Los hombres de mi vida (II) |
Llamé a cada uno, en ese orden. Uno declinó por arrogante, otro por dipsomanía y el tercero era Mijalkov.
-
¿Quién es usted? – me preguntó.
-
Soy maestra, - después pensé y completé mi respuesta: -y estudiante del
Instituto de Cinematografía, en la Facultad de Producción de Guiones.
Por
supuesto que mentí, pero lo hice porque tenía razones. En primer lugar, yo
soñaba con la Facultad de Producción de Guiones, en el Instituto de
Cinematografía, y, en segundo, porque me parecía que ser maestra era poco.
Tenía que estar más cerca de las artes para que estuviéramos en igualdad de
condiciones: Serguei Mijalkov es poeta, yo soy guionista.
-
El martes a las dos de la tarde.
-
Llámeme el martes a las diez de la mañana para recordármelo.
- ¡Gracias! –me alegré yo.
-
Tenga en cuenta que si levantan el auricular y no hablan, soy yo. Yo soy
tartamudo.
-
Entendido.
De
inmediato sentí que era una persona encantadora. Él acababa de conversar con
una maestra desconocida y se había permitido bromear con sutileza. Su voz era
un poco alta, inteligente. La voz te permite escuchar tanto.
El
martes lo llamé, no a las diez sino a las diez y media. Por alguna razón yo
decidí que las diez era muy temprano, que era mejor esperar un poco. Marqué el
número y al instante levantaron el auricular y gritaron:
-
¿Por qué usted no me llamó a
tiempo? Yo estoy sentado esperando, yo soy un hombre ocupado.
Me
quedé pasmada porque no esperaba que el propio Serguei Mijalkov estuviera
sentado en su Olimpo esperando que sonara el teléfono por una llamada de una
insignificante maestra que se mueve por allá abajo, a los pies del Olimpo,
rumiando hierbas como una cabra. No comprendí de inmediato que la puntualidad y
el deber son principios de un aristócrata. Un aristócrata jamás hace esperar a
nadie porque eso es una descortesía.
Por
extraño que parezca, una misma persona puede ser de diferentes maneras. Algo
así pasaba con Mijalkov. Mis contemporáneos tenían su Mijalkov y yo tenía el
mío. Yo hablo de mi Mijalkov, del Mijalkov que yo recuerdo.
Serguei
Vladímirovich llegó a la escuela para el encuentro con los niño y se sorprendió
al verme.
-
¡Ma –maestra! – se admiró él.
En
realidad, yo me parecía muy poco a una maestra porque era muy joven y vestía a
la moda. Me ganaba el pan con un trabajo lindo y honrado a pesar de que hubiera
podido ganármelo sin tanto esfuerzo.
Serguei
Vladímirovch comenzó a hablar frente a los niños y en ese momento una niña, que
estaba sentada entre los últimos puestos, perdió el conocimiento y se cayó de
la silla haciendo un gran ruido. Se produjo una pequeña situación de pánico.
Serguei Vladímirovich preguntó:
- ¿Qué pasó?
- ¡Una niña se cayó! – grité yo.
- Es
decir que mientras yo hablo, ¿ellos se van a ir cayendo uno tras otro?
Serguei
Vladímirovich era contemporáneo con mi mamá. Era 24 años mayor que yo. Hoy en
día, esa diferencia es la norma y casi todos los hombres cincuentones se
divorcian de sus esposas cincuentonas y se casan con veinteañeras. Eso hasta se
puede entender. Pero entonces, una diferencia de 24 años me parecía
incompatible con la vida. Para mí, Serguei Vladímirovich era como un papá y por
eso empecé a pedirle cosas como: “Yo quiero participar en una película.”
Por
aquel tiempo, todas las muchachas querían participar en una película porque
parecía que el cine era el camino al éxito. Además, muchas creían que era un
camino corto, el más corto hacia arriba, a una vida completamente diferente
donde había ropa fina, hombres famosos, caviar negro todos los días, chofer
privado… Pero, lo más importante, era otra cosa. Para mí, lo más importante era
que ese sería un trabajo interesante, sin Sobakin y, además, con relaciones
interesantes, conversaciones profundas, otra percepción de mí misma. Las
relaciones personales son también un alimento, alimento para el alma. Son el
caviar negro de cada día. Yo quería con locura participar en una película y
Serguei Vladímirovich llamó por teléfono a un director de apellido Roshal y me
presentó. Le dijo:
-
Te va a visitar un prospecto joven y bastante curioso. Obsérvala con
atención porque tal vez la puedas usar de alguna manera.
Grígori
Lvóvich Roshal era tan viejo en ese momento que la única manera en que podía
usarme era en el plano creativo. Escribí algo y fui a visitarlo a su casa. La
esposa de Roshal, Viera Stróieva, había sido estrella del cine mudo, una
belleza sin igual, pero cuando yo la conocí, ya no era ni joven ni esbelta.
Podría decirse que era la “pomposa marchitez de la naturaleza”. Sin embargo, su
rostro seguía siendo hermoso y amable. La belleza y la amabilidad son cosas
diferentes: la belleza viene de Dios mientras que la amabilidad viene del
carácter.
Viera
Stróieva andaba en dormilona por la casa y se peleaba con el esposo tratándolo
exclusivamente de “usted”.
-
Grígori Lvóvich, ¡usted es una mierda! – le gritó desde su habitación.
Él
no reaccionó. Por lo visto, estaba acostumbrado. Después ella me trajo una
fresa en un plato. Aunque su pequeño nieto estaba allí y ella podía dejarle la
fresa a él, ella prefirió dársela a una muchacha desconocida que había caído
quién sabe de dónde y quién sabe para qué.
Grígori
Lvóvich pensaba de un modo aburrido, a la antigua, de un modo académico, por
tanto, era imposible que mi creatividad se enganchara con la suya. Así que
nuestro experimento literario no llegó a florecer, se marchitó.
Grígori Lvóvich me invitó a participar en su película «Суд сумасшедших»
(El juicio de los locos). Me dieron un episodio en el que yo debía interpretar
a una periodista del pueblo que viajaba en una motocicleta y luchaba contra el
imperialismo. Mi periodista predicaba la libertad, la igualdad y la
fraternidad. En pocas palabras, era una estúpida porque la igualdad no existe y
no puede existir. No existe ni en la naturaleza. ¿Qué igualdad puede existir
entre un león y una liebre?
Por
fin se terminó de grabar la película y el estreno iba a ser en el cine
“Rossia”.
Yo
comprendí que habían llegado mis quince minutos de gloria e invité para el
estreno a toda la escuela, incluido Sobakin, para que me vieran y supieran
cuánto valía yo. Para que comprendieran quién era yo y quiénes eran ellos.
Invité a toda mi familia; mi esposo invitó a todos sus amigos del trabajo; mi
suegra invitó a todos los viejos comunistas y a los vecinos del edificio, en
fin, la mitad de la sala estaba llena con mi gente.
Empezó
la película y yo temblaba de la emoción. Pasaron 20 minutos y la periodista no
aparecía. Otros 20 minutos y ni el rastro. Sobakin estaba sentado en la misma
fila que yo, se asomaba y estiraba su cabeza pelirroja hacia mí lo que yo
interpretaba como una pregunta silenciosa: “¿Cuándo aparece?”
Yo
no podía entender nada.
Después
se supo que se habían filmado 2700 metros de cinta, en lugar de los 2100
prestablecidos y por eso había sido necesario eliminar 600 metros. Se hubieran
podido cortar algunos fragmentos, pero Grígori Lvóvich decidió que lo mejor
para la película era eliminar una secuencia completa, así que, cuando hacía el
montaje, agarró las tijeras y quitó todos los cuadros donde yo había trabajado,
donde aparecía mi personaje. De mí quedó solo el pedazo de una pierna y la
rueda de la motocicleta.
Terminó
la película. La sala se puso de pie. La mitad de la sala era mi gente. Todos
voltearon para verme. Yo sentía que estaba desnuda frente a una multitud. La
vergüenza y la perplejidad me quemaban. ¿Qué había pasado? ¿Cómo era posible?
¿Por qué? “No, así no se puede vivir, mejor me doy un tiro.”
Por
supuesto que no me pegué un tiro. Es más, recibí una lección de la que saqué
esta conclusión: uno, jamás, puede depender de nadie. Uno tiene que ser el
dueño de la situación siempre, si no cualquier desgraciado puede agarrar unas
tijeras y sacarte de la fiesta directo a la vergüenza.
Claro que Grígori Lvóvich estaba muy lejos
de ser un desgraciado. Él era un hombre bueno, profundamente correcto y cálido.
Lo que pasa es que el cine no tiene compasión con nadie. ¿Quién era yo para que
me tuvieran en cuenta? Lo mismo le hacían a actores profesionales, los sacaban
cuando hacían el montaje sin anunciarles y sin disculparse. Como se dice en
ruso: cuando cortan los árboles, cae el aserrín. Es decir, uno no debe ser
aserrín, tiene que ser leñador.
Fue
entonces cuando decidí ingresar al Instituto de Cinematografía, a la Facultad
de Producción de Guiones para ser la escritora del guion, crearme un personaje
e interpretarlo, es decir, decidí ser la única dueña de la situación. Así todos
dependerían de mí y me adularían.
¡Cristo!
Cuán errada estaba… El escritor del guion no es nadie, está en el mismo nivel
que el encargado de las luces. Eso lo entendí después. Entonces estaba
intentando ingresar al Instituto de Cinematografía.
Era
verano presenté las pruebas de admisión. Me faltó un punto y, por supuesto, no
me aceptaron. Claro que lloré a mares y llamé a Mijalkov.
-
Pero si tu estudias en el Instituto de Cinematografía, -se asombró
Mijalkov – Me habías dicho que en la Facultad de Producción de Guiones.
- Le
mentí, - reconocí yo.
Él
guardó silencio un momento y después dijo:
- Mentir
no es bueno. Ese es tu error.
- ¿Y
usted cree que he cometido pocos errores? ¿Qué le hace una raya más a un tigre?
Serguei
Vladímirovich se quedó pensativo y decidió:
-
Bueno, eso es una postura ante la vida.
Mijalkov
llamó al rector del Instituto. El rector revisó las posibilidades y se dio
cuenta de que había un cupo. Al parecer, alguien no había llegado a tiempo, o
había cambiado de opinión. Ese cupo me lo dieron a mí. Me convertí en
estudiante.
¿Qué
cambió en mi vida? Todo. Dejé la escuela y encontraron sustituta de inmediato.
El batallón ni se dio cuenta de que había perdido a un combatiente. Yo, en
cambio, empecé a escribir cada día una palabra tras otra inclinada sobre una
hoja de papel.
La
creación es un narcótico muy poderoso. A mí no me gusta la palabra “creación”,
pero no sé cómo sustituirla.
Yo
me sentaba con la cabeza inclinada sobre la hoja de papel y creaba mi mundo.
Como Dios. Solo que en la hoja no había nada, era una hoja limpia en la que de
repente surgía un mundo completamente habitado por personas, pasiones,
confusiones, amor.
Por
fin yo había escuchado el estruendo lejano de mi tren. Salí de la sala de
espera, me subí en ese tren y voy a mi destino. Por primera vez en mi vida no
me sentía aburrida.
De
no haber sido por Mijalkov, yo habría seguido trabajando en la escuela. Hubiera
seguido sentada al piano y los niños seguirían gritando en coro: “Estrellita ¿don
deestás.” Después tocaría cantar “quiero
verte titilar”, pero como la “r” es un sonido complejo para los niños de primer
grado, cantarían “quiero vee- te titilá”.
En
el cuarto grado “B” Sobakin seguiría guindando del techo. Después yo supuse que
le gustaba una niña y él quería llamar la atención.
Esa
fue la época de la pobreza más brutal. En invierno yo andaba con zapatos de
verano. Eran unas zapatillas blancas con un adorno rosado, o al revés, rosadas
con un adorno blanco. En la suela se les abrió un hueco y por ahí se metía la
nieve. Pobreza. Trabajo aburrido. Vida fracasada. Ni el amor puede salvarte.
Porque para ser feliz no basta solo con el amor, para la felicidad deben
converger otros factores como la salud y un trabajo creativo. He allí los tres puntos
de apoyo. De esa vida me salvó Mijalkov.
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