jueves, 26 de febrero de 2026

Los hombres de mi vida (VI). Victoria Tokareva

Los hombres de mi vida (VI)


     Todo esto lo trajo el viento del deshielo. En otoño habían derrocado a Jruschov (menos mal que no lo mataron, simplemente lo sacaron del cargo).

     Llegó Brezhnev y comenzó un largo estancamiento. Los jóvenes escritores con talento no podían abrirse camino a través del tapón de goma compacta del estancamiento. La energía creadora se esfumó como el humo por una chimenea. Y por ahí se fue la vida también. Entonces los escritores jóvenes empezaron a emborracharse, a cambiar a sus mujeres, se fueron del país. Todo eso lo describe maravillosamente bien Dovlátov, a quien la gloria le llegó después de muerto. Más vale tarde que nunca, pero es mejor a tiempo.

     Mi cuento fue acogido. La crítica debatió largamente cómo calificar el género. Para ser un cuento humorístico era muy largo. Para ser un cuento serio era muy divertido. O sea ¿qué es eso?

     Fue el filósofo Evgueni Bogat quien encontró la definición: tono irónico. Así que yo ingresé al mundo literario con la etiqueta de “Tono irónico”.

     De regreso a aquellos días, recuerdo que Volodia Voinóvich me llevó por primera vez a mi casa en su automóvil, un pequeño “zaporózhetz”, y me preguntó:

- ¿Te alegra haber conocido a Voinóvich?

     Hoy no recuerdo mi respuesta. Por más que sea, yo era una mujer casada y no me olvidaba de eso.

     Claro que Voinóvich fue un escritor genial, pero descuidado. Uno sentía que la pobreza lo acompañaba toda la vida y que él se había acostumbrado a ella. Él tenía otras prioridades. Las ideas maduraban en su mente, pero su apariencia personal o qué carro usaba, para él no tenía la menor importancia.

     Al parecer, eso era hereditario porque sus padres habían sido iguales. En la novela “Autobiografía”, Volodia cuenta que sus padres habían cambiado un maravilloso apartamento, luminoso, ubicado en una ciudad soleada por algo antagónico totalmente. Se mudaron a la humedad y a la oscuridad. Era gente poco pragmática. A su hijo Volodia, un joven talentoso, lo pusieron a estudiar en un instituto politécnico y Volodia se hizo carpintero. Uno pudiera entender eso si los padres de Volodia no hubieran tenido formación académica pero no era así. El padre de Volodia era periodista y la madre, profesora de matemática. Es decir, eran intelectuales.

     Volodia era igual. Aunque en su época de emigrante, las ediciones salían con tirajes de millones y él recibía sumas enormes de dinero, no se sabía qué hacía con el dinero. Se le iba como el agua entre los dedos. En el modo de ser de Volodia había algo puro, infantil, y conmovedor especialmente en nuestro tiempo de capitalismo salvaje donde el dinero se ha convertido en el ideal nacional.

     Cuando Volodia terminó el instituto, empezó a trabajar en la construcción. Se casó con Valia Boltúshkina. Él era carpintero y ella pintor de brocha gorda. Tuvieron dos hijos.

     La pobreza les pisaba los talones, como un perro hambriento. Cada mañana Volodia agarraba sus pantalones, se acercaba hasta la ventana y los miraba al trasluz. ¿Se les habría abierto un hueco? A través de los huecos podrían verle los calzones azules y eso sería una situación realmente incómoda.

     Ya en esa época Volodia se sentía inclinado hacia la escritura y por eso iba al círculo literario del club de los ferroviarios. Allí conoció al joven Okudzhava.

     Ocurrió que un día, Volodia iba caminando con un amigo por la Calle Gorki y se les acercó un hombre que trabajaba en la radio. Era redactor y se dirigió al amigo de Volodia:

-     Oye, necesito a un joven en la redacción, alguien que no sea ambicioso, que pueda escribir lo que sea por un salario modesto. ¿Tienes a alguien?

-     Aquí está. – respondió el amigo señalando a Vóinovich que estaba a su lado. – Es joven, no tiene ambiciones y puede escribir lo que sea gratis.

     Por lo visto, el redactor estaba en una situación desesperada y estuvo de acuerdo. Contrató a Voinóvich sin saber a quién se estaba llevando. En ese entonces, Volodia tampoco entendía quién era él mismo. Podríamos decir que él era como el casco de oro de Alexander Makedonski, pero se sentía como un lavamanos.

      Por esa época, Gagarin fue al cosmos. Un día llamaron al departamento donde trabajaba Voinóvich y gritaron: “Se necesita una canción sobre el cosmonauta. ¡Es urgente! Oscar Feltzman ya compuso la música, pero falta la letra. ¡Es urgente!”

     La jefa de redacción empezó a llamar a los más venerables poetas porque se necesitaban unos versos urgentemente. El límite de entrega era en dos días. 

     Los venerables poetas se ofendieron: ¿Cómo es eso de dos días, qué se han creído?  ¿Acaso creen que somos chapuceros? Hay que pensar y después crear… La situación se volvió crítica.

     Entonces Volodia se sentó en la orilla de la silla y en media hora escribió: «Заправлены в планшеты космические карты, и штурман уточняет в последний раз маршрут. Давайте ка, ребята, закурим перед стартом, у нас еще в запасе четырнадцать минут…» (“Las cartas cósmicas están sobre la mesa, y el navegante afina, por última vez, la ruta. Fumemos antes de la partida, muchachos, que todavía nos quedan 14 minutos.”). 

     Posteriormente, la palabra “fumemos” fue sustituida por “cantemos” porque había empezado la campaña contra el cigarrillo. Indiscutiblemente “fumemos” es mejor porque dibuja la escena de unos pendejos que se ponen a cantar antes del despegue, además, antes de un despegue tan peligroso.

     La jefa de redacción lo leyó y de inmediato llamó a Feltzman, y le dijo:

- Acabamos de recibir unos versos maravillosos, los escribió un talento joven, esperanza de nuestra poesía.

     Feltzman podía no estar de acuerdo con un autor desconocido, pero no había tiempo para ponerse caprichoso. Gagarin ya estaba volando y ya regresaba. Entonces, aceptó.

     La canción se convirtió en el himno de los cosmonautas. Todavía provoca cantarla sin parar. No cansa y no envejece. *https://yandex.ru/video/preview/9971913869263812484*

     Desde su alta tribuna, el afable barrigón Jruschov citó los versos de la canción. Fue entonces cuando la estrella de Voinovich salió y brilló en el firmamento.

      Una vez Voinóvich regresaba a casa. Estaba muy borracho. Él vivía en un apartamento comunal y su habitación quedaba al final del pasillo. Entonces Volodia mentalmente trazó una línea recta desde sus ojos hasta la puerta de su habitación. Se concentró y caminó por esa línea. Al alcanzar la puerta, entró y sin desvestirse se tumbó en el diván. Se quedó dormido en el acto. Cuando se despertó, vio sobre la mesa un cuadro idílico: un plato sobre el que estaba un arenque perfectamente limpio, rebanado, con cebollín picadito por encima. Al lado del plato, recostado de un vaso, estaba un telegrama.

     Volodia extendió la mano, tomó el telegrama y leyó: “Te felicito y te deseo grandes éxitos por los senderos polvorientos de la literatura. Alexander Tvardovski”.

     Con la resaca, Volodia decidió que el propio Tvardovski había estado en su casa, había limpiado el arenque y le había colocado cebollín por encima. Se volvió a dormir con una sonrisa en la cara porque no a todo el mundo lo visita en su casa el gran Tvardovski y encima, le prepara un arenque.

     Después se supo que quien lo había visitado había sido su hermana Faina. Que había sacado el telegrama del buzón, después había preparado el arenque y lo había colocado al lado del telegrama.

     El éxito de verdad, el éxito grande, le llegó a Voinóvich después de que la  revista “Nuevo mundo” publicara dos de sus cuentos: «Хочу быть честным» (“Quiero ser honesto”) и «Расстояние в полкилометра» (“A medio kilómetro de distancia”).

     Por esos días él empezó a escribir «Чонкин» (“Chonkin”), y siempre supo que éste sería el libro más importante de su vida.

     Todo iba fluyendo felizmente. Era muy reconocido y solicitado; el éxito y el amor también lo acompañaban. Se casó con Irina, la mujer de sus sueños. Por ella se divorció de Valia Boltúshkina. No fue fácil, pero…

     Emigró con Irina. Fueron tiempos muy difíciles porque si ser emigrante es una experiencia difícil, compleja, en este caso fue peor porque Volodia no quería emigrar. El gobierno de su país lo desterró.

    Volodia Voinóvich  era de carácter sociable. No podía ser indiferente a lo que pasara a su alrededor, no toleraba la injusticia. Tampoco soportaba que lo manipularan o que lo pisotearan. En resumen se podría decir que era terco, pero en realidad era algo más grande. Se trataba de la necesidad de justicia.

    ¿Acaso cuando el Danko de Gorki se abrió el pecho y se sacó el corazón para llevarlo como antorcha tenía ganas de reventarse el pecho? Lo hizo porque su deber era iluminar el camino de los demás. Eso fue lo que pasó con Volodia Voinóvich. Y todo terminó en que lo botaron del país. Claro, eso no fue lo peor. Hubieran podido darle un tiro en la cabeza en el portal del edificio. Eliminaron a tantos de esa manera. Actuaban como delincuentes.

     Volodia no tenía seguridad sobre el día de mañana, pero de todas maneras no cedía a la presión. Ofrecía su vida por la verdad. Él era y seguía siendo un defensor de la VERDAD.

     Vladímir Voinóvich, Volodia, es uno de los pocos ideales de nobleza que iluminaron nuestra vida. En ese mismo grupo incluyo a Lijachov, Rostropovich, Sájarov.  Son esas las personas que rompen las tinieblas y muestran el camino como una llamita en la noche oscura de un bosque. Gracias a ellos queda claro para dónde hay que ir, en qué sentido.

     Irina, la esposa de Volodia, era profesora. Una vez sus estudiantes le regalaron un cuadro. Cuando ella llegó a casa, lo colgó de una pared. Volodia lo veía y lo veía… no le gustaba el fondo del cuadro. Entonces compró pinturas, pinceles y arregló el fondo. Lo oscureció o, por el contrario, lo aclaró, En todo caso, el cuadro quedó mucho mejor. Y por ahí empezó todo. En Volodia brotó un pintor. Él comenzó a pintar cuadros y los cuadros se parecen a su prosa: Voinóvich jamás miente sobre lo que representa.

     Ilya Glazúnov, por ejemplo, miente abiertamente sobre sus personajes. En sus retratos, los ojos son enormes, como de extraterrestres. Claro que las personas se ven bellas con unos ojos así. A ver, Glazúnov es un extraordinario pintor, un profesional de muy alto nivel. Yo no quiero decir que él pinta peor que Voinóvich, pero Voinóvich es honesto en todo y hasta el final. Para él no existe el conformismo. Justo en eso radica su esencia.

     La perestroika le devolvió a Volodia la nacionalidad. Gorbachov le dio un apartamento.

     Voinóvich ya había obtenido la nacionalidad alemana, pero con mucho placer abandonó la emigración y regresó a Moscú.

     En la Casa de los literatos se hacían foros sobre sus obras. Recuerdo las salas abarrotadas. La gente se sentaba hasta en las escaleras, lo único que faltaba era que se colgaran de las lámparas. La gente amaba no solo las obras de Voinóvich, sino su hazaña civilista porque él se había arriesgado por todos nosotros. Veíamos a Voinóvich, de pie sonriendo con sus dientes fuertes sobre el escenario.

     Ya no lucía desaliñado. Llevaba una chaqueta de paño alemana y pantalones nuevos. Bueno, tampoco se le observaba un chic particular. Su apariencia era de un hombre promedio, como quien dice, en la estadística. Pero nada de eso tenía importancia. La sala lo aplaudía y lo amaba. Yo también estaba en la sala y lo aplaudía, estaba extasiada. En la primera fila estaba sentada su esposa, Irina, vestida con sencillez pero con ropa cara. También estaba la hija de ambos, la dulce niña Olia que se parecía a Volodia, eran como dos gotas de agua. Ese fue un tiempo bueno, literalmente, fue su hora estelar.

     Sin embargo, al destino no le gusta cuando todo va bien por mucho tiempo. Irina se enfermó gravemente. Durante mucho tiempo lucharon contra la enfermedad, pero un día Irina dijo: “Estoy cansada. No puedo más. Me voy a morir.”

     Fue un tiempo muy doloroso porque Irina estaba en cama, sin conocimiento. Una vez recobró el conocimiento y dijo:

- Yo estuve ALLÁ.

- ¿Y cómo es ALLÁ?

- Es imposible describirlo…

     El misterio más importante no fue desvelado. Por lo visto, ALLÁ hay otro tiempo y otro espacio, y en nuestra lengua no existen palabras para describir eso “otro”.

     La vida de ellos había sido con altos y bajos, como cualquier otra vida. Pero en ese último período él la amó con mucha ternura y abnegación, como al principio.

     Irina se fue.

     Volodia empezó a vivir en dos países porque su adorada hija, Olia, se quedó a vivir en Alemania. Volodia venía a Moscú cada vez con más frecuencia porque aquí estaban su lengua, su juventud y sus amigos.

     Por supuesto que Munich es una buena ciudad: es limpia, hermosa, tiene buenos comercios y buena medicina. Pero… El bienestar no se encuentra allá, donde todo es bueno, sino allá donde tú eres necesario, donde no pueden vivir sin ti. Resulta que patria no es un sonido hueco. En la patria la sangre fluye de otra manera.

     Por veleidades del destino, Volodia se casó por tercera vez. Con Svetlana. Y nos hicimos vecinos porque vivíamos en la misma calle: Vostóchnaia Aleia.

     Nos veíamos con frecuencia. Él no había cambiado nada, no se había convertido en Vladímir Nikoláevich, siguía siendo el mismo Volodia en la lucha y en el trabajo. Escribía nuevos libros, pintaba nuevos cuadros, se enfrentaba por la justicia. Lo visitaban caminantes en busca de consejo y ayuda. En la televisión necesitaban siempre de sus recuerdos y valoraciones. Literalmente era como si estuviera en oferta.

     Como Volodía no tenía nietos, ese rol se lo tomó para sí su perra Niusha. Volodia no podía vivir sin ella y Niusha, a su vez, no podía quitar sus ojos enamorados de él. Una vez le pregunté:

-   Volodia, ¿a quién quieres más: a tu esposa o a Niusha?

-   Esa pregunta es una provocación, - respondió Volodia. – Yo sabía que tú me ibas a preguntar eso.

     Él las ama de manera diferente: a Niusha con un amor no humano y a Svetlana con amor humano.

     Su tercera esposa, Svetlana, es nieta de Lianozov, un gran petrolero, un mecenas (oligarca, dirían ahora); ella heredó el talento de su abuelo, la inteligencia y el pragmatismo, y a eso le sumó su gusto impecable. Ella no hubiera soportado “un erizo en la tiniebla”, y su variante promedio, tampoco le complacía. Así que Svetlana le dio la forma correcta a Volodia y él, de repente, se transformó, como Ivanushka, el del cuento “El caballito jorobado” que se bañó en los tres calderos. Volodia súbitamente se volvió elegante, noble, con estilo. Literalmente se convirtió en un senador canoso.

     ¿Cuáles fueron los tres calderos en los que él se bañó?

1.- La emigración. Las pérdidas. Murió Irina y Valia Boltúshkina también murió. Ellas se fueron y se llevaron parte de su alma.

2.- El amor, al que se aferraba como Anteo a la Tierra.

3.- La actividad creadora.

     Incluso ahora, cuando está por cumplir 80 años, él escribe libros maravillosos, sus obras de teatro las ponen en escena, sus cuadros son expuestos y se venden muy bien. La batería divina sigue latiendo y produciendo energía creadora.

     Es un invierno hermoso. Voy saliendo de la casa de Voinóvich. Volodia me acompaña. Sale hasta el porche. Yo me volteo. Ahí está Volodia, de pie, canoso, luce joven todavía, importante. Pero aquel “erizo en la tiniebla”, aquel niño grande, sigue ahí, dentro de Volodia como una matrioshka dentro de otra. No se diluye con el tiempo. ¿Por qué? Porque es su esencia. Su capa fértil, de donde brota toda su obra.

     Es un invierno hermoso, silencioso. Hay nieve sobre los árboles. El destino llevó a Voinóvich por todo el mundo y al final lo dejó en el paraíso, en Vostóchnaia Aleia. Tal vez sea la recompensa por tantas dificultades en la vida. ¿Por qué no? Dicen que no hay justicia… Pero sí hay. Sobre todo para quienes la buscan toda la vida.

lunes, 23 de febrero de 2026

Los hombres de mi vida (V). Victoria Tokareva

Los hombres de mi vida (V)


    

      A propósito, debo decir que el story board lo escribí yo sola, que además ayudé a Bogdánov a escribir el suyo. Simplemente, los demás pensaban que la historia de él lo acercaba más a la prosa dura que a mí. Porque ¿Qué había en mi historial? Formación musical, un carácter alegre y una sólida frivolidad. No había manera de que yo alcanzara la imagen de intelectual. A nadie se le hubiera ocurrido que yo tenía talento, que me inclinaba a tener pensamientos serios.

      De la profundidad del túnel salió el tren. Ahora Yuri entra y se va. Qué importa que sea provinciano, que sea derrotista… De pronto me encontré con un sentimiento grande, con el sentimiento de que él era una joya de muchos kilates que difícilmente Dios pondría dos veces en mi camino. “No pienses, - me decía. – No pienses.”

     Él entró al vagón. “No pienses”, me repetía como un mantra. Seguramente eso es lo que hacen los suicidas que se quieren lanzar desde una ventana. Seguramente se dicen: “No pienses…” y se lanzan al vacío.

     No volví a verlo. ¿Para qué? A veces pienso que si alguna vez él me hubiera podido encontrar, me hubiera dicho:

- Yo te amé…

- Lo sé, - le contestaría yo. - ¿Cómo has estado?

- No me convertí en Yuri Kazakov. Trabajo en una revista.

- ¿Y cómo está tu tío?

- ¿Cuál tío?

- El que robaba. ¿Sigue robando?

- No.

- ¿Se reformó?

- Simplemente envejeció. Perdió la maña y le duelen las articulaciones.

- ¿Y qué tienen que ver las articulaciones?

- ¿Y cómo corre?

     Él no me encontró. Y yo no lo encontré. Pero lo recuerdo como se recuerda el agua cristalina y helada de un manantial que, cuando la tomas, te congela los dientes, pero todo canta por dentro.

     En segundo año escribí un argumento para “Fitil”. Era una historia corta acerca de un maestro joven que pasa un día entero sin mentir, diciendo nada más lo que piensa.

     En ese mismo mes cayó en mis manos el cuento «Хочу быть честным» (“Quiero ser honesto”), de Vladímir Voinóvich.

     Cuando leí ese cuento me petrifiqué, quedé como una estatua de sal. Algo pasó dentro de mí. Fue como si me hubieran conectado a un tomacorriente cósmico y cuando llegó el toque, brotó la escritora que estaba escondida en mis genes.

     Empecé a investigar quién era Voinóvich.  Así supe que iba a participar en un encuentro en el Club de los ferroviarios y me fui para allá. Quería simplemente verlo. Quería saber cómo era él, cómo lucen semejantes superhombres.

    El superhombre resultó ser de baja estatura, cabellos erizados, ojos grandes y saltones y un traje barato, marrón oscuro. Parecía un erizo que había saltado de la cueva a la llanura porque unos perros lo habían asustado. Volodia Voinóvich era mayor que yo cinco años. Apenas cinco años y ya estaba en la cima del Olimpo, ya nadaba en la gloria.

     En el encuentro en el Club de los ferroviarios, Voinóvich leyó el cuento «Расстояние в полкилометра» (“A medio kilómetro de distancia”), cuyo argumento eran una vida nula y una muerte nula. Cuando terminó la presentación, yo me abrí paso hasta Voinóvich y le deslicé mis dos páginas de “Fitil”y le dije:

- A mí también me angustia el tema fúnebre.

     Después de eso él empezó a llamarme “tema fúnebre”.

     A los pocos días nos volvimos a encontrar. Voinóvich me regresó mi “Fitil” y dijo:

- Tu fuerza está en los detalles. Escribe con más detalle.

     Cuando llegué a casa volví a escribir el argumento pero con todos los detalles. Las dos páginas se convirtieron en 42. Voinóvich creó para mí el título: «День без вранья» (“Día sin mentiras”).

     Le había gustado el cuento y lo llevó a la revista “Nuevo mundo” y lo recomendó. Yo le pregunté:

- ¿Por qué lo llevaste? ¿Querías complacerme?

     A lo que él respondió.

- Incluso si yo me hubiera encontrado este cuento en la calle, lo hubiera llevado a la revista.

     Es obvio que eso fue un piropo.

     “Nuevo mundo” rechazó el cuento. Era lógico porque, por aquella época, Tvardovski prefería a los “campesinitos” porque ellos reflejaban la dura realidad.

     Yo tomé un autobús y llevé el cuento a la revista “Joven Guardia”. ¿Por qué precisamente ahí? Porque estaba cerca de mi casa, a tres paradas de autobús. Yo iba caminando por el corredor y leía los letreros en las puertas: “Departamento de poesía”, “Departamento de cartas”, “Redacción”. Me detuve frente al último letrero. Y entré.

     Detrás del escritorio estaba Alexander Evséievich Rekemchuk: un hombre un poco gordo, pelirrojo, calvo, con ojos alegres.

- Buenas, - saludé yo.

- Buenas. ¿Quién es usted?

- Yo traje mi cuento. – dije mientras colocaba el manuscrito en la esquina del escritorio.

- ¿De dónde viene usted?

- De la calle.

- ¿Quién la mandó?

- Nadie. Yo vine sola.

- Qué interesante. Si de la calle van a empezar a llegar uno tras otro, no me va a quedar tiempo para hacer mi trabajo. Hay un Departamento de prosa…

- ¿Me lo llevo? – pregunté y estiré la mano hacia mi cuento.

     Al parecer a Rekemchuk le conmovió mi humildad. Me concedió una mirada con sus ojos alegres de pelirrojo y vio que yo era joven, que estaba clara y que tenía unos collares de cuentas de madera que parecían un ábaco.

     Rekemchuk había llegado del Norte y aquí le habían dado una gran responsabilidad. No estaba acostumbrado a tener responsabilidades de la nomenclatura; él era un hombre talentoso, brillante e impetuoso. Podía emborracharse, pelear y terminar en una delegación de policía. Entre la gente de la nomenclatura no existen hombres así. Todos son hombres enfundados. Yo simplemente tuve suerte de haber abierto esa puerta.

     En Rekemchuk apareció y maduró con mucha rapidez el plan de coquetear conmigo. El plan de aprovecharse de la ocasión y de la situación laboral. Leyó mi cuento con mucha rapidez y… se desencantó. El cuento se diferenciaba completamente de cualquiera de las corrientes literarias.

     Rekemchuk convocó al Departamento de prosa y ordenó prestar mayor atención a los espontáneos, es decir, a todos los manuscritos que llegaran de la calle o por correo aunque entre los espontáneos también puede terminar el talento innato.

     Un día Rekemchuk me llamó a la casa. Cuando sonó el teléfono en mi apartamento comunal, atendió mi suegra y, sin querer, gritó:

- Es para ti… - A ella no le gustaban las voces masculinas.

     Me acerqué y respondí.

- Aló…

     Hubo un largo silencio. Después Alexander Evséievich preguntó:

- ¿Es Victoria?

- Si, soy yo, -le confirmé. – ¿Quién habla?

-  Rekemchuk.

- Ay… - me asusté yo.

- Dígame algo ¿usted escribió este cuento hace mucho tiempo?

- Hace una semana.

- ¿Lo llevó a otro lugar?

- No… - respondí astutamente.

     Escondí que el cuento había estado en “Nuevo mundo”, pero si a ver vamos, no lo había llevado yo sino Voinóvich.

- ¿Por qué lo trajo a “Joven guardia”?

- Porque vivo cerca.

- ¿Eso es todo?

- Si. ¿Por qué?

     Nueva pausa. Nosotros conversábamos con largas pausas. Daba la impresión de que Rekemchuk quería alargar el tiempo. En realidad, el temía que un pez grande se le escapara del anzuelo y por eso era tan cuidadoso.

- ¿Usted podría venir? – preguntó Rekemchuk.

 

- ¿Cuándo?

- Mañana.

- ¿A qué hora?

- Hacia las dos.

     Rekemchuk colgó el auricular y yo me quedé confundida: ¿le había gustado el cuento o no le había gustado? ¿Para qué tenía que ir? ¿Para recoger mi manuscrito? Por esa época, cuando yo llevaba algo a cualquier redacción, generalmente me respondían: “Es lindo, hay talento, pero…” y empezaban a enumerar los peros. Entonces yo cogía camino. Nadie me decía cosas desagradables, no, exactamente así: lindo, hay talento, pero… Ya me había acostumbrado a esa fórmula.

     Al otro día me presenté ante los ojos de Rekemchuk. En silencio él se puso de pie y me condujo hasta el jefe de redacción. El apellido del jefe de redacción era Níkonov: un alto e imponente hombre enfundado. Una funda gris. Por alguna razón todos ellos vestían de gris. Cuello blanco debajo de la corbata. Eso era obligatorio.

     Níkonov se puso de pie para recibirme y se colgó una expresión de saludo en el rostro.

- Es lindo, hay talento… - empezó a decir él.

- Pero, - susurré yo.

- Pero necesitamos “un buen camino”.

     Yo no entendí nada.

- ¿Esta es su primera publicación?

- Si.

- ¿Cuántos años tiene usted?

- 26

- Es una escritora novelle – dijo Rekemchuk.

- Nosotros quisiéramos darle “un buen camino”. Que alguno de los clásicos escriba.

- ¿Cuál clásico?

- Da igual. El que a usted le guste. El cuento saldrá con el preámbulo de un clásico.

- ¿Ustedes lo van a publicar? – pregunté yo dándome cuenta finalmente de todo.

- Lo publicaremos en la edición de julio, - dijo Níkonov. – Pero nos hace falta una buena fotografía y “un buen camino”.

     Me provocaba lanzarme a su cuello, pero hubiera sido una situación incómoda, además, el cuello blanco no estaba dispuesto para eso.

     Hay gente que no quiere a los jefes porque suponen que son unas fieras, unos miserables que son capaces de cortar cabezas solo para conseguir sus objetivos. Otros, especialmente las mujeres, adoran a los jefes porque son el poder y cualquier tipo poder es erótico. Yo le temo a los jefes. Ellos para mí son extraterrestres, no entiendo qué tienen en la mente.

     Rekemchuk y yo salimos de la oficina. Yo lo veía con los ojos brillantes porque había comprendido que si yo hubiera entrado en la puerta con el letrero “Departamento de prosa”, mi cuento hubiera reposado un mes allí, después me lo hubieran devuelto sin leerlo y me hubieran dicho la fórmula: “es lindo, hay talento, pero…”.

     Uno puede entender que un editor, por un sueldo miserable lee ríos turbios por culpa de los cuales se le llena el cerebro de pantano. ¿Qué diferencia podía haber con lo que yo había escrito? ¿Qué puede escribir una muchacha con collares, que usa zapatos de plataformas? La suerte que yo tuve fue que Alexander Rekemchuk no es indiferente, tiene el alma completica, un amor inevitable por la literatura y, lo más importante, talento humano. Tiempo después él dio clases en el Instituto de Literatura, dictó el seminario de prosa. Los estudiantes lo adoraban. También fue director de Mosfilm por un corto período, pero huyó de esa responsabilidad. Es que para las grandes responsabilidades hace falta ponderación y exactitud.

     Me quedé pensando en quién podría darme “un buen camino”. Había muchos buenos escritores pero, para decirlo en el lenguaje de hoy, el que tenía más glamour era Símonov. Él era nuestro Hemingway soviético: tenía el cabello gris, era guapo y famoso. Generalmente, los escritores, particularmente los “campesinitos”, se vestían como un repollo: una capa sobre otra. Solamente dos lucían elegantes: Símonov y Naguibin.

 Yo escogí a Símonov. La redacción de la revista “Joven guardia” hizo un escrito en el que solicitaba que me diera “un buen camino”. Es que yo no podía presentarme ante él por iniciativa propia, de la calle no más. Yo tomé el escrito, le adjunté mi cuento y me fui a la dirección indicada.

     Mi amiga Olga, la misma que en el Instituto encabezó la protesta en mi contra, dirigió mi encuentro con Símonov. Me trajo una gargantilla con un brillante y un broche con un ópalo. Olga se encargó de adornarme como a una novia. La meta era que Símonov quedara ciego con el brillo de mis joyas.

     Konstantin Mijailovich no quedó ciego, es más, ni siquiera me invitó a pasar a su casa. Yo me quedé en el pasillo y las joyas, el brillante y el ópalo, siguieron cubiertas por el abrigo.

Él tomó el escrito de la redacción, el manuscrito y dijo sonriendo, desconcertado:

- No le puedo dar la mano porque está mojada de vodka. Es que le estoy poniendo compresas a mi perro.

     Comprendiendo la situación, asentí con un movimiento de cabeza. Él cerró la puerta y yo bajé las escaleras sintiéndome humillada porque no me había permitido entrar a su santuario.

     Bajé un piso y me detuve frente a una gran ventana que estaba en el descanso de las escaleras. Me quedé mirando los árboles blancos y algo pasó en mí, como en la atmósfera, como si las capas se intercambiaran. ¿Qué era exactamente? No podría explicarlo. Ante todo, el propio Símonov, famoso hasta más no poder. El olor de la riqueza, del talento, la gloria en vida.

     Una vez le pregunté a una niña pequeña, a Marusia Chujrai:

- Marusia, ¿Tú quieres ser famosa?

- ¿Para qué?

- Para que te quiera todo el mundo.

- ¿Para qué necesito yo que me quiera todo el mundo? Lo que yo necesito es que me amen los que están cerca de mí.

     Ahora, desde mis 30, estoy de acuerdo con Marusia. ¿Qué falta nos hace el amor de los desconocidos?

     A Símonov lo amaba el país entero. Él murió de una enfermedad terrible y realmente temprano, murió a los 63 años de un problema pulmonar. Le costaba respirar.

     Poco antes de su muerte me lo encontré. Estaba del color de la miel. Me asusté tanto que le dije:

- Luce muy bien.

- Usted es la tercera persona que me lo dice hoy, - dijo Konstantin Mijaílovich sonriendo.

     Lo que pasaba era que él comprendía que la gente se asustaba al verlo y por eso trataba de tranquilizarlos.

     Símonov leyó mi cuento y me llamó por teléfono. A las nueve de la mañana. El timbre del teléfono me sacó del sueño. Yo escuché la voz de Símonov:

- Yo creo que no hay escritores que están empezando y escritores que continúan. Escritor se es o no se es. Usted es escritor.

     Konstantín Mijaílovich había dicho todo lo que consideraba necesario y colgó el teléfono. Pero yo no podía soltar el auricular. Me quedé con el auricular pegado a la cara como si fuera una fotografía del hombre amado escuchando tu tu tu tu tu.

     El cuento salió en verano, en julio. Tenía una fotografía mía espectacular y el preámbulo de Konstantín Símonov. Una salida de lujo.

     En ese momento yo estaba de vacaciones en el Mar Báltico, en la Casa de los escritores. Mi esposo compró la revista en un kiosko y me la llevó a la playa.

     Cuando abrí la revista y vi el cuento, empecé a correr por la orilla de la playa. Igual que en una película. Yo corría porque no podía quedarme tranquila. La felicidad me hizo estallar en todas las direcciones. Si me hubiera quedado quieta en un lugar, hubiera explotado como un reactor nuclear recalentado.

     Yo corrí por toda la playa: de Dzintari hasta Maiori. Ese fue el día más feliz de mi vida. Me encontré conmigo misma. Fue entonces cuando comenzó mi verdadera vida, una vida en la que nada sobraba.

     ¿A quién agradecer?

     En primer lugar, a mis genes. En segundo, a Volodia Voinóvich porque él me dijo a tiempo las palabras más importantes: “Tu fuerza está en los detalles.” Para mí, el encuentro con él fue definitorio. La gran explosión que originó el Universo.

     En una ocasión, él me hizo ver esto:

- Vika, ya, quédate quieta. Yo le he dicho a muchos: “Escribe con detalles”, pero de todos esos, ninguno se ha convertido en escritor. Así que, yo no tengo nada que ver.

     Yo veo las cosas de otra manera. Gracias a Volodia yo pude publicar a los 26 años, no perdí ni un día. 

 

Los hombres de mi vida (IV). Victoria Tokareva

Los hombres de mi vida (IV)


     Y llegó la perestroika, algo así como una revolución. “Los que hoy son nada, todo lo han de ser.” Y quien fue todo, nada debe ser.

     Un día sonó el teléfono en mi casa. Cuando atendí, reconocí la voz de Serguei Vladímirovich, a quien tenía 15 años sin escuchar.

- ¡Vi –Victoria, ayúdame! ¡Me están ofendiendo

- ¿Quién? – pregunté en un grito.

-   Uspenski, Oster, esos malditos judíos.

- ¿Y cómo lo puedo ayudar?

-  No se. Invéntate algo.

     Colgué el auricular y entré aa la habitación. Mi esposo estaba sentado en el sillón leyendo el periódico.

- Me acaba de llamar Mijalkov, - dije yo. – Quiere que lo defienda porque lo están acosando.

     Mi esposo bajó el periódico y me dijo:

- Te recomiendo que no te metas en eso. Mijalkov tiene mala reputación. Se están vengando por Pasternak.

- ¿Y por qué no se vengaron antes? ¿Por qué no se atrevieron antes? ¿Por qué andaban llorando por los rincones? Ahora sí, de repente se volvieron valientes, ahora pueden…

- Haz lo que tú quieras, pero yo creo que mejor te mantienes al margen.

     Según esa lógica, estaba bien que cuando yo necesitaba a Serguei Vladímirovich, salía en una carrera a pedirle ayuda y ahora, cuando él necesitaba mi apoyo, yo debía quedarme al margen, guardar distancia. La ingratitud es un pecado. Mejor dicho, es una propiedad humana venenosa. Por eso, lo lógico es que cuando golpean a alguien amado, uno tiene que lanzarse al epicentro de la pelea a riesgo de salir golpeado.

     Un día, llegando al Teatro Sovrimiénnik, me encontré con Eduard Uspenski y le pregunté:

- ¿Qué te pasa a ti con Mijalkov? ¿Por qué lo estás acosando?

- ¿Y a ti que te pasa?

- Él es una buena persona.

- Contigo es una buena persona. No tienes idea de cómo él ahogó la literatura para niños siguiendo el principio de ahoga a los gatitos mientras están ciegos.

- Lo que pasó, pasó, - le respondí yo. – Ahora él está viejo, tiene 86 años. ¿No te avergüenza patear a un viejo león?

- La ruindad no tiene edad, -respondió Uspenski.

- Y a ti ¿qué te falta? Eres rico, famoso, joven. Vive tu vida en paz y sé feliz. Sé hombre, pues.

     Bajaron las luces y empezó el espectáculo. Durante algún tiempo yo veía a Uspenski. Él estaba sentado mirando al piso. Por lo visto pensando en mis palabras.

     Es posible que a él lo tuvieran ahogado en un puño, pero él supo salirse de ahí. Su Cheburashka recorrió el mundo entero. Lo que pasa es que Uspenski es un hombre talentoso y Mijalkov también es un hombre talentoso. Se puede vengar la incapacidad, pero no el talento.

     Después de eso, escribí un artículo para la revista “Ogoniok”. Era un artículo sobre mi Mijalkov y se titulaba “¡Mentir no es bueno!”

     Cuando salió la revista, Serguei Vladímirovich me llamó por teléfono para agradecerme el detalle.

- Gracias, Vikochka.

     Yo me corté y le pregunté:

- ¿Cómo están sus hijos?

- ¿Viste «Урга» (“Close To Eden”)? – a su vez preguntó Mijalkov.

- Sí.

- ¿Y «Ближний круг» (“El círculo más cercano”)?

- También.

- Y entonces ¿qué me preguntas? Mis hijos son famosos en todo el planeta…

     Eso es verdad. Los hijos heredaron el talento de sus padres, aunque no puedo decir que lo superaran. Cada uno es talentoso en su estilo, pero, para mí, el talento de Serguei Vladímirovich es insuperable.

     ¿Qué puedo decir? Yo amaba a mi Mijalkov. Y lo amo hasta el sol de hoy, aunque sea evidente que había gente que no lo quería. Lo que pasa es que mientras más grandes son las virtudes de alguien, más pesados son los defectos. Sin embargo, el plato de la balanza con la bondad pesa más.

     Murió Natalia Petrovna Konchalóvskaia.

     Por esos días, casualmente, vi a Serguei Vladímirovich.  Tenía el rostro desencajado. Entonces comprendí que Natalia Konchalóvskaia, para él, ERA TODO.

     Los amores pasajeros le hacían la vida más bonita, como las flores en un jarrón. Y más o menos así, se secaban. Pero la familia es eterna, como una roca, y nada está por encima de ella.

     Serguei Vladímirovich enviudó. Tal vez por eso con frecuencia iba a almorzar a la Casa de los escritores. Una vez vio a una mujer joven y hermosa, se le acercó y le dijo:

- Soy el poeta Serguei Mijalkov. Quiero conocerla.

     La mujer, que se llamaba Julia, se sonrojó de placer y dijo:

- ¡Qué felicidad ver al propio Mijalkov!

- Si usted quiere, me puede ver de forma permanente, - fue la respuesta de Serguei Vladímirovich.

     Eso fue, al mismo tiempo, una declaración de amor y una invitación.

      Mi amiga Natasha esperó 10 años la invitación, pero se fue antes de que llegara. Julia, por el contrario, la recibió de inmediato, al conocerlo. Serguei Vladímirovich era libre y tenía 86 años, no podía perder la oportunidad.

     Mijalkov se casó con Julia. Ella tenía 37 años. Había una diferencia casi de 50 años.

     Cuando por primera vez vi a Julia, me sorprendió que una mujer bella, con linaje, de buena familia no hubiera encontrado a alguien contemporáneo. Por supuesto, no pregunté nada únicamente lo pensé, pero Julia me leyó la mente y dijo:

- Para mí lo importante es la personalidad, no la edad.

     Eso es una posición ante la vida. Muchas mujeres están dispuestas a vivir con un viejo impotente y enano solo porque tiene una personalidad brillante y talentosa que las puede mantener y convertirlas en ricas.

     Dios les dio una larga vida. Serguei Vladímirovich y Julia vivieron en amistad y alegría.      Hay una frase de Yuri Naguibin que reza: “Las personas se aman realmente solo en la vejez.” Eso es comprensible porque antes que la pasión aparece la ternura. La pasión es un sentimiento carnal mientras que la ternura es algo divino. Eterno. La pasión puede acabarse. La ternura no.

     Una vez yo invité a Serguei Vladímirovich y a Julia a la celebración de mi aniversario. La recepción era en la Casa de los escritores. A ellos les tocó solo cruzar la calle para poder llegar.  Qué agradable fue ver llegar a esa pareja: altos, esbeltos, ambos vestidos de negro y blanco. Serguei Vladímirovich usaba un bastón con empuñadura de plata. Los años no se le notaban. Serguei Vladímirovich se veía mejor que cuando tenía 50. Era imposible llamarlo viejo. Nunca. Él era un patriarca.

     A mi mesa estaba sentada toda mi familia, que había aumentado considerablemente, y mis amigos. Es decir, estaban todos a quienes uno llama entrañables y cercanos.

     En un momento Serguei Vladímirovich hizo un brindis:

     “Me encontré con Victoria cuando ella daba los primeros pasos. Era una muchacha y el rompehielo fue “Ermak”. Ahora ella escribe libros que la gente QUIERE leer.”

     En realidad, mis libros se venden muy rápido. Los lectores hablan con rublos. ¿Qué quiere decir eso? Eso quiere decir que soy productiva para las editoriales y por eso las editoriales QUIEREN publicar mis libros.

     En la época soviética, me publicaban un libro cada cinco años ¿por qué? Porque yo no seguía la línea del partido, yo escribía sobre gente común, sobre sus sentimientos. Ahora me publican un libro al año. Es el capitalismo. Eso significa que económicamente me consolidé, pero ya no soy joven, ahora soy una mujer madura. ¿Qué se puede hacer? Nada. La vida te da y te quita.

     A la mesa nos acompaña mi nieto Petrusha. Él tiene 10 años, los ojos como lagos y la frente fruncida. Generalmente anda de mal humor, siempre hay algo que le desagrada.

     Hubo un momento en que Serguei Vladímirovich y yo nos quedamos solos en la mesa porque algunos invitados habían salido a fumar,

 - ¿Es duro ser anciano?

- Depende de quién esté a tu lado, - me respondió. – A mí me aman…

     Y yo comprendí todo con esas palabras básicas, sencillas, sin ceremonia. Si tienes a tu lado a una persona a quien tú ames y que te ame, puedes vivir hasta 120 años, como Moisés y los años no serán una carga.

     Pero volvamos a 1962. Serguei Vladímirovich me consiguió el cupo en el Instituto de Cinematografía, en el mismo en el que yo había fallado estrepitosamente la prueba de admisión. Bueno, no hubo estruendo. Simplemente me faltó un punto. Fue una casualidad. La ruleta.

     Me inscribieron en primer año. En otoño el grupo se reunió para empezar las clases y en ese grupo estaba yo.

     Todos abrieron los ojos de asombro porque habíamos presentado juntos la prueba de admisión y yo había fallado. Había chillado de la tristeza delante de todos ellos y, ahora, de repente, por arte de magia, aparecí. Todo estaba claro: era una enchufada y la gente desprecia a los enchufados. ¿Qué talento había demostrado yo después de haber fracasado en la prueba de admisión? Estaba claro que literario no podía ser. Nadie dijo nada de frente, pero yo sentía el frío de mis compañeros de clase.

     Entre los de nuevo ingreso había un muchacho que se llamaba Yuri Bogdánov, que había llegado de Rostov y venía de una familia de ladrones. Su tío, un hermano de su padre, era ratero, le sacaba el dinero de los bolsillos a la gente en los autobuses y tranvías. Ese tío empezó a llevarse a Yuri para que lo ayudara porque la mano de Yuri era más pequeña que la suya y, por lo tanto, era más fácil meterla en los bolsillos ajenos.

     Cuando Yuri creció, sintió dentro de sí la irresistible llamada de las letras, así que no siguió la dinastía hamponil. Decidió trasladarse a Moscú y de paso inscribirse en el Instituto de Cinematografía. Cuando nos conocimos, se enamoró de mí inmediatamente. Eso fue cuando presentamos el examen de admisión. Se enamoró en serio y hasta los huesos. Íbamos juntos a las clases, a los seminarios, a las proyecciones. Nos sentábamos uno al lado del otro y nos iba bien. Excelente.

     Yo no estaba enamorada. Un ladrón era lo único que me faltaba. Pero el amor de Yuri me abrigaba como el sol y, literalmente, me salvaba de la atmósfera hostil de mi grupo. Yo no percibía el rechazo hacia mí porque me bañaba la poderosa y tierna ola del amor de Yuri. ¿Qué rol desempeñó Yuri en mi vida? Ninguno, pero un sentimiento como ese no se olvida. ¿Cómo era él? Dulce. Tenía ojos castaños, pestañas largas como los niños y la camisa planchada. Por lo visto él mismo la lavaba y la planchaba. El grupo sospechaba que yo no estaba enamorada de él, que simplemente lo usaba. Pero ¿cómo podía usar a un estudiante pobrísimo y encima de otra ciudad?

     El primer trabajo que debíamos escribir para el taller de guiones era un story board. Yo escribí el story board “Nieve en junio”. En él hacía alusión a la pelusa de las alamedas. Ya no recuerdo de qué iba esa historia. Probablemente era de amor. ¿De qué más podía ser? Entregamos nuestros trabajos. El profesor del taller, el doctor Vaisfeld, los leyó y se repitió la historia que yo había vivido en la escuela 104: el profesor me puso el único 20 del grupo. La primera reacción del grupo fue caer en shock. La segunda: indignación. Entonces el grupo se reunió y fueron todos juntos a hablar con Vaisfeld. En nombre del grupo habló una tal Olga, intelectualoide y amante de la verdad. Ella dijo:

- ¿Por qué usted le puso 20 a Tókareva cuando todo el mundo sabe que ese trabajo lo escribió Bogdánov?

- ¿Y cómo lo saben? – se sorprendió Vaisfeld.

- ¿Y entonces? ¿Usted no se ha dado cuenta?

- ¿De qué tengo que darme cuenta? – preguntó sin comprender Vaisfeld.

- Bogdánov lo escribió. Eso está claro.

- En realidad no está claro y usted no puede demostrarlo.

     El grupo se retiró. Llevaba en el alma una noble ira.

     Después el grupo se reunió con Bogdánov. Hicieron que él les diera su palabra de que me iba a hacer a un lado. Bogdánov lo prometió, pero no lo cumplió porque él no podía hacer nada al respecto. El primer amor lo había abrasado y él no estaba en condiciones de matarlo.

- ¿Qué debo hacer para que tú seas mía? –me preguntó una vez.

- Tienes que ser famoso como Yuri Kazakov…

     Estábamos en la época del esplendor del escritor Yuri Kazakov. Le llamaban el segundo Bunin.

- Seré famoso como Kazakov, - prometió Yuri y creía que lo lograría.

     Una vez él y yo fuimos a Peredelkino, a visitar a Katerina Vinográdskaia. Poco antes de llegar a su casa, nos desviamos a un bosquecillo y nos detuvimos junto a un árbol. Había que besarse. Hasta ese momento, nuestras relaciones habían sido completamente platónicas. Yuri se limitaba a acompañarme en trolebús del Instituto hasta la calle Gorki. El recorrido era de una hora más o menos. Esa hora de camino era su felicidad y nuestra vida en común.

     Estábamos de pie bajo el árbol. Yo esperaba que él tomara la iniciativa, que me abrazara y finalmente me besara. Pero eso no ocurrió. Se asustó. No se decidió. Yo para él era inalcanzable y si se hubiera atrevido a tocarme, se hubiera desmayado.

     Era un muchacho puro, de provincia, conmovedor. No sé si tenía talento y si pudo haberse convertido en un Yuri Kazakov. Tampoco sé en quién podía haberse convertido para mí. Creo que se hubiera convertido solo en un perro, en un perro faldero.

     Yuri Bogdánov no se inscribió para el segundo año en el Instituto. Decidió abandonar los estudios y regresar a Rostov. Yo lo acompañé hasta la estación.

     Bajamos al metro. Esperamos el tren en el que él se iría. De repente me dio miedo. Comprendí que él se iría en ese momento y en mi alma se abriría un profundo hueco. Mi alma estaba crujiendo.