Los hombres de mi vida (VII) |
Vladímir Voinóvich me dio el impulso a la literatura, pero Daneliya me abrió las puertas del cine y me llevó de la mano. Juntos escribimos los guiones de seis películas, de las cuales dos fueron un éxito rotundo: «Мимино» (“Mimino”) y “Джентльмены удачи” (“Caballeros de fortuna”). Esas películas no envejecen. La gente las ve y disfruta todavía hoy, y las disfrutará dentro de 40 añosHoy, desde el escalón de la vida en que me encuentro, comprendo que mi vocación es la literatura. Pero entonces yo estudiaba en el Instituto de Cinematografía. Todos soñábamos con “salir a producir”. Yo también soñaba con ser la autora de un guion que se rodara, que se convirtiera en película. A mí me parecía que allí estaba la verdadera gloria.
Cuando era estudiante iba con frecuencia a “Mosfilm” y llevaba propuestas de guiones que Gribánov, el editor, cortésmente las rechazaba. Él era un hombre galante, muy bien educado. Pero cuando quien rechazaba las propuestas era una editora, lo hacía a lo bestia. Por ejemplo, yo preguntaba:
- ¿Por qué no funciona? ¿Son pocas páginas?
- Las páginas son suficientes lo que es poco es el cerebro.
Todavía recuerdo el apellido de esa “delicada” editora, pero no quiero decirlo.
Resultó que la revista “Joven Guardia” publicó mi cuento «День без вранья» (“Día sin mentiras”), entonces, una semana después, me llamó por teléfono Gribánov y me pidió ir a “Mosfilm”, tercer piso, oficina 24.
Estuve una hora pintándome una flecha en el párpado superior, como Nefertitis. Esa era la moda. Naturalmente, llegué tarde. Gribanov estaba estresado. Cuando yo entré, se alegró y escondió ese sentimiento.
- ¿Trajo el pasaporte? – me preguntó.
En realidad yo había perdido el pasaporte pero no me decidí a reconocerlo. Me daba miedo perjudicarme.
- Lo olvidé en la casa, - le respondí.
- ¿Recuerda de memoria?
- ¿Qué debo recordar de memoria?
- Los datos del pasaporte.
- Los recuerdo.
- Entonces nos arreglaremos sin pasaporte.
Yo no entendía qué estaba pasando y le pregunté:
- ¿Para qué necesita el pasaporte?
- Vamos a cerrar un acuerdo con usted.
Después supe que a Gribánov le habían dado la orden de no dejarme ir sin firmar un acuerdo porque otras unidades podrían sonsacarme y acapararme. Por eso Gribánov, sin preámbulo, sacó el block de acuerdos y, sin preámbulo, empezó a llenarlo.
En ese momento entró el director de la Sexta Unidad, Danilyantz: un armenio de edad avanzada con cara inteligente en la que se reflejaba la experiencia.
Él pronunció unas frases generales del tipo: estamos muy contentos, nosotros esperamos… Después se quedó pensativo mirando por la ventana. Con toda seguridad, en ese momento, él elucubraba en su astuto cerebro armenio cómo engañarme. Yo era estudiante y no estaba al tanto de las tarifas así que ¿por qué no engañarla? Él pronunció una cifra: más baja que el nivel más bajo. Tres veces más abajo.
Yo quedé aturdida. La suma que me ofrecía me parecía astronómicamente enorme. Irreal. Era el costo total del carro «Победа» (“Triunfo”).
Yo firmé el acuerdo. Me fui a la dacha. Allí me esperaba mi familia: mi esposo y mi pequeña hija.
Le enseñé el acuerdo a mi esposo. Él se enfurruñó. Cuatro mil rublos era su sueldo de dos años. Tenía que trabajar como esclavo dos años, además, sin comer ni beber, para tener esa cantidad de dinero.
Cuando el dinero entra en la familia es prosperidad. Pero quien debe garantizar la prosperidad es el hombre, no la mujer. En eso de que el dinero lo gana la mujer hay algo que rompe el balance. El esposo como que deja de ser el jefe de la familia y no puede mandar. Puede mandar, claro que puede, pero nadie le hará caso. En jefe se convierte el dueño del dinero. Y quien es el dueño, se porta como un descarado. Yo me había dado cuenta de eso en otras familias.
Nosotros estábamos comenzando nuestra vida. Dormíamos juntos, nos dábamos calor mutuamente, amábamos a nuestra pequeña hija por encima de todo en el mundo. Yo no iba a ser una descarada. Lo importante era que hubiera prosperidad, ahora, quién la garantizaba ¿no daba lo mismo?
Mi esposo era inteligente, guapo, de buena familia. A mí me gustaba verlo y escucharlo. Pero de todas maneras su posición se tambaleó.
En Occidente un ingeniero es un hombre próspero. Pero la situación de un ingeniero en nuestro país es inferior a lo más bajo. Ese fue el país que nos tocó y esa era la época.
Mi esposo vio el acuerdo y lo puso en el alféizar de la ventana.
- Me quiero lavar el cabello. Échame el agua, - le pedí yo.
Él calentó el agua en un balde y empezó a echarme agua con un perolito.
Yo estaba de pie con la cabeza inclinada sobre el lavamanos, desnuda hasta la cintura. Estaba erizada. La espalda me temblaba ligeramente, como a los perros.
- ¿Tienes frío? - preguntó mi esposo.
- No.
- ¿Y por qué estás temblando?
- No sé.
Estaba en shock de la felicidad. Yo había logrado salir a la producción. Haría una película. Ahora estaría con Símonov en el mismo nivel. No de igual a igual, claro, pero es lo mismo: el es escritor y yo soy escritora.
Una alegría tan grande también es estresante, con signo de plus. Por eso el organismo reacciona. Por lo visto, se desecha la adrenalina. Yo temblaba. Comenzaba una nueva vida. Que comenzara con la cabeza limpia. Me envolví el cabello en una toalla.
Mi esposo y yo salimos, y nos sentamos en el porche. Nos quedamos en silencio, disfrutando la tranquilidad. Mi esposo estaba triste.
Yo entré a una nueva vida como si hubiera aterrizado en otro planeta. Allí todo es interesante, hay talentos, hay otro nivel de libertad. Allá me seleccionarán y él se quedará sin mí. Pero yo no le tengo miedo a nada. Yo me abrí paso hacia la puerta del cubículo del Papa Carlo, igual que Buratino (1), y la llave de oro la tenía apretada en mi puño.
Entonces, me asignaron un director. Era egresado del Instituto de Cinematografía. Andrei Ladynin, hijo de Ivan Pyryev y Marina Ladynina.
La generación actual probablemente no recuerde esos nombres. Iván Pyryev era el dueño del cine, amante del poder, el chivo más importante en el rebaño cinematográfico. Marina Ladynina, su esposa, una belleza, estrella de los años treinta. Pero... “Llegaron otros tiempos, aparecieron otros nombres”. Se vengaron de Pyryev por el éxito pasado y por el poder actual. En nuestro país siempre pasa lo mismo: quien ayer fue todo, hoy nada debe ser.
Ladynina tampoco volvió a figurar. Pyryev tenía una esposa nueva.
Andrei Ladynin andaba sobre piernas débiles, andaba pensativo, como en el otro mundo, encendiendo fósforos todo el tiempo. Tenía los dedos marrones por la cera de los fósforos. Cuando se sentaba, enrollaba una pierna sobre la otra. Yo decía que “tejía una trenza con las piernas”. Lo molestaban las “sombras de los antepasados olvidados”. Andrei era un hombre dulce, tierno pero todo el talento para dirigir, lo tenía su padre Iván Pyryev. A Andrei no le tocó ni una gota.
No sé cuál sería su vocación. A lo mejor había nacido para ser biólogo, o aviador, o médico. No lo sé, pero director de cine, no era. Eso, a él, no le interesaba absolutamente para nada. No sabía cómo acercarse a un guion y yo tampoco sabía. Esa era mi primera experiencia. Nos sentábamos uno frente al otro y ambos sufríamos.
Iván Pyryev sospechaba que Andrei no tenía talento para esta profesión. Tal vez por eso una vez me llamó a su oficina en “Mosfilm” y me preguntó:
- ¿Qué piensa usted de mi hijo?
Por poco meto la pata y le digo lo que pensaba, pero me contuve a tiempo. Por más que sea, trabajamos juntos.
- Es una persona interesante, - dije yo. Y eso no era una exageración. Andrei era realmente una persona interesante en todo menos en cine.
Iván Alexándrovich se sinceró conmigo y empezó a quejarse de su vida, de la esposa de Andrei que repetía: “Cuándo se morirá ese viejo…”
Yo miraba con los ojos desorbitados a Pyryev. De lejos él me parecía todo poderoso, como Stalin. Y ahora, frente a mí, estaba sentado un hombre viejo y humillado, común y corriente. Tomaba té haciendo sonar la cucharilla. Honestamente, es preferible no acercarse a los ídolos. Pyryev tenía una forma poco común de cráneo: la nuca echada hacia atrás, como los extraterrestres. Andrei tenía la misma forma. El talento no le pasó al hijo, pero la forma de la cabeza sí.
Pyryev amaba a Andrei y por eso decidió reforzar la película del hijo con los mejores. Fueron invitados los mejores directores de comedia: Riazánov, director artístico y Daneliya, guionista. Los soportes eran necesarios para el guion y para la realización.
La editora, Nina Skuibina, le mostró el guion a Daneliya. Él estuvo de acuerdo. Me invitó a su casa para conversar al respecto. Nina y yo fuimos hasta Chistye prudy, donde quedaba su casa. Abrió la puerta Meri Ilyinichna Andzhaparidze. Resumiendo: Mérichka.
Recordé que nos habíamos conocido en la revista “Fitil”, cuando Mérichka era directora de cine, trabajaba en “Mosfilm”. Yo había ido para algo en “Fitil”, lo más probable, a llevar un guion. Mijalkov y yo conversábamos con tanto interés y alegría que a los demás se les transmitió esa alegría. Todos sonreían, Mérichka también. Yo la recordaba con signo de plus. Si Mijalkov estaba contento conmigo, quiere decir que yo no era un lugar vacío.
Nos sentamos en el estudio de Georgui Daneliya. Estudio es una exageración. Era un cuartico de unos ocho metros cuadrados. Parecía el compartimiento en un tren.
Liuba Sokolova, su esposa, nos trajo café con crema. Mérichka y Liuba eran excesivamente amables, con todo su ser nos mostraban un gran respeto. Pienso que ese respeto era más hacia Nina porque ella era viuda del gran director de cine Vladímir Skuibin, que había muerto de esclerosis múltiple. Su última película la dirigió acostado en una camilla, no abandonó el rodaje nunca, ni siquiera cuando ya estaba literalmente muriendo. Eso fue una proeza.
En el estudio chiquitito, estábamos Georgui, Nina y yo hablando cada quien lo suyo. De pronto, Nina se levantó y salió. Tomó su abrigo del perchero. Yo salí tras ella.
- ¿Para dónde vas?
- Me voy.
- ¿Por qué?
- Él me asfixia.
Por lo visto, Georgui era insistente, autoritario, no soportaba objeciones ni otras opiniones. Yo no sentía nada de eso y podía soportar lo que fuera. Nina no quería soportar ninguna presión ajena. No quería discutir, no quería crisparse. Por eso simplemente se levantó y se fue. El caso es que ella era editora, por lo tanto, tenía que revisar montones de esos guiones. En cambio, yo era la autora del guion. La diferencia es la misma que hay en una guardería entre tu hijo y otro bebé. También deseas lo mejor para el otro niño, claro, pero no igual que para el tuyo. Nina se fue. Yo me quedé.
En esa época, a Daneliya le habían censurado la película Hadji Murat. Le prohibieron continuar el rodaje porque en la novela de Tolstoi se representaba como anti rusa a Goskinó, el organismo gubernamental que dirigía la industria cinematográfica en la URSS. Es que Tolstoi describía con repugnancia la manera en que los soldados rusos se comportaban en la tierra de los chechenos; defecaban en el agua, por ejemplo. Tolstoi había descrito a los chechenos con mucho mayor respeto que a los rusos.
El guion de Hadji Murat ya estaba listo, el casting realizado y Daneliya estaba loco por rodarla. Pero la censuraron. Como un portazo en la cara. Él se sentía humillado, desconcertado. Entonces se dedicó a trabajar en mi guion solo para estar ocupado en algo. No sabía estar mano sobre mano. Él, generalmente, estaba de dos maneras: trabajando o bebiendo. Eso sí, por turnos. Aunque se dedicaba con pasión a una y a otra cosa.
Nos dedicamos a mi guion. Yo tenía 28 años, Daneliya tenía 36 y su esposa, Liuba, 47. Yo llegaba a su casa a las 10 de la mañana. Me sentaba frente a él. Quedábamos nariz con nariz. Y empezábamos a crear.
Después de Andrei Ladynin, me parecía que yo había volado de un sótano oscuro a una pradera florida, inundada de sol. Todas las sugerencias que venían de Daneliya me llevaban al más sincero éxtasis y yo me reía como un niño en el circo. Toda la casa se llenaba con mi risa. Si algo no me gustaba, yo dejaba de reírme, fruncía el ceño inexpresivamente. Daneliya se enfurecía, pero rápidamente cambiaba la dirección de su fantasía y, al final, entre ambos, conseguíamos la solución necesaria. Una vez yo le dije:
- Tu aporte al guion es mayor que el mío.
Él me respondió:
- Cuando tú estás conmigo en un mismo espacio, yo me vuelvo genial.
Tiene mucho sentido. Es posible que él, gracias a mis reacciones, encontrara el camino correcto, así, como un barco se guía por el faro.
A la una de la tarde, Liuba se asomaba y decía:
- Vamos a comer…
Íbamos a la cocina, grande y luminosa, con una ventana con forma de medio círculo y una mesa ovalada de roble. Nos sentábamos a la mesa. Liuba sacaba del horno un pavo dorado y me preguntaba:
- ¿Qué prefieres, carne blanca o negra?
- Negra, - respondía yo pensando que era una elección más discreta. Pero resulta que la carne negra es el muslo, la parte más sabrosa.
En esa época, todos éramos muy pobres, yo también, por supuesto. Un pavo dorado me parecía una rara exquisitez.
Yo preguntaba, con los ojos abiertos como platos, por el asombro:
- ¿Ustedes siempre comen así?
A mí me encantaba la cocina de 30 metros, la ventana en semicírculo, la comida, Mérichka, el talento de Geo. Me gustaba su apartamento, hecho de libros; el niño alto, de ojos grandes, que era Kolka, el hijo de Geo y Liuba. Me gustaba todo. Literalmente yo aplaudía la vida de ellos.
Ahora, aunque es un poco tarde, me doy cuenta de que el apartamento era oscuro, que todas las ventanas daban a un mismo y oscuro lugar, que los muebles eran viejos, que Geo era alcohólico.
El alcoholismo es un fenómeno poco frecuente entre los georgianos porque su cultura gastronómica incluye el vino. Toman, pero no se emborrachan. Sin embargo, un gran talento implica dificultades. Un gran talento es la excepción de la norma y una excepción arrastra consigo otras.
Daneliya decía sobre sí mismo: “Por la cantidad de lo que yo he tomado, he cubierto la norma de una pequeña ciudad europea.” Se reía para no llorar. Esa era la tragedia de su familia. Meri lloraba inconsolable: “Yo no quiero vivir esperando a que él muera.”
La borrachera no es una fiesta. Pero para mí, Geo no era peor por eso. Su talento cubría todos los defectos. Yo simplemente no los veía. Cuando nosotros escribíamos, uníamos la imaginación y las almas, y para mí no había otro pasatiempo. Esos fueron los mejores años de mi vida.
Terminamos el guion de «День без вранья» (Un día sin mentiras), y lo llevamos a “Mosfilm”. Era marzo. Había sol. Yo no caminaba, iba, flotando; me impulsaba no de la tierra, sino del aire. Así como en un sueño que si uno se impulsa con más fuerza, vuela. Ese era el estado de mi alma. Él iba a mi lado, con un sobretodo claro, erguido como un oficial de la guardia blanca.
Yo me enamoré y los ojos me brillaban cuando lo veía. Daneliya era hosco e inaccesible. Él también se enamoró, pero obstaculizaba el sentimiento con las cuatro patas, como un perro cuando lo arrastran al desolladero.
Después del primer guion, escribimos «Джентльмены удачи» (“Caballeros de fortuna”). Ese era un guion para Alexander Seroi, un amigo de Geo. Lo escribimos con alegría y sin mucho esfuerzo. La película resultó muy divertida, todavía hoy la pasan porque encierra una especie de magia: nuestra juventud y el presentimiento del amor. El amor crecía en nuestras almas y no se escapaba al mundo exterior. Ninguno de los dos era libre, cada uno tenía un hijo, aunque hay fuerzas contra las que es imposible oponerse. Un terremoto, por ejemplo, o un tsunami. Yo no podía hacer nada con lo que me pasaba y la culpa era de Daneliya ¿Por qué tenía que ser tan talentoso y tan increíble?
Una vez un taxista me contó que su padre había muerto por culpa de una vaca.
- ¿Lo corneó?
- No.
- ¿Lo aplastó con las patas?
- No. Nosotros vendimos la vaca, compramos una caja de vodka, mi papá se tomó toda la caja y se murió.
- ¿Y qué tiene que ver la vaca?
- ¿Cómo qué no tiene que ver? – se alarmó el chofer – Si la vaca no hubiera existido, no la hubiéramos vendido, si no la hubiéramos vendido, no hubiéramos tenido dinero y si no hubiéramos tenido dinero, no hubiéramos comprado el vodka. Claro que la vaca tiene la culpa.
Yo razonaba igual. De mis sentimientos yo culpaba a Daneliya porque él no tenía que ser el mejor de todos. No tenía que mirar con esos ojos, los más bellos del mundo, y menos tenía que tocar guitarra y cantar con esa voz tan hermosa, algo quebradiza, tampoco tenía que hacer aquellos acordes tan precisos que iban directo a mi corazón.
Nuestras relaciones se volvieron peligrosas para nuestras familias. Meri me empezó a odiar porque ella quería que su amado nieto creciera en una familia estable, que tuviera cerca a su mamá y a su papá. Meri se mantenía firme como una roca y era eterna, como el universo.
Ahora yo la entiendo porque ¿qué es el amor? Un proceso químico en el cerebro mientras que un niño es un ser vivo y tibio que tiene manos y piernas, y una carita angelical. Un hijo es tu inmortalidad. ¿Acaso es posible sustituir uno por otro? Y no solo eso, con su corazón amoroso, Meri comprendía, que su hijo enfermo necesitaba, no a la amante, sino a una madre sustituta y esa era Liuba. A propósito, Liuba no le temía a las borracheras, al contrario, eran sus aliadas porque cuando Geo estaba borracho, perdía la capacidad de maniobra y se quedaba en casa, como un barco en el puerto. Y eso era lo más importante.
Mi esposo guardaba silencio, como si no se diera cuenta. Tocar el tema hubiera sido como quitar el anillo y liberar la espoleta de una granada fragmentaria: en tres segundos ¡kabum! Nuestro matrimonio hubiera estallado en pedazos, mientras que, en silencio, podíamos seguir sobreviviendo, incluso podíamos encontrar la belleza de la tranquilidad, de la estabilidad y de nuestra feliz hijita porque ella también necesitaba un papá y una mamá fijos, no itinerantes.
Pero el amor no es algo inmóvil, no se queda estático en un lugar. El amor se desarrolla, como el fruto en el vientre. Llega el momento en que debe nacer. En caso contrario, muere.
Eso fue lo que pasó con nuestro amor.
Escribimos otros guiones: “Mimino”, «Совсем пропащий» (“Fracaso total”), «Шляпа» (“Sombrero”) …
Como guionista, yo vivía el florecimiento de mi carrera, como mujer, me sentía como un perro encerrado. Nuestro amor se enfermó. Empezamos a discutir.
Lamento no haber escrito nuestras discusiones. Esos eran diálogos claros y apasionados. Debo decir que me gusta escribir mis estados de ánimo. Una vez le escribí una carta de amor, un desbordamiento del alma. La escribí en dos ejemplares: uno para él, el otro, para mí. Para que quedara como un recuerdo. Difícilmente yo volvería a sentir algo parecido alguna vez en mi vida. Es más, yo, intuitivamente, sabía que nosotros no nos mantendríamos juntos. Simplemente lo sabía. Es todo. No hay causas que explicar.
Creo que lo que pasa es que tengo un ángel de la guarda fuerte. Mi ángel de la guarda sabe dónde es mejor que yo esté. Pobre ángel de la guarda, me imagino lo que sudó y se sofocó tratando de despegarme de Daneliya. Hasta que, en un día maravilloso, todo se reventó, como la cuerda de una guitarra, con un sonido penetrante y triste. Y terminó la época que se llamaba Daneliya.
Yo me quería suicidar, pero no lo lograba. De pronto, mi hija entró en la habitación y me preguntó:
- ¿Tú sabes saltar la cuerda?
- Sí, - le respondí.
- Enséñame.
Me tocó levantarme y enseñarla a saltar la cuerda. Yo saltaba para atrás, con una sola pierna, alternando, primero la derecha, después la izquierda. Mientras saltaba, el deseo de morir se disipó. Había pasado el momento. Y, si a ver vamos, qué horror le hubiera causado yo a mis seres queridos, por no hablar de lo que me hubiera hecho a mí misma.
Por su parte, Merichka hubiera dicho: “Es que ella es una loca. Yo siempre lo supe.” Y los demás pensarían: “Exacto, una loca, porque solo los que están mal de la cabeza se pueden ir de la vida por su voluntad.”
“A veces pasa que amas, amas a una persona y después, ¡zaz! ya no amas. Queda solo la tristeza de tus sentimientos que habías mandado a pasear y regresaron con los dientes rotos y la cara llena de moretones.”
Es una cita de Tatiana Tolstaya. Imposible decirlo mejor.
Mi amor pudo salir arrastrándose debajo de los escombros, con los dientes rotos y los moretones en la cara. Después de todo, fue lo que hubo entre nosotros.
Hay un mandamiento que yo nunca entendí: “No te harás un ídolo, ni ninguna semejanza.” Yo podía entender: “No matarás”, porque matar no es bueno; “No robarás”, también está claro. Pero ¿qué tiene de malo crearse un ídolo? Pues resulta que es un pecado por el que tienes que pagar. Y yo creé un ídolo de un pecador. Por eso estoy pagando.
¿Por qué escribo todo esto? ¿Qué importa lo que le pase a cada quien en la vida? Escribo porque enumero a las personas que jugaron algún papel en mi realización.
El papel que jugó Daneliya fue fundamental. Nosotros creamos algunas buenas películas, aunque eso no es lo importante para mí. Pudo ser, pudo no ser. Lo importante es otra cosa: EL ME DIO UN TEMA. Los críticos bautizaron ese tema como LA NOSTALGIA POR EL IDEAL.
Daneliya llenó mi vida de amor y de sufrimiento, en diferente proporción. Y yo me tomé esa taza completica, hasta el fondo. Después escribí 20 tomos, escribí más que Chéjov. Todos mis libros son variaciones de un mismo tema: el amor y el sufrimiento, el paraíso y el infierno.
Que bueno es escribir solo sobre lo que uno ha experimentado en su propio pellejo, sobre lo que ha pasado por el corazón.
Creo que la gente quiere leer mis libros porque, con algunas excepciones, a cada mujer le ha pasado algo semejante a lo que yo escribo.
Hace poco le pregunté a Daneliya:
- Si no hubiera sido por ti, ¿sobre qué escribiría yo? ¿De qué viviría?
Él me respondió:
- Yo estoy solo en una parte.
Puede haber sido en broma, o no. Él está en la parte de mi éxito y de mi prosperidad. Porque los moretones en el alma pasan. O no.
(1) Referencia a Las aventuras de Buratino, película soviética musical de culto que es una adaptación del cuento deAlexei Tolstoi "La llave de oro o las aventuras de Buratino".
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