domingo, 22 de febrero de 2026

Los hombres de mi vida (III). Victoria Tokareva

 

Los hombres de mi vida (III)



     Yo no quiero decir que Serguei Vladímirovich me convirtió en escritora porque convertirse en escritor es imposible. Hay que nacer escritor. Pero él me sacó de la escuela y me puso en el Instituto de Cinematografía. En el Instituto había talleres, debates, era un medio creativo, había competencia. Además, estaba mi tutora: Katerina Vinográdskaia. Ella se maravillaba conmigo y eso, para alguien que está empezando es indispensable. Hay algunos que dicen que la crítica es buena, pero al principio del camino la crítica puede ser como un reproche a un niño, mientras que la admiración da fuerza, seguridad en sí mismo y un toque de descaro.

     A Vinográdskaia le gustaba todo en mí: mi cara, mi ropa, mi alma y mis pensamientos.

     Yo la visitaba en su casa de Perediélkino para encontrarme a mí misma. De regreso a mi casa, cuando atravesaba el pequeño puente que quedaba cerca de la iglesia, yo iba llena como una vela con viento a favor. Iba con sed de escribir algo que estremeciera a todo el mundo, algo que hiciera que todos se voltearan y dijeran: “Esa es ella…”

     Vinográdskaia estaba desfasada. Se había quedado en los años 30, en aquellos ideales, en aquellos pensamientos puros, en aquel momento en que escribió su guion más importante: «Член правительства» (“Un hombre del gobierno”).

-   Quiero escribir el guion “Comunistas de los 70”, - me dijo un día.

     Yo sonreí con picardía porque el comunista de los 70 es un hijo de puta, un cínico, un corrupto. Se inscriben en el partido para hacer carrera y ganar un buen sueldo, pero mi pobre Vinográdskaia pensaba que los comunistas seguían siendo los mismos románticos desinteresados que ella conoció.

     Todo terminó cuando su último curso protestó contra una tutora tan atrasada. Ella se había convertido en un obstáculo para las ideas y los pensamientos nuevos. Los estudiantes no querían soportar eso.

     En consecuencia, a Vinográdskaia la jubilaron y le dieron una pensión miserable, además, perdió el contacto con la juventud. Una catástrofe. El ocaso.

     Al poco tiempo perdió la vista y murió.

     En el epitafio sobre su tumba había una fecha ficticia de nacimiento: había una diferencia de diez años. Lo que pasó fue que durante la guerra, Vinográdskaia, armó un escándalo, efectuó un disparo y rehízo su pasaporte. Se quitó 10 años. ¿Para qué? Para alargar la edad del amor porque Vinográdskaia era mujer de pies a cabeza, vivía sólo por y para el amor despreciando todo lo demás. Por supuesto perdió. La cruel realidad la desechó como un pez en la arena.

     Murió Vinográdskaia a los 80 años, pero en la humilde lápida sobre su tumba decía 70. Ella se habría alegrado, pero a los demás les daba lo mismo.

     El Instituto de Cinematografía es un campo fértil en el que la semilla germina. Si yo me hubiera quedado en la escuela, mi semilla se hubiera secado, no habría germinado nada.

 

     Mi terreno fértil fue el Instituto de Cinematografía y allí me llevó Serguei Vladímirovich Mijalkov. Él me ahorró 20 años de una vida sin sentido. Hasta el día de hoy yo repito:

-        Gracias, Serguei Vladímirovich, que Dios le de salud y felicidad donde quiera que usted se encuentre.  (Tomado de Singer).

     Pienso que miles de personas pueden repetir estas palabras conmigo. Pero puede ser que las repitan solo dos personas. En realidad, nadie llevaba la cuenta, aunque yo recuerdo que Serguei Vladímirovich siempre andaba lleno de pedidos y encargos. Le pedían que consiguiera una vivienda, que consiguiera un cupo en un hospital, que sacara a alguien de la cárcel, o que detuviera algunas publicaciones escandalosas. Incluso, una vez que estaba en Londres, él le consiguió trabajo a un inglés en un canal de la televisión local.

En una ocasión le comenté:

-        A usted simplemente se lo están llevando por pedacitos. ¿Para qué usted necesita eso?

-        Es -estoy preparándome para el más allá.

-       ¿En qué sentido? – quise comprender yo.

-        Es que allá hay una balanza y es necesario que la bondad pese más, por eso yo le meto más peso a las buenas acciones.

-        Usted vive bien aquí y quiere acomodarse allá. Es un pícaro…

-        Claro, - Serguei Vladímirovich estuvo de acuerdo conmigo.

     Yo no me había dado cuenta de que Mijalkov era creyente. Él creía en Dios, pero eso no era aceptado por los miembros del partido.

     Mijalkov era el jefe de redacción de “Fitil”, un noticiero satírico. “Fitil” era agudo, valiente, actual. Mijalkov lo dirigía con maestría. Escuchar sus observaciones era increíblemente interesante. Él distribuía los temas a derecha e izquierda. Los lanzaba como se lanzan semillas a los pájaros. Detrás de eso estaba la generosidad de su talento.

     Por otra parte, yo me daba cuenta de que la gente con poco talento guardaba sus ideas, las escondía, claro, no fuera a ser que se las robaran y entonces ¿cómo iban a crear algo? En cambio, si las guardaban, tenían algo para inventar.

     En “Fitil” había varios redactores entre los cuales recuerdo a Valentín Palonski, un hombre tierno que se emborrachaba en silencio. Mijalkov iba a visitarlo y un día me contó con tristeza:

-        Tiene el suelo agrietado, entra el viento frío, hay goteras en el techo. ¿Qué trabajo le puedo pedir si él vive en esas condiciones? Antes de exigir algo, es necesario garantizar una vida normal a la gente. Y Serguei Vladímirovich le consiguió un apartamento a Palonski. Mejor dicho, lo ayudó a conseguirlo.

     En el estudio se estaba rodando la película «Первый учитель» (El primer maestro), basada en el guion de Chinguiz Aitmatov. Era la primera película de Andrei Konchalovski, el hijo mayor de Mijalkov, y resultó un film extraordinario solo que eran tiempos turbios, era como el deshielo al final del invierno, no se sabía qué se podía esperar. Entonces Mijalkov padre se levantó y dijo:

-        La manzana cae lejos del manzano.

     A todos les hizo gracia y se echaron a reír. Pero, como Mijalkov padre era conocido como un conformista, como alguien que había sido capaz de adaptarse a cualquier poder, intentaba deslindarse un poco de su hijo. Estaba claro que no quería arrojar esa sombra a su hijo, que era un hombre progresista. Sin embargo, todos comprendían, bueno, al menos yo comprendía, que los manzanos tienen raíces maravillosas y a veces dan frutos poco frecuentes. Estoy hablando de padres e hijos. Simplemente al padre y al hijo les tocó vivir tiempos diferentes.

      Una vez le hice el siguiente comentario:

-        En su familia todos tienen la boca grande.

-        E -es más cómodo para gritar ‘hurraaa’, - me explicó Serguei Vladímirovich.

    Él no escondía el cinismo porque en los tiempos que le tocó vivir a Mijalkov, el cinismo era el único refugio de la gente inteligente. Se dice que quien vive entre lobos, aúlla como lobo. En consecuencia, Mijalkov actuaba como lobo cuando estaba entre lobos, y como ruiseñor cuando estaba entre ruiseñores. Esa es la razón por la que cada quien tiene su Mijalkov.

     Mi Serguei Mijalkov me tendió la mano cuando lo necesité y me ayudó a sobrevivir en una ciudad inmensa. ¿Yo le hacía falta a alguien? A nadie. Yo hubiera podía extraviarme como se extravía un botón y, sin embargo, él me ayudó a ingresar al Instituto de Cinematografía, es decir, me puso en un campo fértil, de ahí en adelante yo pude seguir sola el camino.

     Una vez, Serguei Vladímirovich me regaló un libro con esta dedicatoria: “Para Victoria Tókareva a quien le di un empujoncito y desde entonces ella va cuesta arriba por una superficie inclinada y resbaladiza.”

     Eso fue exactamente así: él me dio un empujoncito, me sacó de donde yo estaba y me dio un rumbo.

     Una vez fuimos a almorzar al restaurant de la Casa de los Escritores. Un mesonero se acercó a pedir la orden a Serguei Vladímirovich. Recuerdo perfectamente esa orden: menudencias de gallina y ensalada con piña. Me sorprendió que hubiera una ensalada con una fruta del otro lado del planeta.

     Cuando el mesonero llegó con la orden, yo, joven y hambrienta, empecé a devorar lo que trajo. Por dentro de mí sonaba una música y yo la dirigía con el tenedor lleno de felicidad.

     Mijalkov me observaba recostado de la silla.

-        Come, come, - me alentaba. – Yo vivo a dieta.

     Él echaba de menos la espontaneidad de la juventud. Su esposa, la maravillosa Natalia Petrovna, era 10 años mayor que él y, como toda la gente culta, cuidaba su salud, pero yo no cuidaba nada. Simplemente vivía.

     Como Serguéi Vladímirovich se había pasado de copas, de repente me confesó:

-        ¿Tú crees que yo amo a alguien? No amo a nadie… sufro por ellas.

     Entonces me di cuenta de que él se sentía solo. Eso me sorprendió porque ¿cómo podía sentirse solo alguien que disfrutara de la gloria, alguien con una posición privilegiada en la vida?

 

     Serguei Vladímirovich se había dado cuenta de cómo vivía yo y me ayudó. No me dio dinero, no. Yo escribía pequeños guiones, él los usaba para la producción de “Fitil” y yo recibía honorarios por ellos. Con esos honorarios yo pude comprar un televisor, una nevera, unas botas de inverno y, lo más importante, me pude mandar a hacer un abrigo en un taller de costura.

     Yo comprendí su generosidad ilimitada y pensaba en cómo podía agradecerle. ¿Cómo se le agradece a una persona que lo tiene todo? Además de ofrecerle nuestro amor…

     Ocurrió que una vez llegué a “Fitil” con mi amiga Natasha. Éramos contemporáneas y amigas desde Leningrado. Se la presenté a Serguei Vladímirovich y en el cielo se encendió la estrella del amor.

     Natasha tenía talento de geisha. Envolvía al hombre amado como el agua del río: por todos los rincones y rendijas.

     Se encontraron en el momento preciso. Cada quien pudo darle al otro justamente lo que necesitaba. Natasha necesitaba de todo: amor, dinero, casa. En ese tiempo ella era infeliz y anticuada. Serguei Vladímirovich le consiguió un apartamento en el centro de la ciudad; Natasha lo decoró sola porque tenía un gusto impecable. Cuando el apartamento estuvo listo, Natasha me invitó a visitarla. Cuando salí del ascensor, Natasha me recibió con unas pantuflas para que yo me las pusiera porque temía que le llevara sucio de la calle a su casa. Natasha tenía puesta una pequeña capa traslúcida. Debajo de la tela transparente se veía su busto, pequeño y firme, redondo como dos tazas de porcelana. Más abajo el delicado hoyo del ombligo y, debajo de él, un inocente triángulo oscuro como una flecha al paraíso.  Esa visión me indujo el siguiente pensamiento: qué hermoso es el ser humano. Ningún otro pensamiento pasó por mi mente. En mí se hizo evidente que es absolutamente innecesario cubrir todo lo que acostumbramos cubrir. En la naturaleza no existe algo feo. En la naturaleza todo es maravilloso. Natasha me condujo hasta el apartamento y me invitó a cenar.

     Tanto el apartamento con su mobiliario antiguo, como la comida y la misma Natasha, todo era impecable. Yo pensé: ¿a quién le hace falta mi talento literario? La gente puede leer y puede no leer, pero la gente necesita comer tres veces al día, todos los días y mejor si come sabroso, así que Natasha está mucho mejor equipada para la vida que yo.

     Una vez, Natasha le regaló a Serguei Vladímirovich un pullover blanco y le dijo:

-        Procure no ensuciarlo mucho, es delicado, hay que lavarlo cada tres días.

     A lo que él respondió:

-        Bueno, lo vas a lavar tu.

     Ella lo lavaba, lo alimentaba, lo abrazaba y la estrella del amor seguía brillando en el firmamento. Natalia Petrovna, la esposa de Serguei Vladímirovich, presintió el peligro y decidió invitar a Natasha a su casa. Quería conocerla, saber de qué tamaño era la amenaza.

Natasha fue, se presentó ante la reina. Natalia Petrovna se sorprendió al verla:

-        ¡Oh! Así que usted es alta. Yo pensé que era bajita.

Natalia Petrovna sabía ser encantadora y atractiva a pesar de la edad. Natasha quedó fascinada con ella de inmediato.

 

Después me contó muy emocionada:

-        En ningún caso es una cuaima, ella es una dama…

     Era evidente que Serguei Vladímirovich obedecía no solo a sí mismo, la jefa no le permitía seguir el llamado del amor. Bueno, y tampoco él quería destruir lo que había construido con los años, durante décadas. El amor comenzó a patinar como un camión en un camino pantanoso.

     Nuestra poco amable sociedad no aceptó a Natasha. Cuando ellos aparecían juntos, a sus espaldas decían: “Ahí va la peluquera.”

     Efectivamente, en algún momento de su vida, cuando era muy jovencita, Natasha había trabajado como peluquera. ¡Y qué peluquera había sido! En la época a la que me refiero, esa profesión era considerada un oficio menor pero, hoy en día son contados los estilistas talentosos.

     Dice Lérmantov: “Por cada día luminoso o por cada instante de dulzura, tienes que pagarle al destino con lágrimas y tristeza.”

     Natasha sufría por todo eso. Su historia terminó en que ella saltó del tren del amor, se casó y emigró a Estados Unidos.

     Pero como los lugares sagrados no suelen estar vacíos, al lado de Serguei Vladímirovich apareció otra Natasha, o no Natasha. Qué importa…

     Muchos años después, un día iba yo al Departamento de asuntos extranjeros de la Unión de escritores, una casa que fue construida donde antiguamente había unas caballerizas, era invierno y la nieve estaba muy alta. Para entrar a la casa se había formado un estrecho sendero. Justo ahí me encontré a Serguei Vladímirovich.

-       ¿Eres tú? –me reconoció él. Cómo has cambiado… De ti no queda nada.

-       Mírese usted, - le invité yo.

-        Los hombres ricos no envejecen…

Una respuesta extraordinaria.

La conversación fue sobre las dos Natashas.

-       ¿Quién le gustaba más? – le pregunté.

-        Cada una tiene sus virtudes, pero ninguna es LA QUE ES.

-        Y si de repente hace un último intento y encuentra a LA QUE ES.

-        Esas NO EXISTEN.

     La búsqueda del ideal y el sinsentido de la búsqueda es el tema de toda la literatura universal. Mijalkov lo resumió en dos palabras: NO EXISTEN.

     Cada quien busca a LA QUE ES o a  EL QUE ES pero no lo encuentra ¿por qué? Porque NO EXISTEN. Y uno sigue buscando y con ello hace que la Tierra gire. La búsqueda es el eje de la Tierra. Mejor dicho, así no es. El eje de la Tierra es el Amor y las vueltas de la Tierra sobre sí misma son la búsqueda. 

Los hombres de mi vida (II). Victoria Tókareva

     

Los hombres de mi vida (II)

      Llamé a cada uno, en ese orden. Uno declinó por arrogante, otro por dipsomanía y el tercero era Mijalkov.

-       ¿Quién es usted? – me preguntó.

-        Soy maestra, - después pensé y completé mi respuesta: -y estudiante del Instituto de Cinematografía, en la Facultad de Producción de Guiones.

     Por supuesto que mentí, pero lo hice porque tenía razones. En primer lugar, yo soñaba con la Facultad de Producción de Guiones, en el Instituto de Cinematografía, y, en segundo, porque me parecía que ser maestra era poco. Tenía que estar más cerca de las artes para que estuviéramos en igualdad de condiciones: Serguei Mijalkov es poeta, yo soy guionista.

 -        De acuerdo, - aceptó Serguei Vladímirovich. – ¿Cuando es el encuentro?

-        El martes a las dos de la tarde.

-        Llámeme el martes a las diez de la mañana para recordármelo.

-      ¡Gracias! –me alegré yo.

-        Tenga en cuenta que si levantan el auricular y no hablan, soy yo. Yo soy tartamudo.

-        Entendido.

     De inmediato sentí que era una persona encantadora. Él acababa de conversar con una maestra desconocida y se había permitido bromear con sutileza. Su voz era un poco alta, inteligente. La voz te permite escuchar tanto.

     El martes lo llamé, no a las diez sino a las diez y media. Por alguna razón yo decidí que las diez era muy temprano, que era mejor esperar un poco. Marqué el número y al instante levantaron el auricular y gritaron:

-       ¿Por qué usted no me llamó a tiempo? Yo estoy sentado esperando, yo soy un hombre ocupado.

     Me quedé pasmada porque no esperaba que el propio Serguei Mijalkov estuviera sentado en su Olimpo esperando que sonara el teléfono por una llamada de una insignificante maestra que se mueve por allá abajo, a los pies del Olimpo, rumiando hierbas como una cabra. No comprendí de inmediato que la puntualidad y el deber son principios de un aristócrata. Un aristócrata jamás hace esperar a nadie porque eso es una descortesía.

     Por extraño que parezca, una misma persona puede ser de diferentes maneras. Algo así pasaba con Mijalkov. Mis contemporáneos tenían su Mijalkov y yo tenía el mío. Yo hablo de mi Mijalkov, del Mijalkov que yo recuerdo.

     Serguei Vladímirovich llegó a la escuela para el encuentro con los niño y se sorprendió al verme.

-        ¡Ma –maestra! – se admiró él.

     En realidad, yo me parecía muy poco a una maestra porque era muy joven y vestía a la moda. Me ganaba el pan con un trabajo lindo y honrado a pesar de que hubiera podido ganármelo sin tanto esfuerzo.

     Serguei Vladímirovch comenzó a hablar frente a los niños y en ese momento una niña, que estaba sentada entre los últimos puestos, perdió el conocimiento y se cayó de la silla haciendo un gran ruido. Se produjo una pequeña situación de pánico.

Serguei Vladímirovich preguntó:

-    ¿Qué pasó?

-     ¡Una niña se cayó! – grité yo.

-    Es decir que mientras yo hablo, ¿ellos se van a ir cayendo uno tras otro?

     Serguei Vladímirovich era contemporáneo con mi mamá. Era 24 años mayor que yo. Hoy en día, esa diferencia es la norma y casi todos los hombres cincuentones se divorcian de sus esposas cincuentonas y se casan con veinteañeras. Eso hasta se puede entender. Pero entonces, una diferencia de 24 años me parecía incompatible con la vida. Para mí, Serguei Vladímirovich era como un papá y por eso empecé a pedirle cosas como: “Yo quiero participar en una película.”

     Por aquel tiempo, todas las muchachas querían participar en una película porque parecía que el cine era el camino al éxito. Además, muchas creían que era un camino corto, el más corto hacia arriba, a una vida completamente diferente donde había ropa fina, hombres famosos, caviar negro todos los días, chofer privado… Pero, lo más importante, era otra cosa. Para mí, lo más importante era que ese sería un trabajo interesante, sin Sobakin y, además, con relaciones interesantes, conversaciones profundas, otra percepción de mí misma. Las relaciones personales son también un alimento, alimento para el alma. Son el caviar negro de cada día. Yo quería con locura participar en una película y Serguei Vladímirovich llamó por teléfono a un director de apellido Roshal y me presentó. Le dijo:

-        Te va a visitar un prospecto joven y bastante curioso. Obsérvala con atención porque tal vez la puedas usar de alguna manera.

     Grígori Lvóvich Roshal era tan viejo en ese momento que la única manera en que podía usarme era en el plano creativo. Escribí algo y fui a visitarlo a su casa. La esposa de Roshal, Viera Stróieva, había sido estrella del cine mudo, una belleza sin igual, pero cuando yo la conocí, ya no era ni joven ni esbelta. Podría decirse que era la “pomposa marchitez de la naturaleza”. Sin embargo, su rostro seguía siendo hermoso y amable. La belleza y la amabilidad son cosas diferentes: la belleza viene de Dios mientras que la amabilidad viene del carácter.

     Viera Stróieva andaba en dormilona por la casa y se peleaba con el esposo tratándolo exclusivamente de “usted”.

-        Grígori Lvóvich, ¡usted es una mierda! – le gritó desde su habitación.

     Él no reaccionó. Por lo visto, estaba acostumbrado. Después ella me trajo una fresa en un plato. Aunque su pequeño nieto estaba allí y ella podía dejarle la fresa a él, ella prefirió dársela a una muchacha desconocida que había caído quién sabe de dónde y quién sabe para qué.

     Grígori Lvóvich pensaba de un modo aburrido, a la antigua, de un modo académico, por tanto, era imposible que mi creatividad se enganchara con la suya. Así que nuestro experimento literario no llegó a florecer, se marchitó.

     Grígori Lvóvich me invitó a participar en su película «Суд сумасшедших» (El juicio de los locos). Me dieron un episodio en el que yo debía interpretar a una periodista del pueblo que viajaba en una motocicleta y luchaba contra el imperialismo. Mi periodista predicaba la libertad, la igualdad y la fraternidad. En pocas palabras, era una estúpida porque la igualdad no existe y no puede existir. No existe ni en la naturaleza. ¿Qué igualdad puede existir entre un león y una liebre?

     Por fin se terminó de grabar la película y el estreno iba a ser en el cine “Rossia”.

     Yo comprendí que habían llegado mis quince minutos de gloria e invité para el estreno a toda la escuela, incluido Sobakin, para que me vieran y supieran cuánto valía yo. Para que comprendieran quién era yo y quiénes eran ellos. Invité a toda mi familia; mi esposo invitó a todos sus amigos del trabajo; mi suegra invitó a todos los viejos comunistas y a los vecinos del edificio, en fin, la mitad de la sala estaba llena con mi gente.

     Empezó la película y yo temblaba de la emoción. Pasaron 20 minutos y la periodista no aparecía. Otros 20 minutos y ni el rastro. Sobakin estaba sentado en la misma fila que yo, se asomaba y estiraba su cabeza pelirroja hacia mí lo que yo interpretaba como una pregunta silenciosa: “¿Cuándo aparece?”

     Yo no podía entender nada.

     Después se supo que se habían filmado 2700 metros de cinta, en lugar de los 2100 prestablecidos y por eso había sido necesario eliminar 600 metros. Se hubieran podido cortar algunos fragmentos, pero Grígori Lvóvich decidió que lo mejor para la película era eliminar una secuencia completa, así que, cuando hacía el montaje, agarró las tijeras y quitó todos los cuadros donde yo había trabajado, donde aparecía mi personaje. De mí quedó solo el pedazo de una pierna y la rueda de la motocicleta.

     Terminó la película. La sala se puso de pie. La mitad de la sala era mi gente. Todos voltearon para verme. Yo sentía que estaba desnuda frente a una multitud. La vergüenza y la perplejidad me quemaban. ¿Qué había pasado? ¿Cómo era posible? ¿Por qué? “No, así no se puede vivir, mejor me doy un tiro.”

     Por supuesto que no me pegué un tiro. Es más, recibí una lección de la que saqué esta conclusión: uno, jamás, puede depender de nadie. Uno tiene que ser el dueño de la situación siempre, si no cualquier desgraciado puede agarrar unas tijeras y sacarte de la fiesta directo a la vergüenza.

     Claro que Grígori Lvóvich estaba muy lejos de ser un desgraciado. Él era un hombre bueno, profundamente correcto y cálido. Lo que pasa es que el cine no tiene compasión con nadie. ¿Quién era yo para que me tuvieran en cuenta? Lo mismo le hacían a actores profesionales, los sacaban cuando hacían el montaje sin anunciarles y sin disculparse. Como se dice en ruso: cuando cortan los árboles, cae el aserrín. Es decir, uno no debe ser aserrín, tiene que ser leñador.

     Fue entonces cuando decidí ingresar al Instituto de Cinematografía, a la Facultad de Producción de Guiones para ser la escritora del guion, crearme un personaje e interpretarlo, es decir, decidí ser la única dueña de la situación. Así todos dependerían de mí y me adularían.

     ¡Cristo! Cuán errada estaba… El escritor del guion no es nadie, está en el mismo nivel que el encargado de las luces. Eso lo entendí después. Entonces estaba intentando ingresar al Instituto de Cinematografía.

     Era verano presenté las pruebas de admisión. Me faltó un punto y, por supuesto, no me aceptaron. Claro que lloré a mares y llamé a Mijalkov.

 

-        Pero si tu estudias en el Instituto de Cinematografía, -se asombró Mijalkov – Me habías dicho que en la Facultad de Producción de Guiones.

 

-  Le mentí, - reconocí yo.

     Él guardó silencio un momento y después dijo:

-  Mentir no es bueno. Ese es tu error.

-  ¿Y usted cree que he cometido pocos errores? ¿Qué le hace una raya más a un tigre?

     Serguei Vladímirovich se quedó pensativo y decidió:

-        Bueno, eso es una postura ante la vida.

 

     Mijalkov llamó al rector del Instituto. El rector revisó las posibilidades y se dio cuenta de que había un cupo. Al parecer, alguien no había llegado a tiempo, o había cambiado de opinión. Ese cupo me lo dieron a mí. Me convertí en estudiante.

     ¿Qué cambió en mi vida? Todo. Dejé la escuela y encontraron sustituta de inmediato. El batallón ni se dio cuenta de que había perdido a un combatiente. Yo, en cambio, empecé a escribir cada día una palabra tras otra inclinada sobre una hoja de papel.

     La creación es un narcótico muy poderoso. A mí no me gusta la palabra “creación”, pero no sé cómo sustituirla.

     Yo me sentaba con la cabeza inclinada sobre la hoja de papel y creaba mi mundo. Como Dios. Solo que en la hoja no había nada, era una hoja limpia en la que de repente surgía un mundo completamente habitado por personas, pasiones, confusiones, amor.

     Por fin yo había escuchado el estruendo lejano de mi tren. Salí de la sala de espera, me subí en ese tren y voy a mi destino. Por primera vez en mi vida no me sentía aburrida.

     De no haber sido por Mijalkov, yo habría seguido trabajando en la escuela. Hubiera seguido sentada al piano y los niños seguirían gritando en coro: “Estrellita ¿don deestás.”  Después tocaría cantar “quiero verte titilar”, pero como la “r” es un sonido complejo para los niños de primer grado, cantarían “quiero vee- te titilá”.

     En el cuarto grado “B” Sobakin seguiría guindando del techo. Después yo supuse que le gustaba una niña y él quería llamar la atención.

     Esa fue la época de la pobreza más brutal. En invierno yo andaba con zapatos de verano. Eran unas zapatillas blancas con un adorno rosado, o al revés, rosadas con un adorno blanco. En la suela se les abrió un hueco y por ahí se metía la nieve. Pobreza. Trabajo aburrido. Vida fracasada. Ni el amor puede salvarte. Porque para ser feliz no basta solo con el amor, para la felicidad deben converger otros factores como la salud y un trabajo creativo. He allí los tres puntos de apoyo. De esa vida me salvó Mijalkov.

Los hombres de mi vida. Victoria Tókareva

Los hombres de mi vida

 Versión: Tatiana Lugo

     A partir de este post voy a publicar aquí mis ejercicios de traducción literaria. He decidido divulgar obras de algunos escritores contemporáneos rusos que, hasta donde tengo conocimiento, no han sido traducidos al español y me parece muy interesante que la literatura rusa actual se conozca.

     Este post es para mi traducción de la novela Мой Мужчины (2015), de Victoria Tókareva. Esta novela corta (siguiendo el concepto ruso), tiene como telón de fondo la historia de la URSS a partir de los años 60 y hasta la era Gorbachov mientras Tókareva cuenta su propia historia como escritora.

     A fin de que la lectura sea más cómoda he decidido hacer entregas por partes. 

 Los hombres de mi vida

Victoria Tókareva 2015

Parte I 

Empecemos por el principio.

Yo estudiaba en la escuela N° 104, que quedaba en Vyborskaia, en Leningrado. En 1991 Sobchak, el nuevo alcalde, le cambió el nombre a la ciudad, le puso San Petersburgo, es decir, le devolvió su nombre histórico, pero en mi época, la ciudad se llamaba Leningrado. Por mi parte, yo nunca vinculé el nombre de la ciudad con Lenin, simplemente era una palabra hermosa, clara, sonora: Leningrado.

Yo era una estudiante con promedio de 10 sobre 20 y, cuando me esforzaba, podía llegar a 15; pero en mi salón había dos estudiantes sobresalientes: Liusa Kósova y Liusa Sundátova. Las dos Liusas querían ser mis amigas, competían entre sí, me celaban, Liusa Sundátova incluso lloraba.

A la profesora guía del grupo, una coja que usaba un zapato ortopédico en el pie izquierdo, le escandalizaba aquel triángulo porque para ella las alumnas sobresalientes eran algo así como generales, mientras que yo, alguien de 10 en línea, pertenecía al grado más bajo; para ella, yo era, más o menos, un soldado raso. Por eso, ella no podía explicarse que unos generales tuvieran amistad con un soldado raso o que llegaran al extremo de pelearse por ocupar el primer lugar en mi preferencia.

Hoy en día supongo que estar conmigo debe haber sido interesante porque yo era alegre y sonaba muy bien, es decir, yo podía relatar cualquier libro que me hubiera leído y todos escuchaban con la boca abierta. Al parecer, la vocación literaria se estaba formando desde entonces dentro de mí.

Liusa Kósova era muy pobre. Tenía un solo vestido: el uniforme escolar. Lo usaba todos los días y, en los días de fiesta, lo lavaba y lo planchaba. Se convertía entonces en la ropa de salir.

Liusa, ¿dónde estás ahora? Si llegas a leer estas líneas, encuéntrame. Yo no he olvidado nada. Recuerdo tus cabellos claros, ensortijados y tu boca pequeña.

Liusa Sundátova siempre decía: “Me da miedo el futuro. Tengo mucho miedo.”

En esa época, tendríamos como 15 años y en el futuro nos esperaba lo que le esperaba a todos: el amor, una familia, hijos. Todo dependía de una sola persona: de aquel con quien te encontraras y de quién fuera como persona: un claro Romeo, un depresivo Demon, o un egoísta, miserable, como Pichorin.

A Liusa Sundátova no le pasó ni lo primero, ni  lo segundo, ni lo tercero. Ella desarrolló una manía persecutoria y se lanzó desde una ventana. Pero no estamos hablando de eso en este momento.

En tercer año llegó una nueva profesora de literatura. Se llamaba Viera Fiódorovna. Era rígida y muy arrogante. No le ponía 20 a nadie. Viera Fiódorovna amaba y conocía la literatura por eso nuestro miserable nivel de quinceañeros inmaduros la ofendía. Su talento pedagógico también era único, como cualquier otro talento. Nosotros, aún siendo adolescentes, lo sentíamos y lo venerábamos.

Nosotros le teníamos miedo a Viera Fiódorovna, sentíamos en ella a un espécimen particular. Era diferente a las otras profesoras. Las otras eran simplemente señoras que habían terminado alguna carrera y trabajaban por la obligación de producir para poder vivir, mientras que Viera Fiódorovna y la literatura eran como Paganini y su violín.

Una vez, Viera Fiódorovna me pasó al pizarrón para que relatara un cuento que nos había dejado como tarea para la casa. Yo pasé al frente e hice mi relato con valentía, usando muchas palabras de origen extranjero como “progreso”, “propaganda”, “agiotaje”, “infernal” y otras por el estilo. Viera Fiódorovna dudaba de que yo conociera el significado de esas palabras, se imaginaba que yo podía simplemente repetirlas como un loro, por eso empezó a preguntarme, a hacer que yo descifrara esas palabras.

-        Prolongar…

-        Hacer que dure más, - respondí yo.

-        Progreso…

-        Movimiento hacia adelante, desarrollo.

-        Infernal…

-        Contrario a celestial

-        Agiotaje…

-        Especulación.

Por mi parte, yo no podía imaginarme cómo alguien podía usar una palabra sin saber su significado. ¿Quién podía hacerlo? ¿Un loro descerebrado? Yo respondí con seguridad y quedó claro que mi vocabulario era prácticamente inagotable. Que yo sabía muchas palabras, las conjugaba con facilidad y las relacionaba con precisión.

-        ¡Veinte! – dijo Viera Fiódorovna.

El salón quedó estupefacto.

¿Cómo era posible que a los alumnos sobresalientes les hubiera puesto 18 y a la que siempre sacaba 10, le pusiera 20?

Bueno pues, así fue. Resulta que Viera Fiódorovna tenía una gran sensibilidad para las palabras, mejor dicho, para el uso de las palabras, y por eso pudo, no solo diferenciarme de los otros estudiantes, sino destacarme. Además, a ella no le molestaba mi estatus de soldado raso.

Está claro que entonces yo no presentía una escritora en mí, pero comprendí que puedo destacarme del resto. Que puedo nadar hasta Turquía, si quiero. Lo único que tengo que hacer es entrar al agua y ¡pa’lante es pa’llá!

¡Gracias, Viera Fiódorovna!

A lo mejor hace rato usted está ALLÁ.  Desde allá todo se ve mejor, incluso mis libros. Es posible que Viera Fiódorovna vea mi nombre y apellido sobre algunas portadas y piense: “Aaah esa es la muchachita de la escuela 104, del 3ero “B”… La recuerdo… La recuerdo… La muchachita del flequillo que a primera vista no tenía nada de particular.”

Cuando terminé el bachillerato intenté ingresar al instituto de medicina. A mi me encanta la medicina y leo libros de medicina como si leyera “Los tres mosqueteros”. Yo creo que la medicina y la literatura tienen mucho en común porque las enfermedades del cuerpo son casi idénticas a las enfermedades del alma. Por ejemplo, el estado de enamoramiento se parece a un estado febril: produce alta temperatura y pasa rápido. En cambio el amor es una enfermedad crónica. Dura mucho, a veces, toda la vida. El cáncer es la enfermedad de la tristeza. La tristeza se acumula y se concentra en un solo lugar. La úlcera gástrica es el resultado de muchos disgustos. A veces quisiera decir: gente, quiéranse primero a ustedes mismos pero, al mismo tiempo, pienso que un ególatra es una porquería espantosa incluso si es alguien inteligente y con sentido del humor.

De no haber sido escritora, hubiera sido médico, además, un buen médico, pero no pude ingresar al instituto de medicina porque saqué 10 en la prueba de admisión, que era una composición; no me alcanzaron los puntos. Ironías de la vida. Por eso mi mamá andaba muy preocupada buscando dónde podía inscribirme para que yo continuara mis estudios. Y resultó que, como sobre mis hombros había siete años de estudios en la escuela de música, me lanzaron al instituto de música.

Si había algo que a mí no me gustaba era precisamente leer y escribir música, tampoco me gustaba el solfeo. No me gustaba y no sabía hacerlo. Lo que se me daba más o menos bien era la dirección. También me gustaba cantar en el coro.  El canto coral es una especie de oración porque se unen las voces y vuelan hasta Dios, todas en un mismo paquete. Cómo cantábamos… En el repertorio estaba toda la literatura sobre canto coral. Hasta el sol de hoy la música coral me conmueve; cuando escucho un coro de niños, empiezo a llorar. ¿Por qué? No sé. Será porque los angelitos envían sus oraciones y mi alma se estremece.

La música es un país mágico. Pero ese no es mi país. Yo estudié sin entusiasmo. Me aburría como un pasajero esperando un tren que no termina de llegar y no se sabe cuánto más hay que esperar. Puede ser toda la vida. Es allí donde reside la melancolía. A pesar de todo, ahora puedo decir que la formación musical enriquece la vida porque la hace estereofónica.

 Cuando salgo de viaje y llego a una ciudad desconocida, muchas veces me siento en un banco, cierro los ojos y escucho cómo suena esa ciudad. Por ejemplo, Odesa me sorprendió con un crujido apasionado: el crujido de los tranvías y el crujido de las palomas. Por doquier hay calor y pasión. “Un tranvía llamado deseo”.

La capital de Laos me recordaba la tranquilidad y el silencio. El susurro de los neumáticos sobre el asfalto shshshuk shshshuk … Las muchachas en bicicletas como estatuas perfectas: camisitas blancas, falditas azules,  piernas delgaditas sobre los pedales shshsuk shshshuk… Los empleados del hotel se dicen unos a otros: “Bo pi nian” que quiere decir: “no le pares.” Y así viven, entre shshshuk shshshuk y bo pi nian.

A algunos les puede parecer aburrido, pero en realidad es extraordinario. Nada sobra. En ocasiones se escucha un escándalo en una tienda o en el mercado. Alguien grita a voz en cuello. Significa que los rusos han llegado y conversan entre sí.

 A los 20 años me casé con un moscovita al que llevaba conociendo una semana. Él clavó sus ojos en mí, sus ojos grandes y azules. No celestes, azules como el cielo en las postales japonesas. Además, llevaba pantalones pegaditos y botines con suela de caucho blanco que, por aquellos tiempos, les llamaban “suela de sémola”. Al ver toda esa guapura, pensé: “Qué feliz debe ser su novia. Ojalá fuera yo, pero eso es imposible.” Y resultó posible. Él me invitó al teatro, todo comenzó a fluir y terminó en que yo me mudé a Moscú y nació mi hija. Lástima que solo fue una.

Cuando miro el pasado, lamento haber trabajado tanto. Mejor hubiera sido tener hijos porque justamente ahí está la felicidad. En los niños, en sus caritas, sus voces y en tenerlos cerca. Pero, como se dice: en la historia no existe el subjuntivo. Si mi abuela tuviera ruedas, fuera bicicleta.

Por aquella época terminé el instituto de música y, a los 20 años, me mudé a Moscú, a la calle Gorki, N° 24. En ese edificio quedaba el restaurant “Bakú”; qué hay ahora, no lo sé.

Me fui a vivir al propio centro de la ciudad. La energía del centro es otra cosa. Apenas pones un pie en la calle, te diluyes en el río de gente. Ya eres parte del río, empiezas a moverte como si fueras a realizar una gesta heroica y todas las demás personas andan en las mismas.

Después de tener donde vivir, el paso siguiente era conseguir trabajo. Fui entonces al Departamento Distrital de Educación Popular, allí me clasificaron como profesora de canto y me mandaron a trabajar en una escuela básica que quedaba en el fin del mundo, donde Moscú se acaba..

¿Qué era lo que yo quería? ¿Quién era yo? Nadie. No tenía contactos, no conocía a nadie, solo tenía confianza en la vida y una cintura pequeña.

La escuela en la que yo trabajaba, tenía solo un piso, era rural y era de madera. Los padres de la mitad de mis alumnos estaban en la cárcel. Cuando pienso en quién me convirtió en escritora, reconozco que fue Sobakin. Él estaba en cuarto grado, era pelirrojo y pecoso. Cada vez que yo llegaba a clase, Sobakin estaba colgando del techo. Se trepaba por la tubería de agua y se guindaba del tubo agarrándose con los brazos y las piernas.

Yo le decía siempre lo mismo:

-        Sobakin ¿para qué te encaramaste ahí?

-        Porque desde aquí veo y escucho mejor.

-        Bájate de inmediato, -le ordenaba yo.

-        ¿Por qué? ¿Estoy molestando?

-        Si tu no te bajas, yo suspendo la clase, - lo intimidaba yo

Pero era imposible suspender la clase porque me hubiera metido en problemas con el director. Sobakin seguía guindando y yo seguía de pie en una pausa terrible.

Los otros niños no aguantaban, saltaban de sus puestos e intentaban bajar a Sobakin halándolo por los pantalones. Sobakin empezaba a dar patadas, intentaba golpear los rostros con los zapatos. En la clase empezaba una verdadera guerra civil: los que tenían consciencia golpeaban a los inconscientes y viceversa. Yo me escondía detrás del piano porque me daba miedo ser golpeada por cualquiera de los bandos.

Esa historia se convirtió en el tema de mi primer relato: «День без вранья» (Un día sin mentiras). Ahora estoy obligada a repetirme porque, como quien dice, a una canción no le puedes cambiar la letra.

Yo detestaba trabajar como maestra de música. Nunca quería ir a clase. Me sentía como Kashtanka, el perro de Chéjov, sobre el cual Chéjov dijo: “Si Kashtanka fuera humana, pensaría: ‘Así no se puede vivir, mejor me pego un tiro...’ ”

Después del trabajo, yo regresaba a casa. Mi esposo me esperaba en la parada del autobús. De ahí nos íbamos al comedor donde almorzábamos sentados a una mesa que olía a trapo de cocina. Las albóndigas que tomábamos estaban hechas 80% de pan y 20% de carne; las llamábamos “sin carne también se vive”. También tomábamos schi, una sopa que, también olía a trapo de cocina. Solo los ojos azules de mi esposo iluminaban aquella miseria. Sí, miseria porque el peor enemigo del hombre es la pobreza porque lo humilla y le chupa todas las fuerzas.

Yo me sentaba agobiada, solo que no lloraba y mi esposo me decía:

-        No le pares a ese tal Sobakin, tú me tienes a mí.   Ya está.

      No, no era “ya está”. Era verdad que yo lo tenía a él, pero yo misma no me tenía. Yo continuaba sentada en la estación esperando mi tren. Pero el tren no terminaba de llegar y esa espera, simplemente, era insoportable. 

Un día el director de la escuela me llamó y me ordenó organizar un encuentro con algún escritor para niños. Al fin y al cabo, yo era la encargada del Departamento de Cultura.

-        ¿A quién invito? – le pregunté.

-        A quien tu quieras, - respondió el director. – A quien acepte la invitación.

Respiré profundo y empecé a buscar los teléfonos que pudieran servirme. Desde mi punto de vista, los escritores más reconocidos eran tres: Svetlov, Tvardovski y Mijalkov.


jueves, 24 de marzo de 2022

De la vida, la nostalgia, la guerra y la paz


      Esta fotografía recoge uno de los momentos más importantes de mi vida: el día que recibí mis títulos como Master en Filología y como Traductora ruso-español. Cerraba así un ciclo lleno de aprendizajes, sin temor a equivocarme, los  más importantes para convertirme en la mujer que soy. Un ciclo de colores, alegrías, angustias, éxitos; un ciclo de formación y crecimiento personal y profesional, un ciclo por el cual agradeceré siempre a la Vida haberme colocado allí.

     Si ven con detenimiento la foto podrán percatarse de que hay rostros que nos llevan a diferentes lugares del mundo, es decir, yo tuve el privilegio de vivir durante casi siete años en el Planeta Tierra, me llené de sus olores y sonidos, de sus colores, de su luminosidad y de sus partes oscuras.

     En esta foto estamos Ania, Suresh, Lena, Txum, Najam, Seriozha, Badé Mejeranzheli, Tania, Oleg, Daljeet, Olga Krylova, Alicia, Tatiana, María Emilia, Sasha, Volodia, Bertha, Abdel, Sushila, Abdul, Marina, Shura, Natasha, Genadii Prokofiévich, Ksenia, la Decano y el Rector, Andrei ,Ashok, Axmed, Irina, Asma, Vania, Olia, Kira Borísovna y Vera Serguíevna, Yolanda y yo en la primera fila porque mi mamá se fue a compartir conmigo ese momento tan especial y por eso también yo pude sentarme. Hay otros muchos cuyos nombres ya están borrosos (seguro no éramos tan amigos).

     ¿Por qué cuelgo esa foto después de tantísimos años? ¿Qué puede importar lo que pasó entonces?

     Pues importa. Para mí importa. Me explico. Tal vez alguien comparta mis motivos.

     En esa fotografía hay gente de diferentes países, de diferentes razas, de diferentes religiones, gente con lenguas maternas diferentes: inglés, francés, español, suajili, hindi, laosiano, persa, penjabi, árabe, ucraniano, tayico, georgiano y con toda seguridad algún otro, pero todos aprendimos a comunicarnos en ruso, el ruso fue nuestra lingua franca; en la foto hay personas con diferentes posiciones políticas ¡aunque usted o lo crea! Gente que descubrió que el mundo no termina en la puerta de su casa, gente que entendió que el mundo es de colores y que suena de infinitas maneras. En esa foto estamos un grupo de jóvenes que aprendimos no solo a compartir en armonía y paz un salón de clases, sino a compartir el pan y el vino, a tejer sueños juntos y a creer que el mundo es un lugar maravilloso, que somos privilegiados por vivir en él.

     Esa fotografía reúne a rusos, los anfitriones, pero rusos de Moscú y Siberia, de las aldeas más apartadas y de las ciudades más luminosas; digo, reúne a rusos, georgianos, ucranios, azerbaijanos, lituanos, chilenos, mexicanos, indios, laosianos, libaneses, congoleses, sudafricanos, pakistaníes, colombianos y esta venezolana. Es decir, allí está el mundo en un pañuelo.

     En esa foto también faltan dos personas: el Doctor Beloúsov y Sasha. Beloúsov era decano de la Facultad de Filología y Sasha era compañero de curso. A ambos los perdimos en 1979 cuando el gobierno de la URSS decidió invadir Afganistán para defender sus fronteras. Hasta el sol de hoy me pregunto ¿defenderlas de qué? Las explicaciones geopolíticas me tienen sin cuidado. No se afanen en contármelas porque es que yo tuve la dicha de compartir habitación en la residencia estudiantil con una muchacha de Afganistán y sé que ese país, que entonces era más bien un montón de tribus, es decir, tenía una organización político territorial diferente a lo que conocemos (y creemos que es la tapa del frasco), Gracias a Akela, Majgul, y a otras muchachas afganas que fueron mis amigas, y seguirán siéndolo por siempre en mi nostalgia, gracias a ellas supe que allí vive gente exactamente igual a tí y a mí, que aspira lo  mismo que tu y yo: vivir en paz, realizar los sueños, ver crecer a los hijos, que nunca mueran los que aman (aunque eso no sea posible).

     Es decir, si los seres humanos tenemos los mismos sueños y las mismas necesidades, independientemente de dónde hayamos nacido, en que lengua nos comunicamos, o a qué dios oramos,  ¿hasta cuándo habrá familias que reciban los restos de sus hijos, esposos, hermanos, amantes en una bolsa negra? Eso sí, con una medalla que lo convierte en Héroe de la Patria y una esquela alabando el arrojo y valentía defendiendo la patria. ¿Cuál patria? ¿Para qué sirve eso?

     Yo todavía recuerdo cuando nos anunciaron la muerte de Beloúsov defendiendo la patria. Yo quería a ese señor. Él fue mi profesor de Historia Universal en primer año, era experto en América Latina y hablaba impecablemente español. Nunca supimos porqué lo habían mandado a la guerra si era un señor con el pelo blanco que pasaba los 50. 

     A Sasha lo mandaron porque no había cumplido el servicio militar obligatorio. ¿Habrá una razón más cínica? 

     Hoy nuevamente guerra. Mi amada Rusia otra vez en guerra, otra vez mandando tropas fuera de sus fronteras para... ¿para qué? ¿en nombre de qué? Como dije antes, no me importan las razones que argumentan los políticos e infinitamente menos las que puedan esgrimir los militares.

     Me importa que todos los seres humanos estamos hecho del mismo material, que todos respiramos el  mismo aire y compartimos la misma casa, aunque cada quien la decore a su manera; me importa que todos tenemos gente que nos ama y quienes amamos y por esa simple razón deseamos que siempre estén bien; me importa que nuestra casa, la Tierra, no tiene remplazo; me importa que quiero que mis hijas y mi nieta tengan la oportunidad de VIVIR LA VIDA, de llenar sus pulmones de aire puro hasta que ya no quepa más soltarlo, sentirse en paz, luego reír.