domingo, 5 de julio de 2026

Las alas de Siberia (Крылатая Сибирь). Александр Староверов

 


Preámbulo necesario

Una vez leí en un libro de Isabel Allende que los escritores eran gente que no encontraba su lugar en el mundo, que no entendían lo que para las demás personas era normal y por eso tenían la necesidad de escribir para explicarse el mundo.

         De todos los relatos que componen el libro “Мой лучший новый год (Mi mejor noche de año nuevo), de Anna Vernisieva (Eksmo 2019), ningún relato refleja tanto la angustia existencial como “Крылатая Сибирь» (Alas de Siberia), de Alexander Staraviérov, donde la búsqueda del porqué el pueblo ruso es como es, constituye la línea conductora del cuento. La pregunta qué origina la historia es “¿Qué hago yo aquí?” y el autor aterriza sin dudas en “Yo también soy ruso”, como convenciéndose de una verdad que lo enorgullece y lo aterra.

         Escrito con pinceladas de humor, “Alas de Siberia” es una historia de la búsqueda existencial incesante del intelectual ruso que nos remite a escritores rusos de finales del siglo XIX y principios del XX; es una historia que habla de las transiciones dramáticas vividas por el pueblo ruso sin nombrarlas explícitamente.

Tal vez la idea de Isabel Allende pueda ser válida también para los traductores. Seguramente he traducido para explicarme, ojalá para comprender, no solo algo de la historia del pueblo ruso, entre quienes pasé una parte muy importante de mi vida, sino tal vez para buscar respuestas sobre mí y sobre algunos procesos venezolanos. En “Alas de Siberia” encontré un espejo que nos refleja perfectamente.

Esto último es la principal razón por la que, concientemente, uso solo el español que hablamos en Venezuela cuando el texto requiere el uso de lenguaje coloquial; la segunda, es que no creo en la neutralidad de la lengua.

Más que un placer, ha sido un privilegio ofrecer mi propuesta en español de un escrito que considero valioso por su esencia y por su estética. Espero haber captado el querer decir y la intención de Alexander Staroviérov, autor de esta historia que sacudió muchas de mis certezas y me mantuvo con las emociones a flor de piel hasta la última palabra. Finalmente, con mi labor he pretendido rendir un homenaje al pueblo ruso y, particularmente, a la intelectualidad ruso-soviética en la figura de Alexander Staroviérov.

 Tatiana Lugo 
                                                                                                                                                   Julio 2026

Las alas de Siberia
Крылатая Сибирь

Александр Староверов

Mi mejor noche de Año Nuevo no se pareció en nada a una noche de Año Nuevo. Es más, ni siquiera estoy seguro de que, de verdad, haya sido la mejor, de lo que sí estoy seguro es de que fue la más alegre, emocionante, increíble y provechosa. ¿Qué más se necesita para que una celebración de Año Nuevo salga bien? Por favor, mucho alcohol, compañía agradable y nieve, copos grandes cayendo desde el cielo mientras suenan las campanadas. De todo lo que he mencionado, lo único que había en aquel lugar donde celebré el 31 de diciembre del año 2002, era alcohol y, sin embargo, tuvimos una fiesta como Dios manda. Ah, me olvidaba de un ingrediente muy importante: la magia. ¿Qué haríamos sin la magia? Y esa noche de Año Nuevo, hubo magia, pero vamos por partes.

Por segunda vez en mi vida pasé el asueto de Año Nuevo lejos de Rusia. Es que antes de cumplir los 30 no me había decidido a viajar lejos de casa, tal vez porque todavía estaba fresca en la memoria la emoción infantil de que algo mágico y bueno pasa durante la noche de Año Nuevo; quizá seguía fresca la sensación de mariposas en el estómago, del alma asomándose dulcemente cuando uno cree, cree de verdad, no tanto en el Abuelo de las Nieves, como en que todo va a cambiar cuando cambie la fecha en el calendario, que va a cambiar para mejor, para el lado que uno desea que cambie, por supuesto. Con el tiempo esa sensación va pasando, la gente no espera tanto la magia como los días de descanso.

Más o menos a los 30 ya yo tenía una familia, un modo de vida y obligaciones que cumplir, por lo tanto, había entendido que esperar algo no tenía sentido. Hay que vivir aquí y ahora, es decir, ¿qué importa dónde se recibe un número más en el calendario? Lo mejor es recibirlo en un lugar cálido y confortable, no en un lugar helado, como Moscú, que está cubierto de nieve y escarcha, donde la gente se cansa del frío y de no hacer nada en esos días. Por eso mi esposa y yo decidimos viajar al Reino de Tailandia.

Cuando después de un largo vuelo, uno sale de un avión y, en lugar de un frío espantoso, nieve húmeda y el vaho de la respiración de quienes te rodean, te recibe un viento cálido y húmedo, se produce en ti un shock cultural, fisiológico y, de alguna manera, hasta un shock moral. El cuerpo pierde la orientación, te descubres mirando con los ojos desorbitados la chaqueta gruesa que tienes en las manos y te preguntas dónde estás. ¿Acaso estas cosas suceden? ¿Cuál es la realidad? ¿Dónde está? ¿Aquí en el país del eterno verano o allá en Rusia, donde el verano, por mucho, no es eterno? Allá, en ese país de otoño-invierno, en aquella tierra de entretiempo donde dejé a mis familiares y a mis amigos. De repente siento vergüenza porque yo estoy aquí y ellos están allá. Si al salir del aeropuerto, ves una línea de palmeras cubiertas con adornos navideños, pierdes la razón completamente.

Eso no lo experimenté solo yo, en los rostros de los pasajeros del avión “IL-96” se había dibujado exactamente la misma expresión; pude ccomprobarlo en el bamboleo del borracho y en el rostro del hombre que estaba en el centro de la misma fila que yo.

- ¡A la verg…! – Dijo alguien soltando los tragos que había acumulado durante el vuelo y todos mentalmente estuvimos de acuerdo con él. A partir de ese momento, para mi esposa y para mí esa profunda reflexión se convirtió en el eslogan de nuestro viaje. Por si alguien quiere saber de antemano en qué consiste la moraleja de esta loca historia, les diré que no hay secretos, la moraleja es sencilla, fácil de entender, universal, y … sí, no se han equivocado, ya lo entendieron correctamente, suena así: “¡A la verg…!”

Creo que vale la pena empezar a contar esta historia explicando porqué escogimos Tailandia como destino para nuestro asueto de año nuevo. Al margen de lo exótico de la cultura asiática, el mar cálido y la posibilidad de disfrutar de placeres impensables en la Rusia cercada por el hielo, un papel no menos importante jugó el hecho de que en Tailandia hay pocos rusos. Me permito recordar que esto ocurrió a principios de este siglo, cuando en Tailandia había, efectivamente, muy pocos rusos.

Años más tarde, después de haber viajado por medio mundo, empecé a preguntarme: “¿Por qué los rusos, incluido yo, por supuesto, no quieren a los rusos?”  Me explico, no es que no los quieran en principio, sino que no los quieren cuando se encuentran fuera de las fronteras de la Federación Rusa. Es ilógico. Los alemanes fuera de sus fronteras, buscan a otros alemanes; los ingleses andan por los balnearios del mundo en grupos escandalosos; los japoneses andan tiernamente tomados de la mano en grupos enormes; de la unidad y del apoyo mutuo entre los judíos abundan leyendas; los gansos vuelan en bandadas, los salmones nadan en bancos, los mosquitos vuelan en nubes, todos los iguales procuran estar cerca unos de otros en un mundo amenazante, especialmente, en un mundo desconocido y amenazante, pero los rusos…

A pesar de lo anterior, existe toda una épica bien fundamentada sobre la bondad y la generosidad de los rusos. Los rusos son capaces de quitarse la camisa que llevan puesta y dársela a quien la necesite; son capaces de entregar a un perfecto desconocido el centavo que no les sobra y que han conseguido con mucho esfuerzo; o, finalmente, el hombre ruso es capaz de aceptar la muerte con naturalidad, como reza el dicho: “por el mundo hasta la muerte es bonita.” Eso es así, pero solo si la muerte ocurre dentro de las fronteras de Rusia o, en todo caso, dentro de la antigua Unión Soviética, pero jamás fuera de la Patria. Cuando estamos de vacaciones, la presencia de coterráneos es para nosotros, indudablemente, una situación amenazante; es como si la ventana del hotel diera hacia una construcción ruidosa, empeorada por un basurero y una refinería de petróleo cerca. Por eso la pregunta más frecuente cuando se hace una reservación es: “¿Hay muchos rusos en el hotel?” Y la respuesta más tranquilizadora es: “Claro que no, hay solo alemanes y franceses porque éste es un hotel alemán y a ellos no les gustan los rusos.” – “Está bien…”

Por supuesto que es imposible comprender a Rusia y, siendo sincero, no lo he intentado. Me basta con los ejemplos de algunos amigos que quisieron hacerlo que, en el mejor de los casos, terminaron con una depresión, y en el peor, en el alcoholismo y la muerte. Pero una vez, estando de vacaciones y bajo la influencia de tres bebidas blancas (vodka, tequila y ron), de repente yo también intenté encontrar mi propia respuesta, me hundí en el acertijo general, colectivo e inconsciente, y comprendí que para el hombre ruso postsoviético los viajes al exterior son siempre una pequeña traición a la Gran Patria.

Igual pasa con los amantes: la gente hace cosas imposibles de hacer con el esposo aburrido o con la esposa insufrible. Los amantes pueden andar sobre camellos, o lanzarse en paracaídas, comer moluscos y grillos picantes, o botar el dinero; los amantes no le temen a la policía e incluso (¡Dios de la vida!), responden a las sonrisas sin sentido de los despreocupados europeos con sonrisas igualmente despreocupadas y sin sentido.

Entonces la situación empezó a aclararse: traicionar a la pareja ante sus propios ojos es una completa indecencia. Menos mal que existen ciertas “grapas” espirituales que nos impiden deslizarnos hacia el libertinaje total y sin retorno. Por eso inventamos códigos, andamos con secretos, nos alejamos lo más que se puede de casa y de las miradas de los vecinos para que no nos arañen la conciencia.

Al viajar, uno anda en completa… Pero esa no es toda la verdad. Después de haberme tomado cerca de un litro de la mezcla de las tres bebidas blancas, yo me sumergí en lo más profundo de la inconsciencia colectiva y toda la verdad apareció ante mis ojos en toda su grandeza y esplendor: nosotros sentimos vergüenza. Nos avergüenza mirarnos a los ojos porque la vida en nuestra patria es muy dura. Para viajar al exterior y parrandear como es debido, hay que soportar muchas cosas: hay quien pace como un buey, quien se humilla y quien humilla, muchos engañan y casi todos aguantan, aguantan siempre y hacen compromisos con ellos mismos. Es decir, al principio hacen compromisos personales y después ya no saben con quién se comprometen porque, como consecuencia de esos compromisos, con frecuencia ya no queda nada de ellos mismos… Lo más importante es que todos conocen este vergonzoso secreto de unos y otros.

Por ejemplo, para un gerente es fácil encandilar a una chica hermosa ordenando ostras y champaña con el dinero reunido con gran esfuerzo para viajar, haciéndole creer que no es un gerente sino un alto ejecutivo, y no en una empresa que comercia con retretes, sino, digamos, por ejemplo, un alto ejecutivo de “Gazprom”. Es fácil hacerse pasar por quién no eres cuando estás solo, pero ¿y si cerca de ti todos los demás están haciendo lo mismo? Tus compañeros de trabajo, tus vecinos, tus familiares… Entonces la cosa no es tan sencilla. Mejor que se vayan al diablo todos los familiares y vecinos. Mejor estar entre ingleses, americanos o tailandeses, aunque no se entiendan sus galimatías… Yo comprendí todo eso después, gracias a la maravillosa mezcla de vodka, tequila y ron. Y en ese feliz momento, libre de cualquier otra consideración, cuando la operadora turística me confirmó que en el hotel al que llegaríamos no había ni un ruso, ni siquiera un ucraniano, mi esposa y yo compramos los boletos y nos fuimos para Tailandia. 

***

       Claro que en el autobús que trasladaba a los turistas del aeropuerto a los diferentes hoteles, había solo compatriotas borrachos que se comportaban de manera inadecuada, por decirlo de una manera elegante. El salto del invierno al verano, aliñado con una considerable cantidad de alcohol, transformó a la gente mal educada en babuinos en su estado natural. Cuando anunciaron nuestro hotel y nos percatamos de que solo nosotros salimos a la calle, respiramos felices y aliviados. No nos habían engañado en la operadora turística y, gracias a Dios, descansaríamos en compañía de europeos civilizados.

Entramos felices al hotel, pero…

El enorme salón recubierto de mármol estaba repleto de rusos. Había ingleses, alemanes, franceses y algunos italianitos, que parecían huérfanos, lamentándose por los rincones. El personal del hotel era tailandés y se desplazaba por el lobby dando saltitos. El autobús que con tanto placer acabábamos de dejar, nos parecía ahora el paraíso porque ahí, por lo menos, había algunos moscovitas en sus cabales que, de lejos, podían confundirse con europeos civilizados. Pero aquí, no había ni olor a moscovitas, es decir, solo rusos de pura cepa, rusos de 999 kilates. Lo más que podría haber era gente de las interminables tierras de Siberia, de alguna provincia perdida, y de algún mítico Nosequégrad. Es decir, había rusos de las anécdotas.  Había  muzhiks[1] fornidos, con panzas enormes que callejeaban buscando bares abiertos temprano en la mañana; que llevaban como accesorios gruesas cadenas de oro con cruces enormes, usaban trajes de baño de colores extravagantes y hasta la rodilla, y cargaban amarrados a la barriga los legendarios bolsos koalas en los cuales se adivinaban paquetes de dólares americanos; respetaban así una antigua tradición rusa según la cual los muzhiks no confían en las cajas de seguridad de los hoteles y por eso llevan consigo todas sus cosas de valor.

Los más prominentes llevaban, por encima del uniforme estándar, las batas de felpa del hotel sin quitarse el koala, ni las cruces de oro, ni los trajes de baño extravagantes. Las mujeres, por el contrario, andaban catastróficamente arregladas. Después de desayunar copiosamente, aparecían con un maquillaje exagerado, de los que se usan para eventos nocturnos, luciendo vestidos ultracortos, casi todos hechos de telas con diseño de animal print, y con tacones de aguja de unos 20 centímetros de altura.

Las mujeres eran corpulentas, como militares, mofletudas y de bustos enormes, se parecían a las mujeres de las obras de Kustodiev[2]. Tenían la destreza de llevar a rastras con una mano a un par de muchachitos bien cebados, y con la otra, cargar con todo lo que pudieran del bufet, sin prestar atención a que los vestidos amenazaran con descoserse por algún lado. Con la boca, que era lo único que les quedaba libre, se jactaban del botín que llevaban: “me traje unas ensaladitas, piña y un poco de embutidos para aguantar hasta la cena”; de paso, aprovechaban para llamar la atención a los maridos, que andaban de aquí para allá buscando alcohol, para que no se emborracharan desde tan temprano. Por su parte, los hombres, sin ningún tipo de censura, las mandaban a la habitación y ellas, aunque no mostraban una alegría particular, se iban a donde ellos las habían mandado, alabándose con sus amigas por el botín conseguido y maldiciendo el destino que les había deparado medias naranjas gordos, sinvergüenzas y sorprendentes.

-             ¿Y si nos vamos de aquí para otra parte? – Me preguntó tímidamente mi esposa impresionada por la naturaleza muerta que se desarrollaba ante nuestros ojos. – Alquilamos un apartamento, aunque sea chiquitito, aunque quede lejos del mar, por favor…

Estuve a punto de darle la razón, pero en ese momento apareció dentro de mí el típico intelectual postsoviético: “¿Y si en todo esto está la verdad de los campesinos pobres?” – Pensé, repitiendo literalmente la idea del padre de todos los intelectuales postsoviéticos, Vasisuali Lojankin[3], pero, siguiendo también la tradición de los intelectuales postsoviéticos, dije algo completamente diferente.

-  No, mi amor, esto es un karma y del karma no te escapas. Hemos pecado demasiado, comemos yogur, tenemos purificador de aire, usamos loción después de afeitar, y bolsas desechables para botar la basura. ¡Nosotros tenemos hasta un lavavajillas! Y lo más monstruoso: intentamos abandonar nuestra Patria. Y todo eso lo hacemos en Moscú, como si estuviéramos en París o en Milán. Mi amor, tú y yo somos unos traidores y la Patria no perdona las traiciones. Tiene brazos largos, cabeza fría y corazón ardiente. Es imposible esconderse de la Patria. Tomemos con calma nuestro castigo, tomemos nuestro cáliz hasta el fondo. ¡Vamos a la recepción!

Después de pronunciar estas palabras, salí disparado para la recepción para no darme tiempo de cambiar de opinión. Mi esposa se detuvo un momento, respiró profundamente, y me siguió.

***

El encargado de la recepción, con gentileza, pero evidentemente intimidado por los rusos, me susurró la negra verdad: la aerolínea “Alas de Siberia” había alquilado casi todas las habitaciones del hotel para que sus gerentes celebraran la fiesta corporativa de fin de año. Me sentí mal porque en aquellos años 90, entre densos y bizarros, una fiesta corporativa de fin de año, de cualquier empresa grande, incluso de una aerolínea, se diferenciaba muy poco de una reunión de un grupo de delincuencia organizada. Y, en este caso, para colmo de males, eran de Siberia… Era evidente que los tipos acababan de quitarse la chaqueta magenta[1], aunque en las manos todavía les quedaban huellas de la pólvora con la que preferían solucionar los asuntos de la gerencia corporativa; en algunos torsos masculinos desnudos se podía ver la antigua espiritualidad heredada de los abuelos, representada por cúpulas azules coronadas con cruces y hermosas estrellas en los fornidos hombros. Por lo visto fue tan brusco el cambio de color en mi rostro que mi esposa me preguntó alarmada:

-             ¿Hay algún problema con la reservación? ¿Se perdieron los pasaportes, el dinero, los documentos? ¿Qué pasó?

-             Siberia…– Susurré sin fuerzas.

-             ¿Qué pasa con Siberia? ¿Llamaron a la policía? ¿Nos van a arrestar? ¿Por qué? Te lo dije, teníamos que irnos. No te preocupes, voy a llamar a mi mamá…

En todas las situaciones críticas que nos ha tocado atravesar, mi esposa en un acto reflejo llama a su mamá y ella me llama a mí… Eso me hizo tomar conciencia del callejón sin salida en el que estábamos, me sobrepuse y descubrí la esencia de la tragedia en la que nos encontrábamos.

- Siberia… Nosotros caímos en Siberia… en las Alas… en la aerolínea…

- Uuuufff tú también... dices… y yo pensé... ¿Lo que quieres decir es que toda esta gente es de la aerolínea “Siberia”? No pasa nada, incluso es mejor porque todos son pilotos, gente decente…

- No, tú no entiendes… Caímos en la Siberia de verdad, verdad. Aquí no hay pilotos, mira a tu alrededor… Aquí hay solo… Gerentes…

Mi esposa echó una ojeada y nuestros rostros adquirieron el mismo color.

- ¡Vámonos! – Susurró mi esposa. – Tenemos que irnos, en serio, tenemos que irnos ya, después será tarde…

      En la sangre de mi esposa no hay ni una gota de sangre europea, pero su frase sonó muy europea. Detrás de esa frase estaban los pogromos, símbolos de masacres y destrucción, las chimeneas de las cámaras de gas de Osventsim y las recién sustituidas coronas dentales de oro por coronas de porcelana. De inmediato, y no por terquedad sino para espantar las visiones terribles, sacudí la cabeza y dije: 

       - No, no… De ella no te escapas. Es un karma… Es el destino…

- ¿De quién no te escapas? ¿Quién es ella?

- De la Patria. – Respondí y empecé a llenar papeles para formalizar la estancia en el hotel.

     No conseguí llenar los papeles con tranquilidad porque mientras estaba haciendo ese proceso aburrido, que en nada calmaba mis nervios, sentí que una garra, enorme, parecida a la de un oso, se posaba en mi hombro. Me di vuelta y mi mirada tropezó con el pecho fornido y desnudo del dueño de la garra, donde había cosas que observar: algo más arriba de los pezones, planeaban unos ángeles que en algo recodaban a los bombarderos “Messerschmitt” fascistas, y entre ellos, quien sabe porqué, estaba tatuado el símbolo de calidad de la URSS, como si los ángeles quisieran bombardear al rombo de calidad… El rostro del fortachón, no se puede llamar de otra manera, paradójicamente se diferenciaba del cuadro terrible que lucía en el pecho, parecía extrañamente bondadoso. 

- Hermano, – dijo con voz ronca la cara bondadosa. – ¿Cómo se dice en ruso “papel”?

   No sé porqué nada me sorprendía en ese hotel y le respondí honestamente:

- Papel.

         - Gracias, hermano. – Me respondió agradecido de verdad y dirigiéndose al encargado de la recepción, dijo: – Mira tú, dame papel porque en mi habitación no hay y yo necesito escribir unas palabras de Año Nuevo a mis hermanos. Te lo estoy diciendo en inglés “¡Pa-pel!” ¿Qué le pasa a este estúpido que no entiende ruso ni inglés? ¡Qué le vamos a hacer!

    “La cosa no es tan fea”, comprendí. El hombre simplemente se enredó hablando, el solecito le había recalentado, había que ayudarlo.

- Por lo visto usted quería saber cómo se dice “papel” en inglés y por eso él no lo entiende. “Papel” en inglés se dice “paper”.

- Ah, cómo… – Se puso tenso el fortachón intentando encontrar en mis palabras alguna mala pasada, alguna burla, pero como no lo encontró, volvió a poner cara bondadosa y se dirigió al de la recepción: – Escúchame, tú cosa extranjera, peper, dame peper, te lo estoy diciendo clarito: ¡pe-per! Si no me lo das, yo te voy a dar peper a ti y no solo con los ojos. ¡Anda, pues! Pe-per te dije, ¡corre! – Menos mal que el hombre adivinó de qué le estaban hablando y le dio unas hojas de papel.

- ¡Epa! – Dijo medio atolondrado el fortachón. – ¡Anda a trabajar, oíste, trabaja, ¿me entiendes?! – Estaba tan contento como si él dominara perfectamente la lengua de Byron y de Shakespeare. Se sentía tan pleno que hasta me abrazó con sus garras de oso. – Gracias, hermano, gracias, te debo una, ya no sabía que hacer con el tipo ese. Peper, eso es lo que necesitaba, peper… Yo soy Evlampi, Aladino para mis amigos, y para los más cercanos Lámpara. Para ti, Lámpara, hermano.

- Mucho gusto, Alexander. – Me presenté. - ¿Por qué te dicen Lámpara?

- Porque sí… Bueno, Evlampi, Lámpara, Aladino… ¿Conoces el cuento? Desde que estaba en la escuela me dicen así, frotas la lámpara y se cumplen tus deseos. Pero eso solo es para los amigos, ¿me entiendes? Te voy a dar una tarjeta platino y si vas a viajar, los pasajes te saldrán el doble de baratos. Es que yo soy… ¿cómo se llama eso?... – El fortachón llenó completamente su pecho de aire y en una sola exhalación dijo: – ¡El gerente del Departamento de Calidad de “Siberia”!

- ¿De toda Siberia? – Intenté bromear.

- ¡Qué tal! Faltaba más. – Dijo Lámpara sin entender el chiste que yo intenté. – Bien, hermano, gracias otra vez, nos vemos. Con toda seguridad nos vemos el 31 en la noche.

      Lentamente movió la mole de su cuerpo y se fue en dirección al ascensor agitando alegremente las hojas de papel.

- Mira, pues, y tu tenías miedo. – Le dije a mi esposa tratando de calmarla. – Son como niños, parecen malos solo de lejos.

- ¿Y qué? ¿Vamos a recibir el año con ellos? ¿Con esos niñitos? En el programa del tour hay una fiesta de Año Nuevo al estilo tai. Me imagino que debe ser alegre.

      Lo que dijo ella me ensombreció porque yo no quería tomarme ese cáliz de veneno hasta el fondo, aunque, por otra parte… “¿Y si en todo esto está la verdad de los campesinos pobres?”

 - Está bien, – Rezongué. – Vamos a resolver los problemas como vayan apareciendo.

*** 

Los problemas no tardaron en aparecer. Al día siguiente, aunque desayunamos, quedamos con hambre porque, justo antes de llegar nosotros, el bufet había sido saqueado.

Lo que había pasado era que, como los ciudadanos rusos habían crecido en tiempos de déficit total, simplemente decidieron llevarse en las carteras casi todo lo que había en el bufet. También era imposible esperar por las tortillas que tres cocineros tailandeses se apuraban en preparar, porque uno de los siberianos estaba en la cola delante de nosotros despachándolas para sus amigos y había que esperar que toda la aerolínea quedara satisfecha, por lo tanto, no valía la pena ni siquiera soñar con tortillas. Después pudimos resolver más o menos ese problema porque poníamos la alarma del reloj a las seis de la mañana, nos aseábamos rápido y salíamos corriendo para el restaurante, donde estaban solo algunos europeos moviendo las mandíbulas rápidamente antes de que empezara la locura.

Después vino el problema de las tumbonas en la piscina… Un inglés tembloroso que estaba en el bar y había llegado una semana antes que nosotros, nos contó lo que pasaba con las sillas en la piscina. Al principio todo estaba bien, alcanzaban para todos los huéspedes, pero llegaron Russians from Siberia y se produjo la gran revolución por las sillas porque empezaron a ocuparlas desde la tarde del día anterior, y no solo una, sino que las reservaban para todos sus amigos, por si acaso, y para que las mujeres tuvieran donde poner sus bolsos, con lo que se superaba el número de huéspedes rusos. La administración del hotel dejó de colocar toallas cuando sobre las sillas empezaron a aparecer papeles con textos como éste: “Esto es mío. Vasili, habitación 101.” Por esa razón ocurrió un infortunado incidente. Un alemán tonto, cuya única culpa había sido perder las clases de historia y no haber adivinado que tenía que estudiar ruso, quitó el papel escrito con letras incomprensibles, extendió una toalla y se acostó en lo que él consideraba un lugar desocupado. Cuando Vasili llegó, se enfureció tanto que arrojó al desconsiderado alemán, con silla y todo a la piscina. El gerente del hotel no se rindió y por la tarde recogió todas las tumbonas, las amarró con una cadena y le puso un candado enorme y amarillo. ¿En serio pensaba que eso podría detener a unos siberianos de verdad, verdad? Ja, ja, ja.

Al día siguiente, los tailandeses quedaron boquiabiertos, igual que los temblorosos europeos, cuando descubrieron lo que es el alma enigmática de los rusos.  A la hora del desayuno los indomables siberianos, incluso los niños, llegaron cargando su tumbona. Decidieron sacarlas de las habitaciones con lo que le ocasionaron serios daños a los ascensores. Entonces la administración del hotel se rindió y tuvo que aceptar un vergonzoso acuerdo.

Desde entonces los mejores lugares alrededor de la piscina les pertenecen a los rusos porque nadie dice nada. Los alemanes, ingleses, franceses y demás huéspedes europeos fueron arrinconados en el lugar más alejado de los grandes espacios del hotel, por supuesto sin sombrillas, directamente bajo el sol tropical. Independientemente de que hay muchos lugares vacíos cerca de la piscina, son pocos los ciudadanos de la Unión Europea que se atreven a ocuparlos porque el recuerdo del alemán que casi se ahoga, está muy fresco todavía.

 Bueno, digamos que a nosotros eso no nos tocaba porque los siberianos nos habían asumido como rusos y, aunque fruncían el ceño, nos permitían acercarnos aunque fuera por una esquinita, pero la incomodidad moral que sentíamos era tan fuerte que dejamos de bañarnos en la piscina y prácticamente también dejamos de dormir porque los famosos borrachos rusos, que ocupaban las habitaciones de balcón con vista al mar, gracias al vodka traído de la nevada Patria, se reunían hasta muy altas horas de la noche y ¿cómo no? si eran los gerentes de “Alas de Siberia”  y tenían su propio avión, o sus aviones, a juzgar por la cantidad de botellas vacías regadas por todos los espacios del hotel.

Qué más se puede decir… En los balcones que nos rodeaban, faltaban solo osos porque hasta gitanos había, de algún modo había gitanos. Las fiestas duraban hasta el amanecer. Mencionar ese pequeño detalle era no solo inútil, era peligroso también porque un ruso borracho siempre responde a los llamados de atención con acciones decisivas, principalmente, con acciones físicas.

Solo una vez pude vencer a los magnates siberianos, aunque la satisfacción no fue completa y al final se convirtió en un vergonzoso fracaso. Las cosas pasaron así. El gerente del Departamento de Calidad de toda Siberia, Evlampi-Lámpara-Aladino descubrió en mí el alma de la patria, a un buen samaritano y simultáneamente a su raíz. Cada mañana él compartía conmigo el botín de las batallas por la comida. Él hacía las colas por las tortillas (gracias de todo corazón, porque gracias a él nosotros podíamos dormir hasta las nueve de la mañana).  Evlampi-Lámpara-Aladino también consideraba que era su deber rendir cuentas de lo que pasaba en el extranjero. Las historias de Lámpara tenían cosas divertidas, cosas de terror y cosas grandiosas que merecen un cuento aparte, o una novela completa que a lo mejor un día me inspiro y escribo.  Mark Twain ya lo hubiera escrito todo, pero para mí bastaría un episodio.

Una vez, después del desayuno, vi que una muchacha tailandesa acompañaba a Lámpara, literalmente” lo acompañaba”, era como si se la hubieran pegado, no se separaba de él ni un paso; mientras él comía ella se mantenía, como una sombra inevitable a su lado. A veces, Lámpara, irritado, tomaba un bocado de su plato y, por encima del hombro, se lo daba; ella servilmente hacía una reverencia, lo apretaba entre sus pequeñas manos y se lo comía a toda prisa. Cuando Lámpara se dio cuenta de que yo estaba allí, se acercó a mí y la muchacha lo siguió.

 - ¡¿Por qué ella me sigue?! – Gritó él sin siquiera saludarme. – ¿Qué es lo que pasa? Le digo “vete, madre, aléjate del pecado”, pero ella sigue ahí. No hay manera, hermano, ¿qué hago?

        Me enteré de que el día anterior, al mediodía, derretido por el calor tropical y por la exhuberancia de la naturaleza tailandesa, el siberiano Evlampi deseó estar con una mujer y, como en Tailandia no hay ningún problema con eso, Lámpara salió a la esquina y tomó a la primera belleza que se encontró. Al principio todo fue mágico porque la muchacha era una maravilla en la cama… Pero después… La muñeca tai se le pegó como un chicle al hércules ruso y se negaba en redondo a separarse, sin importar cómo él se lo pidiera, con gestos o con puntapiés, ella no se iba, solo hacía profundas reverencias.

 - ¿Cuánto le diste? – Pregunté tratando de adivinar lo que había pasado. – ¿20 dólares, 50, 100?

- ¡Cómo se nota que tú eres moscovita! ¿Tú crees que yo no conozco el precio de las moscovitas? Le di 300, y después 200 más para que se fuera. Esto no es Moscú, estamos en el extranjero, en Tailandia. Aquí todo es tan bello…

- Hermano, caíste. – le dije riendo para mortificarlo. – Ahora te va a perseguir hasta la primavera porque aquí lo máximo que les dan son 20 y eso con propina incluida.

- ¡Coooñ…! – Lámpara se dio un manotazo en la frente. – ¡¿Cómo pude cagarla así?! Bueno, que sea feliz, no me preocupa haber gastado plata en una mujer. Que sirva para que recuerde al hombre ruso. Amigo, por favor, dile en inglés que desaparezca de mi vista mientras yo estoy de buenas.

- Será inútil. – Le dije tratando de mantener la expresión de seriedad en la cara. – Trata de entender la ética budista y todo lo demás… Aquí no es como allá, aquí no ponen pies en polvorosa. Cuando una mujer te agarra, trabaja por siempre para ti, no importa lo que pase, no hay manera de que se vaya.

- Respeto los cuerpitos de ojos rasgados...  – Respondió pensativo Lámpara. – Las mujerzuelas de aquí respetan ciertas ideas, no son como las putas rusas. Pero ¿qué hago? ¿Por qué carajo ella se me entregó? Escúchame, ¿qué te parece si le digo que me devuelva la plata? Que me devuelva menos, que se quede con sus ideas y su conciencia limpia y calabaza, calabaza cada uno para su casa, ¿qué tal?

        Por supuesto que hasta el sol de hoy me avergüenzo, pero es que los paisanos siberianos me habían dado duro. Sé que le pagué con una bajeza al muchacho de cara bondadosa que hacía por mí las colas por las tortillas.

 - No sé, pedirle a una mujerzuela que te devuelva la plata es como... – dije con cierta nota de desprecio en la voz.

- Si... – de inmediato reaccionó Lámpara. – Eso es como… no está bien. Pero ¿qué hago? – Gritó desesperado Lámpara y el símbolo de calidad de la URSS en el pecho se empañó.

 El conflicto entre las concepciones rusa y tailandesa se reflejaba en el rostro del pobre muchacho como un gesto de dolor. Lámpara estaba temblando, literalmente ese asunto lo había partido por la mitad. Durante unos segundos ninguna de las dos concepciones podía imponerse, pero después, él sacudió la mano, se levantó de la mesa y con voz de ultratumba dijo:

 - Bueno, si caí, caí. Vamos, putica extranjera, a lavar medias, algún beneficio tengo que sacar de ti… 

Lámpara se dirigió a la salida del restaurante bamboleándose y la muchacha tailandesa se fue al trote tras él llena de alegría.  El conflicto de ideas terminó como yo, indignamente, había supuesto: tablas, o en fracaso para el ruso, para nuestro Iliyá Murametz[2]. Ajá… y cómo podía ser de otra manera. Pero todas las victorias sobre Iliyá Murametz terminan siendo victorias pírricas y de eso puede dar fe un montón de pueblos, desde Batú Kan, en el siglo XII, hasta Napoleón en el XIX y Hitler en el XX. Solo yo ingenuamente seguía creyendo que el milagro iba a suceder.

A los pocos días, Lámpara se veía satisfecho y feliz de nuevo. En el restaurante, a la hora del desayuno, lo vimos y junto a él estaba sentada la muchacha tailandesa igualmente satisfecha y feliz mientras él le acariciaba tiernamente los cabellos.

- ¡Hermano! – Gritó cuando me vio. – ¡Vente pa’ca! Gracias, hermano, muchas gracias, otra vez estoy en deuda contigo. Menos mal que me convenciste de que no la botara. Liu… Liuba, como diríamos nosotros, es una tipa estupenda, como yo no había encontrado ninguna. En la cama es una maestra, además, es obediente y se ocupa de todos los quehaceres. La habitación la mantiene impecable, la ropa está lavada y planchada, casi me trae las pantuflas en la boca. Si le pido una cerveza, corre al bar y me la trae de inmediato y, lo más importante, es silenciosa, no como las mujeres de nosotros que son hablachentas. Ella está callada todo el tiempo, se sonríe y me hace reverencias. Gracias, hermano, muchas gracias… Las ideas budistas para las mujeres son una maravilla, es lo que yo había buscado toda la vida. Me llevaré a mi Liuba para Siberia, pero por lo pronto, que se quede conmigo aquí en el hotel.

Yo estreché su mano extendida y, aunque estaba en shock, comprendí cabalmente que luchar en contra del poderoso espíritu ruso es inútil, no vale la pena ni siquiera intentarlo.

***

La historia con Lámpara no había resuelto nada, pero yo comprendí que enfrentarse al creciente caos era solo una pérdida de fuerzas y tiempo. Lo único que nos quedaba era confiar en la divina providencia y en la posibilidad de minimizar las consecuencias negativas, así que nosotros decidimos pasar el menor tiempo posible en el hotel y meternos de cabeza a disfrutar del exotismo asiático, íbamos a todas las excursiones posibles porque las fauces de los cocodrilos y las enormes orejas de los elefantes eran mucho más atractivas que los morros regordetes de los compatriotas que nos tenían hasta la coronilla, y cuando no había excursiones, simplemente paseábamos por la ciudad y nos dedicábamos a mirar todo, pero, como cantaba Vysotski[1] en los tiempos de mi infancia, “hasta en los baños públicos de París hay escritos en ruso.” 

Por todas partes había compatriotas, era imposible esconderse de ellos. Era una catástrofe: todos los rusos, por alguna razón desconocida para mí, habían decidido reunirse en Tailandia para recibir el año nuevo. Nadie viajaba nunca y ahora, ¡toma! Esta isla los había convocado a todos… A causa de una antigua tradición de la intelectualidad postsoviética yo me culpaba de todo: “Eso te pasa por esnobista, Alexander, no querías ver rusos, aquí tienes, fascista, una granada.” Y en seguida, como un bálsamo para mi sangrante herida, aparecía el otro pensamiento: “¿Y si en todo esto está la verdad de los campesinos pobres?” Los rusos colmaban todos los espacios.

Una vez estábamos en algo así como una granja de cocodrilos en cautiverio y vimos cómo un tipo, borracho como una cuba, en medio de una discusión sacó de un empujón a un tailandés que había acomodado cuidadosamente su cabeza envuelta en un turbante entre las fauces de un cocodrilo, y metió su enorme cabeza calva. Como resultado, ¡el cocodrilo se estaba ahogando de verdad! Yo estaba sentado cerca y vi los ojos enloquecidos del pobre lagarto, que no entendía lo que estaba pasando y puedo jurar que de esos ojos brotaban verdaderas lágrimas de cocodrilo. El pobre animal, en completa histeria, se estremecía e intentaba cerrar las mandíbulas, pero el tipo no se lo permitía, éste de pronto emitió un grito sordo a las entrañas del animal, una maldición como un grito de guerra: “Te arrancaré la mandíbula en un abrir y cerrar de ojos, puta, te la voy a quitar.” Y se la arrancó. Le bastó simplemente aflojarla con sus enormes manos. De los labios de todos los extranjeros presentes se escapó un gemido ahogado, sentían lástima por el animal, no por el tipo… pero los rusos que estaban presentes prorrumpieron en aplausos y de repente empezaron a hacer un escándalo gritando el nombre de su país invencible y legendario “¡Ru-sia! ¡Ru-sia!” Rusia había vencido a un cocodrilo.

Lo que pasaba era que, a principios del siglo XXI, los rusos echaban de menos las grandes victorias de su país y por eso no eran completamente felices…

Justo después del terrible episodio con el cocodrilo, mi esposa y yo cometimos la tontería de acercarnos al show de los elefantes donde, por poco, ocurre otra tragedia. Un grupo de jóvenes rusos borrachos, le dieron de beber al elefante, literalmente lo emborracharon. Lo que pasó fue que sobornaron al domador, metieron una caja de vodka a la arena y le dieron al animal, que apenas podía sostenerse, 20 botellas. Sería porque el animal no había comido, o por otra causa, pero el alcohol lo afectó de la peor manera. Bueno, no. Al principio todo era bastante divertido porque el elefantito se cayó de costado y empezó a hacer un ruido con la trompa que a sus compañeros de trago les recordó una famosa canción popular rusa: “Oh, helada, helada”. Los jóvenes empezaron a corear al elefante, pero al poco tiempo, el idilio se acabó porque las cosas empezaron a desarrollarse de acuerdo a las leyes de las borracheras rusas: amor, hermandad, coro, besos en la boca (en este caso, besos en la trompa), preguntas mutuas de “¿tú me respetas?”, y después de las palabras, el golpe a la mesa y listo… Más exactamente, quedó listo el elefante que no soportó el abuso de sus compañeros de trago. Ustedes estarán de acuerdo conmigo en que perforar las orejas del elefante y colgar una bandera rusa en cada una es un exceso, no solo por razones humanas, sino por razones de los representantes de la fauna. Lo que siguió fue dramático. Hasta el sol de hoy no entiendo cómo el elefante no aplastó a nadie, pero generó pánico porque destruyó completamente una de las tribunas de la arena lo que causó un apretujamiento colosal. Mi esposa y yo de casualidad pudimos escaparnos.

A partir de ese momento dejamos de lado las excursiones que tuvieran aunque fuera un pequeño olor a extremos, incluso las excursiones donde hubiera flora, fauna, peces o insectos. Ni siquiera fuimos a visitar el jardín de las mariposas por temor a lo que pudiera ocurrírseles a nuestros creativos coterráneos, sobre todo cuando están borrachos o quieren demostrar su valentía… Decidimos concentrarnos en la cultura y fuimos a visitar el Templo del Buda Esmeralda. Era un templo, parecía que… ¿Qué cosa terrible podía pasar? ¡Pues pasó!

Comparado con lo que pasó en el Templo, todo lo que había ocurrido antes era un chiste. Los rusos atiborraron el Templo, se relajaron e hicieron lo inimaginable. Hay que decir que casi nadie sufrió daños… Empecemos por decir que la sencillez es peor que el robo y los rusos no solo son muy sencillos, sino que se sienten orgullosos de serlo. Justamente ese rasgo del carácter nacional por poco nos lleva a una cárcel en Tailandia.

Estábamos pacíficamente observando los detalles del templo, de los cuales el más resaltante era el Buda Esmeralda, una sorprendente estatuilla de unos 10 centímetros. Buda era gordo, bondadoso, enigmático y verde. Alrededor de la estatuilla caminaban los monjes ataviados con una indumentaria amarilla y vinotinto, mientras tocaban unos tambores pequeños. Al lado de la estatuilla había una mesa larga cubierta con un mantel blanco, almidonado. Sobre la mesa humeaban palitos de incienso colocados sobre simples bases metálicas. Los tailandeses, vestidos con ropa barata, pero muy limpia, hacían reverencias al acercarse a la mesa y, con mucha humildad, colocaban sus sencillos regalos para Buda: una manzana, un cambur, un tomate o un huevo. Una anciana colocó cuidadosamente una jarrita de arcilla con leche, y la tapó con un pañuelo en señal de lealtad. A pesar de lo exótico, el templo era muy parecido a una capilla cristiana ortodoxa de algún pueblo. Y no fui yo el único en percatarme de eso. Un grupo de turistas, que también visitaba el templo, se hizo la señal de la cruz e hizo reverencia frente al ídolo. Los monjes contemplaron el extraño espectáculo, pero, con paciencia budista, continuaron tocando los tambores en actitud flemática. Si entendí correctamente, los budistas resuelven todo tocando tambores. Pero, como demostró la práctica, hasta la paciencia budista tiene un límite.

-   ¡Miren, un bufet! – Dijo uno de los devotos rusos y se dirigió decididamente al mantel blanco y perfumado donde había huevitos. Él no tenía en mente nada malo, no pretendía ofender los sentimientos de los creyentes locales. A juzgar por su aspecto, solo quería tragar. Los demás turistas, obedeciendo al instinto del reconocido colectivismo soviético, lo siguieron invadidos por una ola de alegría y se escucharon exclamaciones como:

-  ¡Hay papas!

-   Y leche fresca, por lo visto.

- Huevos, tomatitos, ¡Excelente! Yo no sabía que en el costo del boleto estaba incluido un bufet.

        Los monjes dejaron de tocar los tambores y sus ojos rasgados se hicieron enormes. El guía del grupo, un tailandés, corrió horrorizado hacia el grupo.

-   ¡No poder! ¡Devolver inmediato iso! ¡A Buda no poder!

-  ¡Vete p’al coño! – Mandó dulcemente al guía uno de los hombres mientras se zampaba un huevo cocido.

-   ¡Qué miserable! – Lo apoyó una de las viejas que estaba engulléndose un mango. – Lo cobran en el precio del boleto y tú sales con “no poder”, ¿qué te pasa?

-   Si, si, – continuaba sin poder calmarse el guía. – ¡No poder! ¡Buda poner bravo! ¡No poder, policía poner bravo, no poder!

-   ¿Sabes qué? – Interrumpió al guía con más agresividad el tipo al que le gustaban los huevos. – Yo te dije que te fueras p’al coño, así que vete porque si no, nosotros nos vamos a empezar a poner bravos. Rodamos dos horas del hotel hasta aquí y ustedes, que fuman cualquier porquería, no nos dejan tragar en paz.

       Considerando que sus argumentos eran irrebatibles, el tipo agarró el tercer huevo y se lo llevó a la boca, que aún masticaba el anterior, pero no logró hacerlo porque de su mano se guindó desesperadamente dando patadas el pequeño guía tailandés. El hombre apenas se encogió de hombros y el guía salió volando unos dos metros, entonces, el monje que se encontraba cerca del hombre, de un salto le metió el tambor en la cabeza.

- ¿Cómo es la cosa, gente rusa? – Preguntó sinceramente indignado el hombre. – ¡Estos tipos fuman cualquier porquería, no nos dejan tragar lo que queramos y encima me meten en la cabeza su tamborcito!

 Con un puñetazo de arriba hacia abajo él derribó al infeliz monje y ahí empezó todo… Nuestros rusos eran unos 20, los tailandeses 20 veces más, pero eran dos veces más pequeños y 10 veces más débiles, es decir, las fuerzas eran más o menos equivalentes. Sin embargo, el famoso espíritu ruso no les dio chance a los tailandeses.

Estremecido al mismo tiempo de vergüenza y orgullo, literalmente hechizado, yo observaba desde la barrera. Todos peleaban, hasta las mujeres porque si la mujer rusa es capaz de detener un caballo en medio de la carrera, con más razón puede detener a 10 tailandeses. Si 10 minutos más tarde no hubiera llegado la policía, ¡el Buda Esmeralda hubiera sido nuestro! Pero lo que pasó fue que el grupo de turistas, mi esposa y yo con ellos – porque también éramos rusos-, terminamos en la estación de policía.

En la estación de policía, el orgullo por la valentía sin precedentes de los rusos se evaporó y me quedé solo con la vergüenza. Al final, cuando se aclaró todo, mis compatriotas no pudieron ayudarme a superarla, al contrario, porque ninguno de ellos mostró ni el más mínimo arrepentimiento. Argumentaban que los tailandeses eran los únicos culpables porque los habían llevado a aquel templo y no les habían ofrecido nada para comer, no les explicaron nada con claridad, tenían que haber puesto un letrero (de ser posible en ruso), donde dijera “altar, lugar sagrado”. ¿Y qué fue lo que hicieron los rusos? Nada, por desconocimiento probar unos huevitos sagrados, pero eso no es motivo para que le rompan un tambor en la cabeza a uno… ¡Ay! La famosa sencillez rusa y la no menos famosa ofensa porque nadie comprende esa sencillez. ¡Cuántas desgracias le ha traído ese rasgo a la Madrecita Rusia y cuántas nos seguirá trayendo!

Los rusos hicieron un escándalo, exigieron la presencia del cónsul y amenazaron a Tailandia con la bomba atómica. Yo me sentía avergonzado, de lo cual informé en perfecto inglés al oficial a cargo, le pedí perdón por el comportamiento de mis coterráneos, sin olvidar mencionar, como atenuante, que ninguno de ellos hablaba ninguna lengua extranjera, todos desconocían las tradiciones locales, y por supuesto, hablé de la absoluta sinceridad, la buena intención y la condición salvaje. A mi esposa y a mí nos liberaron de inmediato, qué pasó con el resto, hasta me daba miedo saberlo.

 ***

Dejamos de ir a excursiones, recorrimos la ciudad de arriba abajo, al derecho y al revés. Era imposible permanecer en el hotel, pero visitar la infinidad de tiendas y centros comerciales tampoco resolvía el problema. En todas partes había más rusos de los que era bastante, principalmente, mujeres, a decir verdad. Varias veces nos tropezamos con mujeres siberianas, enormes como soldados. Ellas se abalanzaban sobre cualquier cosa que brillara en las tiendas y se alegraban como palomas con trozos de pan. No sé porqué les encantaban las tiendas para travestis donde había montañas de cosas brillantes, plumas y boas de plumas. El hecho de que en la entrada de las tiendas hubiera anuncios en inglés con letras grandes, no impedía que las siberianas entraran porque ellas simplemente no levantaban tan alto la mirada. Apenas divisaban el brillo seductor de esa pacotilla depravada, ellas iban soltando baba de sus carnosos labios entreabiertos. Ver ese espectáculo me avergonzaba y a la vez me hacía gracia, pero me daba más vergüenza que gracia, por eso salir de shopping no era una alternativa para pasar el tiempo, así que pronto también dejamos de visitar centros comerciales.

Después del desayuno nos íbamos a la playa del hotel tres estrellas que quedaba cerca del nuestro y disfrutábamos de la compañía de los europeos pobres y pacíficos. Era lo único que se podía disfrutar allí: una playa de fondo pedregoso, agua sucia, no como las del hotel donde estábamos alojados, pero había tranquilidad, la cosa más valiosa en la vida, y nosotros disfrutábamos de la tranquilidad.

Se acercaba el Año Nuevo y no teníamos nada de ánimo, la única magia que esperábamos era que se acabara el viaje y nuestro deseo era irnos vivos, sanos y con la mente lo más sana posible. Por eso decidimos incluso no participar de la fiesta de Año Nuevo que celebrarían en el hotel, decidimos atrincherarnos en la habitación, tomarnos una botella de champaña debajo del cobertor y, en silencio, irnos a dormir. En última instancia, hasta podríamos celebrar en el baño, pero, como nos quedaba una gota de dignidad, en Tailandia pudimos confirmar muchas veces la sentencia “del destino no te puedes escapar”. Y nosotros fuimos a la fiesta

***

La fiesta empezaría a las nueve de la noche. Me voy a adelantar a los acontecimientos y diré que ese fue el Año Nuevo más largo de toda mi vida. Los siberianos se negaban categóricamente a dejar de escuchar las campanadas del Kremlin, pero eso pasaría a las seis de la mañana, hora de Tailandia.

Cuando llegamos a los espacios abiertos del hotel donde sería la fiesta, vi a un risueño Lámpara que me saludaba y a su lado estaba la ya algo decaída muchacha tailandesa Liu, rebautizada por Lámpara con el nombre más familiar para él, Liuba.

La pareja internacional nos había reservado puestos en su mesa. Al principio dudé de sentarnos con ellos, pero me di cuenta de que cerca de la piscina ya no quedaban mesas para dos y Lámpara y Liuba estaban en una mesa para cuatro. Mi esposa y yo pensamos lo mismo: “Más vale malo conocido que bueno por conocer” y nos dirigimos a compartir la mesa con nuestros nuevos amigos.

Las cosas salieron mejor de lo que nos habíamos imaginado. Al principio la atmósfera de fiesta recordaba una taberna pueblerina en la que se reúne la élite del lugar. Por supuesto que había una élite y estaba conformada principalmente por bandidos que se consideraban mejores que los funcionarios que los precedieron y se comportaban dentro de los límites de lo correcto. Se escucharon canciones de Alena Apina y Masha Rasputina, los siberianos brindaban porque todo floreciera y se desarrollara para que no faltara el dinero y por nada más. Actuaron faquires, encantadores de serpientes y cirqueros que tragaban espadas. Como Lámpara tenía dos días que no nos veía, estaba encantado de contarnos las aventuras con sus amigos por Tailandia. Sus aventuras consistían principalmente en visitas a los muchos go-go de la ciudad. Un go-go es un club de stripers solo que más estricto y radical de lo habitual, algo entre club de accionistas y arte moderno. Por supuesto que, antes de saber de los go-go, yo ya conocía la importancia de la característica sexual de la mujer en el mundo, al fin y al cabo, todos venimos a través de esa característica... Lo que yo no podía ni siquiera imaginar era que se pudiera crear algo tan... Las muchachas tailandesas hacen con su característica retratos, disparan pelotas de ping-pong, pescan peces de un acuario, comen e incluso conversan, qué digo conversan… ¡ellas pueden cantar por su característica!

-  Te das cuenta, – le dije a mi esposa un poco aturdido al salir del club. – y a ti te duele la cabeza día por medio. 

- Si… – fue lo que pudo decir ella sin haberse recuperado totalmente del shock, – claro, eso…

- Si…

Yo me imagino que si a nosotros, experimentados moscovitas, el go-go nos causó semejante impresión, Lámpara, un muchacho sencillo de Siberia, debería estar completamente out.

- Ni Liuba sabe hacer esas cosas, – dijo atragantándose Lámpara, – ella me prometió que aprendería, pero todavía no sabe…

 Explayándose en cada detalle, Lámpara describía la actuación de las expertas tailandesas y, por raro que parezca, no sonaba morboso. Él era realmente un buen muchacho, puro, que simplemente se admiraba de las destrezas del organismo de las mujeres asiáticas y de la maestría con la que realizan su arte. Supongo que la Mona Lisa en el Louvre le admiraría de la misma manera, pero mi esposa no compartía mi opinión, ella fruncía el ceño y cerraba los oídos mientras él hacía sus relatos. Después de un relato en particular, por poco terminamos discutiendo porque yo estaba a punto de explotar y la opacaba, entonces ella se fue al tocador. Cuando regresó, ella me llamó aparte y me dijo que yo era exactamente igual de bestia que los siberianos que me rodeaban. Le contesté que yo no respondía por todos, pero que Lámpara era un muchacho excelente, puro en su base y yo no tenía nada en contra de tener una base como la de él. Al día siguiente, la vida nos juzgó, como siempre, de una manera extraña y paradójica…

 ***

Mi estado de ánimo iba subiendo con cada cuento de Lámpara y con cada trago; las canciones de Alena Apina y Masha Rasputina ya no me parecían tan vulgares, ya las empezaba a ver como unas tipas normales, cercanas, rusas, como si fueran muñecos de cuerda… Los siberianos ya me parecían también unos muchachos normales, que contaban unas historias divertidas… Lo que me hizo comprender que me estaba degradando demasiado y convirtiéndome en animal fue lo que me dijo mi esposa. Pero yo no estaba de acuerdo con ella.

 - No hay que ser esnob, – le dije hipando. – La mayor desgracia de la intelectualidad rusa viene del esnobismo.  Tenemos que acercarnos más al pueblo. Yo, por ejemplo, ya estoy más cerca. Un trago más y me fusionaré completamente.  

- ¿Qué? – Se metió Lámpara que me había escuchado.

- ¡Por encima del hombro! – Dije coloquialmente. – Mejor sigamos bebiendo, ¿cómo es que ustedes dicen? ¡Porque haya y se mantenga!

        Tomando, y entre chistes y refranes, recibí el año por la hora de Rusia. Después por la hora de Novosibirsk, luego por no sé cuál huso horario…  Cuando llegó el momento de recibir el año según el uso horario de Tailandia, yo ya estaba completamente borracho y por eso no detecté las señales de la tragedia que se avecinaba, aunque ya estaban ahí. Los siberianos estaban cansados y no querían recibir el año por quinta vez consecutiva. Tenían las caras abotargadas y se les escapaban preguntas sin sentido como: “¿tú me respetas?” o “¿dónde está la fuerza, hermano?”.  Sus esposas se fueron a alguna parte, después supimos que fueron a cambiarse de ropa, y entre las palmeras se coló una mentada de madre como un susurro. Lámpara y su amiga tailandesa Liuba estaban conversando animadamente sin ningún tipo de barrera lingüística. Recuerdo entre nebulosas que debatían sobre un tema tan elevado como el vínculo entre el alma rusa y el alma tailandesa usando solo blasfemias. Mi esposa me halaba la manga de la camisa y me rogaba que regresáramos a la habitación. La cena navideña que habían pagado los europeos estaba servida en las mesas ubicadas cerca del baño, pero no había nadie. Al parecer cuando escucharon la extraña música, más que tailandesa, folklórica, interpretada por Apina y Rasputina, miraron con recelo los morros de los rusos después de cinco horas de borrachera y querían huir, pero la racionalidad de los europeos, aunada a su tendencia al ahorro, no les permitieron hacerlo. Cuando empezó el espectáculo de los masters de boxeo, unos tailandeses flaquitos, en el aire se sintió un aroma a agresión porque nunca debieron mover los puños en las narices de unos siberianos borrachos, eso fue como sacudir un trapo rojo frente a un toro. En ese mismo momento unos cuantos hombretones se levantaron de las sillas e intentaron subirse al endeble ring para demostrarle a los enanos de ojos rasgados lo que es una verdadera lucha rusa y hasta ese momento la seguridad del hotel pudo medianamente controlar la situación.

Había muchas señales de lo que vendría, pero solo un típico intelectual postsoviético y borracho como yo, no se daba cuenta. A mí no me sorprendió que bajaran la luz, ni que la banda tailandesa de jazz osara interrumpir lo que estaba tocando para interpretar una movida marcha, o que la entrada del hotel de pronto se iluminara con reflectores para que por ahí salieran… 

Antes de describir quiénes salieron, me gustaría comentar lo que pienso acerca de la naturaleza de lo chistoso porque sin este comentario todo lo que relataré más adelante puede parecer carente de sentido o relinchos estúpidos. A lo mejor esta explicación tendría que haberla dado antes, pero mejor tarde que nunca.

Pienso que la risa es el lado opuesto al horror. Cuando no somos capaces de encontrar sentido a los acontecimientos que observamos, cuando son monstruosos, ilógicos o antinaturales, el organismo de quien observa se queda como en el aire por un momento, después empieza a vibrar imperceptiblemente y surge la risa. La risa es una manera de librarse del recalentamiento, un camino para encontrar la lógica y las leyes de la naturaleza. Cuando la computadora se recalienta, empieza a sonar y se activan los ventiladores, el hombre se ríe.

Bien, ahora que ya hablamos de los conceptos principales, continúo. Iluminadas por reflectores y bajo los acordes de la valiente marcha que interpretaba la banda tailandesa de jazz, del hotel salieron las esposas y amigas de los gerentes de la aerolínea “Alas de Siberia”. Ellas querían sorprender a sus esposos y lo lograron con creces. Las corpulentas reinas siberianas se desplazaban con auténtica indumentaria de reinas, solo que, por total desconocimiento y por la ilimitada ingenuidad del alma rusa, habían comprado sus trajes en tiendas para travestis...  Los reflectores hacían brillar los cristales de los vestidos de profundos escotes que dejaban al descubierto los poderosos pechos siberianos. Las plumas de avestruz y los zarcillos de plumas de pavo real, se mecían orgullosamente al viento. Las coquetas boas violetas, amarillas y verdes se enroscaban alrededor de los fornidos cuellos. Las botas de latex doradas y plateadas, que imitaban piel de leopardo y les cubrían las piernas hasta la mitad de la cadera, hacían ver más largas las largas piernas de las reinas, mientras que la impensable profundidad de las aberturas laterales de los vestidos que llegaban justo por debajo del talle, mostraban al mundo grupas monumentales. La combinación de la vestimenta inverosímil en las corpulentas formas de las mujeres siberianas, la marcha valiente y las luces de los reflectores, literalmente le volaron los sesos a los espectadores. Yo también sentí cómo, a través de mi cráneo agrietado, volaron al infinito los últimos restos de mi ya explotado en mil pedazos, cerebro. La orquesta terminó de tocar la fanfarria, el grupo de mujeres, bajo la luz de los reflectores, parecía un cuadro congelado cerca del escenario y todo quedó en silencio. En ese silencio absoluto, interrumpido solo por el susurro de las plumas y el roce de los cristales, en mi cabeza sin cerebro, vacía después del shock, surgió el primer pensamiento racional: “Deben haber vaciado todas las tiendas para travestis. ¿Cómo harán sus shows ahora los travestis?” Con cierto temor miré alrededor y, al parecer, todos los presentes pensaban lo mismo.

Solo los gerentes de la aerolínea “Alas de Siberia”, paralizados en un éxtasis mudo, observaban maravillados a sus esposas y amigas. De pronto, en medio del silencio, sonó una risita solitaria a la que se sumó otra y otra… Un segundo después todo el mundo estaba desternillado de risa, todos menos los gerentes. Los boxeadores tailandeses se doblaron de la risa y cayeron al ring, los meseros dejaron caer las bandejas y se subieron a las palmeras que en Tailandia parecen postes, los europeos en sus mesas reservadas cerca del baño señalaban con el dedo a las pobres mujeres rusas y se carcajeaban con crueldad moviendo brazos y piernas. En esas carcajadas se sentía el odio y la venganza por todas las ofensas que los siberianos les habían proferido. Hasta la esclava de Lámpara se reía solapadamente, por lo que de inmediato recibió un manotazo de su Aladino. Yo también tenía ganas de reírme, me cosquilleaba la garganta, todo por dentro me vibraba, los ojos se me fueron para la frente y se llenaron de lágrimas, pero yo era ruso y eso implicaba muchas cosas. Yo sabía que no podía reírme para que mi vida, y la de mis descendientes sobre la faz de la tierra tuviera continuidad. Un hombre ruso puede humillar cuanto le plazca, puede ofender e incluso pegarle a su esclava, pero si alguien atenta contra su sagrado derecho a hacer todo eso… La famosa victoria de Alexander Nievski sobre los caballeros alemanes de la orden Livonski en el lago Chudski es la más sencilla de las analogías que me llegaron a la mente. Miré a mi esposa que estaba sentada a mi lado y para no reírse, se sonaba los dedos de las manos, creo que sentía lo mismo que yo. Ella también comprendía todo.

Evlampi-Lámpara-Aladino se levantó lentamente de la silla, hizo un movimiento juvenil con los hombros y, a punto de irse de la mesa, nos dijo por lo bajo:

-  Corran, váyanse de aquí. Ustedes no tienen que ver esto.

 De pronto comenzamos a observar que por toda el área de esparcimiento del hotel cinco estrellas donde estábamos, las enormes figuras de los siberianos, se encabritaron en las mesas y empezaron a fluir como pequeños riachuelos hacia el escenario donde estaba el ring con los boxeadores tailandeses. Justo es decir que el pueblo ruso nunca ha tenido problemas para crear tácticas, lo primero que hay que hacer es acabar con los profesionales.

Me desenganché de la situación, agarré a mi esposa de la mano y corrimos a la salida. Teníamos que correr lo más rápido posible porque ya había adivinado lo que pasaría y en esos casos, cuanto más lejos del epicentro de los sucesos estés, mejor. Si puedes volar, es preferible porque, como se dice, cuando talan el bosque, saltan astillas. Salimos del hotel y corrimos hacia una colina cercana. Nos detuvimos cuando nos sentimos fuera de peligro y, aún con la respiración acelerada, volvimos la mirada hacia el hotel. El campo de batalla estaba frente a nosotros, lo veíamos como si estuviera en la palma de nuestras manos, aunque en realidad estaba algo lejos, por supuesto, pero la escena se veía completa y de inmediato. Para ese momento lo más importante de la batalla ya había ocurrido: los rusos, como siempre, habían ganado y arrastraban los cuerpos, no sabíamos si heridos o cadáveres de los enemigos y los lanzaban a la piscina. El agua de la piscina, iluminada con luces azules, paulatinamente se tiñó de rojo. Gracias a Dios los cuerpos lanzados a la piscina, no se hundieron lo que quería decir que estaban vivos, que no hubo una masacre.

Desde la colina y sin fuerzas para movernos, veíamos el espectáculo surrealista. Los vencedores, después de lanzar todos los cuerpos a la piscina, se juntaron y realizaron una reunión que no duró más de un minuto, al cabo de la cual hubo un extraño cambio de posiciones: los rusos se fueron colocando alrededor de la piscina formando una especie de cadena, luego se tomaron de las manos y se quedaron congelados por un segundo. Esa última escena me recordó un antiguo rito ruso con el que se celebraban las victorias sobre el enemigo. Esa visión me puso nervioso, aunque no sé porqué si yo soy ruso. Al segundo siguiente todo se aclaró: yo no estaba tan lejos de la verdad, era un rito. El antiguo rito ruso. La gente tomada de la mano empezó a cantar y el viento, a pesar de las chicharras, nos llevaba fragmentos de la canción: “en el bosque nació un abeto, en el bosque él creció, en invierno y en verano erguido y verde se mantenía. Tan alto, tan grande y verde se mantenía…” De repente la canción se interrumpió, pero pronto empezó a sonar de nuevo solo que a las voces de los rusos se sumaron las voces de los extranjeros que habían sido lanzados a la piscina: “Tan alto, tan grande y verde se mantenía…” Yo no podía creer lo que escuchaba, pero desde la colina podíamos ver a las reinas siberianas en sus brillantes trajes de travestis. Los vencedores, usando métodos inhumanos, obligaban a los descarados a aprender ruso. Me pareció ver que algunos siberianos habían roto el círculo y satisfacían una pequeña necesidad fisiológica directamente en la piscina. Incluso me pareció ver que dos mujeres se sentaron al borde de la piscina y… Puede ser solo que a mí me pareció ver. “Tan alto, tan grande y verde se mantenía…”

Vi el reloj y me percaté de que en ese preciso instante estaba llegando el Año Nuevo, el año 2003.

-  Feliz año… – Le dije  emocionado a mi esposa.

-  Feliz año… – Me respondió ella.

 ***

Hasta el amanecer vagamos por las calles de Pattaya, llenas de ruido y fiesta, pero en ningún lugar encontramos tranquilidad. Entrábamos a un bar, tomábamos un par de pésimos cocteles y nos íbamos al próximo. Era como si una fuerza desconocida nos empujara hacia adelante. Mi esposa lloraba mucho porque no entendía muchas cosas.

Yo no entendía nada. “¿Para qué?” – Nos preguntábamos uno al otro y hacíamos la misma pregunta embarazosa al universo. ¿Para qué nos estaba pasando todo eso si nosotros lo único que queríamos era disfrutar de un poco de calor y sol en medio del invierno sin fin de Moscú? Soñábamos con tomar un pedacito de otra vida, de una que no se pareciera en nada a la nuestra, de una vida a la que, por lo visto, no teníamos derecho; pero, con toda seguridad, regresaríamos y borraríamos las sonrisas de nuestros rostros bronceados apenas pisar el aeropuerto; amasaríamos la misma mugre con los mismos zapatos forrados de piel; estaríamos listos y dispuestos para el trabajo, para la defensa de la patria, para los defaults, para los saqueos, para la inflación, para la deflación, para los escupitajos en el rostro, para ver como se mean en nuestros ojos, para quedarnos como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando en la mejor ocasión, para la guerra contra Occidente, para la amistad con Oriente, para fusionarnos con el norte, para discutir con el sur, para volar y caer; para quedarnos suspendidos en al aire; nosotros estaríamos preparados y dispuestos para hacer cualquier cosa. No nos asombraría nada y nos acostumbraríamos de nuevo a la gran sencillez del pueblo ruso y a nuestra propia sencillez. Incluso nos acostumbraríamos a aquello a lo que nadie se debe acostumbrar. Este viaje no era una huida, eran simplemente un pequeño descanso, unas vacaciones cortas… ¿Estábamos pidiendo demasiado?

Malditas palmeras… malditas playas… y maldito sol que hacen que la ignominia cotidiana sea más evidente. No tuvimos vacaciones, en vez de descanso tuvimos una inmersión mucho más profunda en la suciedad de nuestra vida. Era como si los dioses quisieran señalarnos cuál era el incómodo lugar que debíamos ocupar y para ello literalmente nos restregaron la nariz en lo peor para que entendiéramos que no hay salida. En ninguna parte. Nunca. Vivan, si pueden…

Esa madrugada estuvimos en unos 20 bares, vimos gente de todas las razas y nacionalidades, algunos andaban borrachos, muchos hacían cosas que no se deben hacer: vomitaban y meaban en la calle, hacían escándalos y peleaban, pero el comportamiento de ninguno de ellos se parecía en lo más mínimo al horror que causaron nuestros coterráneos, que literalmente, rompió el molde. En el comportamiento de los extranjeros había simplemente exceso de alcohol, en ellos ocurría un proceso químico que relaja los centros de autocontrol del cerebro. Actuaban como animales, cierto, pero como tiernos cachorros que hacían travesuras porque estaban satisfechos y porque el ambiente era agradable. A diferencia de la vida de ellos, la vida del hombre ruso tiene un secreto indescifrable, y ese secreto esconde algo tan grande y horrendo que nadie quiere descifrar, al contrario, lo único que se desea es huir, correr lo más lejos posible, emborracharse, olvidarse y, de ser posible, hasta morirse, pero nunca descifrar el secreto…

Nosotros no pudimos huir, el alcohol no suavizó el horror, al contrario, profundizó nuestro sufrimiento. Mi esposa lloraba sin parar y al amanecer yo no aguanté más y me puse a llorar también. Eso fue en una playa pública donde nos recostamos en unas sillas de extensión para descansar un rato y nos quedamos dormidos ahogándonos en nuestras ardientes lágrimas de borracho.

Independientemente de lo borracho que yo estaba, la suave brisa del mar y el dulce aroma tropical que llegaba del parque de orquídeas, nunca antes yo había sentido tan claramente el horror existencial de lo cotidiano en mi vida. Y, sinceramente hablando, después nunca más he vuelto a sentir ese horror más fuerte que aquella vez…

Pasar la borrachera fue algo horrible, aunque el paisaje que me rodeaba suavizaba un poco el malestar. Sentía los ojos destrozados y percibía cómo mi cabeza explotaba en mil pedazos, pero justo en el momento de la explosión entraron en mi pobre cabeza el sol sobre un cielo inmensamente azul, el susurro de las olas verdes del mar y la arena blanca de la playa, tan fina que parecía cocaína. “Bien”, –pensé, pero inmediatamente recordé el día anterior y cambié de pensamiento: “Mal”. Miré a mi esposa. Parecía una simpática habitante de la calle pretendiendo conservar su aspecto humano; imaginar a quién me parecía yo, era horrible. Tambaleándonos llegamos a la orilla de la playa y nos lavamos la cara con agua tibia y salada. Teníamos miedo de regresar al hotel después de lo que había pasado la noche anterior, porque lo más seguro, en el mejor de los casos, era que estuviera la policía investigando, y en el peor… Por los vientos que soplaban, los siberianos podían haber tomado el hotel completo, tomado como rehenes a los europeos y al personal de guardia, izar la bandera tricolor y proclamar la República Popular Taisiberiana. De ellos se podía esperar… Era mejor no acercarse al hotel. Lástima que ahí estaban nuestros documentos, el dinero y la ropa. En el bolsillo de los jeans yo tenía una tarjeta, pero quién sabe si quedaba algo disponible en ella después de los paseos por los bares. “Así es como la gente se convierte en habitante de la calle,” – pensé y el horror existencial de mi cotidianidad volvió a mí. Sabía que la borrachera había pasado completamente y yo trataba de ser racional, pero la racionalidad no me duró mucho porque el horror, reforzado por la tradicional cobardía de la resaca, me impedían concentrarme. “Tenemos que esfumarnos, enconcharnos en algún lugar, acostarnos en el fondo del mar, escondernos, quedarnos ahí y entonces veremos”. – Ese era el único pensamiento racional que iba y venía. Miré alrededor y descubrí un bosquecillo de palmeras cerca y, completamente en serio, pensé treparme a una, cubrirme con las hojas y esconderme. Gracias a Dios no lo dije en voz alta. Por lo visto, mi esposa también estaba pensando en lo poco envidiable de nuestra situación y se me adelantó:

 - ¿Te acuerdas que en el aeropuerto nos invitaron a un crucero de un día por las islas deshabitadas? – Me preguntó de repente. – En un yate blanco, yo no quería, pero tú dijiste que qué más daba si costaba centavos y sería hermoso, como en la publicidad del archipiélago Bounty  ¿Nos vamos? Nos podríamos bañar y comer…

       En ese momento me acordé. En la habitación estaba el folleto de la publicidad. En realidad, sería un paseo hermoso, y en verdad nos darían de comer. El yate salía del embarcadero todos los días a las 11 de la mañana y regresaba a las once de la noche. Consulté el reloj y faltaban 20 minutos para las 11.

- ¡Corre! – Le grité a mi esposa y salimos corriendo.

  ***

Durante todo el trayecto hasta el embarcadero yo iba rezando mentalmente para que los marinos trabajaran el primero de enero, para que nosotros llegáramos a tiempo y para que el dinero que me quedaba en la tarjeta me alcanzara. Todo salió bien, nosotros llegamos a tiempo, el dinero en la tarjeta alcanzó justito y el yate salió como estaba previsto. Estaban recogiendo la escalera cuando nosotros felices y casi sin aire corríamos a cubierta. Sosteniéndonos del pasamano veíamos con una satisfacción indescriptible cómo se alejaba la costa. Por fin habían terminado la locura y el horror infernal, ya dejaríamos de ser habitantes de la calle, volveríamos a ser gente blanca y civilizada, casi europeos, y nos esperaba una ducha caliente, una comida apetitosa y una cerveza helada. Y lo mejor, todo esto, en compañía de gente blanca civilizada, con quienes podíamos relajarnos sin esperar sorpresas porque ellos no tomarían el barco para empezar a hacer actos de piratería en el Mar de China, no proclamarían una república popular en el yate, no me lanzarían herido a la piscina. Me sentía tan pleno que besé a mi esposa, la alabé por la brillante idea del crucero e intenté inyectarle un poco de fe en el futuro.

-             Tranquila mi amor, cuando regresemos al hotel, recogemos nuestras cosas y nos vamos a otro hotel. Tú, como siempre, tenías razón, debíamos habernos ido de inmediato…

        Por respuesta mi esposa agradecida me apretó la mano. Durante un rato más disfrutamos la vista de la orilla alejándose y luego decidimos ir al bar para comer.

Al entrar al bar lo primero que vimos fue a Lámpara. Yo no podía creer lo que estaba viendo y me froté los ojos pensando que la borrachera me había jugado una mala pasada, había puesto mis esperanzas en la posibilidad de un delirium tremens… Pero no, era él y con horror pude ver que con él había una decena de morros conocidos, hinchados por la borrachera. Por una espantosa equivocación, las tres cuartas partes de los pasajeros del crucero eran gerentes de “Alas de Siberia”. Mi esposa, en un acto reflejo, hizo un movimiento hacia el mar y, en otro acto reflejo, yo la detuve. Ya era tarde. Había unos cuantos kilómetros hasta la orilla.

 - ¡Alexander, estás vivo! ¿Cómo te escapaste? – Entre sorprendido y feliz Lámpara se abalanzó hacia mí, para abrazarme. De él emanaba una energía tan positiva, sencilla y pura que involuntariamente sentí algo parecido a la hermandad, como si él y yo hubiéramos sido compañeros de armas en el mismo batallón, como si nos hubiéramos encontrado después de que una granada en una batalla encarnizada nos hubiera lanzado a lugares diferentes sin esperanzas de volver a encontrarnos vivos, por eso al vernos por nuestras varoniles mejillas rodaron unas tímidas lágrimas.

 Me sentí avergonzado de mi ciega reacción y, para volver a tomar el control de la situación, pregunté secamente:

 -  Pues sí, aquí estamos… por casualidad… – Y ustedes… ¿Cómo terminó todo?

-  ¡Pasó de todo! – Dijo Lámpara cerrando los ojos soñadoramente, pero pronto volvió en sí y gritó al fondo del yate: – ¡Liuba, ven acá! – Al segundo, quién sabe de dónde, se dibujó la figura de su amiga tailandesa. – Como puedes ver… – Dijo algo turbado, – me la traje… Claro que ella es de aquí y no le va a pasar nada, pero de todos modos… Me apegué a ella, a la putica de ojos rasgados… – Lámpara se sonrojó, se cortó y de repente, como un amo estricto y orgulloso de las habilidades de su esclavita, le gritó una orden: – ¡Liuba, cerveza! – La tailandesa desapareció y, como en un acto de magia, volvió a aparecer con tres botellas de cerveza “Karlsberg”, helada, en sus manos pequeñitas. –Entiende todo, – se jactó con orgullo Lámpara. – Solo le falta hablar, como a un perro, ¡ay, Dios! Pero es más inteligente que un perro.

- Gracias, – dijimos al unísono mi esposa y yo.

- Polnada, – respondió la tailandesa desmintiendo lo que Lámpara había asegurado y, haciendo una reverencia, se retiró con dignidad a un rincón. Su Aladino la siguió con ojos enamorados, destapó la cerveza, con placer se echó un trago, graznó y comenzó su corto relato.

- Bueno… nosotros lanzamos a la piscina a esos payasos y empezamos a cantar. Fue tan divertido escuchar a los tipos cantando “En el bosque nació un abeto” con las palabras machucadas y nosotros meándonos de la risa, algunos de verdad se mearon en la piscina. Claro que yo no estoy de acuerdo con eso, pero también hay que entender que los hombres tenían que desahogarse y el estrés les bajó después de la pelea. ¿Cómo coño se atrevieron a burlarse de nuestras mujeres si ellas se habían esforzado en arreglarse para darle una sorpresa a sus maridos? Estaban tan bellas… y esos… pederastas… se ve que no entienden un carajo de belleza femenina. Bueno, empezamos a cantar y no tocamos a más nadie. Todo estaba tranquilo como una mañana en una escuela y de repente… Pam, pum, explosiones, bombas lacrimógenas, sirenas, Sodoma y Gomorra, el fin del mundo, hasta brigadas antimotines. Como nuestros hombres estaban borrachos, no entendieron de inmediato qué era lo que estaba pasando y pensaron en resistir. Pero, los hijos de perra hirieron a dos de los nuestros, heridas leves, claro. Entonces, nuestro comandante, es decir, el accionista mayoritario, nos gritó que corriéramos al puerto, que nos quedáramos ahí y compráramos boletos para un paseo en barco mientras él se encargaba de resolver las cosas. Nosotros nos fuimos. Así es, Alexander, no te burles, que nuestro comandante es el líder y seguro va a llegar a un acuerdo con los ojorasgados. Si él logró llegar a un acuerdo con los chechenos, cómo no va a llagar a un acuerdo con estos enanos amarillos… Claro que costará una plata porque esto no es negociar con el partido para sacarnos de las rejas, aquí nos va a costar más de un par de cosas, a lo mejor tendremos que darles, en última instancia, un avioncito. Pero que vaina tan divertida fue, yo nunca había gozado tanto en una fiesta de Año Nuevo. Por semejante fiesta un avioncito no me parece mucho. ¿Qué te parece, Alex, divertido, no?

        Miré a Lámpara feliz a pesar de su ojo morado y de la camisa rota, vi que detrás de él estaban otros siberianos con los rostros hinchados y llenos de moretones, pero felices; me percaté de que junto a ellos estaban las reinas de Siberia con sus trajes de travestis tailandeses, de los cuales ya se habían caído los cristales, el brillo se había opacado, las plumas de pavo real y avestruz había volado y el maquillaje se había corrido, pero las reinas también destilaban felicidad y un profundo orgullo por sus hombres. Entonces miré de nuevo a mis compatriotas y tengo que decir que no me molestaban. Es decir, ellos no combinaban con el yate blanco, el mar azul y los simpáticos europeos vestidos con franelas Polo, ellos eran más que todo eso, eran más que mi pobre cabeza que había dejado de entender cualquier cosa; ellos eran más que todo eso y mucho más terrible... Yo temblaba cuando los miré de nuevo y respondí bajito a Lámpara, mi nuevo amigo de Siberia:

       - Fue divertido... Muy divertido.

 ***

La segunda parte de la serie no sucedió, es decir, nuestras peores suposiciones no se concretaron. Claro que los rusos ocuparon los mejores puestos del yate, pero se comportaron, si se quiere, decentemente; estaban cansados por toda la violencia de la noche anterior. Bueno, los europeos tampoco exigieron muchos derechos, en primer lugar, porque eran menos, y en segundo, porque las caras que tenían los salvajes orientales simplemente asustaban, no inspiraban discusiones sobre derechos humanos. También es posible que el rumor acerca del bautizo que recibieron los turistas europeos en la piscina del hotel donde estábamos alojados, ya hubiera llegado a todos los rincones de Pattaya. Tampoco los vestidos absurdos de las reinas de Siberia despertaban reacciones. Los europeos simplemente desviaban la mirada y se concentraban en la contemplación del mar. La gente feliz de Siberia no comprendía de lo que los había salvado la infinita capacidad de tolerancia de los europeos.

Cuando el sol empezó a calentar, los siberianos no aguantaron y se desnudaron, literalmente se quitaron toda la ropa y ninguno tenía traje de baño, por eso el espectáculo no era apto para personas débiles. Los hombres quedaron en calzoncillos que dejaban al descubierto parte de la barriga; las reinas de Siberia, tan corpulentas como los hombres, se quedaron en ropa interior de encajes y lacitos de tul fruncido, de las cuales con frecuencia se desbordaban las fantásticas medidas de senos y pompas. Muchas andaban con tangas tipo “hilo dental”. Yo me puse a ver el mar porque no soportaba el espectáculo, pero los europeos, al contrario, dejaron de mortificarse, no sé porqué, tal vez porque estaban acostumbrados al nudismo, pero en Rusia, donde siempre hace frío, hasta quitarse el abrigo es una hazaña y aquí, unos rusos salvajes se estaban bronceando en ropa interior. También podía ser que Lámpara tenía razón y la mayoría de los europeos era pederasta. Como quiera que hubiera sido, el crucero iba pacíficamente y nada amenazaba con catástrofe.

En principio esa era la resaca más agradable de mi vida porque el yate se detenía cada hora en paradisíacas lagunas y bahías de arenas blancas; Liuba, a pesar de andar deprimida, nos traía cerveza y entremeses de cangrejo; y los cuerpos exuberantes de las reinas de Siberia que se movían de aquí para allá en ropa interior mojada, le daban un toque casi erótico a la atmósfera. Yo también me relajé y me desvestí, solo mi esposa se resistía, continuaba apegada a sus principios morales y se bronceaba en jeans. Qué le vamos a hacer si justamente por su estatura moral fue que yo me enamoré de ella. “Independientemente del horror existencial, la vida es bella”, con pereza pensaba yo, mientras tomaba una cerveza. Miren nada más: el mar, el sol, la belleza extraordinaria de las islas y lagunas, es como si estuviéramos dentro de un aviso publicitario; los cuerpos femeninos paseándose en ropa interior de encajes mojada, literalmente, invitan a celebrar la vida y a procurar su inmediata continuidad. Los hombres, que estaban derretidos por el solecito y las cervezas, habían perdido toda la agresión y ahora parecían niños traviesos y tontos de 10 años. “Y es que todo tiene dos caras. Después del día llega la noche, después del calor viene el frío, a la vida le sigue la muerte. Algún día, hasta nosotros, los rusos, nos tranquilizaremos, aprenderemos a comportarnos, dejaremos de mear en las piscinas y empezaremos a diferenciar la moda de los travestis, de la verdadera moda europea, un poco más modesta, discreta, pero de más calidad y más cara.” Pasé la mayor parte del día con estos pensamientos que me tranquilizaban el alma y la conciencia, aunque de vez en cuando, el diablito que habita en mí, me tocaba el hombro y me susurraba burlón:

- Ajá, aprenderán y se tranquilizarán… Por supuesto, aprenderán solo si antes, gracias a su gran sencillez no acaban con el mundo. Porque, si a ver vamos, pueden destruir el mundo con su sencillez, sabes que pueden.

        ¿Pueden? ¿Pueden? ¿Pueden?

Me daba vuelta al otro costado, el diablito guardaba silencio y de nuevo me arrullaban los pensamientos sobre los dos lados de las cosas, y sobre los ciclos de todo lo que existe.

Así pasó el día. Cerca de las cinco de la tarde, el capitán anunció por altavoz que había concluido la última parada en una isla, que levaría el ancla y regresaríamos a Pattaya. Empezó a escucharse el ruido de la cadena subiendo, pero segundos más tarde, en la proa del yate algo empezó a echar humo y la cadena, que había subido casi toda, se fue para abajo y se sintió cómo el barco se zarandeó. Los rusos no prestaron atención a lo que había sucedido, se acariciaban relajados bajo el sol que ya no era tan caliente, mientras tomaban cocteles con actitud flemática. La reacción de los europeos fue exagerada, desde mi punto de vista, porque empezaron a chillar y de todas partes empezaron a escucharse teatrales Jesus y God.

“Viven demasiado bien, – los juzgué mal. – Por eso le tienen miedo a cualquier pendejada. Eso es lo que pasa. En cambio para nosotros vivir es insoportable, y morir no es una tragedia.” Minutos más tarde, el capitán ofreció disculpas por el pequeño desperfecto técnico y aseguró que el problema sería resuelto en una hora. En la proa trabajaban febrilmente. Los europeos comenzaron a calmarse, pero media hora más tarde, cuando suspendieron los trabajos, la tensión empezó a crecer de nuevo. Un grupo de saludables ingleses llenos de tatuajes llegó al bar y se llevó varias cajas de agua mineral. Los rusos actuaron en consecuencia confiscando todo el alcohol que había a bordo y el agua mineral que quedaba. El capitán guardaba silencio y la tensión aumentaba. Los europeos vaciaron los estantes donde estaban las hamburguesas y, temiendo que se las quitaran, empezaron a comérselas apurados. El capitán seguía guardando silencio. Comprendí que estábamos a milímetros de una desgracia y me cubrí el rostro con las manos.

“Aquí vamos otra vez, – pensé sintiendo que estaba condenado, – todo empieza otra vez: después del frío, llega el calor; al día le sigue la noche; aquí tienes, pues, todo es cíclico, aquí tienes tu filosofía…” Ya yo me estaba preparando para la batalla correspondiente, buscando un lugar donde esconderme, pero la situación se resolvió de repente de la forma más inesperada y paradójica. La vida me demostró una vez más que la realidad supera cualquier ficción, que ningún escritor es tan creativo como para competir con la vida… Los europeos se atragantaron con sus hamburguesas mientras los siberianos veían con malos ojos cómo su pan de cada día se perdía en aquellos estómagos. Todo estaba a punto de empezar cuando uno de esos hombretones, sonriendo como Gagarin, sacudió la mano y haciendo un guiño dijo con picardía:

- ¡Déjenlos que coman! Peor para ellos, mejor para nosotros.

- ¿Y porqué mejor para nosotros? – Preguntó con aire sombrío su vecino que ya estaba preparado para empezar la pelea.

- Porque estarán más sabrosos. – Respondió totalmente serio el hombre. –Los clavamos y nos comemos a los cerdos, dicen que son más sabrosos porque los alimentan solo de colesterol, bueno y ellos están tragando hamburguesas. Y si no los clavamos, también peor para ellos ¡porque estirarán la pata antes del día por el colesterol.

 Los siberianos tardaron unos segundos en digerir el chiste y luego rompieron a reír.

Se relajaron de inmediato y volvieron a recostarse en las tumbonas, pero uno de ellos insistía en señalar con el dedo a una europea gorda que andaba muy asustada y, el hombre, ahogándose de la risa y salpicando saliva, repetía: “Claro que nos los vamos a comer… traguen, traguen, idiotas… yo empezaré por comerme a esa… apetitosa… empezaré por sus dulces teticas…”

La mujer, a quien él señalaba con el dedo, palideció y le susurró algo a su amiga. A ésta también le cambió la cara, se inclinó hacia el esposo y le dijo algo al oído y así empezó a rodar un rumor aterrorizante entre las filas de los europeos. Yo pude escuchar dos palabras: Russians y otra parecida a “comunism”, pero no era exactamente “comunismo”. Entonces el grupo de saludables ingleses tatuados salió al frente. “Ahora empieza”, - pensé yo, pero desde las espaldas de los ingleses inesperadamente apareció volando una mujer de busto enorme y, cayendo de rodillas frente al amante de sus dulces teticas, gritó en un ruso casi perfecto:

- ¡Querido, no comas a mí! Yo soy de los nuestros, yo soy eslava from Poland, tengo tres hijos en Gdansk y mi mamá es viejo!  No comas, querido por madre de dios y su hijo Jesus, no comas, yo también eslava. Primero come a ellos, a ingleses, ellos enemigos, yo no. Por madre de dios… come ellos primero…

- Cannibalism, cannibalism… – Indignados gritaban los ingleses que, afortunadamente para ellos, no sabían ni una palabra de ruso, y yo entendí la palabra que había confundido con comunismo. La polaca estaba histérica y besaba los pies del aturdido bromista amante de los bustos grandes.

 Él se sonrojó, se puso de pie, no hallaba qué hacer, miraba para todas partes buscando ayuda y repetía sin cesar la misma frase:

 - ¿Qué le pasa, que te pasa, madre?, ¿te volviste loca? Yo estaba echando broma, echando broma…

- No verdad. – Insistía la polaca, – yo oíste. Usted ruso malo y usted ruso bueno. Usted mandó tanques nosotros, usted pegar nosotros, pero usted salvar nosotros del duche. Madre dios, yo de los nuestros, nosotros eslavos no coma, inglés coma, ¡¡¡ruego!!!

- Yo estaba echando broma, echando broma... – desesperado repetía el hombre, pero sus palabras no surtían ningún efecto en la polaca. Cuando ya las cosas habían entrado en un callejón sin salida, apareció en escena una de las reinas de Siberia. Decididamente sacando el pecho con arneses de encaje, se inclinó sobre la polaca, la levantó y la apretó contra su igualmente gran busto. Sus pechos se encontraron, el aliento de los hombres de todas las nacionalidades presentes se cortó. Incluso a los flemáticos y tatuados ingleses se les cayó la mandíbula.

- ¡Es que todos son unos burros! – Dijo con voz de bajo la reina siberiana tratando de tranquilizar a la polaca. ¿Qué te pasa, chica? ¿Tú no conoces a los hombres? Son burros y débiles. Que se van a comer a las mujeres… Eso es un chiste. Tranquila… Yo me los voy a tragar, me los voy a tragar como si fueran huevos sancochados, ¡burros! Los cuernos es lo único que les va a quedar. ¡No llores, pendeja! Todo va a estar bien.

La polaca vio con esperanza a la reina de Siberia, se relajó, los ojos se le anegaron, las suyas eran lágrimas de alguien que se acaba de salvar de un gran peligro y ahí empezó la hermandad entre esas dos mujeres. Las mujeres no rusas se abalanzaron sobre las mujeres rusas y se pusieron a llorar sobre los pechos de sus hermanas. Las hermanas rusas les acariciaban los cabellos y les susurraban palabras de aliento.

Hermano, no nos vamos a comer a nadie, las mujeres siempre se van a entender entre mujeres y los hombres son burros, todos y en todas partes del mundo. Me parece que las mujeres, independientemente de las barreras lingüísticas, se entendían perfectamente. Por lo menos, por lo que yo pude entender, las europeas también estaban diciendo que los hombres eran unos burros y, a propósito, algunos de sus hombres, por debajo de cuerda, intentaban ahogar sus penas en pechos rusos, pero las reinas siberianas estaban alerta y con certeros manotazos ponían en su lugar a los que se querían pasar de listos.

Ante mis ojos se desarrollaba la segunda escena surrealista en menos de 24 horas y yo estaba admirado de lo maravillosa que es la vida, de la diversidad que encierra. La primera escena fue ayer en la noche, en la piscina del hotel dentro de la cual temblaban unos extranjeros humillados que habían sido lanzados allí por mis salvajes coterráneos.  La segunda escena estaba en pleno desarrollo: paz, amistad, amor, gente rumiando… Claro que todo podía voltearse, además, en las dos ocasiones. Qué pasaría una tercera vez, si llegara a pasar, era difícil imaginarlo, pero la tercera vez estaba a punto de ocurrir. El escándalo entre los pasajeros, finalmente, despertó al capitán tailandés. Él apareció en cubierta y, después de que el conflicto se resolvió satisfactoriamente, decidió hablar:

- Damas y caballeros, – Dijo el capitán imitando el estilo norteamericano, sonriendo y deformando terriblemente las palabras en inglés a la manera tailandesa. – Me alegra que ustedes se hayan calmado porque su angustia era en vano. La avería resultó mucho más grave de lo que habíamos pensado porque se quemó el motor de la cadena del ancla y nosotros solos no podemos repararlo, lo que significa que hoy no podremos regresar a casa. Pero ya hemos solicitado ayuda y, a más tardar, al amanecer, llegará el barco con la ayuda técnica que necesitamos. No deben preocuparse porque tenemos reserva de comida y agua potable suficiente para varios días. Por otra parte, a manera de compensación por las incomodidades causadas, la empresa les ofrece un descuento del 50% la próxima vez que deseen hacer un crucero con nosotros. 

Los pasajeros rusos escucharon las palabras del capitán con estruendoso júbilo, pero los europeos empezaron a gritar indignados. A los rusos les venía bien una noche lejos de Pattaya después de los sucesos del día anterior, mientras que para los europeos acostumbrados al confort una noche al estilo de Julio Verne era casi una catástrofe y por eso empezaron a lanzar preguntas: ¿Y no se puede aserrar el fucking ancla? ¿No podemos sumergirnos hasta el fondo y arrancar el motor? ¿Y si hacemos un equipo y sacamos la cadena manualmente? Antes de responder a cada pregunta, el capitán conversó largamente con su tripulación. Luego respondió: no se puede aserrar porque, aunque en la embarcación hay varias herramientas, no hay una sierra, y, además, él creía que no existía una sierra de ese tipo; se puede arrancar el motor, pero se corre el riesgo de que, en lugar del ancla, se arranque la proa y, por último, enrollar manualmente la cadena del ancla es una misión imposible porque es de hierro, mide 60 metros y pesa varias toneladas, no hay fuerza humana capaz de moverla.

No fue que las respuestas del capitán satisficieran a todos los pasajeros, pero como no había nada qué hacer, éstos comenzaron a dispersarse. Los rusos, felices, pero los europeos comenzaron a orar y a maldecir en susurros. Y la desgracia llegó de donde no se esperaba.

En todo el yate se escuchó el chillido de una mentada de madre en ruso de la amiga tailandesa de Lámpara, Liuba porque ella había incluido en su divertido tailandés vulgaridades rusas y también algunos insultos en inglés. Observar ese espectáculo asustaba, no tanto por la mezcla de los idiomas, sino porque la silenciosa y atemorizada Liuba tuvo el valor de alzar la voz hasta tal impensable tono. Eso significaba que efectivamente estaba pasando algo horroroso. Cuando Lámpara empezó a gritarle a su sumisa esclava usando el mismo coctel de idiomas, nos aterrorizamos todos, incluso los siberianos cuyos ojos habían visto muchas cosas… ¡Si yo pudiera transcribir esa obra maestra de la lingüística! Lo menos que la humanidad agradecida me otorgaría, sería el Premio Nobel de Literatura… Pero como la conversación de Lámpara y Liuba se desarrollaba fundamentalmente con un léxico ruso censurado, la humanidad no se sentiría tan agradecida como a mí me gustaría… Bueno, en un resumen traducido por el mismo Lámpara, la esencia de la conversación fue la siguiente:

Liuba, que era la única pasajera tailandesa en el yate, pudo escuchar por casualidad la conversación entre el capitán y su tripulación, y se horrorizó porque el tipo resultó ser un mentiroso, un canalla y un cínico. No había solicitado ninguna ayuda porque la radio se había dañado hacía una semana y no había podido comprar una nueva por falta de dinero. El yate se encontraba a unos 120 kilómetros del lugar habitado más cercano y la ruta que ellos habían seguido no la conocía nadie más porque cerca de Pattaya había miles de islotes deshabitados y para el capitán era una diversión trazar rutas inexploradas. Además, hacía años que el capitán no viajaba a la isla en la que nos encontrábamos y era muy difícil que alguien más hubiera viajado alguna vez. Por otra parte, las provisiones y el agua prácticamente se habían acabado. El canalla del capitán y su tripulación, se cuidaban de los rusos porque suponían que si los rusos decidían comerse a alguien cuando se aclararan las cosas, no empezarían por los pasajeros, sino por ellos. Por eso, después de hablar con su tripulación, el infame capitán decidió marear a los pasajeros con palabras dulces y, aprovechando la oscuridad, subirse al único bote salvavidas y lanzarse a la voluntad de las olas porque la voluntad de las olas sería más benevolente que la voluntad de los salvajes rusos.

Antes de que Lámpara terminara de hablar, ya estaban golpeando al capitán y a la tripulación. Esta vez yo estuve de acuerdo porque los estaban golpeando por lo que habían hecho y por poco yo mismo participo en el castigo. En el último momento mi esposa me agarró e impidió que les diera su merecido. Algunos de los siberianos estaban enardecidos y proponían colgar al capitán del mástil, como cuentan los libros de piratas. Creo que no lo colgaron porque no encontraron el mástil. Afortunadamente para el capitán, el yate era de motor. Los siberianos se limitaron a amarrar al golpeado capitán y su comando, y encerrarlos en la bodega.

Por supuesto que en la golpiza a los tailandeses participaron solo los rusos, los europeos, a quienes la polaca había traducido la esencia de la catástrofe que había ocurrido, entraron en histeria total y sin retorno. Muchos cayeron de rodillas y rezaban; otros corrían caóticamente por la cubierta y gritaban algo incomprensible; algunas personas estaban aterrorizadas porque los rusos estaban desatados y decidieron esconderse, incluso un viejito, veterano de la guerra fría, gritó “Ahí vienen los rusos” y se lanzó al agua.

Cuando la polvareda de la batalla se asentó, se hizo evidente que la pesada responsabilidad de salvar a los que se habían lanzado al agua y de los que estaban sufriendo por la desgracia, recaía exclusivamente sobre los hombros de los rusos. Las mujeres europeas se mantenían a flote gracias a la bondad de las reinas de Siberia, que las abrazaban en sus tibios pechos y como podían, las calmaban. Les decían que los tailandeses recibieron lo que se merecían por lo que habían hecho, que los rusos eran gente civilizada y que su furia no tocaría para nada a pueblos inocentes. Decían que todo estaba tranquilo porque, con toda seguridad, sus hombres estaban pensando en algo. Les contaron que sus hombres, se encargaron de resolver todo incluso cuando el Buró Federal de Seguridad le cayó a “Alas de Siberia”, así que el tema del ancla… no es nada, se pulveriza y se escupe… Qué importa lo que ellas decían… Lo importante era el tono y lo melodioso de sus palabras que actuaba beneficiosamente en las personas que se encontraban en shock. Hasta los ingleses tatuados y colorados por tanto sol, se arrimaron hasta las reinas de Siberia para escuchar sus retahílas aun cuando no entendían ni una palabra.

Sin embargo, al atardecer, hasta los poderosos hombros rusos ya estaban cansados. La batalla nocturna en el hotel, la huida de la policía tailandesa, la borrachera ininterrumpida de ese día y, finalmente, la catástrofe y la traición de la tripulación del yate habían hecho mella en los hombres de Siberia que estaban sombríos y fumaban sentados en las tumbonas, hinchados de tanto alcohol. Todavía no sabían qué iban a hacer. Algunos que pensaban que con el día se piensa mejor, decidieron recostarse en las sillas para dormir un poco. Solo Lámpara seguía intentando calmar a Liuba que lloraba colgada en una nota aguda muy desagradable. Al final, él entendió lo inútil de su tarea, la mandó a las sillas y él se fue a proa a tomar un poco de aire. Estando allí, vio una mandarria que los marineros habían olvidado cerca de la sección de la cadena del ancla. Lámpara se detuvo un momento, fumó un poco y luego agarró la mandarria y empezó a golpear la embarcación. Durante un rato nadie llegó hasta donde él estaba. Lámpara había logrado romper un pedazo de la cubierta y alcanzado la cadena del ancla, la había agarrado en sus manos y, de pie, la estaba halando hacia sí. Uno de los siberianos no se contuvo y se acercó a Lámpara.

- Hermano, ¿qué estás haciendo? – Le preguntó cautelosamente.

- Liuba está llorando, – respondió entre dientes y entre gemidos mientras continuaba halando infructuosamente la cadena. – Hay que enrollarla para acá.

- Aaah… – respondió el hombre y regresó con sus otros compañeros.

 Un minuto más tarde todos los siberianos estaban halando la cadena. Yo también me sumé a la fila y, aunque mis manos chorreaban sangre, cuando Lámpara daba la orden, yo halaba la cadena hacia mí.

 - ¡Vamos! ¡Otra vez, vamos! La enrollamos, vamos, vamosUn poquito másVamos querida, vamos, muévete un poquito más. – animaba y juraba Lámpara. Nosotros lo intentábamos con todas nuestras fuerzas porque Liuba estaba llorando. Esa era la razón principal, y la más importante, por la que todos estábamos esforzándonos y por la que la cadena se movía…

De a poquito, un centímetro, un pedacito imperceptible… así empezó a salir la cadena del agua. El sol naranja se hundía lentamente en el mar… había un atardecer espectacular, un atardecer tailandés que nos volteaba el alma al revés. Pero no nos dábamos cuenta de ello, porque estábamos halando la cadena del ancla, aunque nos desgarráramos las palmas de las manos, porque Liuba estaba llorando…

Alguien empezó a cantar “Dubinushka”, una canción popular rusa de mediados del siglo XIX, y los demás, aunque se preguntaban cómo se acordaban de esas palabras que parecían haberse olvidado hacía tanto tiempo, se sumaron al canto:

 ¡Ay, garrotito, retumbaremos

Pero tu vendrás solito!

Nos llenaremos de sangre

Pero retumbaremos

 Así cantaban en medio de aquel espectacular atardecer; cerca de una laguna paradisíaca, a 120 kilómetros de una costa que no era nuestra, en el Mar de China, que tampoco es nuestro, sonaba nuestra canción. Nunca en la vida me había sentido tan ruso. Ni antes ni después. Nunca había querido tanto ser ruso y nunca había sentido tanta felicidad de serlo. Me fusioné, finalmente me fusioné con ese animal de carga, con ese heroico e invencible animal de carga y no lo lamentaba ni un poquito. Yo me fusioné con él por una simple y muy clara razón: Liuba estaba llorando.

Los europeos nos miraban temblando de terror, pero ninguno, ni siquiera los fornidos ingleses llenos de tatuajes intentaron ayudarnos.

 Porque era increíble, imposible, porque la cadena pesaba toneladas, porque no hay fuerza humana capaz de moverla. Tenían muchos argumentos y todos eran racionales y correctos, pero a ellos les faltaba lo que nosotros teníamos: a ellos no les conmovía el llanto de Liuba. Ellos no sentían el dolor de nuestro hermano Lámpara porque Liuba estaba llorando, pero nosotros lo sentíamos y nos dolía. Por eso la cadena se movía poco a poco, centímetro a centímetro, arañándose los costados de metal, la cadena subía a la superficie.

 - ¡Se lo dijimos! – Se regocijaban las reinas de Siberia mientras acariciaban los cabellos de sus hermanas europeas. – Les dijimos que nuestros hombres pensarían en algo y ¡miren, aquí están nuestros hombres!

 En medio del coro de mujeres, pude escuchar la voz de mi mujer que también consolaba a alguna belga diciéndole: “¡Mira, mira qué hombres tenemos nosotras!” Gracias a las voces de nuestras reinas la cadena se movía con más facilidad, era como si se moviera sola, era como la canción que cantábamos en el ajeno Mar de China:

 ¡Ay, garrotito, retumbaremos

Pero tu vendrás solito!

Nos llenaremos de sangre

¡Pero retumbaremos!

 … Ya casi terminábamos de sacarla, quedaban pocos metros, pero la cadena de repente se atoró y no se movía. Por lo visto se había atorado en algún tronco hundido. Nosotros habíamos hecho todo correctamente y con belleza, habíamos hecho todo lo que podíamos hacer, más de lo que podíamos, pero las fuerzas humanas tienen límites y las fuerzas de la naturaleza son ilimitadas. Dejamos de cantar “Dubinushka” e invocamos la ayuda de las oscuras fuerzas de las blasfemias rusas, pero ni las fuerzas oscuras de las blasfemias pudieron vencer a las fuerzas de la naturaleza. La cadena no se movía ni un poquito. No había manera… Entonces, aún con la cadena en las manos, nos derrumbamos y sordamente gemimos. No era correcto, no era justo, el universo debía haber reconocido nuestra hazaña porque Liuba estaba llorando… Entre los lamentos de los hombres que tenía cerca, yo pude escuchar el vergonzoso sollozo de uno que no era digno de llamarse verdadero siberiano. No fui el único que lo escuchó. Las reinas de Siberia dejaron de consolar a sus amigas, suspendieron las loas al hombre ruso y en el yate se hizo el silencio, interrumpido solo por los lamentos y gemidos de los hombres desesperados, bueno, y por aquel vergonzoso y débil sollozo.

Entonces, aquella aguda reina de Siberia que había calmado a su hermana polaca del susto de que se la comieran, corrió hacia nosotros, se puso las manos en la cintura y repentinamente, bajito, nos dijo:

-Y ustedes dicen que son hombres. – Ella se calló y nosotros nos avergonzamos, pero la reina no se quedó tranquila, su voz se hizo más fuerte y como un trueno sobre nuestras cabezas gachas retumbó. – ¿Qué tipo de hombres son ustedes? Mujercitas es lo que son, como éstas… – Dijo señalando con la cabeza a los ingleses llenos de tatuajes. – Se entregaron, moquean, lloran. Sí, ustedes son mujercitas, yo misma sacaré la bendita cadena. ¡Quítense, déjenme pasar! – Se abrió paso hasta el hombre que estaba más cerca de la cadena y empezó a halarla hacia sí mientras rompió a cantar con su hermosa y sonora voz femenina: “¡Ay, garrotito, retumbaremos / Pero tu vendrás solito! / Nos llenaremos de sangre / ¡Pero retumbaremos!”. Las otras reinas de Siberia abandonaron a las atontadas europeas y se sumaron a halar la cadena, entre ellas estaba mi esposa y todas cantaban “...Nos llenaremos de sangre / ¡Pero retumbaremos!”. Y halaban la maldita cadena.

Los hombres, lentamente, de uno en uno, empezaron a ponerse de pie y con las últimas fuerzas que les quedaban empezaron a halar hacia sí los eslabones de la cadena que no querían ceder. Para no enloquecer del dolor en las palmas destrozadas, con voz ronca exhalaron una canción burlesca, terrible y pegajosa: “...Nos llenaremos de sangre / ¡Pero retumbaremos!”.

Las voces de mujeres y hombres se fundieron en un único, increíble y, poderoso llamado lanzado al universo y… Y la cadena cedió. Nosotros sacamos esa maldita ancla. Los hombres soltaron al capitán y lo llevaron custodiado al timón. Él encendió el motor y el yate se movió rumbo a Pattaya.

El exuberante atardecer tropical estaba llegando a su fin. Solo algunas rayas naranja y violeta iluminaban el cielo que oscurecía. Ya sin fuerzas, nosotros nos sentamos en la proa y nos deleitamos con la preciosa vista. Guardamos silencio. La noche de Año nuevo más larga de mi vida estaba llegando a su fin. Fue alegre, atarantado, vergonzoso, paradójico y triste. Como la vida. Pero se estaba acabando. Igual que toda nuestra vida…

Los hombres en boxers, con sus barrigas cerveceras al aire y las mujeres con su ropa interior de encajes desgastados, miraban el final del atardecer y pensaban; parecía que todos pensaban en la misma cosa. “Igual que toda nuestra vida…” – Pensaban. Y de pronto, en medio del rumor de las olas en aquella noche que apenas comenzaba, se oyó, bajito, una voz llena de una tristeza conocida y comprendida por todos nosotros, los rusos. Sentado en la punta de la proa, abrazando a Liuba, ya más tranquila y mirando el crepúsculo, Lámpara cantaba:

 Por las estepas del Baikal,

por las montañas donde buscan oro,

un vagabundo, maldiciendo su destino,

con su bolsa al hombro va.

 Otras voces empezaron a cantar bajito la misma canción y el coro de voces se escuchaba fuerte. Casi tapaba el rumor de las olas y el ruido de los motores del yate.

Las voces del coro llenaron todo. Sonaba fuerte, triste, grande como el mar…

 Una noche oscura de la cárcel se escapó

Por la verdad en la cárcel padeció

Más lejos no puede ir

Ante él solo el Baikal está.

 Yo no estaba cantando, solo miraba a la gente rusa cantando y de mis ojos brotaban lágrimas. “Tontos amados míos, – pensaba, – mis débiles entrañables, querido animal de carga, qué buenas personas son todos ustedes. Es verdad que les falta educación, si, es verdad que son agresivos y malos a veces, pero son panas leales, queridos, entrañables…”  Mientras tanto ellos seguían cantando con el ritmo de las olas:

 El vagabundo al Baikal llegó,

un bote de pescar tomó

y una triste canción

sobre la Patria entonó.

 “Siberia… – pensé. – ¡Qué región tan dura! Allá la taiga es la ley y el oso el procurador. Pero tiene alas, por Dios, tiene alas Siberia y volará para alegría de toda la humanidad. Y alcanzará tales alturas que ahora es imposible imaginar. Porque ya empezó a volar. Porque ya escribió las grandes obras de Tolstoi y Dostoievski, porque ya creó a Pushkin y a Tchaikovski, porque envió a Gagarin a las estrellas. Todos ellos salieron de hombres y mujeres exactamente iguales a éstos, porque puede ser que seamos salvajes, pero somos personas grandiosas, probablemente… puede ser que los más grandiosos sobre la faz de la Tierra. Y volará, con toda seguridad volará nuestra “Alas de Siberia”. Es que no puede no volar, porque si tiene alas, tiene que volar.” Justo en ese momento despertó el diablito que vive en mí y sarcásticamente me hizo ver lo siguiente:

 - Ajá, volará, claro que volará, ya volaron una vez y luego se desplomaron. Por poco aplastan al mundo entero con su comunismo y ahora se desploman. ¿Qué te pasa? ¿Es que no ves cuánto de pesado, sucio y abominable hay en tu grandiosa gente? Los oprimen contra la tierra y ellos oprimen a toda la Tierra. Tu grandiosa gente desea oprimir a toda la Tierra con su sencillez y su grandeza. ¿Es que no lo ves?

Me hubiera gustado responderle que lo veo, pero que todo eso es una tontería porque lo bueno, bondadoso y entrañable es mayor en ellos. Quería responderle muchas cosas, pero no tuve tiempo porque la canción estalló con fuerza renovada y el diablito decidió callarse. El vagabundo del Baikal decidió ir al encuentro de su madre

 

“Madre querida, ¿cómo estás?

y mi padre y hermano ¿cómo están?”

“Tu padre en la tumba está,

Cubierto de tierra está

Y tu hermano hace tiempo

Arrastrando grilletes

En Siberia está”

 

La canción terminó y todos de nuevo callaron. Del alma se apoderaron la tristeza y el bienestar. Así pasa, créanme, a veces pasa que te sientes triste y te sientes bien al mismo tiempo.

- ¡Miren la estrella! – De repente dijo Lámpara y todos miramos hacia arriba. En el cielo brillaba una estrella grande, era la primera y había en ella algo particular, era enorme y su luz acariciaba y calentaba el alma. Me puse de pie y miré a los siberianos enamorados de la estrella. Sonreían. Todos tenían la mirada puesta en el cielo, sus rostros estaban iluminados, se veían relajados, parecían niños. Yo también alcé la mirada para ver la estrella y, a pesar de que yo sabía que faltaban días para el Día de Reyes, a pesar de que no puedo decir que soy creyente, alegre y sonriendo, sin saber porqué, pronuncié dos hermosas antiguas palabras:

- Estrella de Belén, – dije y, quién sabe hacia dónde, la tristeza salió de mi alma.

 

 

Versión: Tatiana Lugo

Agosto 2020

Título original: Крылатая Сибирь

Autor: Александр Староверов

Publicado en: Мой лучший Новый год  /  А. Берсенева   «Эксмо», 

2019 (Новогодняя комедия)



[1] Vladimir Vysotsky (25 de enero de 1938 - 25 de julio de 1980) fue un destacado poeta, actor de teatro y cine, bardo y cantautor soviético que dejó una profunda huella en la sociedad rusa.


[1] Algunos rasgos característicos de los “nuevos rusos” eran usar: chaquetas rojas o magenta, jeans negros de una marca de moda, zapatos negros puntiagudos, cadenas gruesas de oro, anillos grandes de oro en varios dedos, relojes grandes (preferiblemente enchapados en oro y con piedras preciosas), brazaletes gruesos de oro, teléfonos celulares, autos importados y muy caros; así como cortes d cabello estilo “erizo”.

[2] Iliyá Murametz es un héroe de la épica rusa antigua (siglos XI-XVI), capaz de lograr hazañas extraordinarias. Existen más de 50 leyendas acerca de sus acciones.



[1] Muzhik: hombre campesino, fortachón y poco educado.

[2] Boris Mijailovich Kustódiev (1878-1927) pintor ruso – soviético.

[3] Vasisuali Lojankin personaje de la novela satírica “El ternero de oro” (Ilf y Petrov. 1931), que se dedicaba a pensar en el destino de la intelectualidad rusa y que, en los años 70, fue causa de polémicas entre los críticos literarios.







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