión, mi primer brindis es por él: “Que Dios le dé salud, Mijaíl Sergueievich, y largos años de vida.”

     Gracias a todo eso, yo pude construir una casa y me mudé a ella. Esa casa es como la casita de los Tres Cochinitos: es segura, de bloques, de dos pisos. En las ventanas tiene alféizares blancos y materos con geranios, como en Zurich. ¡Es una belleza!

     En el jardín tengo mi propio “Ugolok Dúrova”, es decir, tengo mi propio rincón de teatro con animales, igual que Vladímir Leonovich Dúrov. Tengo un perro, un gato, una ardilla y un cuervo. El perro y el gato son míos, la ardilla y el cuervo son silvestres; ellos simplemente vienen a robarle la comida al perro. La ardilla sabe que yo siempre tengo frutos secos especialmente.

     Hace poco, un perro callejero persiguió a mi gato y le mordió la cola. Durante algunos días el pedazo de cola estaba guindando hasta que se cayó. Como la cola quedó más corta, de unos diez centímetros, el gato estaba como enloquecido porque, en primer lugar, había perdido su belleza y, en segundo, porque para algo sirve la cola, para el equilibrio, por ejemplo. El gato dejó de ser hermosísimo, pero nosotros lo perdonamos; al fin y al cabo, es nuestro, casi un miembro de la familia.

     También tengo 40 árboles en el terreno. De ellos, ocho son pinos. Yo siempre levanto la cabeza para verificar que las puntas de los pinos no estén secas porque si a los pinos se le sacan las puntas, hay que eliminarlos, de lo contrario, caerían sobre el techo de la casa y lo reventarían. No quiero que eso pase.

     Es verano y mi nieta, que se ha dado un estirón, va hacia el cajón de arena con los ojos entornados por el sol, pero la detiene la ardilla. La ardilla la alcanza corriendo, se para en las patas traseras y las delanteras las coloca sobre las rodillas de mi nieta. En realidad, debajo de sus rodillas. Mi nieta se asusta porque quién sabe lo que se le puede ocurrir a esa ardilla. ¿Y si se le sube, corre por su cuerpo y le muerde una mejilla? La niña mira atentamente, de arriba a abajo, a la ardilla y la ardilla la mira de abajo a arriba, levantando su hocico de ojos inmensos.

     ¡Quédense así, un segundo, maravilloso!

     Me apuro a buscar la cámara y tomo la foto. Retraté el instante preciso y es realmente maravilloso.

     Es de mañana, hay sol. Pura felicidad…

 

      Sobakin, Mijalkov, Voinóvich, Daneliya, Gorbachov, he aquí los arquitectos de mi vida. Claro que yo también hice mi aporte, específicamente, he aportado mi trabajo. He escrito 20 libros que nadie hubiera podido escribir por mí, sin embargo, es muy difícil descubrir el talento literario, a diferencia de otros talentos, por ejemplo, el talento para cantar o para pintar. Si alguien canta o pinta se puede descubrir de inmediato su talento. Ahora, escribir… Bueno, todo el mundo sabe escribir. En Rusia, desde 1937, todo el mundo recibe instrucción elemental.

     Yo pude no haber descubierto mis aptitudes literarias. Hubiera trabajado como maestra de canto: do re mi… Y así, toda la vida. Mi vocación hubiera muerto dentro de mí y yo anduviera estresada e infeliz. Pero me salvé. Siempre he hecho lo que me gusta y en eso radica la felicidad. Es decir, yo soy una triunfadora en la vida.

     Y en mi historia personal también soy una triunfadora. Mi esposo y yo comenzamos juntos el camino, y juntos lo estamos terminando. Lo que hubo en medio, lo podemos olvidar como se olvida un baile blanco. Esos bailes en el que las damas, invitaban a bailar a los caballeros y éstos no podían negarse. Bailaban, se separaban y ya.

     Yo quise ser escritora, y soy escritora. Yo quise ser guionista, y soy guionista. Quise ser reconocida, y también lo logré. Una vez mi nieto, cuando era pequeñito, dijo: “Mi abuela trabaja de escritora famosa.”

     Al margen de todos los logros, me parece que el tiempo voló. La juventud es efímera y la vida es corta.  Al fin y al cabo, todo pasa. Eso no lo descubrí yo. Eso lo dijo el Sabio Salomón hace tres mil años, a lo mejor hace cinco mil años, pero no se equivocó. Pasará la vida y, cuando yo esté ante el Altísimo, en mi juicio, le entregaré los 20 tomos de mis obras.

     Puede ser que Él los tome en sus manos, sople y mis libros se vuelvan polvo, pero, aunque sea un cuentico quedará por ahí. Por ejemplo, «Старая собака» (Un perro viejo). Entonces, me permitirán entrar al jardín del paraíso y me encontraré con mi mamá y mi papá. Veré a Liusa Sundátova, mi amiga de tercero “B”, de la escuela 104, y nos alegraremos. Como dijo Chéjov: “nosotros descansaremos” …

     Además, me encontraré con Mérichka y le preguntaré:

- ¿Y qué? ¿Estás contenta?

viernes, 13 de marzo de 2026

Los hombres de mi vida (XI) Victoria Tokareva

 

Los hombres de mi vida (XI)


     ¿Cómo puedo no amar a Gorbachov, a pesar de que, para mi gusto, él habla demasiado? La mitad de lo que dice, es accesorio. Yo me sentaba frente al televisor y escuchaba sus intervenciones. Arrugaba la frente para entender: ¿qué es lo que quiere decir? ¿Para qué usa tantas palabras? Es que a él sencillamente le gustaba hablar. Es una persona que le gusta hablar. Ahora, cuando Mijaíl Sergueievich dejó de ser el número uno, también dejó de hablar en exceso. En ese sentido, la pérdida de estatus le vino bien. Una vez, en una alocución, lo escuché cantar. Lo hizo muy bien.

  Una vez, el Patriarca Alexi organizó un banquete. Él a veces invitaba a su casa a los intelectuales.

     Allí vi a Mijaíl Sergueievich. Nos encontramos con la mirada.

- ¿Cómo está, Victoria?

     Me sorprendió mucho que me conociera. ¿Acaso ese hombre, con lo ocupado que está, tiene tiempo para leer?

     Eso fue por la época en que Mijaíl Sergueivich había perdido a su esposa. Él lloró amargamente por televisión. Entonces, todos lo amamos y a Raisa Maxímovna también. Ella fue víctima de la guerra por el poder, y a las víctimas la gente las quiere más que a los vencedores.

     Mijaíl Sergueivich me miraba. Era necesario decir algo. Me parecía que él lo estaba esperando.

- Ahora usted es un novio, - dije yo con ligereza. – Lo vamos a casar…

       Después de pronunciar esas palabras, me asusté. Al hombre le había ocurrido una tragedia, no era momento para semejantes bromas. Yo esperaba que Mijaíl Sergueievich ignorara mi comentario. Que hiciera que no había escuchado nada, y con eso me hubiera puesto en mi lugar. Pero él, de repente, con una mirada viva preguntó:

- ¿Y con quién?

     ¿De dónde yo podía saber con quién? A mi lado estaba la bella Larisa Udovichenko.

- Con ella, por ejemplo.

- Bueno… - no se lo creyó Mijaíl Sergueievich. Al parecer, una mujer así no se casaría con él, ni él tampoco lo intentaría. Yo sonreí y me aparté.

     Gorbachov dejó de ser presidente, pero siguió siendo famoso y rico. Además, con una buena reputación, a diferencia del borrachín de Yeltsin.

     Entramos al salón. Habría un concierto. Mi lugar estaba justo delante de Mijaíl Sergueievich. Yo estaba sentada en la fila seis y él en la siete. Comenzó el concierto. La mirada de él estaba sobre mi nuca. Él quería continuar la conversación mientras que yo no sabía cómo continuarla y lamentaba haberla iniciado. 

Los hombres de mi vida. (X) Victoria Tokareva

 

Los hombres de mi vida (X)


     En el siglo XIX existía en el alfabeto ruso una letra que se llamaba jer (хѣръ). Se escribía como una equis mayúscula (Х). Hoy en ruso existe el verbo pojerit (похерить), que significa liquidar, tachar.

     La perestroika pojerila nuestra vida cotidiana. La perestroika destruyó la distribución de películas. La perestroika dañó nuestra nación. Los rusos se volvieron pragmáticos, como los americanos. ¿Dónde quedó el alma rusa grande y desinteresada? Solo quedan ruinas por todas partes. Pero… justo aquí surge el próximo hombre que tendió la mano para ayudarme. Ese hombre es Mijail Serguéievich Gorbachov.

     Gorbachov llegó al poder y llevó consigo la perestroika. Todo el país vivía pegado del televisor. Era más interesante ver televisión que vivir. Bueno, vivir también era muy interesante. La multitud se convirtió en pueblo. En Occidente respiraron aliviados. Allá temían a los rusos porque era incomprensible qué se podía esperar de Brezhnev, de su armamento y de los tenebrosos viejos que lo acompañaban. Era completamente posible que un buen día perdieran la razón y lanzaran la bomba atómica. Mientras que Mijaíl Serguéievich y su esposa Raísa Maxímonova causaban una agradable impresión: estaban en la edad perfecta, eran sonrientes y adecuados. Gracias a eso, surgió el interés por nuestra cultura, por la literatura.

     Por esa época, yo fui invitada a participar en una feria del libro en Frankfurt. También invitaron a Chinguiz Aitmátov y a Fazil Iskánder. Yo me sentía halagada de haber sido invitada junto con ellos porque uno y otro eran clásicos mientras que yo… Como se dice en ruso: “A donde va el caballo con sus cascos, va el cangrejo con sus tenazas”.

     A pesar de todo, cuando llegué a la feria, vi en un stand tres de mis libros, gruesos como ladrillos y traducidos al alemán. Los libros tenían unas cubiertas de colores vivos, brillantes: una rosada, otra amarilla y la otra, roja. Parecían pirulís y provocaba lamerlos. Esos libros habían sido publicados por una editorial de la República Democrática Alemana (RDA), cuyo nombre olvidé.

     Me quedé enamorada de las portadas y después le pregunté al alemán que atendía el stand:

- Où est mon argent? -Le pregunté en francés porque yo no sabía ningún otro idioma.

- No entiendo, - me respondió en ruso, el alemán. Él era de la RDA y allá estudiaban ruso en la escuela.

- ¿Dónde está mi dinero?

     Él guardó silencio y luego me dijo:

- Por supuesto que usted se ha ganado su dinero y nosotros pagamos completo a su agente los derechos de autor. Hay un acuerdo firmado.

- ¿Y dónde quedo yo? ¿Eso es al margen de mí?

- Ellos deben pagarle a usted un porcentaje. Mejor dicho, deben tomar un porcentaje.

- ¿Qué porcentaje? – Quise precisar yo.

- Aquí, en Occidente, el agente toma el 15%.

- ¿Es decir que el autor se queda con el 85%?

- Aquí sí, allá no sé.

     De pronto recordé que me había llegado un dinero que ellos habían llamado: cheque. Con ese dinero había ido a la tienda Beriozka, donde se compraban cosas extranjeras y se pagaba con divisas; pude comprar unas sandalias para mí y una rasuradora Gillet para mi esposo. Y ya. Eso fue todo. ¿A dónde se había el resto d’argent?

     Cuando regresé a Moscú, llamé a la agencia de derechos de autor. Pregunté en el ruso más puro:

- ¿Dónde está mi dinero?

- Un momento, - respondió la secretaria. Evidentemente, estaba transfiriendo mi llamada a alguien.

- ¡Diga! – respondió con gran irritación una voz masculina.

- Yo estuve en la feria del libro en Frankfurt y vi mis libros, - le informé.

- ¿Y qué con eso?

- ¿Dónde está mi dinero?

- ¿Qué pregunta es esa? – se enfureció el tipo.

- Mira, yo no te tengo miedo, - fue mi respuesta.

     El tipo se quedó callado porque el tipo está acostumbrado a que le tengan miedo. Pero esta vez, no le tenían miedo. Qué raro.

- ¿Y qué es lo que quiere? – me preguntó un poco más sereno.

- Que me manden la relación. Quiero saber cuáles son mis ingresos.

     El tipo volvió a quedarse callado.

- ¿Usted me entendió? – pregunté para verificar.

     El tipo decidió no tener ningún contacto conmigo. Qué importancia tenía quién era yo y de dónde venía…

     La culpa era de la perestroika. Los jefes ya no eran peligrosos e impunes. Habían encontrado la horma de sus zapatos.

     A la semana me llegó la relación. Revisé con detenimiento las cifras y comprendí: el 80% lo tomaba la Agencia de Derechos de Autor (ADA), y el 20% me quedaba a mí.

     Entonces llamé al escritor Serguei Kaledin. Su novela «Смиренное кладбище» (“Humilde camposanto”) había recorrido el mundo.

- Eso es un robo, - le dije a Serguei.

- ¿Y qué creías tú? Ellos también necesitan divisas.

- ¿Quiénes son “ellos”?

- Los jefes. Ellos mandan a sus hijos de safari.

- ¿Para qué?

- A cazar.

- ¿Y por qué los hijos de los jefes tienen que cazar con mi dinero? Yo también tengo hijos.

- ¿Y a ti que te gustaría?

- Justicia.

- En este país no ha habido justicia nunca.

- ¿Tu quisieras vivir en otro país? – Le pregunté.

- No. Pero quisiera arreglar las cosas aquí. ¿Comprendes?

     Todo estaba claro. Yo tampoco puedo vivir en ninguna otra parte que no sea mi país. En el exterior, yo soy visita. Y, como dice un refrán alemán: “la visita al siguiente día apesta.”

     Volví a llamar a la Agencia de Derechos de Autor. Esta vez, el auricular lo levantó otro hombre, un poco más inteligente. Entonces yo pregunté:

- ¿Por qué se quedan con un porcentaje tan alto?

- Porque tenemos un impuesto progresivo, - me explicó el funcionario. – Mientras más se publiquen las obras de un escritor, mayor porcentaje tomamos de él.

     Como los escritores que más se publicaban por esos tiempos eran los hermanos Strugatski, supongo que si a mí me quitaban el 80% a ellos debían haberle quitado el 101%. Es decir, ellos le quedaban debiendo a la ADA.

     Todo estaba claro. Colgué el auricular.

     Serguei Kaledin y otros escritores escribieron cartas a la ADA en las que prescindían de los servicios de la agencia como intermediario.

     “Ustedes reciben su dinero por ver los toros desde la barrera,” – los acusó Tatiana Tolstaya; fue intransigente y desencadenó una batalla.

      Yo no soy conflictiva. Soy miedosa. “Miedoso era el pobre Vania”. Pero tampoco estaba dispuesta a trabajar para que los hijos de otros disfrutaran. Así que simplemente me retiré silenciosamente de la ADA y empecé a firmar convenios directamente.

     Después de eso, hubo una feria del libro de Moscú a la que llegaron las editoriales más importantes del mundo.

     Un día me llamó un tal Misha, del departamento de asuntos extranjeros, y me dijo:

- Te buscan de la editorial suiza “Diógenes”. ¿Les puedo dar tu número de teléfono?

- Por supuesto, - Decidí yo.

     Después ocurrieron coincidencias, que no casualidades. Es la divina providencia.      Precisamente en esos días, estaba de visita en mi casa Angelika, una eslavista que vivía en Alemania.

     Los representantes de “Diógenes” me llamaron. Le pasé el auricular a Angelika y ella, astutamente, logró un acuerdo para reunirnos en mi casa. Les dio mi dirección. Los representantes de “Diógenes” llegaron a la hora pautada. Eran tres mujeres jóvenes.

     Me quedé muda cuando las vi. Qué rostros… Qué trajes… Nada escandaloso, en ningún caso. Todo modesto, discreto y caro. El discreto lujo de la burguesía.

     Los rostros: hermosos por naturaleza, por cuanto el dueño de la editorial es hombre y a él le gusta contemplar caras bellas, no hocicos torcidos. También me percaté del color de los rostros: la piel era limpia, como si la hubieran lavado con agua pura. Pero eso no era por el agua sino por la comida. Ellas se alimentaban de manera balanceada: comían productos frescos y muchas vitaminas. De esas mujeres jóvenes emanaba otra vida.

     Conduje a las invitadas hasta la cocina. Ahí estaba el teléfono que el día anterior se me había caído y se había desarmado, aunque seguía funcionando.

     Sin mucho ruido les ofrecí almuerzo. Las suizas tenían hambre y comían de una manera inspiradora.

     Angelika traducía con precisión. Yo escuchaba con atención y esto fue lo que entendí: el dueño de la editorial, Daniel Keel, leyó mi novela corta “Старая собака” (“Un perro viejo”), que había sido publicada en la RDA, mucho antes de la perestroika. Cuando la leyó, se sintió identificado porque, en aquel momento, Daniel sentía algo semejante a lo que sentía mi personaje principal en la novela. Él quedó tan afectado por la novela, que quiso comprarla para su editorial. Pero… los derechos los tenía la ADA y Daniel no pudo hacer nada entonces. Sin embargo, cuando se realizó la feria del libro en Moscú, mandó a sus mensajeros, les ordenó encontrar a Tókareva y seducirla para la editorial a cualquier precio. Por eso aquí están conmigo: Kori, Susanna y otra tercera cuyo nombre no recuerdo.

     No lo voy a negar, antes me habían contactado unos agentes de Inglaterra y Estados Unidos, y se dieron unas conversaciones mustias. Pero en este caso, todo es diferente. Todo es operativo, concreto, con visita a la casa, directo a la cocina… Hubo un momento en el que Kori sacó una hoja de papel y, con su bolígrafo, se puso a escribir un formato: una carta de intención. Según ese acuerdo, yo debía trabajar exclusivamente con la editorial “Diógenes”.

     Más adelante, hay más. Las bellezas regresaron a Zurich, invitaron a Angelika, que estaba en Alemania y le dijeron que, si ella me convencía de trabajar exclusivamente para “Diógenes”, ellos le darían trabajo a ella en la editorial. A ellos les hacía falta, justamente, un eslavista.

     No era necesario que me convencieran. Ya me habían propuesto un súper generoso acuerdo. Yo hubiera aceptado la mitad, hasta la tercera parte.

     La vida de Angelika también cambió para mejor. Antes, ella vivía en una pequeña ciudad alemana y recibía un subsidio por desempleo. Una suma miserable. Ahora ella se había mudado para la capital de la Suiza de habla alemana, un país hermoso y ordenado. Empezó a trabajar en su especialidad, en una de las editoriales alemanas más importantes. Y el sueldo era 15 veces mayor que el subsidio anterior. Si así llueve, que no escampe.

      Angelika se mudó para Zurich. A mí también me invitaron a Zurich para cerrar el acuerdo. La invitación incluía: boleto aéreo en Business Class, Hotel “Europa”, cinco estrellas, o tal vez diez. En la habitación cambiaban las flores cada día. Ponían rosas frescas, tan perfectas, que yo creía que eran artificiales, pero no, eran de verdad.

     Un día Dani Keel llegó a la editorial para conocerme. Su atuendo era una chaqueta elegante y carísima, sobre unos jeans comunes. Llevaba un pañuelo atado al cuello. Tenía un rostro inteligente. Se le notaba algo nervioso. Él estaba recibiendo a su autor preferido como un filatelista recibe una estampilla rara.

     Por la noche, Dani, Winfried, su asistente, Angelika y yo fuimos a un club de striptease.

     Yo contemplaba con interés a las señoritas desnudas. Se veían ordinarias, toscas. Prostitutas baratas. Algunas eran  secas como conejos. Había una culona. Era evidente que ninguna había leído algún libro en su vida. Su prioridad era el dinero, la cantidad que fuera, incluso la más pequeña. Yo creo que una mujer sin mundo espiritual no puede ser hermosa.

     Dani me invito a bailar. Yo bailaba, intentaba moverme con facilidad y, de ser posible, con elegancia. Tenía 48 años, prácticamente, 50. “50 años es una buena edad, pero eso lo comprendes a los 60” (Tókareva en otro cuento).

     Desde el punto de vista de hoy día, yo me veía joven pero igual me sentía acomplejada. Me hubiera gustado tener 20 años menos, y si hubiera sido posible, 30. Es que escribir libros se puede a los 50, pero bailar es mejor a los 20.

     Dani es editor por designios divinos. Conoce toda la literatura mundial a fondo. Él mismo alguna vez intentó escribir, pero no le fue bien y, desde entonces, considera una especie de deidades a quienes escriben. Dani era mayor que yo 10 años, una buena diferencia. Pero lo más interesante en él era el talento como editor, la entrega con fanatismo a su oficio. Era un raro editor.

      Angelika y yo comenzamos a visitar a Dani. Angelika odiaba esos paseos porque le tocaba traducir sin descanso. A la pobre no le daba tiempo ni siquiera de comer bien y yo, metida completamente en la conversación, no me ponía en sus zapatos.

     Dani tenía una casa maravillosa, de dos pisos, en Eleonorstrasse. En Zurich, las calles tienen nombres de mujer, porque aman los nombres de mujer porque son bonitos. En cambio, en Moscú, puede haber una calle que se llame Proletárskaia y otra que se llame Calle Voikov. ¿Quién era ese Voikov? Existen varias hipótesis.

     La persona más importante en la vida de Dani era Anna, su esposa, una rubia delicada, de ojos inmensos. Anna era artista plástico, muy bondadosa y de risa fácil. Nunca había visto a unas personas que conjugaran en sí todo simultáneamente: talento, belleza, bondad y buen humor.

     Anna, todos los días, me mandaba flores al hotel. El botones traía unos ramos gigantes, no eran simples bouquets. Era algo nunca visto, eran como arbustos tropicales, casi árboles.

     Habitación de lujo, flores exóticas… Yo nunca había vivido así.

    Una vez, Dani y Anna quisieron mostrarme las bellezas suizas. Nos subimos a un funicular. Nuestro vagón se mecía en las alturas. Exótico. Pero ese día, el clima no era propicio porque había mucha niebla, no se veía nada.

     Dani y Anna llevaban abrigos de casimir. Anna llevaba una trenza y Dani un sombrero panamá.

     Nos comunicamos perfectamente, a pesar de que no estaba Angelika. La mímica, los gestos, un mal francés, en fin, todo ayudó. Recuerdo ese día más que los otros porque fuimos sinceros y cercanos, como una familia.

     Dani y Anna se amaban, pero su amor era particular. Su relación era volátil, como la de los adolescentes. A veces, en medio de un banquete, empezaban a gritarse tanto que el techo se levantaba. Al principio yo me asustaba, pero después me di cuenta de que los demás invitados no se inmutaban. Estaban acostumbrados. No les prestaban atención.

     Una vez se prendió un escándalo por culpa de la luna. Dani dijo que la calle estaba clara por la luz de la luna. Anna dijo que no, que la luna no tenía nada que ver, que la nieve, como es blanca, es por sí misma, fuente de luz. ¿Qué diferencia había? Al parecer muy grande, de principios, tal vez. Casi se pelearon por eso.

     Algunos años más tarde, Dani se enfermó. Su enfermedad se evidenciaba en los temblores: le temblaban las manos y la cabeza. Como siempre, yo viajaba a Zurich y los visitaba. Cuando yo iba a llegar, Dani tomaba un medicamento que relajaba los músculos y eliminaba el temblor. Pero el medicamento tenía un efecto secundario: Dani podía quedarse dormido mientras almorzaba. Simplemente se apagaba.

     Cuando yo veía que Dani se quedaba dormido sobre la mesa servida, me sentía confundida, no sabía qué hacer, cómo reaccionar. Una persona se queda dormida de repente, sobre la mesa, y los demás siguen como si nada. Todo seguía normal. Imagino que pensarían: Sí, está dormido, en algún momento se despertará.

     Simplemente aceptaban a Dani tal y como era. Sus virtudes pesaban mucho más, por eso le pasaban cualquier inconsistencia.

     Nuestra amistad es el pedazo más luminoso de mi vida. Bueno, si no el más luminoso, uno de ellos. Dani siempre me elevaba la autoestima.

     Yo vivía como podía y no encontraba nada particular en ello. Pero Dani lo encontraba. Él me aseguraba que yo era una escritora con más profesionalismo que, por ejemplo, George Sand. Según él, yo tenía mejores resultados. ¿Por qué? Porque George Sand le dedicaba demasiado tiempo a sus amantes mientras que yo ponía en primer lugar mi trabajo y, de todas maneras, tenía tiempo para ser mujer.

     Esa comparación era rara para mí. Me comparaba con una escritora que había vivido 100 años antes. ¿Dónde estoy yo, dónde está ella? En realidad, 100 años tampoco es tanto. Estamos casi una al lado de la otra.

     ¿Qué rol jugó Dani en mi vida? Él compró la colección de mis obras y me pagó unos honorarios considerables. En los años 90, esa suma se consideraba astronómica.

     Yo compré un terreno en una zona elitesca y construí una casa en las afueras de la ciudad. Una casa: ese era mi sueño, mi sueño hecho realidad.

     El dinero me lo dio “Diógenes”. “Diógenes” pudo cristalizarse para mí gracias a la perestroika. Y la perestroika la trajo Gorbachov, Mijaíl Sergueievich. De no haber sido por Gorbachov, yo hubiera seguido recibiendo 20% de honorarios y me hubiera comprado unas sandalias blancas en “Beriozka”.

martes, 3 de marzo de 2026

Los hombres de mi vida (IX). Victoria Tokareva

 

Los hombres de mi vida (IX)



     La cúspide de Daneliya en el cine fueron: «Не горюй» (“No te aflijas”) y «Осенний марафон» (“Maratón de otoño”). Esas películas también trastocaron el alma y se quedaron, se quedaron sin perder vigencia y brillando.

      Ahora él tiene 84 años. Es decir, Mérichka lloró inconsolablemente para nada. Él está vivo, no toma (se hizo un nudo), y trabaja. Rodó una película de dibujos animados por la que recibió el “Oscar asiático”. Yo ni sabía que existía ese premio. También escribió un libro que se convirtió en bestseller.

     Hace poco me llamó por teléfono y me preguntó:

- ¿Tu guardaste copia de la carta?

     Se refería a aquella carta que yo le escribí cuando estábamos en la cúspide de nuestro amor.

- ¿Para qué la quieres? -Pregunté como respuesta.

- Yo la tenía guardada en el bolsillo interno de un saco. Me gustaría que me enterraran con esa carta.

- ¿Y qué pasó? – Pregunté porque no entendía.

- La carta se perdió.

- Debe ser que tu esposa la encontró y la rompió. -Traté de adivinar yo.

- ¿Acaso ella anda hurgando en los bolsillos?

- Entonces, a la carta le salieron alas y se fue volando.

- ¿Tienes una copia?

     Daneliya me conocía muy bien, sabía que las cartas que me gustaba como quedaban, yo las consideraba originales.

- Voy a buscar. - Le prometí.

- Por favor, no te demores. -Me pidió él.

     Esa historia yo la escribí en un cuento. Ahora me toca repetirme, pero ¿Qué puedo hacer? Lo que fue, ya pasó.

     A lo mejor la carta está en el archivo. Mi archivo está en el segundo piso. La escalera es de caracol. Solo falta que me caiga… Me acerqué a la escalera y me devolví. Lo que fue, ya pasó. O no…

Los hombres de mi vida (VIII). Victoria Tokareva

Los hombres de mi vida (VIII)


     La cúspide de Daneliya en el cine fueron: «Не горюй» (“No te aflijas”) y «Осенний марафон» (“Maratón de otoño”). Esas películas también trastocaron el alma y se quedaron, se quedaron sin perder vigencia y brillando.

      Ahora él tiene 84 años. Es decir, Mérichka lloró inconsolablemente para nada. Él está vivo, no toma (se hizo un nudo), y trabaja. Rodó una película de dibujos animados por la que recibió el “Oscar asiático”. Yo ni sabía que existía ese premio. También escribió un libro que se convirtió en bestseller.

     Hace poco me llamó por teléfono y me preguntó:

- ¿Tu guardaste copia de la carta?

     Se refería a aquella carta que yo le escribí cuando estábamos en la cúspide de nuestro amor.

- ¿Para qué la quieres? -Pregunté como respuesta.

- Yo la tenía guardada en el bolsillo interno de un saco. Me gustaría que me enterraran con esa carta.

- ¿Y qué pasó? – Pregunté porque no entendía.

- La carta se perdió.

- Debe ser que tu esposa la encontró y la rompió. -Traté de adivinar yo.

- ¿Acaso ella anda hurgando en los bolsillos?

- Entonces, a la carta le salieron alas y se fue volando.

- ¿Tienes una copia?

     Daneliya me conocía muy bien, sabía que las cartas que me gustaba como quedaban, yo las consideraba originales.

- Voy a buscar. - Le prometí.

- Por favor, no te demores. -Me pidió él.

     Esa historia yo la escribí en un cuento. Ahora me toca repetirme, pero ¿Qué puedo hacer? Lo que fue, ya pasó.

     A lo mejor la carta está en el archivo. Mi archivo está en el segundo piso. La escalera es de caracol. Solo falta que me caiga… Me acerqué a la escalera y me devolví. Lo que fue, ya pasó. O no… 

lunes, 2 de marzo de 2026

Los hombres de mi vida (VII). Victoria Tokareva

 

Los hombres de mi vida (VII)


     Vladímir Voinóvich me dio el impulso a la literatura, pero Daneliya me abrió las puertas del cine y me llevó de la mano. Juntos escribimos los guiones de seis películas, de las cuales dos fueron un éxito rotundo: «Мимино» (“Mimino”) y “Джентльмены удачи” (“Caballeros de fortuna”). Esas películas no envejecen. La gente las ve y disfruta todavía hoy, y las disfrutará dentro de 40 años


     Hoy, desde el escalón de la vida en que me encuentro, comprendo que mi vocación es la literatura. Pero entonces yo estudiaba en el Instituto de Cinematografía. Todos soñábamos con “salir a producir”. Yo también soñaba con ser la autora de un guion que se rodara, que se convirtiera en película. A mí me parecía que allí estaba la verdadera gloria.

     Cuando era estudiante iba con frecuencia a “Mosfilm” y llevaba propuestas de guiones que Gribánov, el editor, cortésmente las rechazaba. Él era un hombre galante, muy bien educado. Pero cuando quien rechazaba las propuestas era una editora, lo hacía a lo bestia. Por ejemplo, yo preguntaba:

- ¿Por qué no funciona? ¿Son pocas páginas?

- Las páginas son suficientes lo que es poco es el cerebro.

     Todavía recuerdo el apellido de esa “delicada” editora, pero no quiero decirlo.

     Resultó que la revista “Joven Guardia” publicó mi cuento «День без вранья» (“Día sin mentiras”), entonces, una semana después, me llamó por teléfono Gribánov y me pidió ir a “Mosfilm”, tercer piso, oficina 24.

     Estuve una hora pintándome una flecha en el párpado superior, como Nefertitis. Esa era la moda. Naturalmente, llegué tarde. Gribanov estaba estresado. Cuando yo entré, se alegró y escondió ese sentimiento.

- ¿Trajo el pasaporte? – me preguntó.

     En realidad yo había perdido el pasaporte pero no me decidí a reconocerlo. Me daba miedo perjudicarme.

- Lo olvidé en la casa, - le respondí.

- ¿Recuerda de memoria?

- ¿Qué debo recordar de memoria?

- Los datos del pasaporte.

- Los recuerdo.

- Entonces nos arreglaremos sin pasaporte.

     Yo no entendía qué estaba pasando y le pregunté:

- ¿Para qué necesita el pasaporte?

- Vamos a cerrar un acuerdo con usted.

     Después supe que a Gribánov le habían dado la orden de no dejarme ir sin firmar un acuerdo porque otras unidades podrían sonsacarme y acapararme. Por eso Gribánov, sin preámbulo, sacó el block de acuerdos y, sin preámbulo, empezó a llenarlo.

     En ese momento entró el director de la Sexta Unidad, Danilyantz: un armenio de edad avanzada con cara inteligente en la que se reflejaba la experiencia.

     Él pronunció unas frases generales del tipo: estamos muy contentos, nosotros esperamos… Después se quedó pensativo mirando por la ventana. Con toda seguridad, en ese momento, él elucubraba en su astuto cerebro armenio cómo engañarme. Yo era estudiante y no estaba al tanto de las tarifas así que ¿por qué no engañarla? Él pronunció una cifra: más baja que el nivel más bajo. Tres veces más abajo.

     Yo quedé aturdida. La suma que me ofrecía me parecía astronómicamente enorme. Irreal. Era el costo total del carro «Победа» (“Triunfo”).

     Yo firmé el acuerdo. Me fui a la dacha. Allí me esperaba mi familia: mi esposo y mi pequeña hija.

     Le enseñé el acuerdo a mi esposo. Él se enfurruñó. Cuatro mil rublos era su sueldo de dos años. Tenía que trabajar como esclavo dos años, además, sin comer ni beber, para tener esa cantidad de dinero.

     Cuando el dinero entra en la familia es prosperidad. Pero quien debe garantizar la prosperidad es el hombre, no la mujer. En eso de que el dinero lo gana la mujer hay algo que rompe el balance. El esposo como que deja de ser el jefe de la familia y no puede mandar. Puede mandar, claro que puede, pero nadie le hará caso. En jefe se convierte el dueño del dinero. Y quien es el dueño, se porta como un descarado. Yo me había dado cuenta de eso en otras familias.

     Nosotros estábamos comenzando nuestra vida. Dormíamos juntos, nos dábamos calor mutuamente, amábamos a nuestra pequeña hija por encima de todo en el mundo. Yo no iba a ser una descarada. Lo importante era que hubiera prosperidad, ahora, quién la garantizaba ¿no daba lo mismo?

     Mi esposo era inteligente, guapo, de buena familia. A mí me gustaba verlo y escucharlo. Pero de todas maneras su posición se tambaleó.

     En Occidente un ingeniero es un hombre próspero. Pero la situación de un ingeniero en nuestro país es inferior a lo más bajo. Ese fue el país que nos tocó y esa era la época.

     Mi esposo vio el acuerdo y lo puso en el alféizar de la ventana.

- Me quiero lavar el cabello. Échame el agua, - le pedí yo.

     Él calentó el agua en un balde y empezó a echarme agua con un perolito.

     Yo estaba de pie con la cabeza inclinada sobre el lavamanos, desnuda hasta la cintura. Estaba erizada. La espalda me temblaba ligeramente, como a los perros.

- ¿Tienes frío? - preguntó mi esposo.

- No.

- ¿Y por qué estás temblando?

- No sé.

     Estaba en shock de la felicidad. Yo había logrado salir a la producción. Haría una película. Ahora estaría con Símonov en el mismo nivel. No de igual a igual, claro, pero es lo mismo: el es escritor y yo soy escritora.

     Una alegría tan grande también es estresante, con signo de plus. Por eso el organismo reacciona. Por lo visto, se desecha la adrenalina. Yo temblaba. Comenzaba una nueva vida. Que comenzara con la cabeza limpia. Me envolví el cabello en una toalla.

     Mi esposo y yo salimos, y nos sentamos en el porche. Nos quedamos en silencio, disfrutando la tranquilidad. Mi esposo estaba triste.

     Yo entré a una nueva vida como si hubiera aterrizado en otro planeta. Allí todo es interesante, hay talentos, hay otro nivel de libertad. Allá me seleccionarán y él se quedará sin mí. Pero yo no le tengo miedo a nada. Yo me abrí paso hacia la puerta del cubículo del Papa Carlo, igual que Buratino (1), y la llave de oro la tenía apretada en mi puño.

     Entonces, me asignaron un director. Era egresado del Instituto de Cinematografía. Andrei Ladynin, hijo de Ivan Pyryev y Marina Ladynina.

     La generación actual probablemente no recuerde esos nombres. Iván Pyryev era el dueño del cine, amante del poder, el chivo más importante en el rebaño cinematográfico.  Marina Ladynina, su esposa, una belleza, estrella de los años treinta. Pero... “Llegaron otros tiempos, aparecieron otros nombres”.  Se vengaron de Pyryev por el éxito pasado y por el poder actual. En nuestro país siempre pasa lo mismo: quien ayer fue todo, hoy nada debe ser.

     Ladynina tampoco volvió a figurar. Pyryev tenía una esposa nueva.

     Andrei Ladynin andaba sobre piernas débiles, andaba pensativo, como en el otro mundo, encendiendo fósforos todo el tiempo. Tenía los dedos marrones por la cera de los fósforos. Cuando se sentaba, enrollaba una pierna sobre la otra. Yo decía que “tejía una trenza con las piernas”. Lo molestaban las “sombras de los antepasados olvidados”. Andrei era un hombre dulce, tierno pero todo el talento para dirigir, lo tenía su padre Iván Pyryev. A Andrei no le tocó ni una gota.

     No sé cuál sería su vocación. A lo mejor había nacido para ser biólogo, o aviador, o médico. No lo sé, pero director de cine, no era. Eso, a él, no le interesaba absolutamente para nada. No sabía cómo acercarse a un guion y yo tampoco sabía. Esa era mi primera experiencia. Nos sentábamos uno frente al otro y ambos sufríamos.

     Iván Pyryev sospechaba que Andrei no tenía talento para esta profesión. Tal vez por eso una vez me llamó a su oficina en “Mosfilm” y me preguntó:

- ¿Qué piensa usted de mi hijo?

     Por poco meto la pata y le digo lo que pensaba, pero me contuve a tiempo. Por más que sea, trabajamos juntos.

- Es una persona interesante, - dije yo. Y eso no era una exageración. Andrei era realmente una persona interesante en todo menos en cine.

     Iván Alexándrovich se sinceró conmigo y empezó a quejarse de su vida, de la esposa de Andrei que repetía: “Cuándo se morirá ese viejo…”

     Yo miraba con los ojos desorbitados a Pyryev. De lejos él me parecía todo poderoso, como Stalin. Y ahora, frente a mí, estaba sentado un hombre viejo y humillado, común y corriente. Tomaba té haciendo sonar la cucharilla. Honestamente, es preferible no acercarse a los ídolos. Pyryev tenía una forma poco común de cráneo:  la nuca echada hacia atrás, como los extraterrestres. Andrei tenía la misma forma. El talento no le pasó al hijo, pero la forma de la cabeza sí.

     Pyryev amaba a Andrei y por eso decidió reforzar la película del hijo con los mejores. Fueron invitados los mejores directores de comedia: Riazánov, director artístico y Daneliya, guionista. Los soportes eran necesarios para el guion y para la realización.

     La editora, Nina Skuibina, le mostró el guion a Daneliya. Él estuvo de acuerdo. Me invitó a su casa para conversar al respecto. Nina y yo fuimos hasta Chistye prudy, donde quedaba su casa. Abrió la puerta Meri Ilyinichna Andzhaparidze. Resumiendo: Mérichka.

     Recordé que nos habíamos conocido en la revista “Fitil”, cuando Mérichka era directora de cine, trabajaba en “Mosfilm”. Yo había ido para algo en “Fitil”, lo más probable, a llevar un guion. Mijalkov y yo conversábamos con tanto interés y alegría que a los demás se les transmitió esa alegría. Todos sonreían, Mérichka también. Yo la recordaba con signo de plus. Si Mijalkov estaba contento conmigo, quiere decir que yo no era un lugar vacío.

     Nos sentamos en el estudio de Georgui Daneliya. Estudio es una exageración. Era un cuartico de unos ocho metros cuadrados. Parecía el compartimiento en un tren.

     Liuba Sokolova, su esposa, nos trajo café con crema. Mérichka y Liuba eran excesivamente amables, con todo su ser nos mostraban un gran respeto. Pienso que ese respeto era más hacia Nina porque ella era viuda del gran director de cine Vladímir Skuibin, que había muerto de esclerosis múltiple. Su última película la dirigió acostado en una camilla, no abandonó el rodaje nunca, ni siquiera cuando ya estaba literalmente muriendo. Eso fue una proeza.

     En el estudio chiquitito, estábamos Georgui, Nina y yo hablando cada quien lo suyo. De pronto, Nina se levantó y salió. Tomó su abrigo del perchero. Yo salí tras ella.

- ¿Para dónde vas?

- Me voy.

- ¿Por qué?

- Él me asfixia.

     Por lo visto, Georgui era insistente, autoritario, no soportaba objeciones ni otras opiniones. Yo no sentía nada de eso y podía soportar lo que fuera. Nina no quería soportar ninguna presión ajena. No quería discutir, no quería crisparse. Por eso simplemente se levantó y se fue. El caso es que ella era editora, por lo tanto, tenía que revisar montones de esos guiones. En cambio, yo era la autora del guion. La diferencia es la misma que hay en una guardería entre tu hijo y otro bebé. También deseas lo mejor para el otro niño, claro, pero no igual que para el tuyo. Nina se fue. Yo me quedé.

     En esa época, a Daneliya le habían censurado la película Hadji Murat. Le prohibieron continuar el rodaje porque en la novela de Tolstoi se representaba como anti rusa a Goskinó, el organismo gubernamental que dirigía la industria cinematográfica en la URSS. Es que Tolstoi describía con repugnancia la manera en que los soldados rusos se comportaban en la tierra de los chechenos; defecaban en el agua, por ejemplo. Tolstoi había descrito a los chechenos con mucho mayor respeto que a los rusos.

     El guion de Hadji Murat ya estaba listo, el casting realizado y Daneliya estaba loco por rodarla. Pero la censuraron. Como un portazo en la cara. Él se sentía humillado, desconcertado. Entonces se dedicó a trabajar en mi guion solo para estar ocupado en algo. No sabía estar mano sobre mano. Él, generalmente, estaba de dos maneras: trabajando o bebiendo. Eso sí, por turnos. Aunque se dedicaba con pasión a una y a otra cosa.

     Nos dedicamos a mi guion. Yo tenía 28 años, Daneliya tenía 36 y su esposa, Liuba, 47. Yo llegaba a su casa a las 10 de la mañana. Me sentaba frente a él. Quedábamos nariz con nariz. Y empezábamos a crear.

     Después de Andrei Ladynin, me parecía que yo había volado de un sótano oscuro a una pradera florida, inundada de sol. Todas las sugerencias que venían de Daneliya me llevaban al más sincero éxtasis y yo me reía como un niño en el circo. Toda la casa se llenaba con mi risa. Si algo no me gustaba, yo dejaba de reírme, fruncía el ceño inexpresivamente. Daneliya se enfurecía, pero rápidamente cambiaba la dirección de su fantasía y, al final, entre ambos, conseguíamos la solución necesaria. Una vez yo le dije:

- Tu aporte al guion es mayor que el mío.

Él me respondió:

- Cuando tú estás conmigo en un mismo espacio, yo me vuelvo genial.

Tiene mucho sentido. Es posible que él, gracias a mis reacciones, encontrara el camino correcto, así, como un barco se guía por el faro.

A la una de la tarde, Liuba se asomaba y decía:

- Vamos a comer…

     Íbamos a la cocina, grande y luminosa, con una ventana con forma de medio círculo y una mesa ovalada de roble. Nos sentábamos a la mesa. Liuba sacaba del horno un pavo dorado y me preguntaba:

- ¿Qué prefieres, carne blanca o negra?

- Negra, - respondía yo pensando que era una elección más discreta. Pero resulta que la carne negra es el muslo, la parte más sabrosa.

     En esa época, todos éramos muy pobres, yo también, por supuesto. Un pavo dorado me parecía una rara exquisitez.

Yo preguntaba, con los ojos abiertos como platos, por el asombro:

- ¿Ustedes siempre comen así?

     A mí me encantaba la cocina de 30 metros, la ventana en semicírculo, la comida, Mérichka, el talento de Geo. Me gustaba su apartamento, hecho de libros; el niño alto, de ojos grandes, que era Kolka, el hijo de Geo y Liuba. Me gustaba todo. Literalmente yo aplaudía la vida de ellos.

     Ahora, aunque es un poco tarde, me doy cuenta de que el apartamento era oscuro, que todas las ventanas daban a un mismo y oscuro lugar, que los muebles eran viejos, que Geo era alcohólico.

     El alcoholismo es un fenómeno poco frecuente entre los georgianos porque su cultura gastronómica incluye el vino. Toman, pero no se emborrachan. Sin embargo, un gran talento implica dificultades. Un gran talento es la excepción de la norma y una excepción arrastra consigo otras.

     Daneliya decía sobre sí mismo: “Por la cantidad de lo que yo he tomado, he cubierto la norma de una pequeña ciudad europea.” Se reía para no llorar. Esa era la tragedia de su familia. Meri lloraba inconsolable: “Yo no quiero vivir esperando a que él muera.”

     La borrachera no es una fiesta. Pero para mí, Geo no era peor por eso. Su talento cubría todos los defectos. Yo simplemente no los veía. Cuando nosotros escribíamos, uníamos la imaginación y las almas, y para mí no había otro pasatiempo. Esos fueron los mejores años de mi vida.

     Terminamos el guion de «День без вранья» (Un día sin mentiras), y lo llevamos a “Mosfilm”. Era marzo. Había sol. Yo no caminaba, iba, flotando; me impulsaba no de la tierra, sino del aire. Así como en un sueño que si uno se impulsa con más fuerza, vuela. Ese era el estado de mi alma. Él iba a mi lado, con un sobretodo claro, erguido como un oficial de la guardia blanca.

     Yo me enamoré y los ojos me brillaban cuando lo veía. Daneliya era hosco e inaccesible. Él también se enamoró, pero obstaculizaba el sentimiento con las cuatro patas, como un perro cuando lo arrastran al desolladero.

     Después del primer guion, escribimos «Джентльмены удачи» (“Caballeros de fortuna”). Ese era un guion para Alexander Seroi, un amigo de Geo.  Lo escribimos con alegría y sin mucho esfuerzo. La película resultó muy divertida, todavía hoy la pasan porque encierra una especie de magia: nuestra juventud y el presentimiento del amor. El amor crecía en nuestras almas y no se escapaba al mundo exterior. Ninguno de los dos era libre, cada uno tenía un hijo, aunque hay fuerzas contra las que es imposible oponerse. Un terremoto, por ejemplo, o un tsunami. Yo no podía hacer nada con lo que me pasaba y la culpa era de Daneliya ¿Por qué tenía que ser tan talentoso y tan increíble?

     Una vez un taxista me contó que su padre había muerto por culpa de una vaca.

- ¿Lo corneó?

- No.

- ¿Lo aplastó con las patas?

- No. Nosotros vendimos la vaca, compramos una caja de vodka, mi  papá se tomó toda la caja y se murió.

- ¿Y qué tiene que ver la vaca?

- ¿Cómo qué no tiene que ver? – se alarmó el chofer – Si la vaca no hubiera existido, no la hubiéramos vendido, si no la hubiéramos vendido, no hubiéramos tenido dinero y si no hubiéramos tenido dinero, no hubiéramos comprado el vodka. Claro que la vaca tiene la culpa.

     Yo razonaba igual. De mis sentimientos yo culpaba a Daneliya porque él no tenía que ser el mejor de todos. No tenía que mirar con esos ojos, los más bellos del mundo, y menos tenía que tocar guitarra y cantar con esa voz tan hermosa, algo quebradiza, tampoco tenía que hacer aquellos acordes tan precisos que iban directo a mi corazón.

     Nuestras relaciones se volvieron peligrosas para nuestras familias. Meri me empezó a odiar porque ella quería que su amado nieto creciera en una familia estable, que tuviera cerca a su mamá y a su papá. Meri se mantenía firme como una roca y era eterna, como el universo.

     Ahora yo la entiendo porque ¿qué es el amor? Un proceso químico en el cerebro mientras que un niño es un ser vivo y tibio que tiene manos y piernas, y una carita angelical. Un hijo es tu inmortalidad. ¿Acaso es posible sustituir uno por otro? Y no solo eso, con su corazón amoroso, Meri comprendía, que su hijo enfermo necesitaba, no a la amante, sino a una madre sustituta y esa era Liuba. A propósito, Liuba no le temía a las borracheras, al contrario, eran sus aliadas porque cuando Geo estaba borracho, perdía la capacidad de maniobra y se quedaba en casa, como un barco en el puerto. Y eso era lo más importante.

     Mi esposo guardaba silencio, como si no se diera cuenta. Tocar el tema hubiera sido como quitar el anillo y liberar la espoleta de una granada fragmentaria: en tres segundos ¡kabum! Nuestro matrimonio hubiera estallado en pedazos, mientras que, en silencio, podíamos seguir sobreviviendo, incluso podíamos encontrar la belleza de la tranquilidad, de la estabilidad y de nuestra feliz hijita porque ella también necesitaba un papá y una mamá fijos, no itinerantes.

     Pero el amor no es algo inmóvil, no se queda estático en un lugar. El amor se desarrolla, como el fruto en el vientre. Llega el momento en que debe nacer. En caso contrario, muere.

     Eso fue lo que pasó con nuestro amor.

     Escribimos otros guiones: “Mimino”, «Совсем пропащий» (“Fracaso total”), «Шляпа» (“Sombrero”) …

     Como guionista, yo vivía el florecimiento de mi carrera, como mujer, me sentía como un perro encerrado. Nuestro amor se enfermó. Empezamos a discutir.

     Lamento no haber escrito nuestras discusiones. Esos eran diálogos claros y apasionados. Debo decir que me gusta escribir mis estados de ánimo. Una vez le escribí una carta de amor, un desbordamiento del alma. La escribí en dos ejemplares: uno para él, el otro, para mí. Para que quedara como un recuerdo. Difícilmente yo volvería  a sentir algo parecido alguna vez en mi vida. Es más, yo, intuitivamente, sabía que nosotros no nos mantendríamos juntos. Simplemente lo sabía. Es todo. No hay causas que explicar.

     Creo que lo que pasa es que tengo un ángel de la guarda fuerte. Mi ángel de la guarda sabe dónde es mejor que yo esté. Pobre ángel de la guarda, me imagino lo que sudó y se sofocó tratando de despegarme de Daneliya. Hasta que, en un día maravilloso, todo se reventó, como la cuerda de una guitarra, con un sonido penetrante y triste. Y terminó la época que se llamaba Daneliya.

     Yo me quería suicidar, pero no lo lograba. De pronto, mi hija entró en la habitación y me preguntó:

- ¿Tú sabes saltar la cuerda?

- Sí, - le respondí.

- Enséñame.

       Me tocó levantarme y enseñarla a saltar la cuerda. Yo saltaba para atrás, con una sola pierna, alternando, primero la derecha, después la izquierda. Mientras saltaba, el deseo de morir se disipó. Había pasado el momento. Y, si a ver vamos, qué horror le hubiera causado yo a mis seres queridos, por no hablar de lo que me hubiera hecho a mí misma.

     Por su parte, Merichka hubiera dicho: “Es que ella es una loca. Yo siempre lo supe.” Y los demás pensarían: “Exacto, una loca, porque solo los que están mal de la cabeza se pueden ir de la vida por su voluntad.”

     “A veces pasa que amas, amas a una persona y después, ¡zaz! ya no amas. Queda solo la tristeza de tus sentimientos que habías mandado a pasear y regresaron con los dientes rotos y la cara llena de moretones.”

     Es una cita de Tatiana Tolstaya. Imposible decirlo mejor.

     Mi amor pudo salir arrastrándose debajo de los escombros, con los dientes rotos y los moretones en la cara. Después de todo, fue lo que hubo entre nosotros.

     Hay un mandamiento que yo nunca entendí: “No te harás un ídolo, ni ninguna semejanza.” Yo podía entender: “No matarás”, porque matar no es bueno; “No robarás”, también está claro.  Pero ¿qué tiene de malo crearse un ídolo? Pues resulta que es un pecado por el que tienes que pagar. Y yo creé un ídolo de un pecador. Por eso estoy pagando.

     ¿Por qué escribo todo esto? ¿Qué importa lo que le pase a cada quien en la vida? Escribo porque enumero a las personas que jugaron algún papel en mi realización.

     El papel que jugó Daneliya fue fundamental. Nosotros creamos algunas buenas películas, aunque eso no es lo importante para mí. Pudo ser, pudo no ser. Lo importante es otra cosa: EL ME DIO UN TEMA. Los críticos bautizaron ese tema como LA NOSTALGIA POR EL IDEAL.

     Daneliya llenó mi vida de amor y de sufrimiento, en diferente proporción. Y yo me tomé esa taza completica, hasta el fondo. Después escribí 20 tomos, escribí más que Chéjov. Todos mis libros son variaciones de un mismo tema: el amor y el sufrimiento, el paraíso y el infierno.

     Que bueno es escribir solo sobre lo que uno ha experimentado en su propio pellejo, sobre lo que ha pasado por el corazón.

     Creo que la gente quiere leer mis libros porque, con algunas excepciones, a cada mujer le ha pasado algo semejante a lo que yo escribo.

     Hace poco le pregunté a Daneliya:

- Si no hubiera sido por ti, ¿sobre qué escribiría yo? ¿De qué viviría?

Él me respondió:

- Yo estoy solo en una parte.

     Puede haber sido en broma, o no. Él está en la parte de mi éxito y de mi prosperidad. Porque los moretones en el alma pasan. O no.

 

(1) Referencia a Las aventuras de Buratino, película soviética musical de culto que es una adaptación del cuento deAlexei Tolstoi "La llave de oro o las aventuras de Buratino".