lunes, 23 de febrero de 2026

Los hombres de mi vida (V). Victoria Tokareva

Los hombres de mi vida (V)


    

      A propósito, debo decir que el story board lo escribí yo sola, que además ayudé a Bogdánov a escribir el suyo. Simplemente, los demás pensaban que la historia de él lo acercaba más a la prosa dura que a mí. Porque ¿Qué había en mi historial? Formación musical, un carácter alegre y una sólida frivolidad. No había manera de que yo alcanzara la imagen de intelectual. A nadie se le hubiera ocurrido que yo tenía talento, que me inclinaba a tener pensamientos serios.

      De la profundidad del túnel salió el tren. Ahora Yuri entra y se va. Qué importa que sea provinciano, que sea derrotista… De pronto me encontré con un sentimiento grande, con el sentimiento de que él era una joya de muchos kilates que difícilmente Dios pondría dos veces en mi camino. “No pienses, - me decía. – No pienses.”

     Él entró al vagón. “No pienses”, me repetía como un mantra. Seguramente eso es lo que hacen los suicidas que se quieren lanzar desde una ventana. Seguramente se dicen: “No pienses…” y se lanzan al vacío.

     No volví a verlo. ¿Para qué? A veces pienso que si alguna vez él me hubiera podido encontrar, me hubiera dicho:

- Yo te amé…

- Lo sé, - le contestaría yo. - ¿Cómo has estado?

- No me convertí en Yuri Kazakov. Trabajo en una revista.

- ¿Y cómo está tu tío?

- ¿Cuál tío?

- El que robaba. ¿Sigue robando?

- No.

- ¿Se reformó?

- Simplemente envejeció. Perdió la maña y le duelen las articulaciones.

- ¿Y qué tienen que ver las articulaciones?

- ¿Y cómo corre?

     Él no me encontró. Y yo no lo encontré. Pero lo recuerdo como se recuerda el agua cristalina y helada de un manantial que, cuando la tomas, te congela los dientes, pero todo canta por dentro.

     En segundo año escribí un argumento para “Fitil”. Era una historia corta acerca de un maestro joven que pasa un día entero sin mentir, diciendo nada más lo que piensa.

     En ese mismo mes cayó en mis manos el cuento «Хочу быть честным» (“Quiero ser honesto”), de Vladímir Voinóvich.

     Cuando leí ese cuento me petrifiqué, quedé como una estatua de sal. Algo pasó dentro de mí. Fue como si me hubieran conectado a un tomacorriente cósmico y cuando llegó el toque, brotó la escritora que estaba escondida en mis genes.

     Empecé a investigar quién era Voinóvich.  Así supe que iba a participar en un encuentro en el Club de los ferroviarios y me fui para allá. Quería simplemente verlo. Quería saber cómo era él, cómo lucen semejantes superhombres.

    El superhombre resultó ser de baja estatura, cabellos erizados, ojos grandes y saltones y un traje barato, marrón oscuro. Parecía un erizo que había saltado de la cueva a la llanura porque unos perros lo habían asustado. Volodia Voinóvich era mayor que yo cinco años. Apenas cinco años y ya estaba en la cima del Olimpo, ya nadaba en la gloria.

     En el encuentro en el Club de los ferroviarios, Voinóvich leyó el cuento «Расстояние в полкилометра» (“A medio kilómetro de distancia”), cuyo argumento eran una vida nula y una muerte nula. Cuando terminó la presentación, yo me abrí paso hasta Voinóvich y le deslicé mis dos páginas de “Fitil”y le dije:

- A mí también me angustia el tema fúnebre.

     Después de eso él empezó a llamarme “tema fúnebre”.

     A los pocos días nos volvimos a encontrar. Voinóvich me regresó mi “Fitil” y dijo:

- Tu fuerza está en los detalles. Escribe con más detalle.

     Cuando llegué a casa volví a escribir el argumento pero con todos los detalles. Las dos páginas se convirtieron en 42. Voinóvich creó para mí el título: «День без вранья» (“Día sin mentiras”).

     Le había gustado el cuento y lo llevó a la revista “Nuevo mundo” y lo recomendó. Yo le pregunté:

- ¿Por qué lo llevaste? ¿Querías complacerme?

     A lo que él respondió.

- Incluso si yo me hubiera encontrado este cuento en la calle, lo hubiera llevado a la revista.

     Es obvio que eso fue un piropo.

     “Nuevo mundo” rechazó el cuento. Era lógico porque, por aquella época, Tvardovski prefería a los “campesinitos” porque ellos reflejaban la dura realidad.

     Yo tomé un autobús y llevé el cuento a la revista “Joven Guardia”. ¿Por qué precisamente ahí? Porque estaba cerca de mi casa, a tres paradas de autobús. Yo iba caminando por el corredor y leía los letreros en las puertas: “Departamento de poesía”, “Departamento de cartas”, “Redacción”. Me detuve frente al último letrero. Y entré.

     Detrás del escritorio estaba Alexander Evséievich Rekemchuk: un hombre un poco gordo, pelirrojo, calvo, con ojos alegres.

- Buenas, - saludé yo.

- Buenas. ¿Quién es usted?

- Yo traje mi cuento. – dije mientras colocaba el manuscrito en la esquina del escritorio.

- ¿De dónde viene usted?

- De la calle.

- ¿Quién la mandó?

- Nadie. Yo vine sola.

- Qué interesante. Si de la calle van a empezar a llegar uno tras otro, no me va a quedar tiempo para hacer mi trabajo. Hay un Departamento de prosa…

- ¿Me lo llevo? – pregunté y estiré la mano hacia mi cuento.

     Al parecer a Rekemchuk le conmovió mi humildad. Me concedió una mirada con sus ojos alegres de pelirrojo y vio que yo era joven, que estaba clara y que tenía unos collares de cuentas de madera que parecían un ábaco.

     Rekemchuk había llegado del Norte y aquí le habían dado una gran responsabilidad. No estaba acostumbrado a tener responsabilidades de la nomenclatura; él era un hombre talentoso, brillante e impetuoso. Podía emborracharse, pelear y terminar en una delegación de policía. Entre la gente de la nomenclatura no existen hombres así. Todos son hombres enfundados. Yo simplemente tuve suerte de haber abierto esa puerta.

     En Rekemchuk apareció y maduró con mucha rapidez el plan de coquetear conmigo. El plan de aprovecharse de la ocasión y de la situación laboral. Leyó mi cuento con mucha rapidez y… se desencantó. El cuento se diferenciaba completamente de cualquiera de las corrientes literarias.

     Rekemchuk convocó al Departamento de prosa y ordenó prestar mayor atención a los espontáneos, es decir, a todos los manuscritos que llegaran de la calle o por correo aunque entre los espontáneos también puede terminar el talento innato.

     Un día Rekemchuk me llamó a la casa. Cuando sonó el teléfono en mi apartamento comunal, atendió mi suegra y, sin querer, gritó:

- Es para ti… - A ella no le gustaban las voces masculinas.

     Me acerqué y respondí.

- Aló…

     Hubo un largo silencio. Después Alexander Evséievich preguntó:

- ¿Es Victoria?

- Si, soy yo, -le confirmé. – ¿Quién habla?

-  Rekemchuk.

- Ay… - me asusté yo.

- Dígame algo ¿usted escribió este cuento hace mucho tiempo?

- Hace una semana.

- ¿Lo llevó a otro lugar?

- No… - respondí astutamente.

     Escondí que el cuento había estado en “Nuevo mundo”, pero si a ver vamos, no lo había llevado yo sino Voinóvich.

- ¿Por qué lo trajo a “Joven guardia”?

- Porque vivo cerca.

- ¿Eso es todo?

- Si. ¿Por qué?

     Nueva pausa. Nosotros conversábamos con largas pausas. Daba la impresión de que Rekemchuk quería alargar el tiempo. En realidad, el temía que un pez grande se le escapara del anzuelo y por eso era tan cuidadoso.

- ¿Usted podría venir? – preguntó Rekemchuk.

 

- ¿Cuándo?

- Mañana.

- ¿A qué hora?

- Hacia las dos.

     Rekemchuk colgó el auricular y yo me quedé confundida: ¿le había gustado el cuento o no le había gustado? ¿Para qué tenía que ir? ¿Para recoger mi manuscrito? Por esa época, cuando yo llevaba algo a cualquier redacción, generalmente me respondían: “Es lindo, hay talento, pero…” y empezaban a enumerar los peros. Entonces yo cogía camino. Nadie me decía cosas desagradables, no, exactamente así: lindo, hay talento, pero… Ya me había acostumbrado a esa fórmula.

     Al otro día me presenté ante los ojos de Rekemchuk. En silencio él se puso de pie y me condujo hasta el jefe de redacción. El apellido del jefe de redacción era Níkonov: un alto e imponente hombre enfundado. Una funda gris. Por alguna razón todos ellos vestían de gris. Cuello blanco debajo de la corbata. Eso era obligatorio.

     Níkonov se puso de pie para recibirme y se colgó una expresión de saludo en el rostro.

- Es lindo, hay talento… - empezó a decir él.

- Pero, - susurré yo.

- Pero necesitamos “un buen camino”.

     Yo no entendí nada.

- ¿Esta es su primera publicación?

- Si.

- ¿Cuántos años tiene usted?

- 26

- Es una escritora novelle – dijo Rekemchuk.

- Nosotros quisiéramos darle “un buen camino”. Que alguno de los clásicos escriba.

- ¿Cuál clásico?

- Da igual. El que a usted le guste. El cuento saldrá con el preámbulo de un clásico.

- ¿Ustedes lo van a publicar? – pregunté yo dándome cuenta finalmente de todo.

- Lo publicaremos en la edición de julio, - dijo Níkonov. – Pero nos hace falta una buena fotografía y “un buen camino”.

     Me provocaba lanzarme a su cuello, pero hubiera sido una situación incómoda, además, el cuello blanco no estaba dispuesto para eso.

     Hay gente que no quiere a los jefes porque suponen que son unas fieras, unos miserables que son capaces de cortar cabezas solo para conseguir sus objetivos. Otros, especialmente las mujeres, adoran a los jefes porque son el poder y cualquier tipo poder es erótico. Yo le temo a los jefes. Ellos para mí son extraterrestres, no entiendo qué tienen en la mente.

     Rekemchuk y yo salimos de la oficina. Yo lo veía con los ojos brillantes porque había comprendido que si yo hubiera entrado en la puerta con el letrero “Departamento de prosa”, mi cuento hubiera reposado un mes allí, después me lo hubieran devuelto sin leerlo y me hubieran dicho la fórmula: “es lindo, hay talento, pero…”.

     Uno puede entender que un editor, por un sueldo miserable lee ríos turbios por culpa de los cuales se le llena el cerebro de pantano. ¿Qué diferencia podía haber con lo que yo había escrito? ¿Qué puede escribir una muchacha con collares, que usa zapatos de plataformas? La suerte que yo tuve fue que Alexander Rekemchuk no es indiferente, tiene el alma completica, un amor inevitable por la literatura y, lo más importante, talento humano. Tiempo después él dio clases en el Instituto de Literatura, dictó el seminario de prosa. Los estudiantes lo adoraban. También fue director de Mosfilm por un corto período, pero huyó de esa responsabilidad. Es que para las grandes responsabilidades hace falta ponderación y exactitud.

     Me quedé pensando en quién podría darme “un buen camino”. Había muchos buenos escritores pero, para decirlo en el lenguaje de hoy, el que tenía más glamour era Símonov. Él era nuestro Hemingway soviético: tenía el cabello gris, era guapo y famoso. Generalmente, los escritores, particularmente los “campesinitos”, se vestían como un repollo: una capa sobre otra. Solamente dos lucían elegantes: Símonov y Naguibin.

Los hombres de mi vida (IV). Victoria Tokareva

Los hombres de mi vida (IV)


     Y llegó la perestroika, algo así como una revolución. “Los que hoy son nada, todo lo han de ser.” Y quien fue todo, nada debe ser.

     Un día sonó el teléfono en mi casa. Cuando atendí, reconocí la voz de Serguei Vladímirovich, a quien tenía 15 años sin escuchar.

- ¡Vi –Victoria, ayúdame! ¡Me están ofendiendo

- ¿Quién? – pregunté en un grito.

-   Uspenski, Oster, esos malditos judíos.

- ¿Y cómo lo puedo ayudar?

-  No se. Invéntate algo.

     Colgué el auricular y entré aa la habitación. Mi esposo estaba sentado en el sillón leyendo el periódico.

- Me acaba de llamar Mijalkov, - dije yo. – Quiere que lo defienda porque lo están acosando.

     Mi esposo bajó el periódico y me dijo:

- Te recomiendo que no te metas en eso. Mijalkov tiene mala reputación. Se están vengando por Pasternak.

- ¿Y por qué no se vengaron antes? ¿Por qué no se atrevieron antes? ¿Por qué andaban llorando por los rincones? Ahora sí, de repente se volvieron valientes, ahora pueden…

- Haz lo que tú quieras, pero yo creo que mejor te mantienes al margen.

     Según esa lógica, estaba bien que cuando yo necesitaba a Serguei Vladímirovich, salía en una carrera a pedirle ayuda y ahora, cuando él necesitaba mi apoyo, yo debía quedarme al margen, guardar distancia. La ingratitud es un pecado. Mejor dicho, es una propiedad humana venenosa. Por eso, lo lógico es que cuando golpean a alguien amado, uno tiene que lanzarse al epicentro de la pelea a riesgo de salir golpeado.

     Un día, llegando al Teatro Sovrimiénnik, me encontré con Eduard Uspenski y le pregunté:

- ¿Qué te pasa a ti con Mijalkov? ¿Por qué lo estás acosando?

- ¿Y a ti que te pasa?

- Él es una buena persona.

- Contigo es una buena persona. No tienes idea de cómo él ahogó la literatura para niños siguiendo el principio de ahoga a los gatitos mientras están ciegos.

- Lo que pasó, pasó, - le respondí yo. – Ahora él está viejo, tiene 86 años. ¿No te avergüenza patear a un viejo león?

- La ruindad no tiene edad, -respondió Uspenski.

- Y a ti ¿qué te falta? Eres rico, famoso, joven. Vive tu vida en paz y sé feliz. Sé hombre, pues.

     Bajaron las luces y empezó el espectáculo. Durante algún tiempo yo veía a Uspenski. Él estaba sentado mirando al piso. Por lo visto pensando en mis palabras.

     Es posible que a él lo tuvieran ahogado en un puño, pero él supo salirse de ahí. Su Cheburashka recorrió el mundo entero. Lo que pasa es que Uspenski es un hombre talentoso y Mijalkov también es un hombre talentoso. Se puede vengar la incapacidad, pero no el talento.

     Después de eso, escribí un artículo para la revista “Ogoniok”. Era un artículo sobre mi Mijalkov y se titulaba “¡Mentir no es bueno!”

     Cuando salió la revista, Serguei Vladímirovich me llamó por teléfono para agradecerme el detalle.

- Gracias, Vikochka.

     Yo me corté y le pregunté:

- ¿Cómo están sus hijos?

- ¿Viste «Урга» (“Close To Eden”)? – a su vez preguntó Mijalkov.

- Sí.

- ¿Y «Ближний круг» (“El círculo más cercano”)?

- También.

- Y entonces ¿qué me preguntas? Mis hijos son famosos en todo el planeta…

     Eso es verdad. Los hijos heredaron el talento de sus padres, aunque no puedo decir que lo superaran. Cada uno es talentoso en su estilo, pero, para mí, el talento de Serguei Vladímirovich es insuperable.

     ¿Qué puedo decir? Yo amaba a mi Mijalkov. Y lo amo hasta el sol de hoy, aunque sea evidente que había gente que no lo quería. Lo que pasa es que mientras más grandes son las virtudes de alguien, más pesados son los defectos. Sin embargo, el plato de la balanza con la bondad pesa más.

     Murió Natalia Petrovna Konchalóvskaia.

     Por esos días, casualmente, vi a Serguei Vladímirovich.  Tenía el rostro desencajado. Entonces comprendí que Natalia Konchalóvskaia, para él, ERA TODO.

     Los amores pasajeros le hacían la vida más bonita, como las flores en un jarrón. Y más o menos así, se secaban. Pero la familia es eterna, como una roca, y nada está por encima de ella.

     Serguei Vladímirovich enviudó. Tal vez por eso con frecuencia iba a almorzar a la Casa de los escritores. Una vez vio a una mujer joven y hermosa, se le acercó y le dijo:

- Soy el poeta Serguei Mijalkov. Quiero conocerla.

     La mujer, que se llamaba Julia, se sonrojó de placer y dijo:

- ¡Qué felicidad ver al propio Mijalkov!

- Si usted quiere, me puede ver de forma permanente, - fue la respuesta de Serguei Vladímirovich.

     Eso fue, al mismo tiempo, una declaración de amor y una invitación.

      Mi amiga Natasha esperó 10 años la invitación, pero se fue antes de que llegara. Julia, por el contrario, la recibió de inmediato, al conocerlo. Serguei Vladímirovich era libre y tenía 86 años, no podía perder la oportunidad.

     Mijalkov se casó con Julia. Ella tenía 37 años. Había una diferencia casi de 50 años.

     Cuando por primera vez vi a Julia, me sorprendió que una mujer bella, con linaje, de buena familia no hubiera encontrado a alguien contemporáneo. Por supuesto, no pregunté nada únicamente lo pensé, pero Julia me leyó la mente y dijo:

- Para mí lo importante es la personalidad, no la edad.

     Eso es una posición ante la vida. Muchas mujeres están dispuestas a vivir con un viejo impotente y enano solo porque tiene una personalidad brillante y talentosa que las puede mantener y convertirlas en ricas.

     Dios les dio una larga vida. Serguei Vladímirovich y Julia vivieron en amistad y alegría.      Hay una frase de Yuri Naguibin que reza: “Las personas se aman realmente solo en la vejez.” Eso es comprensible porque antes que la pasión aparece la ternura. La pasión es un sentimiento carnal mientras que la ternura es algo divino. Eterno. La pasión puede acabarse. La ternura no.

     Una vez yo invité a Serguei Vladímirovich y a Julia a la celebración de mi aniversario. La recepción era en la Casa de los escritores. A ellos les tocó solo cruzar la calle para poder llegar.  Qué agradable fue ver llegar a esa pareja: altos, esbeltos, ambos vestidos de negro y blanco. Serguei Vladímirovich usaba un bastón con empuñadura de plata. Los años no se le notaban. Serguei Vladímirovich se veía mejor que cuando tenía 50. Era imposible llamarlo viejo. Nunca. Él era un patriarca.

     A mi mesa estaba sentada toda mi familia, que había aumentado considerablemente, y mis amigos. Es decir, estaban todos a quienes uno llama entrañables y cercanos.

     En un momento Serguei Vladímirovich hizo un brindis:

     “Me encontré con Victoria cuando ella daba los primeros pasos. Era una muchacha y el rompehielo fue “Ermak”. Ahora ella escribe libros que la gente QUIERE leer.”

     En realidad, mis libros se venden muy rápido. Los lectores hablan con rublos. ¿Qué quiere decir eso? Eso quiere decir que soy productiva para las editoriales y por eso las editoriales QUIEREN publicar mis libros.

     En la época soviética, me publicaban un libro cada cinco años ¿por qué? Porque yo no seguía la línea del partido, yo escribía sobre gente común, sobre sus sentimientos. Ahora me publican un libro al año. Es el capitalismo. Eso significa que económicamente me consolidé, pero ya no soy joven, ahora soy una mujer madura. ¿Qué se puede hacer? Nada. La vida te da y te quita.

     A la mesa nos acompaña mi nieto Petrusha. Él tiene 10 años, los ojos como lagos y la frente fruncida. Generalmente anda de mal humor, siempre hay algo que le desagrada.

     Hubo un momento en que Serguei Vladímirovich y yo nos quedamos solos en la mesa porque algunos invitados habían salido a fumar,

 - ¿Es duro ser anciano?

- Depende de quién esté a tu lado, - me respondió. – A mí me aman…

     Y yo comprendí todo con esas palabras básicas, sencillas, sin ceremonia. Si tienes a tu lado a una persona a quien tú ames y que te ame, puedes vivir hasta 120 años, como Moisés y los años no serán una carga.

     Pero volvamos a 1962. Serguei Vladímirovich me consiguió el cupo en el Instituto de Cinematografía, en el mismo en el que yo había fallado estrepitosamente la prueba de admisión. Bueno, no hubo estruendo. Simplemente me faltó un punto. Fue una casualidad. La ruleta.

     Me inscribieron en primer año. En otoño el grupo se reunió para empezar las clases y en ese grupo estaba yo.

     Todos abrieron los ojos de asombro porque habíamos presentado juntos la prueba de admisión y yo había fallado. Había chillado de la tristeza delante de todos ellos y, ahora, de repente, por arte de magia, aparecí. Todo estaba claro: era una enchufada y la gente desprecia a los enchufados. ¿Qué talento había demostrado yo después de haber fracasado en la prueba de admisión? Estaba claro que literario no podía ser. Nadie dijo nada de frente, pero yo sentía el frío de mis compañeros de clase.

     Entre los de nuevo ingreso había un muchacho que se llamaba Yuri Bogdánov, que había llegado de Rostov y venía de una familia de ladrones. Su tío, un hermano de su padre, era ratero, le sacaba el dinero de los bolsillos a la gente en los autobuses y tranvías. Ese tío empezó a llevarse a Yuri para que lo ayudara porque la mano de Yuri era más pequeña que la suya y, por lo tanto, era más fácil meterla en los bolsillos ajenos.

     Cuando Yuri creció, sintió dentro de sí la irresistible llamada de las letras, así que no siguió la dinastía hamponil. Decidió trasladarse a Moscú y de paso inscribirse en el Instituto de Cinematografía. Cuando nos conocimos, se enamoró de mí inmediatamente. Eso fue cuando presentamos el examen de admisión. Se enamoró en serio y hasta los huesos. Íbamos juntos a las clases, a los seminarios, a las proyecciones. Nos sentábamos uno al lado del otro y nos iba bien. Excelente.

     Yo no estaba enamorada. Un ladrón era lo único que me faltaba. Pero el amor de Yuri me abrigaba como el sol y, literalmente, me salvaba de la atmósfera hostil de mi grupo. Yo no percibía el rechazo hacia mí porque me bañaba la poderosa y tierna ola del amor de Yuri. ¿Qué rol desempeñó Yuri en mi vida? Ninguno, pero un sentimiento como ese no se olvida. ¿Cómo era él? Dulce. Tenía ojos castaños, pestañas largas como los niños y la camisa planchada. Por lo visto él mismo la lavaba y la planchaba. El grupo sospechaba que yo no estaba enamorada de él, que simplemente lo usaba. Pero ¿cómo podía usar a un estudiante pobrísimo y encima de otra ciudad?

     El primer trabajo que debíamos escribir para el taller de guiones era un story board. Yo escribí el story board “Nieve en junio”. En él hacía alusión a la pelusa de las alamedas. Ya no recuerdo de qué iba esa historia. Probablemente era de amor. ¿De qué más podía ser? Entregamos nuestros trabajos. El profesor del taller, el doctor Vaisfeld, los leyó y se repitió la historia que yo había vivido en la escuela 104: el profesor me puso el único 20 del grupo. La primera reacción del grupo fue caer en shock. La segunda: indignación. Entonces el grupo se reunió y fueron todos juntos a hablar con Vaisfeld. En nombre del grupo habló una tal Olga, intelectualoide y amante de la verdad. Ella dijo:

- ¿Por qué usted le puso 20 a Tókareva cuando todo el mundo sabe que ese trabajo lo escribió Bogdánov?

- ¿Y cómo lo saben? – se sorprendió Vaisfeld.

- ¿Y entonces? ¿Usted no se ha dado cuenta?

- ¿De qué tengo que darme cuenta? – preguntó sin comprender Vaisfeld.

- Bogdánov lo escribió. Eso está claro.

- En realidad no está claro y usted no puede demostrarlo.

     El grupo se retiró. Llevaba en el alma una noble ira.

     Después el grupo se reunió con Bogdánov. Hicieron que él les diera su palabra de que me iba a hacer a un lado. Bogdánov lo prometió, pero no lo cumplió porque él no podía hacer nada al respecto. El primer amor lo había abrasado y él no estaba en condiciones de matarlo.

- ¿Qué debo hacer para que tú seas mía? –me preguntó una vez.

- Tienes que ser famoso como Yuri Kazakov…

     Estábamos en la época del esplendor del escritor Yuri Kazakov. Le llamaban el segundo Bunin.

- Seré famoso como Kazakov, - prometió Yuri y creía que lo lograría.

     Una vez él y yo fuimos a Peredelkino, a visitar a Katerina Vinográdskaia. Poco antes de llegar a su casa, nos desviamos a un bosquecillo y nos detuvimos junto a un árbol. Había que besarse. Hasta ese momento, nuestras relaciones habían sido completamente platónicas. Yuri se limitaba a acompañarme en trolebús del Instituto hasta la calle Gorki. El recorrido era de una hora más o menos. Esa hora de camino era su felicidad y nuestra vida en común.

     Estábamos de pie bajo el árbol. Yo esperaba que él tomara la iniciativa, que me abrazara y finalmente me besara. Pero eso no ocurrió. Se asustó. No se decidió. Yo para él era inalcanzable y si se hubiera atrevido a tocarme, se hubiera desmayado.

     Era un muchacho puro, de provincia, conmovedor. No sé si tenía talento y si pudo haberse convertido en un Yuri Kazakov. Tampoco sé en quién podía haberse convertido para mí. Creo que se hubiera convertido solo en un perro, en un perro faldero.

     Yuri Bogdánov no se inscribió para el segundo año en el Instituto. Decidió abandonar los estudios y regresar a Rostov. Yo lo acompañé hasta la estación.

     Bajamos al metro. Esperamos el tren en el que él se iría. De repente me dio miedo. Comprendí que él se iría en ese momento y en mi alma se abriría un profundo hueco. Mi alma estaba crujiendo.

domingo, 22 de febrero de 2026

Los hombres de mi vida (III). Victoria Tokareva

 

Los hombres de mi vida (III)



     Yo no quiero decir que Serguei Vladímirovich me convirtió en escritora porque convertirse en escritor es imposible. Hay que nacer escritor. Pero él me sacó de la escuela y me puso en el Instituto de Cinematografía. En el Instituto había talleres, debates, era un medio creativo, había competencia. Además, estaba mi tutora: Katerina Vinográdskaia. Ella se maravillaba conmigo y eso, para alguien que está empezando es indispensable. Hay algunos que dicen que la crítica es buena, pero al principio del camino la crítica puede ser como un reproche a un niño, mientras que la admiración da fuerza, seguridad en sí mismo y un toque de descaro.

     A Vinográdskaia le gustaba todo en mí: mi cara, mi ropa, mi alma y mis pensamientos.

     Yo la visitaba en su casa de Perediélkino para encontrarme a mí misma. De regreso a mi casa, cuando atravesaba el pequeño puente que quedaba cerca de la iglesia, yo iba llena como una vela con viento a favor. Iba con sed de escribir algo que estremeciera a todo el mundo, algo que hiciera que todos se voltearan y dijeran: “Esa es ella…”

     Vinográdskaia estaba desfasada. Se había quedado en los años 30, en aquellos ideales, en aquellos pensamientos puros, en aquel momento en que escribió su guion más importante: «Член правительства» (“Un hombre del gobierno”).

-   Quiero escribir el guion “Comunistas de los 70”, - me dijo un día.

     Yo sonreí con picardía porque el comunista de los 70 es un hijo de puta, un cínico, un corrupto. Se inscriben en el partido para hacer carrera y ganar un buen sueldo, pero mi pobre Vinográdskaia pensaba que los comunistas seguían siendo los mismos románticos desinteresados que ella conoció.

     Todo terminó cuando su último curso protestó contra una tutora tan atrasada. Ella se había convertido en un obstáculo para las ideas y los pensamientos nuevos. Los estudiantes no querían soportar eso.

     En consecuencia, a Vinográdskaia la jubilaron y le dieron una pensión miserable, además, perdió el contacto con la juventud. Una catástrofe. El ocaso.

     Al poco tiempo perdió la vista y murió.

     En el epitafio sobre su tumba había una fecha ficticia de nacimiento: había una diferencia de diez años. Lo que pasó fue que durante la guerra, Vinográdskaia, armó un escándalo, efectuó un disparo y rehízo su pasaporte. Se quitó 10 años. ¿Para qué? Para alargar la edad del amor porque Vinográdskaia era mujer de pies a cabeza, vivía sólo por y para el amor despreciando todo lo demás. Por supuesto perdió. La cruel realidad la desechó como un pez en la arena.

     Murió Vinográdskaia a los 80 años, pero en la humilde lápida sobre su tumba decía 70. Ella se habría alegrado, pero a los demás les daba lo mismo.

     El Instituto de Cinematografía es un campo fértil en el que la semilla germina. Si yo me hubiera quedado en la escuela, mi semilla se hubiera secado, no habría germinado nada.

 

     Mi terreno fértil fue el Instituto de Cinematografía y allí me llevó Serguei Vladímirovich Mijalkov. Él me ahorró 20 años de una vida sin sentido. Hasta el día de hoy yo repito:

-        Gracias, Serguei Vladímirovich, que Dios le de salud y felicidad donde quiera que usted se encuentre.  (Tomado de Singer).

     Pienso que miles de personas pueden repetir estas palabras conmigo. Pero puede ser que las repitan solo dos personas. En realidad, nadie llevaba la cuenta, aunque yo recuerdo que Serguei Vladímirovich siempre andaba lleno de pedidos y encargos. Le pedían que consiguiera una vivienda, que consiguiera un cupo en un hospital, que sacara a alguien de la cárcel, o que detuviera algunas publicaciones escandalosas. Incluso, una vez que estaba en Londres, él le consiguió trabajo a un inglés en un canal de la televisión local.

En una ocasión le comenté:

-        A usted simplemente se lo están llevando por pedacitos. ¿Para qué usted necesita eso?

-        Es -estoy preparándome para el más allá.

-       ¿En qué sentido? – quise comprender yo.

-        Es que allá hay una balanza y es necesario que la bondad pese más, por eso yo le meto más peso a las buenas acciones.

-        Usted vive bien aquí y quiere acomodarse allá. Es un pícaro…

-        Claro, - Serguei Vladímirovich estuvo de acuerdo conmigo.

     Yo no me había dado cuenta de que Mijalkov era creyente. Él creía en Dios, pero eso no era aceptado por los miembros del partido.

     Mijalkov era el jefe de redacción de “Fitil”, un noticiero satírico. “Fitil” era agudo, valiente, actual. Mijalkov lo dirigía con maestría. Escuchar sus observaciones era increíblemente interesante. Él distribuía los temas a derecha e izquierda. Los lanzaba como se lanzan semillas a los pájaros. Detrás de eso estaba la generosidad de su talento.

     Por otra parte, yo me daba cuenta de que la gente con poco talento guardaba sus ideas, las escondía, claro, no fuera a ser que se las robaran y entonces ¿cómo iban a crear algo? En cambio, si las guardaban, tenían algo para inventar.

     En “Fitil” había varios redactores entre los cuales recuerdo a Valentín Palonski, un hombre tierno que se emborrachaba en silencio. Mijalkov iba a visitarlo y un día me contó con tristeza:

-        Tiene el suelo agrietado, entra el viento frío, hay goteras en el techo. ¿Qué trabajo le puedo pedir si él vive en esas condiciones? Antes de exigir algo, es necesario garantizar una vida normal a la gente. Y Serguei Vladímirovich le consiguió un apartamento a Palonski. Mejor dicho, lo ayudó a conseguirlo.

     En el estudio se estaba rodando la película «Первый учитель» (El primer maestro), basada en el guion de Chinguiz Aitmatov. Era la primera película de Andrei Konchalovski, el hijo mayor de Mijalkov, y resultó un film extraordinario solo que eran tiempos turbios, era como el deshielo al final del invierno, no se sabía qué se podía esperar. Entonces Mijalkov padre se levantó y dijo:

-        La manzana cae lejos del manzano.

     A todos les hizo gracia y se echaron a reír. Pero, como Mijalkov padre era conocido como un conformista, como alguien que había sido capaz de adaptarse a cualquier poder, intentaba deslindarse un poco de su hijo. Estaba claro que no quería arrojar esa sombra a su hijo, que era un hombre progresista. Sin embargo, todos comprendían, bueno, al menos yo comprendía, que los manzanos tienen raíces maravillosas y a veces dan frutos poco frecuentes. Estoy hablando de padres e hijos. Simplemente al padre y al hijo les tocó vivir tiempos diferentes.

      Una vez le hice el siguiente comentario:

-        En su familia todos tienen la boca grande.

-        E -es más cómodo para gritar ‘hurraaa’, - me explicó Serguei Vladímirovich.

    Él no escondía el cinismo porque en los tiempos que le tocó vivir a Mijalkov, el cinismo era el único refugio de la gente inteligente. Se dice que quien vive entre lobos, aúlla como lobo. En consecuencia, Mijalkov actuaba como lobo cuando estaba entre lobos, y como ruiseñor cuando estaba entre ruiseñores. Esa es la razón por la que cada quien tiene su Mijalkov.

     Mi Serguei Mijalkov me tendió la mano cuando lo necesité y me ayudó a sobrevivir en una ciudad inmensa. ¿Yo le hacía falta a alguien? A nadie. Yo hubiera podía extraviarme como se extravía un botón y, sin embargo, él me ayudó a ingresar al Instituto de Cinematografía, es decir, me puso en un campo fértil, de ahí en adelante yo pude seguir sola el camino.

     Una vez, Serguei Vladímirovich me regaló un libro con esta dedicatoria: “Para Victoria Tókareva a quien le di un empujoncito y desde entonces ella va cuesta arriba por una superficie inclinada y resbaladiza.”

     Eso fue exactamente así: él me dio un empujoncito, me sacó de donde yo estaba y me dio un rumbo.

     Una vez fuimos a almorzar al restaurant de la Casa de los Escritores. Un mesonero se acercó a pedir la orden a Serguei Vladímirovich. Recuerdo perfectamente esa orden: menudencias de gallina y ensalada con piña. Me sorprendió que hubiera una ensalada con una fruta del otro lado del planeta.

     Cuando el mesonero llegó con la orden, yo, joven y hambrienta, empecé a devorar lo que trajo. Por dentro de mí sonaba una música y yo la dirigía con el tenedor lleno de felicidad.

     Mijalkov me observaba recostado de la silla.

-        Come, come, - me alentaba. – Yo vivo a dieta.

     Él echaba de menos la espontaneidad de la juventud. Su esposa, la maravillosa Natalia Petrovna, era 10 años mayor que él y, como toda la gente culta, cuidaba su salud, pero yo no cuidaba nada. Simplemente vivía.

     Como Serguéi Vladímirovich se había pasado de copas, de repente me confesó:

-        ¿Tú crees que yo amo a alguien? No amo a nadie… sufro por ellas.

     Entonces me di cuenta de que él se sentía solo. Eso me sorprendió porque ¿cómo podía sentirse solo alguien que disfrutara de la gloria, alguien con una posición privilegiada en la vida?

 

     Serguei Vladímirovich se había dado cuenta de cómo vivía yo y me ayudó. No me dio dinero, no. Yo escribía pequeños guiones, él los usaba para la producción de “Fitil” y yo recibía honorarios por ellos. Con esos honorarios yo pude comprar un televisor, una nevera, unas botas de inverno y, lo más importante, me pude mandar a hacer un abrigo en un taller de costura.

     Yo comprendí su generosidad ilimitada y pensaba en cómo podía agradecerle. ¿Cómo se le agradece a una persona que lo tiene todo? Además de ofrecerle nuestro amor…

     Ocurrió que una vez llegué a “Fitil” con mi amiga Natasha. Éramos contemporáneas y amigas desde Leningrado. Se la presenté a Serguei Vladímirovich y en el cielo se encendió la estrella del amor.

     Natasha tenía talento de geisha. Envolvía al hombre amado como el agua del río: por todos los rincones y rendijas.

     Se encontraron en el momento preciso. Cada quien pudo darle al otro justamente lo que necesitaba. Natasha necesitaba de todo: amor, dinero, casa. En ese tiempo ella era infeliz y anticuada. Serguei Vladímirovich le consiguió un apartamento en el centro de la ciudad; Natasha lo decoró sola porque tenía un gusto impecable. Cuando el apartamento estuvo listo, Natasha me invitó a visitarla. Cuando salí del ascensor, Natasha me recibió con unas pantuflas para que yo me las pusiera porque temía que le llevara sucio de la calle a su casa. Natasha tenía puesta una pequeña capa traslúcida. Debajo de la tela transparente se veía su busto, pequeño y firme, redondo como dos tazas de porcelana. Más abajo el delicado hoyo del ombligo y, debajo de él, un inocente triángulo oscuro como una flecha al paraíso.  Esa visión me indujo el siguiente pensamiento: qué hermoso es el ser humano. Ningún otro pensamiento pasó por mi mente. En mí se hizo evidente que es absolutamente innecesario cubrir todo lo que acostumbramos cubrir. En la naturaleza no existe algo feo. En la naturaleza todo es maravilloso. Natasha me condujo hasta el apartamento y me invitó a cenar.

     Tanto el apartamento con su mobiliario antiguo, como la comida y la misma Natasha, todo era impecable. Yo pensé: ¿a quién le hace falta mi talento literario? La gente puede leer y puede no leer, pero la gente necesita comer tres veces al día, todos los días y mejor si come sabroso, así que Natasha está mucho mejor equipada para la vida que yo.

     Una vez, Natasha le regaló a Serguei Vladímirovich un pullover blanco y le dijo:

-        Procure no ensuciarlo mucho, es delicado, hay que lavarlo cada tres días.

     A lo que él respondió:

-        Bueno, lo vas a lavar tu.

     Ella lo lavaba, lo alimentaba, lo abrazaba y la estrella del amor seguía brillando en el firmamento. Natalia Petrovna, la esposa de Serguei Vladímirovich, presintió el peligro y decidió invitar a Natasha a su casa. Quería conocerla, saber de qué tamaño era la amenaza.

Natasha fue, se presentó ante la reina. Natalia Petrovna se sorprendió al verla:

-        ¡Oh! Así que usted es alta. Yo pensé que era bajita.

Natalia Petrovna sabía ser encantadora y atractiva a pesar de la edad. Natasha quedó fascinada con ella de inmediato.

 

Después me contó muy emocionada:

-        En ningún caso es una cuaima, ella es una dama…

     Era evidente que Serguei Vladímirovich obedecía no solo a sí mismo, la jefa no le permitía seguir el llamado del amor. Bueno, y tampoco él quería destruir lo que había construido con los años, durante décadas. El amor comenzó a patinar como un camión en un camino pantanoso.

     Nuestra poco amable sociedad no aceptó a Natasha. Cuando ellos aparecían juntos, a sus espaldas decían: “Ahí va la peluquera.”

     Efectivamente, en algún momento de su vida, cuando era muy jovencita, Natasha había trabajado como peluquera. ¡Y qué peluquera había sido! En la época a la que me refiero, esa profesión era considerada un oficio menor pero, hoy en día son contados los estilistas talentosos.

     Dice Lérmantov: “Por cada día luminoso o por cada instante de dulzura, tienes que pagarle al destino con lágrimas y tristeza.”

     Natasha sufría por todo eso. Su historia terminó en que ella saltó del tren del amor, se casó y emigró a Estados Unidos.

     Pero como los lugares sagrados no suelen estar vacíos, al lado de Serguei Vladímirovich apareció otra Natasha, o no Natasha. Qué importa…

     Muchos años después, un día iba yo al Departamento de asuntos extranjeros de la Unión de escritores, una casa que fue construida donde antiguamente había unas caballerizas, era invierno y la nieve estaba muy alta. Para entrar a la casa se había formado un estrecho sendero. Justo ahí me encontré a Serguei Vladímirovich.

-       ¿Eres tú? –me reconoció él. Cómo has cambiado… De ti no queda nada.

-       Mírese usted, - le invité yo.

-        Los hombres ricos no envejecen…

Una respuesta extraordinaria.

La conversación fue sobre las dos Natashas.

-       ¿Quién le gustaba más? – le pregunté.

-        Cada una tiene sus virtudes, pero ninguna es LA QUE ES.

-        Y si de repente hace un último intento y encuentra a LA QUE ES.

-        Esas NO EXISTEN.

     La búsqueda del ideal y el sinsentido de la búsqueda es el tema de toda la literatura universal. Mijalkov lo resumió en dos palabras: NO EXISTEN.

     Cada quien busca a LA QUE ES o a  EL QUE ES pero no lo encuentra ¿por qué? Porque NO EXISTEN. Y uno sigue buscando y con ello hace que la Tierra gire. La búsqueda es el eje de la Tierra. Mejor dicho, así no es. El eje de la Tierra es el Amor y las vueltas de la Tierra sobre sí misma son la búsqueda. 

Los hombres de mi vida (II). Victoria Tókareva

     

Los hombres de mi vida (II)

      Llamé a cada uno, en ese orden. Uno declinó por arrogante, otro por dipsomanía y el tercero era Mijalkov.

-       ¿Quién es usted? – me preguntó.

-        Soy maestra, - después pensé y completé mi respuesta: -y estudiante del Instituto de Cinematografía, en la Facultad de Producción de Guiones.

     Por supuesto que mentí, pero lo hice porque tenía razones. En primer lugar, yo soñaba con la Facultad de Producción de Guiones, en el Instituto de Cinematografía, y, en segundo, porque me parecía que ser maestra era poco. Tenía que estar más cerca de las artes para que estuviéramos en igualdad de condiciones: Serguei Mijalkov es poeta, yo soy guionista.

 -        De acuerdo, - aceptó Serguei Vladímirovich. – ¿Cuando es el encuentro?

-        El martes a las dos de la tarde.

-        Llámeme el martes a las diez de la mañana para recordármelo.

-      ¡Gracias! –me alegré yo.

-        Tenga en cuenta que si levantan el auricular y no hablan, soy yo. Yo soy tartamudo.

-        Entendido.

     De inmediato sentí que era una persona encantadora. Él acababa de conversar con una maestra desconocida y se había permitido bromear con sutileza. Su voz era un poco alta, inteligente. La voz te permite escuchar tanto.

     El martes lo llamé, no a las diez sino a las diez y media. Por alguna razón yo decidí que las diez era muy temprano, que era mejor esperar un poco. Marqué el número y al instante levantaron el auricular y gritaron:

-       ¿Por qué usted no me llamó a tiempo? Yo estoy sentado esperando, yo soy un hombre ocupado.

     Me quedé pasmada porque no esperaba que el propio Serguei Mijalkov estuviera sentado en su Olimpo esperando que sonara el teléfono por una llamada de una insignificante maestra que se mueve por allá abajo, a los pies del Olimpo, rumiando hierbas como una cabra. No comprendí de inmediato que la puntualidad y el deber son principios de un aristócrata. Un aristócrata jamás hace esperar a nadie porque eso es una descortesía.

     Por extraño que parezca, una misma persona puede ser de diferentes maneras. Algo así pasaba con Mijalkov. Mis contemporáneos tenían su Mijalkov y yo tenía el mío. Yo hablo de mi Mijalkov, del Mijalkov que yo recuerdo.

     Serguei Vladímirovich llegó a la escuela para el encuentro con los niño y se sorprendió al verme.

-        ¡Ma –maestra! – se admiró él.

     En realidad, yo me parecía muy poco a una maestra porque era muy joven y vestía a la moda. Me ganaba el pan con un trabajo lindo y honrado a pesar de que hubiera podido ganármelo sin tanto esfuerzo.

     Serguei Vladímirovch comenzó a hablar frente a los niños y en ese momento una niña, que estaba sentada entre los últimos puestos, perdió el conocimiento y se cayó de la silla haciendo un gran ruido. Se produjo una pequeña situación de pánico.

Serguei Vladímirovich preguntó:

-    ¿Qué pasó?

-     ¡Una niña se cayó! – grité yo.

-    Es decir que mientras yo hablo, ¿ellos se van a ir cayendo uno tras otro?

     Serguei Vladímirovich era contemporáneo con mi mamá. Era 24 años mayor que yo. Hoy en día, esa diferencia es la norma y casi todos los hombres cincuentones se divorcian de sus esposas cincuentonas y se casan con veinteañeras. Eso hasta se puede entender. Pero entonces, una diferencia de 24 años me parecía incompatible con la vida. Para mí, Serguei Vladímirovich era como un papá y por eso empecé a pedirle cosas como: “Yo quiero participar en una película.”

     Por aquel tiempo, todas las muchachas querían participar en una película porque parecía que el cine era el camino al éxito. Además, muchas creían que era un camino corto, el más corto hacia arriba, a una vida completamente diferente donde había ropa fina, hombres famosos, caviar negro todos los días, chofer privado… Pero, lo más importante, era otra cosa. Para mí, lo más importante era que ese sería un trabajo interesante, sin Sobakin y, además, con relaciones interesantes, conversaciones profundas, otra percepción de mí misma. Las relaciones personales son también un alimento, alimento para el alma. Son el caviar negro de cada día. Yo quería con locura participar en una película y Serguei Vladímirovich llamó por teléfono a un director de apellido Roshal y me presentó. Le dijo:

-        Te va a visitar un prospecto joven y bastante curioso. Obsérvala con atención porque tal vez la puedas usar de alguna manera.

     Grígori Lvóvich Roshal era tan viejo en ese momento que la única manera en que podía usarme era en el plano creativo. Escribí algo y fui a visitarlo a su casa. La esposa de Roshal, Viera Stróieva, había sido estrella del cine mudo, una belleza sin igual, pero cuando yo la conocí, ya no era ni joven ni esbelta. Podría decirse que era la “pomposa marchitez de la naturaleza”. Sin embargo, su rostro seguía siendo hermoso y amable. La belleza y la amabilidad son cosas diferentes: la belleza viene de Dios mientras que la amabilidad viene del carácter.

     Viera Stróieva andaba en dormilona por la casa y se peleaba con el esposo tratándolo exclusivamente de “usted”.

-        Grígori Lvóvich, ¡usted es una mierda! – le gritó desde su habitación.

     Él no reaccionó. Por lo visto, estaba acostumbrado. Después ella me trajo una fresa en un plato. Aunque su pequeño nieto estaba allí y ella podía dejarle la fresa a él, ella prefirió dársela a una muchacha desconocida que había caído quién sabe de dónde y quién sabe para qué.

     Grígori Lvóvich pensaba de un modo aburrido, a la antigua, de un modo académico, por tanto, era imposible que mi creatividad se enganchara con la suya. Así que nuestro experimento literario no llegó a florecer, se marchitó.

     Grígori Lvóvich me invitó a participar en su película «Суд сумасшедших» (El juicio de los locos). Me dieron un episodio en el que yo debía interpretar a una periodista del pueblo que viajaba en una motocicleta y luchaba contra el imperialismo. Mi periodista predicaba la libertad, la igualdad y la fraternidad. En pocas palabras, era una estúpida porque la igualdad no existe y no puede existir. No existe ni en la naturaleza. ¿Qué igualdad puede existir entre un león y una liebre?

     Por fin se terminó de grabar la película y el estreno iba a ser en el cine “Rossia”.

     Yo comprendí que habían llegado mis quince minutos de gloria e invité para el estreno a toda la escuela, incluido Sobakin, para que me vieran y supieran cuánto valía yo. Para que comprendieran quién era yo y quiénes eran ellos. Invité a toda mi familia; mi esposo invitó a todos sus amigos del trabajo; mi suegra invitó a todos los viejos comunistas y a los vecinos del edificio, en fin, la mitad de la sala estaba llena con mi gente.

     Empezó la película y yo temblaba de la emoción. Pasaron 20 minutos y la periodista no aparecía. Otros 20 minutos y ni el rastro. Sobakin estaba sentado en la misma fila que yo, se asomaba y estiraba su cabeza pelirroja hacia mí lo que yo interpretaba como una pregunta silenciosa: “¿Cuándo aparece?”

     Yo no podía entender nada.

     Después se supo que se habían filmado 2700 metros de cinta, en lugar de los 2100 prestablecidos y por eso había sido necesario eliminar 600 metros. Se hubieran podido cortar algunos fragmentos, pero Grígori Lvóvich decidió que lo mejor para la película era eliminar una secuencia completa, así que, cuando hacía el montaje, agarró las tijeras y quitó todos los cuadros donde yo había trabajado, donde aparecía mi personaje. De mí quedó solo el pedazo de una pierna y la rueda de la motocicleta.

     Terminó la película. La sala se puso de pie. La mitad de la sala era mi gente. Todos voltearon para verme. Yo sentía que estaba desnuda frente a una multitud. La vergüenza y la perplejidad me quemaban. ¿Qué había pasado? ¿Cómo era posible? ¿Por qué? “No, así no se puede vivir, mejor me doy un tiro.”

     Por supuesto que no me pegué un tiro. Es más, recibí una lección de la que saqué esta conclusión: uno, jamás, puede depender de nadie. Uno tiene que ser el dueño de la situación siempre, si no cualquier desgraciado puede agarrar unas tijeras y sacarte de la fiesta directo a la vergüenza.

     Claro que Grígori Lvóvich estaba muy lejos de ser un desgraciado. Él era un hombre bueno, profundamente correcto y cálido. Lo que pasa es que el cine no tiene compasión con nadie. ¿Quién era yo para que me tuvieran en cuenta? Lo mismo le hacían a actores profesionales, los sacaban cuando hacían el montaje sin anunciarles y sin disculparse. Como se dice en ruso: cuando cortan los árboles, cae el aserrín. Es decir, uno no debe ser aserrín, tiene que ser leñador.

     Fue entonces cuando decidí ingresar al Instituto de Cinematografía, a la Facultad de Producción de Guiones para ser la escritora del guion, crearme un personaje e interpretarlo, es decir, decidí ser la única dueña de la situación. Así todos dependerían de mí y me adularían.

     ¡Cristo! Cuán errada estaba… El escritor del guion no es nadie, está en el mismo nivel que el encargado de las luces. Eso lo entendí después. Entonces estaba intentando ingresar al Instituto de Cinematografía.

     Era verano presenté las pruebas de admisión. Me faltó un punto y, por supuesto, no me aceptaron. Claro que lloré a mares y llamé a Mijalkov.

 

-        Pero si tu estudias en el Instituto de Cinematografía, -se asombró Mijalkov – Me habías dicho que en la Facultad de Producción de Guiones.

 

-  Le mentí, - reconocí yo.

     Él guardó silencio un momento y después dijo:

-  Mentir no es bueno. Ese es tu error.

-  ¿Y usted cree que he cometido pocos errores? ¿Qué le hace una raya más a un tigre?

     Serguei Vladímirovich se quedó pensativo y decidió:

-        Bueno, eso es una postura ante la vida.

 

     Mijalkov llamó al rector del Instituto. El rector revisó las posibilidades y se dio cuenta de que había un cupo. Al parecer, alguien no había llegado a tiempo, o había cambiado de opinión. Ese cupo me lo dieron a mí. Me convertí en estudiante.

     ¿Qué cambió en mi vida? Todo. Dejé la escuela y encontraron sustituta de inmediato. El batallón ni se dio cuenta de que había perdido a un combatiente. Yo, en cambio, empecé a escribir cada día una palabra tras otra inclinada sobre una hoja de papel.

     La creación es un narcótico muy poderoso. A mí no me gusta la palabra “creación”, pero no sé cómo sustituirla.

     Yo me sentaba con la cabeza inclinada sobre la hoja de papel y creaba mi mundo. Como Dios. Solo que en la hoja no había nada, era una hoja limpia en la que de repente surgía un mundo completamente habitado por personas, pasiones, confusiones, amor.

     Por fin yo había escuchado el estruendo lejano de mi tren. Salí de la sala de espera, me subí en ese tren y voy a mi destino. Por primera vez en mi vida no me sentía aburrida.

     De no haber sido por Mijalkov, yo habría seguido trabajando en la escuela. Hubiera seguido sentada al piano y los niños seguirían gritando en coro: “Estrellita ¿don deestás.”  Después tocaría cantar “quiero verte titilar”, pero como la “r” es un sonido complejo para los niños de primer grado, cantarían “quiero vee- te titilá”.

     En el cuarto grado “B” Sobakin seguiría guindando del techo. Después yo supuse que le gustaba una niña y él quería llamar la atención.

     Esa fue la época de la pobreza más brutal. En invierno yo andaba con zapatos de verano. Eran unas zapatillas blancas con un adorno rosado, o al revés, rosadas con un adorno blanco. En la suela se les abrió un hueco y por ahí se metía la nieve. Pobreza. Trabajo aburrido. Vida fracasada. Ni el amor puede salvarte. Porque para ser feliz no basta solo con el amor, para la felicidad deben converger otros factores como la salud y un trabajo creativo. He allí los tres puntos de apoyo. De esa vida me salvó Mijalkov.