domingo, 22 de febrero de 2026

Los hombres de mi vida. Victoria Tókareva

Los hombres de mi vida

 Versión: Tatiana Lugo

     A partir de este post voy a publicar aquí mis ejercicios de traducción literaria. He decidido divulgar obras de algunos escritores contemporáneos rusos que, hasta donde tengo conocimiento, no han sido traducidos al español y me parece muy interesante que la literatura rusa actual se conozca.

     Este post es para mi traducción de la novela Мой Мужчины (2015), de Victoria Tókareva. Esta novela corta (siguiendo el concepto ruso), tiene como telón de fondo la historia de la URSS a partir de los años 60 y hasta la era Gorbachov mientras Tókareva cuenta su propia historia como escritora.

     A fin de que la lectura sea más cómoda he decidido hacer entregas por partes. 

 Los hombres de mi vida

Victoria Tókareva 2015

Parte I 

Empecemos por el principio.

Yo estudiaba en la escuela N° 104, que quedaba en Vyborskaia, en Leningrado. En 1991 Sobchak, el nuevo alcalde, le cambió el nombre a la ciudad, le puso San Petersburgo, es decir, le devolvió su nombre histórico, pero en mi época, la ciudad se llamaba Leningrado. Por mi parte, yo nunca vinculé el nombre de la ciudad con Lenin, simplemente era una palabra hermosa, clara, sonora: Leningrado.

Yo era una estudiante con promedio de 10 sobre 20 y, cuando me esforzaba, podía llegar a 15; pero en mi salón había dos estudiantes sobresalientes: Liusa Kósova y Liusa Sundátova. Las dos Liusas querían ser mis amigas, competían entre sí, me celaban, Liusa Sundátova incluso lloraba.

A la profesora guía del grupo, una coja que usaba un zapato ortopédico en el pie izquierdo, le escandalizaba aquel triángulo porque para ella las alumnas sobresalientes eran algo así como generales, mientras que yo, alguien de 10 en línea, pertenecía al grado más bajo; para ella, yo era, más o menos, un soldado raso. Por eso, ella no podía explicarse que unos generales tuvieran amistad con un soldado raso o que llegaran al extremo de pelearse por ocupar el primer lugar en mi preferencia.

Hoy en día supongo que estar conmigo debe haber sido interesante porque yo era alegre y sonaba muy bien, es decir, yo podía relatar cualquier libro que me hubiera leído y todos escuchaban con la boca abierta. Al parecer, la vocación literaria se estaba formando desde entonces dentro de mí.

Liusa Kósova era muy pobre. Tenía un solo vestido: el uniforme escolar. Lo usaba todos los días y, en los días de fiesta, lo lavaba y lo planchaba. Se convertía entonces en la ropa de salir.

Liusa, ¿dónde estás ahora? Si llegas a leer estas líneas, encuéntrame. Yo no he olvidado nada. Recuerdo tus cabellos claros, ensortijados y tu boca pequeña.

Liusa Sundátova siempre decía: “Me da miedo el futuro. Tengo mucho miedo.”

En esa época, tendríamos como 15 años y en el futuro nos esperaba lo que le esperaba a todos: el amor, una familia, hijos. Todo dependía de una sola persona: de aquel con quien te encontraras y de quién fuera como persona: un claro Romeo, un depresivo Demon, o un egoísta, miserable, como Pichorin.

A Liusa Sundátova no le pasó ni lo primero, ni  lo segundo, ni lo tercero. Ella desarrolló una manía persecutoria y se lanzó desde una ventana. Pero no estamos hablando de eso en este momento.

En tercer año llegó una nueva profesora de literatura. Se llamaba Viera Fiódorovna. Era rígida y muy arrogante. No le ponía 20 a nadie. Viera Fiódorovna amaba y conocía la literatura por eso nuestro miserable nivel de quinceañeros inmaduros la ofendía. Su talento pedagógico también era único, como cualquier otro talento. Nosotros, aún siendo adolescentes, lo sentíamos y lo venerábamos.

Nosotros le teníamos miedo a Viera Fiódorovna, sentíamos en ella a un espécimen particular. Era diferente a las otras profesoras. Las otras eran simplemente señoras que habían terminado alguna carrera y trabajaban por la obligación de producir para poder vivir, mientras que Viera Fiódorovna y la literatura eran como Paganini y su violín.

Una vez, Viera Fiódorovna me pasó al pizarrón para que relatara un cuento que nos había dejado como tarea para la casa. Yo pasé al frente e hice mi relato con valentía, usando muchas palabras de origen extranjero como “progreso”, “propaganda”, “agiotaje”, “infernal” y otras por el estilo. Viera Fiódorovna dudaba de que yo conociera el significado de esas palabras, se imaginaba que yo podía simplemente repetirlas como un loro, por eso empezó a preguntarme, a hacer que yo descifrara esas palabras.

-        Prolongar…

-        Hacer que dure más, - respondí yo.

-        Progreso…

-        Movimiento hacia adelante, desarrollo.

-        Infernal…

-        Contrario a celestial

-        Agiotaje…

-        Especulación.

Por mi parte, yo no podía imaginarme cómo alguien podía usar una palabra sin saber su significado. ¿Quién podía hacerlo? ¿Un loro descerebrado? Yo respondí con seguridad y quedó claro que mi vocabulario era prácticamente inagotable. Que yo sabía muchas palabras, las conjugaba con facilidad y las relacionaba con precisión.

-        ¡Veinte! – dijo Viera Fiódorovna.

El salón quedó estupefacto.

¿Cómo era posible que a los alumnos sobresalientes les hubiera puesto 18 y a la que siempre sacaba 10, le pusiera 20?

Bueno pues, así fue. Resulta que Viera Fiódorovna tenía una gran sensibilidad para las palabras, mejor dicho, para el uso de las palabras, y por eso pudo, no solo diferenciarme de los otros estudiantes, sino destacarme. Además, a ella no le molestaba mi estatus de soldado raso.

Está claro que entonces yo no presentía una escritora en mí, pero comprendí que puedo destacarme del resto. Que puedo nadar hasta Turquía, si quiero. Lo único que tengo que hacer es entrar al agua y ¡pa’lante es pa’llá!

¡Gracias, Viera Fiódorovna!

A lo mejor hace rato usted está ALLÁ.  Desde allá todo se ve mejor, incluso mis libros. Es posible que Viera Fiódorovna vea mi nombre y apellido sobre algunas portadas y piense: “Aaah esa es la muchachita de la escuela 104, del 3ero “B”… La recuerdo… La recuerdo… La muchachita del flequillo que a primera vista no tenía nada de particular.”

Cuando terminé el bachillerato intenté ingresar al instituto de medicina. A mi me encanta la medicina y leo libros de medicina como si leyera “Los tres mosqueteros”. Yo creo que la medicina y la literatura tienen mucho en común porque las enfermedades del cuerpo son casi idénticas a las enfermedades del alma. Por ejemplo, el estado de enamoramiento se parece a un estado febril: produce alta temperatura y pasa rápido. En cambio el amor es una enfermedad crónica. Dura mucho, a veces, toda la vida. El cáncer es la enfermedad de la tristeza. La tristeza se acumula y se concentra en un solo lugar. La úlcera gástrica es el resultado de muchos disgustos. A veces quisiera decir: gente, quiéranse primero a ustedes mismos pero, al mismo tiempo, pienso que un ególatra es una porquería espantosa incluso si es alguien inteligente y con sentido del humor.

De no haber sido escritora, hubiera sido médico, además, un buen médico, pero no pude ingresar al instituto de medicina porque saqué 10 en la prueba de admisión, que era una composición; no me alcanzaron los puntos. Ironías de la vida. Por eso mi mamá andaba muy preocupada buscando dónde podía inscribirme para que yo continuara mis estudios. Y resultó que, como sobre mis hombros había siete años de estudios en la escuela de música, me lanzaron al instituto de música.

Si había algo que a mí no me gustaba era precisamente leer y escribir música, tampoco me gustaba el solfeo. No me gustaba y no sabía hacerlo. Lo que se me daba más o menos bien era la dirección. También me gustaba cantar en el coro.  El canto coral es una especie de oración porque se unen las voces y vuelan hasta Dios, todas en un mismo paquete. Cómo cantábamos… En el repertorio estaba toda la literatura sobre canto coral. Hasta el sol de hoy la música coral me conmueve; cuando escucho un coro de niños, empiezo a llorar. ¿Por qué? No sé. Será porque los angelitos envían sus oraciones y mi alma se estremece.

La música es un país mágico. Pero ese no es mi país. Yo estudié sin entusiasmo. Me aburría como un pasajero esperando un tren que no termina de llegar y no se sabe cuánto más hay que esperar. Puede ser toda la vida. Es allí donde reside la melancolía. A pesar de todo, ahora puedo decir que la formación musical enriquece la vida porque la hace estereofónica.

 Cuando salgo de viaje y llego a una ciudad desconocida, muchas veces me siento en un banco, cierro los ojos y escucho cómo suena esa ciudad. Por ejemplo, Odesa me sorprendió con un crujido apasionado: el crujido de los tranvías y el crujido de las palomas. Por doquier hay calor y pasión. “Un tranvía llamado deseo”.

La capital de Laos me recordaba la tranquilidad y el silencio. El susurro de los neumáticos sobre el asfalto shshshuk shshshuk … Las muchachas en bicicletas como estatuas perfectas: camisitas blancas, falditas azules,  piernas delgaditas sobre los pedales shshsuk shshshuk… Los empleados del hotel se dicen unos a otros: “Bo pi nian” que quiere decir: “no le pares.” Y así viven, entre shshshuk shshshuk y bo pi nian.

A algunos les puede parecer aburrido, pero en realidad es extraordinario. Nada sobra. En ocasiones se escucha un escándalo en una tienda o en el mercado. Alguien grita a voz en cuello. Significa que los rusos han llegado y conversan entre sí.

 A los 20 años me casé con un moscovita al que llevaba conociendo una semana. Él clavó sus ojos en mí, sus ojos grandes y azules. No celestes, azules como el cielo en las postales japonesas. Además, llevaba pantalones pegaditos y botines con suela de caucho blanco que, por aquellos tiempos, les llamaban “suela de sémola”. Al ver toda esa guapura, pensé: “Qué feliz debe ser su novia. Ojalá fuera yo, pero eso es imposible.” Y resultó posible. Él me invitó al teatro, todo comenzó a fluir y terminó en que yo me mudé a Moscú y nació mi hija. Lástima que solo fue una.

Cuando miro el pasado, lamento haber trabajado tanto. Mejor hubiera sido tener hijos porque justamente ahí está la felicidad. En los niños, en sus caritas, sus voces y en tenerlos cerca. Pero, como se dice: en la historia no existe el subjuntivo. Si mi abuela tuviera ruedas, fuera bicicleta.

Por aquella época terminé el instituto de música y, a los 20 años, me mudé a Moscú, a la calle Gorki, N° 24. En ese edificio quedaba el restaurant “Bakú”; qué hay ahora, no lo sé.

Me fui a vivir al propio centro de la ciudad. La energía del centro es otra cosa. Apenas pones un pie en la calle, te diluyes en el río de gente. Ya eres parte del río, empiezas a moverte como si fueras a realizar una gesta heroica y todas las demás personas andan en las mismas.

Después de tener donde vivir, el paso siguiente era conseguir trabajo. Fui entonces al Departamento Distrital de Educación Popular, allí me clasificaron como profesora de canto y me mandaron a trabajar en una escuela básica que quedaba en el fin del mundo, donde Moscú se acaba..

¿Qué era lo que yo quería? ¿Quién era yo? Nadie. No tenía contactos, no conocía a nadie, solo tenía confianza en la vida y una cintura pequeña.

La escuela en la que yo trabajaba, tenía solo un piso, era rural y era de madera. Los padres de la mitad de mis alumnos estaban en la cárcel. Cuando pienso en quién me convirtió en escritora, reconozco que fue Sobakin. Él estaba en cuarto grado, era pelirrojo y pecoso. Cada vez que yo llegaba a clase, Sobakin estaba colgando del techo. Se trepaba por la tubería de agua y se guindaba del tubo agarrándose con los brazos y las piernas.

Yo le decía siempre lo mismo:

-        Sobakin ¿para qué te encaramaste ahí?

-        Porque desde aquí veo y escucho mejor.

-        Bájate de inmediato, -le ordenaba yo.

-        ¿Por qué? ¿Estoy molestando?

-        Si tu no te bajas, yo suspendo la clase, - lo intimidaba yo

Pero era imposible suspender la clase porque me hubiera metido en problemas con el director. Sobakin seguía guindando y yo seguía de pie en una pausa terrible.

Los otros niños no aguantaban, saltaban de sus puestos e intentaban bajar a Sobakin halándolo por los pantalones. Sobakin empezaba a dar patadas, intentaba golpear los rostros con los zapatos. En la clase empezaba una verdadera guerra civil: los que tenían consciencia golpeaban a los inconscientes y viceversa. Yo me escondía detrás del piano porque me daba miedo ser golpeada por cualquiera de los bandos.

Esa historia se convirtió en el tema de mi primer relato: «День без вранья» (Un día sin mentiras). Ahora estoy obligada a repetirme porque, como quien dice, a una canción no le puedes cambiar la letra.

Yo detestaba trabajar como maestra de música. Nunca quería ir a clase. Me sentía como Kashtanka, el perro de Chéjov, sobre el cual Chéjov dijo: “Si Kashtanka fuera humana, pensaría: ‘Así no se puede vivir, mejor me pego un tiro...’ ”

Después del trabajo, yo regresaba a casa. Mi esposo me esperaba en la parada del autobús. De ahí nos íbamos al comedor donde almorzábamos sentados a una mesa que olía a trapo de cocina. Las albóndigas que tomábamos estaban hechas 80% de pan y 20% de carne; las llamábamos “sin carne también se vive”. También tomábamos schi, una sopa que, también olía a trapo de cocina. Solo los ojos azules de mi esposo iluminaban aquella miseria. Sí, miseria porque el peor enemigo del hombre es la pobreza porque lo humilla y le chupa todas las fuerzas.

Yo me sentaba agobiada, solo que no lloraba y mi esposo me decía:

-        No le pares a ese tal Sobakin, tú me tienes a mí.   Ya está.

      No, no era “ya está”. Era verdad que yo lo tenía a él, pero yo misma no me tenía. Yo continuaba sentada en la estación esperando mi tren. Pero el tren no terminaba de llegar y esa espera, simplemente, era insoportable. 

Un día el director de la escuela me llamó y me ordenó organizar un encuentro con algún escritor para niños. Al fin y al cabo, yo era la encargada del Departamento de Cultura.

-        ¿A quién invito? – le pregunté.

-        A quien tu quieras, - respondió el director. – A quien acepte la invitación.

Respiré profundo y empecé a buscar los teléfonos que pudieran servirme. Desde mi punto de vista, los escritores más reconocidos eran tres: Svetlov, Tvardovski y Mijalkov.


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