domingo, 22 de febrero de 2026

Los hombres de mi vida (II). Victoria Tókareva

     

Los hombres de mi vida (II)

      Llamé a cada uno, en ese orden. Uno declinó por arrogante, otro por dipsomanía y el tercero era Mijalkov.

-       ¿Quién es usted? – me preguntó.

-        Soy maestra, - después pensé y completé mi respuesta: -y estudiante del Instituto de Cinematografía, en la Facultad de Producción de Guiones.

     Por supuesto que mentí, pero lo hice porque tenía razones. En primer lugar, yo soñaba con la Facultad de Producción de Guiones, en el Instituto de Cinematografía, y, en segundo, porque me parecía que ser maestra era poco. Tenía que estar más cerca de las artes para que estuviéramos en igualdad de condiciones: Serguei Mijalkov es poeta, yo soy guionista.

 -        De acuerdo, - aceptó Serguei Vladímirovich. – ¿Cuando es el encuentro?

-        El martes a las dos de la tarde.

-        Llámeme el martes a las diez de la mañana para recordármelo.

-      ¡Gracias! –me alegré yo.

-        Tenga en cuenta que si levantan el auricular y no hablan, soy yo. Yo soy tartamudo.

-        Entendido.

     De inmediato sentí que era una persona encantadora. Él acababa de conversar con una maestra desconocida y se había permitido bromear con sutileza. Su voz era un poco alta, inteligente. La voz te permite escuchar tanto.

     El martes lo llamé, no a las diez sino a las diez y media. Por alguna razón yo decidí que las diez era muy temprano, que era mejor esperar un poco. Marqué el número y al instante levantaron el auricular y gritaron:

-       ¿Por qué usted no me llamó a tiempo? Yo estoy sentado esperando, yo soy un hombre ocupado.

     Me quedé pasmada porque no esperaba que el propio Serguei Mijalkov estuviera sentado en su Olimpo esperando que sonara el teléfono por una llamada de una insignificante maestra que se mueve por allá abajo, a los pies del Olimpo, rumiando hierbas como una cabra. No comprendí de inmediato que la puntualidad y el deber son principios de un aristócrata. Un aristócrata jamás hace esperar a nadie porque eso es una descortesía.

     Por extraño que parezca, una misma persona puede ser de diferentes maneras. Algo así pasaba con Mijalkov. Mis contemporáneos tenían su Mijalkov y yo tenía el mío. Yo hablo de mi Mijalkov, del Mijalkov que yo recuerdo.

     Serguei Vladímirovich llegó a la escuela para el encuentro con los niño y se sorprendió al verme.

-        ¡Ma –maestra! – se admiró él.

     En realidad, yo me parecía muy poco a una maestra porque era muy joven y vestía a la moda. Me ganaba el pan con un trabajo lindo y honrado a pesar de que hubiera podido ganármelo sin tanto esfuerzo.

     Serguei Vladímirovch comenzó a hablar frente a los niños y en ese momento una niña, que estaba sentada entre los últimos puestos, perdió el conocimiento y se cayó de la silla haciendo un gran ruido. Se produjo una pequeña situación de pánico.

Serguei Vladímirovich preguntó:

-    ¿Qué pasó?

-     ¡Una niña se cayó! – grité yo.

-    Es decir que mientras yo hablo, ¿ellos se van a ir cayendo uno tras otro?

     Serguei Vladímirovich era contemporáneo con mi mamá. Era 24 años mayor que yo. Hoy en día, esa diferencia es la norma y casi todos los hombres cincuentones se divorcian de sus esposas cincuentonas y se casan con veinteañeras. Eso hasta se puede entender. Pero entonces, una diferencia de 24 años me parecía incompatible con la vida. Para mí, Serguei Vladímirovich era como un papá y por eso empecé a pedirle cosas como: “Yo quiero participar en una película.”

     Por aquel tiempo, todas las muchachas querían participar en una película porque parecía que el cine era el camino al éxito. Además, muchas creían que era un camino corto, el más corto hacia arriba, a una vida completamente diferente donde había ropa fina, hombres famosos, caviar negro todos los días, chofer privado… Pero, lo más importante, era otra cosa. Para mí, lo más importante era que ese sería un trabajo interesante, sin Sobakin y, además, con relaciones interesantes, conversaciones profundas, otra percepción de mí misma. Las relaciones personales son también un alimento, alimento para el alma. Son el caviar negro de cada día. Yo quería con locura participar en una película y Serguei Vladímirovich llamó por teléfono a un director de apellido Roshal y me presentó. Le dijo:

-        Te va a visitar un prospecto joven y bastante curioso. Obsérvala con atención porque tal vez la puedas usar de alguna manera.

     Grígori Lvóvich Roshal era tan viejo en ese momento que la única manera en que podía usarme era en el plano creativo. Escribí algo y fui a visitarlo a su casa. La esposa de Roshal, Viera Stróieva, había sido estrella del cine mudo, una belleza sin igual, pero cuando yo la conocí, ya no era ni joven ni esbelta. Podría decirse que era la “pomposa marchitez de la naturaleza”. Sin embargo, su rostro seguía siendo hermoso y amable. La belleza y la amabilidad son cosas diferentes: la belleza viene de Dios mientras que la amabilidad viene del carácter.

     Viera Stróieva andaba en dormilona por la casa y se peleaba con el esposo tratándolo exclusivamente de “usted”.

-        Grígori Lvóvich, ¡usted es una mierda! – le gritó desde su habitación.

     Él no reaccionó. Por lo visto, estaba acostumbrado. Después ella me trajo una fresa en un plato. Aunque su pequeño nieto estaba allí y ella podía dejarle la fresa a él, ella prefirió dársela a una muchacha desconocida que había caído quién sabe de dónde y quién sabe para qué.

     Grígori Lvóvich pensaba de un modo aburrido, a la antigua, de un modo académico, por tanto, era imposible que mi creatividad se enganchara con la suya. Así que nuestro experimento literario no llegó a florecer, se marchitó.

     Grígori Lvóvich me invitó a participar en su película «Суд сумасшедших» (El juicio de los locos). Me dieron un episodio en el que yo debía interpretar a una periodista del pueblo que viajaba en una motocicleta y luchaba contra el imperialismo. Mi periodista predicaba la libertad, la igualdad y la fraternidad. En pocas palabras, era una estúpida porque la igualdad no existe y no puede existir. No existe ni en la naturaleza. ¿Qué igualdad puede existir entre un león y una liebre?

     Por fin se terminó de grabar la película y el estreno iba a ser en el cine “Rossia”.

     Yo comprendí que habían llegado mis quince minutos de gloria e invité para el estreno a toda la escuela, incluido Sobakin, para que me vieran y supieran cuánto valía yo. Para que comprendieran quién era yo y quiénes eran ellos. Invité a toda mi familia; mi esposo invitó a todos sus amigos del trabajo; mi suegra invitó a todos los viejos comunistas y a los vecinos del edificio, en fin, la mitad de la sala estaba llena con mi gente.

     Empezó la película y yo temblaba de la emoción. Pasaron 20 minutos y la periodista no aparecía. Otros 20 minutos y ni el rastro. Sobakin estaba sentado en la misma fila que yo, se asomaba y estiraba su cabeza pelirroja hacia mí lo que yo interpretaba como una pregunta silenciosa: “¿Cuándo aparece?”

     Yo no podía entender nada.

     Después se supo que se habían filmado 2700 metros de cinta, en lugar de los 2100 prestablecidos y por eso había sido necesario eliminar 600 metros. Se hubieran podido cortar algunos fragmentos, pero Grígori Lvóvich decidió que lo mejor para la película era eliminar una secuencia completa, así que, cuando hacía el montaje, agarró las tijeras y quitó todos los cuadros donde yo había trabajado, donde aparecía mi personaje. De mí quedó solo el pedazo de una pierna y la rueda de la motocicleta.

     Terminó la película. La sala se puso de pie. La mitad de la sala era mi gente. Todos voltearon para verme. Yo sentía que estaba desnuda frente a una multitud. La vergüenza y la perplejidad me quemaban. ¿Qué había pasado? ¿Cómo era posible? ¿Por qué? “No, así no se puede vivir, mejor me doy un tiro.”

     Por supuesto que no me pegué un tiro. Es más, recibí una lección de la que saqué esta conclusión: uno, jamás, puede depender de nadie. Uno tiene que ser el dueño de la situación siempre, si no cualquier desgraciado puede agarrar unas tijeras y sacarte de la fiesta directo a la vergüenza.

     Claro que Grígori Lvóvich estaba muy lejos de ser un desgraciado. Él era un hombre bueno, profundamente correcto y cálido. Lo que pasa es que el cine no tiene compasión con nadie. ¿Quién era yo para que me tuvieran en cuenta? Lo mismo le hacían a actores profesionales, los sacaban cuando hacían el montaje sin anunciarles y sin disculparse. Como se dice en ruso: cuando cortan los árboles, cae el aserrín. Es decir, uno no debe ser aserrín, tiene que ser leñador.

     Fue entonces cuando decidí ingresar al Instituto de Cinematografía, a la Facultad de Producción de Guiones para ser la escritora del guion, crearme un personaje e interpretarlo, es decir, decidí ser la única dueña de la situación. Así todos dependerían de mí y me adularían.

     ¡Cristo! Cuán errada estaba… El escritor del guion no es nadie, está en el mismo nivel que el encargado de las luces. Eso lo entendí después. Entonces estaba intentando ingresar al Instituto de Cinematografía.

     Era verano presenté las pruebas de admisión. Me faltó un punto y, por supuesto, no me aceptaron. Claro que lloré a mares y llamé a Mijalkov.

 

-        Pero si tu estudias en el Instituto de Cinematografía, -se asombró Mijalkov – Me habías dicho que en la Facultad de Producción de Guiones.

 

-  Le mentí, - reconocí yo.

     Él guardó silencio un momento y después dijo:

-  Mentir no es bueno. Ese es tu error.

-  ¿Y usted cree que he cometido pocos errores? ¿Qué le hace una raya más a un tigre?

     Serguei Vladímirovich se quedó pensativo y decidió:

-        Bueno, eso es una postura ante la vida.

 

     Mijalkov llamó al rector del Instituto. El rector revisó las posibilidades y se dio cuenta de que había un cupo. Al parecer, alguien no había llegado a tiempo, o había cambiado de opinión. Ese cupo me lo dieron a mí. Me convertí en estudiante.

     ¿Qué cambió en mi vida? Todo. Dejé la escuela y encontraron sustituta de inmediato. El batallón ni se dio cuenta de que había perdido a un combatiente. Yo, en cambio, empecé a escribir cada día una palabra tras otra inclinada sobre una hoja de papel.

     La creación es un narcótico muy poderoso. A mí no me gusta la palabra “creación”, pero no sé cómo sustituirla.

     Yo me sentaba con la cabeza inclinada sobre la hoja de papel y creaba mi mundo. Como Dios. Solo que en la hoja no había nada, era una hoja limpia en la que de repente surgía un mundo completamente habitado por personas, pasiones, confusiones, amor.

     Por fin yo había escuchado el estruendo lejano de mi tren. Salí de la sala de espera, me subí en ese tren y voy a mi destino. Por primera vez en mi vida no me sentía aburrida.

     De no haber sido por Mijalkov, yo habría seguido trabajando en la escuela. Hubiera seguido sentada al piano y los niños seguirían gritando en coro: “Estrellita ¿don deestás.”  Después tocaría cantar “quiero verte titilar”, pero como la “r” es un sonido complejo para los niños de primer grado, cantarían “quiero vee- te titilá”.

     En el cuarto grado “B” Sobakin seguiría guindando del techo. Después yo supuse que le gustaba una niña y él quería llamar la atención.

     Esa fue la época de la pobreza más brutal. En invierno yo andaba con zapatos de verano. Eran unas zapatillas blancas con un adorno rosado, o al revés, rosadas con un adorno blanco. En la suela se les abrió un hueco y por ahí se metía la nieve. Pobreza. Trabajo aburrido. Vida fracasada. Ni el amor puede salvarte. Porque para ser feliz no basta solo con el amor, para la felicidad deben converger otros factores como la salud y un trabajo creativo. He allí los tres puntos de apoyo. De esa vida me salvó Mijalkov.

Los hombres de mi vida. Victoria Tókareva

Los hombres de mi vida

 Versión: Tatiana Lugo

     A partir de este post voy a publicar aquí mis ejercicios de traducción literaria. He decidido divulgar obras de algunos escritores contemporáneos rusos que, hasta donde tengo conocimiento, no han sido traducidos al español y me parece muy interesante que la literatura rusa actual se conozca.

     Este post es para mi traducción de la novela Мой Мужчины (2015), de Victoria Tókareva. Esta novela corta (siguiendo el concepto ruso), tiene como telón de fondo la historia de la URSS a partir de los años 60 y hasta la era Gorbachov mientras Tókareva cuenta su propia historia como escritora.

     A fin de que la lectura sea más cómoda he decidido hacer entregas por partes. 

 Los hombres de mi vida

Victoria Tókareva 2015

Parte I 

Empecemos por el principio.

Yo estudiaba en la escuela N° 104, que quedaba en Vyborskaia, en Leningrado. En 1991 Sobchak, el nuevo alcalde, le cambió el nombre a la ciudad, le puso San Petersburgo, es decir, le devolvió su nombre histórico, pero en mi época, la ciudad se llamaba Leningrado. Por mi parte, yo nunca vinculé el nombre de la ciudad con Lenin, simplemente era una palabra hermosa, clara, sonora: Leningrado.

Yo era una estudiante con promedio de 10 sobre 20 y, cuando me esforzaba, podía llegar a 15; pero en mi salón había dos estudiantes sobresalientes: Liusa Kósova y Liusa Sundátova. Las dos Liusas querían ser mis amigas, competían entre sí, me celaban, Liusa Sundátova incluso lloraba.

A la profesora guía del grupo, una coja que usaba un zapato ortopédico en el pie izquierdo, le escandalizaba aquel triángulo porque para ella las alumnas sobresalientes eran algo así como generales, mientras que yo, alguien de 10 en línea, pertenecía al grado más bajo; para ella, yo era, más o menos, un soldado raso. Por eso, ella no podía explicarse que unos generales tuvieran amistad con un soldado raso o que llegaran al extremo de pelearse por ocupar el primer lugar en mi preferencia.

Hoy en día supongo que estar conmigo debe haber sido interesante porque yo era alegre y sonaba muy bien, es decir, yo podía relatar cualquier libro que me hubiera leído y todos escuchaban con la boca abierta. Al parecer, la vocación literaria se estaba formando desde entonces dentro de mí.

Liusa Kósova era muy pobre. Tenía un solo vestido: el uniforme escolar. Lo usaba todos los días y, en los días de fiesta, lo lavaba y lo planchaba. Se convertía entonces en la ropa de salir.

Liusa, ¿dónde estás ahora? Si llegas a leer estas líneas, encuéntrame. Yo no he olvidado nada. Recuerdo tus cabellos claros, ensortijados y tu boca pequeña.

Liusa Sundátova siempre decía: “Me da miedo el futuro. Tengo mucho miedo.”

En esa época, tendríamos como 15 años y en el futuro nos esperaba lo que le esperaba a todos: el amor, una familia, hijos. Todo dependía de una sola persona: de aquel con quien te encontraras y de quién fuera como persona: un claro Romeo, un depresivo Demon, o un egoísta, miserable, como Pichorin.

A Liusa Sundátova no le pasó ni lo primero, ni  lo segundo, ni lo tercero. Ella desarrolló una manía persecutoria y se lanzó desde una ventana. Pero no estamos hablando de eso en este momento.

En tercer año llegó una nueva profesora de literatura. Se llamaba Viera Fiódorovna. Era rígida y muy arrogante. No le ponía 20 a nadie. Viera Fiódorovna amaba y conocía la literatura por eso nuestro miserable nivel de quinceañeros inmaduros la ofendía. Su talento pedagógico también era único, como cualquier otro talento. Nosotros, aún siendo adolescentes, lo sentíamos y lo venerábamos.

Nosotros le teníamos miedo a Viera Fiódorovna, sentíamos en ella a un espécimen particular. Era diferente a las otras profesoras. Las otras eran simplemente señoras que habían terminado alguna carrera y trabajaban por la obligación de producir para poder vivir, mientras que Viera Fiódorovna y la literatura eran como Paganini y su violín.

Una vez, Viera Fiódorovna me pasó al pizarrón para que relatara un cuento que nos había dejado como tarea para la casa. Yo pasé al frente e hice mi relato con valentía, usando muchas palabras de origen extranjero como “progreso”, “propaganda”, “agiotaje”, “infernal” y otras por el estilo. Viera Fiódorovna dudaba de que yo conociera el significado de esas palabras, se imaginaba que yo podía simplemente repetirlas como un loro, por eso empezó a preguntarme, a hacer que yo descifrara esas palabras.

-        Prolongar…

-        Hacer que dure más, - respondí yo.

-        Progreso…

-        Movimiento hacia adelante, desarrollo.

-        Infernal…

-        Contrario a celestial

-        Agiotaje…

-        Especulación.

Por mi parte, yo no podía imaginarme cómo alguien podía usar una palabra sin saber su significado. ¿Quién podía hacerlo? ¿Un loro descerebrado? Yo respondí con seguridad y quedó claro que mi vocabulario era prácticamente inagotable. Que yo sabía muchas palabras, las conjugaba con facilidad y las relacionaba con precisión.

-        ¡Veinte! – dijo Viera Fiódorovna.

El salón quedó estupefacto.

¿Cómo era posible que a los alumnos sobresalientes les hubiera puesto 18 y a la que siempre sacaba 10, le pusiera 20?

Bueno pues, así fue. Resulta que Viera Fiódorovna tenía una gran sensibilidad para las palabras, mejor dicho, para el uso de las palabras, y por eso pudo, no solo diferenciarme de los otros estudiantes, sino destacarme. Además, a ella no le molestaba mi estatus de soldado raso.

Está claro que entonces yo no presentía una escritora en mí, pero comprendí que puedo destacarme del resto. Que puedo nadar hasta Turquía, si quiero. Lo único que tengo que hacer es entrar al agua y ¡pa’lante es pa’llá!

¡Gracias, Viera Fiódorovna!

A lo mejor hace rato usted está ALLÁ.  Desde allá todo se ve mejor, incluso mis libros. Es posible que Viera Fiódorovna vea mi nombre y apellido sobre algunas portadas y piense: “Aaah esa es la muchachita de la escuela 104, del 3ero “B”… La recuerdo… La recuerdo… La muchachita del flequillo que a primera vista no tenía nada de particular.”

Cuando terminé el bachillerato intenté ingresar al instituto de medicina. A mi me encanta la medicina y leo libros de medicina como si leyera “Los tres mosqueteros”. Yo creo que la medicina y la literatura tienen mucho en común porque las enfermedades del cuerpo son casi idénticas a las enfermedades del alma. Por ejemplo, el estado de enamoramiento se parece a un estado febril: produce alta temperatura y pasa rápido. En cambio el amor es una enfermedad crónica. Dura mucho, a veces, toda la vida. El cáncer es la enfermedad de la tristeza. La tristeza se acumula y se concentra en un solo lugar. La úlcera gástrica es el resultado de muchos disgustos. A veces quisiera decir: gente, quiéranse primero a ustedes mismos pero, al mismo tiempo, pienso que un ególatra es una porquería espantosa incluso si es alguien inteligente y con sentido del humor.

De no haber sido escritora, hubiera sido médico, además, un buen médico, pero no pude ingresar al instituto de medicina porque saqué 10 en la prueba de admisión, que era una composición; no me alcanzaron los puntos. Ironías de la vida. Por eso mi mamá andaba muy preocupada buscando dónde podía inscribirme para que yo continuara mis estudios. Y resultó que, como sobre mis hombros había siete años de estudios en la escuela de música, me lanzaron al instituto de música.

Si había algo que a mí no me gustaba era precisamente leer y escribir música, tampoco me gustaba el solfeo. No me gustaba y no sabía hacerlo. Lo que se me daba más o menos bien era la dirección. También me gustaba cantar en el coro.  El canto coral es una especie de oración porque se unen las voces y vuelan hasta Dios, todas en un mismo paquete. Cómo cantábamos… En el repertorio estaba toda la literatura sobre canto coral. Hasta el sol de hoy la música coral me conmueve; cuando escucho un coro de niños, empiezo a llorar. ¿Por qué? No sé. Será porque los angelitos envían sus oraciones y mi alma se estremece.

La música es un país mágico. Pero ese no es mi país. Yo estudié sin entusiasmo. Me aburría como un pasajero esperando un tren que no termina de llegar y no se sabe cuánto más hay que esperar. Puede ser toda la vida. Es allí donde reside la melancolía. A pesar de todo, ahora puedo decir que la formación musical enriquece la vida porque la hace estereofónica.

 Cuando salgo de viaje y llego a una ciudad desconocida, muchas veces me siento en un banco, cierro los ojos y escucho cómo suena esa ciudad. Por ejemplo, Odesa me sorprendió con un crujido apasionado: el crujido de los tranvías y el crujido de las palomas. Por doquier hay calor y pasión. “Un tranvía llamado deseo”.

La capital de Laos me recordaba la tranquilidad y el silencio. El susurro de los neumáticos sobre el asfalto shshshuk shshshuk … Las muchachas en bicicletas como estatuas perfectas: camisitas blancas, falditas azules,  piernas delgaditas sobre los pedales shshsuk shshshuk… Los empleados del hotel se dicen unos a otros: “Bo pi nian” que quiere decir: “no le pares.” Y así viven, entre shshshuk shshshuk y bo pi nian.

A algunos les puede parecer aburrido, pero en realidad es extraordinario. Nada sobra. En ocasiones se escucha un escándalo en una tienda o en el mercado. Alguien grita a voz en cuello. Significa que los rusos han llegado y conversan entre sí.

 A los 20 años me casé con un moscovita al que llevaba conociendo una semana. Él clavó sus ojos en mí, sus ojos grandes y azules. No celestes, azules como el cielo en las postales japonesas. Además, llevaba pantalones pegaditos y botines con suela de caucho blanco que, por aquellos tiempos, les llamaban “suela de sémola”. Al ver toda esa guapura, pensé: “Qué feliz debe ser su novia. Ojalá fuera yo, pero eso es imposible.” Y resultó posible. Él me invitó al teatro, todo comenzó a fluir y terminó en que yo me mudé a Moscú y nació mi hija. Lástima que solo fue una.

Cuando miro el pasado, lamento haber trabajado tanto. Mejor hubiera sido tener hijos porque justamente ahí está la felicidad. En los niños, en sus caritas, sus voces y en tenerlos cerca. Pero, como se dice: en la historia no existe el subjuntivo. Si mi abuela tuviera ruedas, fuera bicicleta.

Por aquella época terminé el instituto de música y, a los 20 años, me mudé a Moscú, a la calle Gorki, N° 24. En ese edificio quedaba el restaurant “Bakú”; qué hay ahora, no lo sé.

Me fui a vivir al propio centro de la ciudad. La energía del centro es otra cosa. Apenas pones un pie en la calle, te diluyes en el río de gente. Ya eres parte del río, empiezas a moverte como si fueras a realizar una gesta heroica y todas las demás personas andan en las mismas.

Después de tener donde vivir, el paso siguiente era conseguir trabajo. Fui entonces al Departamento Distrital de Educación Popular, allí me clasificaron como profesora de canto y me mandaron a trabajar en una escuela básica que quedaba en el fin del mundo, donde Moscú se acaba..

¿Qué era lo que yo quería? ¿Quién era yo? Nadie. No tenía contactos, no conocía a nadie, solo tenía confianza en la vida y una cintura pequeña.

La escuela en la que yo trabajaba, tenía solo un piso, era rural y era de madera. Los padres de la mitad de mis alumnos estaban en la cárcel. Cuando pienso en quién me convirtió en escritora, reconozco que fue Sobakin. Él estaba en cuarto grado, era pelirrojo y pecoso. Cada vez que yo llegaba a clase, Sobakin estaba colgando del techo. Se trepaba por la tubería de agua y se guindaba del tubo agarrándose con los brazos y las piernas.

Yo le decía siempre lo mismo:

-        Sobakin ¿para qué te encaramaste ahí?

-        Porque desde aquí veo y escucho mejor.

-        Bájate de inmediato, -le ordenaba yo.

-        ¿Por qué? ¿Estoy molestando?

-        Si tu no te bajas, yo suspendo la clase, - lo intimidaba yo

Pero era imposible suspender la clase porque me hubiera metido en problemas con el director. Sobakin seguía guindando y yo seguía de pie en una pausa terrible.

Los otros niños no aguantaban, saltaban de sus puestos e intentaban bajar a Sobakin halándolo por los pantalones. Sobakin empezaba a dar patadas, intentaba golpear los rostros con los zapatos. En la clase empezaba una verdadera guerra civil: los que tenían consciencia golpeaban a los inconscientes y viceversa. Yo me escondía detrás del piano porque me daba miedo ser golpeada por cualquiera de los bandos.

Esa historia se convirtió en el tema de mi primer relato: «День без вранья» (Un día sin mentiras). Ahora estoy obligada a repetirme porque, como quien dice, a una canción no le puedes cambiar la letra.

Yo detestaba trabajar como maestra de música. Nunca quería ir a clase. Me sentía como Kashtanka, el perro de Chéjov, sobre el cual Chéjov dijo: “Si Kashtanka fuera humana, pensaría: ‘Así no se puede vivir, mejor me pego un tiro...’ ”

Después del trabajo, yo regresaba a casa. Mi esposo me esperaba en la parada del autobús. De ahí nos íbamos al comedor donde almorzábamos sentados a una mesa que olía a trapo de cocina. Las albóndigas que tomábamos estaban hechas 80% de pan y 20% de carne; las llamábamos “sin carne también se vive”. También tomábamos schi, una sopa que, también olía a trapo de cocina. Solo los ojos azules de mi esposo iluminaban aquella miseria. Sí, miseria porque el peor enemigo del hombre es la pobreza porque lo humilla y le chupa todas las fuerzas.

Yo me sentaba agobiada, solo que no lloraba y mi esposo me decía:

-        No le pares a ese tal Sobakin, tú me tienes a mí.   Ya está.

      No, no era “ya está”. Era verdad que yo lo tenía a él, pero yo misma no me tenía. Yo continuaba sentada en la estación esperando mi tren. Pero el tren no terminaba de llegar y esa espera, simplemente, era insoportable. 

Un día el director de la escuela me llamó y me ordenó organizar un encuentro con algún escritor para niños. Al fin y al cabo, yo era la encargada del Departamento de Cultura.

-        ¿A quién invito? – le pregunté.

-        A quien tu quieras, - respondió el director. – A quien acepte la invitación.

Respiré profundo y empecé a buscar los teléfonos que pudieran servirme. Desde mi punto de vista, los escritores más reconocidos eran tres: Svetlov, Tvardovski y Mijalkov.