Los hombres de mi vida (XI)
¿Cómo puedo no amar a Gorbachov, a pesar de que, para mi gusto, él habla demasiado? La mitad de lo que dice, es accesorio. Yo me sentaba frente al televisor y escuchaba sus intervenciones. Arrugaba la frente para entender: ¿qué es lo que quiere decir? ¿Para qué usa tantas palabras? Es que a él sencillamente le gustaba hablar. Es una persona que le gusta hablar. Ahora, cuando Mijaíl Sergueievich dejó de ser el número uno, también dejó de hablar en exceso. En ese sentido, la pérdida de estatus le vino bien. Una vez, en una alocución, lo escuché cantar. Lo hizo muy bien.
Una vez, el Patriarca Alexi organizó un banquete. Él a veces invitaba a su casa a los intelectuales.
Allí vi a Mijaíl Sergueievich. Nos encontramos con la mirada.
- ¿Cómo está, Victoria?
Me sorprendió mucho que me conociera. ¿Acaso ese hombre, con lo ocupado que está, tiene tiempo para leer?
Eso fue por la época en que Mijaíl Sergueivich había perdido a su esposa. Él lloró amargamente por televisión. Entonces, todos lo amamos y a Raisa Maxímovna también. Ella fue víctima de la guerra por el poder, y a las víctimas la gente las quiere más que a los vencedores.
Mijaíl Sergueivich me miraba. Era necesario decir algo. Me parecía que él lo estaba esperando.
- Ahora usted es un novio, - dije yo con ligereza. – Lo vamos a casar…
Después de pronunciar esas palabras, me asusté. Al hombre le había ocurrido una tragedia, no era momento para semejantes bromas. Yo esperaba que Mijaíl Sergueievich ignorara mi comentario. Que hiciera que no había escuchado nada, y con eso me hubiera puesto en mi lugar. Pero él, de repente, con una mirada viva preguntó:
- ¿Y con quién?
¿De dónde yo podía saber con quién? A mi lado estaba la bella Larisa Udovichenko.
- Con ella, por ejemplo.
- Bueno… - no se lo creyó Mijaíl Sergueievich. Al parecer, una mujer así no se casaría con él, ni él tampoco lo intentaría. Yo sonreí y me aparté.
Gorbachov dejó de ser presidente, pero siguió siendo famoso y rico. Además, con una buena reputación, a diferencia del borrachín de Yeltsin.
Entramos al salón. Habría un concierto. Mi lugar estaba justo delante de Mijaíl Sergueievich. Yo estaba sentada en la fila seis y él en la siete. Comenzó el concierto. La mirada de él estaba sobre mi nuca. Él quería continuar la conversación mientras que yo no sabía cómo continuarla y lamentaba haberla iniciado.
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