viernes, 13 de marzo de 2026

Los hombres de mi vida. (X) Victoria Tokareva

 

Los hombres de mi vida (X)


     En el siglo XIX existía en el alfabeto ruso una letra que se llamaba jer (хѣръ). Se escribía como una equis mayúscula (Х). Hoy en ruso existe el verbo pojerit (похерить), que significa liquidar, tachar.

     La perestroika pojerila nuestra vida cotidiana. La perestroika destruyó la distribución de películas. La perestroika dañó nuestra nación. Los rusos se volvieron pragmáticos, como los americanos. ¿Dónde quedó el alma rusa grande y desinteresada? Solo quedan ruinas por todas partes. Pero… justo aquí surge el próximo hombre que tendió la mano para ayudarme. Ese hombre es Mijail Serguéievich Gorbachov.

     Gorbachov llegó al poder y llevó consigo la perestroika. Todo el país vivía pegado del televisor. Era más interesante ver televisión que vivir. Bueno, vivir también era muy interesante. La multitud se convirtió en pueblo. En Occidente respiraron aliviados. Allá temían a los rusos porque era incomprensible qué se podía esperar de Brezhnev, de su armamento y de los tenebrosos viejos que lo acompañaban. Era completamente posible que un buen día perdieran la razón y lanzaran la bomba atómica. Mientras que Mijaíl Serguéievich y su esposa Raísa Maxímonova causaban una agradable impresión: estaban en la edad perfecta, eran sonrientes y adecuados. Gracias a eso, surgió el interés por nuestra cultura, por la literatura.

     Por esa época, yo fui invitada a participar en una feria del libro en Frankfurt. También invitaron a Chinguiz Aitmátov y a Fazil Iskánder. Yo me sentía halagada de haber sido invitada junto con ellos porque uno y otro eran clásicos mientras que yo… Como se dice en ruso: “A donde va el caballo con sus cascos, va el cangrejo con sus tenazas”.

     A pesar de todo, cuando llegué a la feria, vi en un stand tres de mis libros, gruesos como ladrillos y traducidos al alemán. Los libros tenían unas cubiertas de colores vivos, brillantes: una rosada, otra amarilla y la otra, roja. Parecían pirulís y provocaba lamerlos. Esos libros habían sido publicados por una editorial de la República Democrática Alemana (RDA), cuyo nombre olvidé.

     Me quedé enamorada de las portadas y después le pregunté al alemán que atendía el stand:

- Où est mon argent? -Le pregunté en francés porque yo no sabía ningún otro idioma.

- No entiendo, - me respondió en ruso, el alemán. Él era de la RDA y allá estudiaban ruso en la escuela.

- ¿Dónde está mi dinero?

     Él guardó silencio y luego me dijo:

- Por supuesto que usted se ha ganado su dinero y nosotros pagamos completo a su agente los derechos de autor. Hay un acuerdo firmado.

- ¿Y dónde quedo yo? ¿Eso es al margen de mí?

- Ellos deben pagarle a usted un porcentaje. Mejor dicho, deben tomar un porcentaje.

- ¿Qué porcentaje? – Quise precisar yo.

- Aquí, en Occidente, el agente toma el 15%.

- ¿Es decir que el autor se queda con el 85%?

- Aquí sí, allá no sé.

     De pronto recordé que me había llegado un dinero que ellos habían llamado: cheque. Con ese dinero había ido a la tienda Beriozka, donde se compraban cosas extranjeras y se pagaba con divisas; pude comprar unas sandalias para mí y una rasuradora Gillet para mi esposo. Y ya. Eso fue todo. ¿A dónde se había el resto d’argent?

     Cuando regresé a Moscú, llamé a la agencia de derechos de autor. Pregunté en el ruso más puro:

- ¿Dónde está mi dinero?

- Un momento, - respondió la secretaria. Evidentemente, estaba transfiriendo mi llamada a alguien.

- ¡Diga! – respondió con gran irritación una voz masculina.

- Yo estuve en la feria del libro en Frankfurt y vi mis libros, - le informé.

- ¿Y qué con eso?

- ¿Dónde está mi dinero?

- ¿Qué pregunta es esa? – se enfureció el tipo.

- Mira, yo no te tengo miedo, - fue mi respuesta.

     El tipo se quedó callado porque el tipo está acostumbrado a que le tengan miedo. Pero esta vez, no le tenían miedo. Qué raro.

- ¿Y qué es lo que quiere? – me preguntó un poco más sereno.

- Que me manden la relación. Quiero saber cuáles son mis ingresos.

     El tipo volvió a quedarse callado.

- ¿Usted me entendió? – pregunté para verificar.

     El tipo decidió no tener ningún contacto conmigo. Qué importancia tenía quién era yo y de dónde venía…

     La culpa era de la perestroika. Los jefes ya no eran peligrosos e impunes. Habían encontrado la horma de sus zapatos.

     A la semana me llegó la relación. Revisé con detenimiento las cifras y comprendí: el 80% lo tomaba la Agencia de Derechos de Autor (ADA), y el 20% me quedaba a mí.

     Entonces llamé al escritor Serguei Kaledin. Su novela «Смиренное кладбище» (“Humilde camposanto”) había recorrido el mundo.

- Eso es un robo, - le dije a Serguei.

- ¿Y qué creías tú? Ellos también necesitan divisas.

- ¿Quiénes son “ellos”?

- Los jefes. Ellos mandan a sus hijos de safari.

- ¿Para qué?

- A cazar.

- ¿Y por qué los hijos de los jefes tienen que cazar con mi dinero? Yo también tengo hijos.

- ¿Y a ti que te gustaría?

- Justicia.

- En este país no ha habido justicia nunca.

- ¿Tu quisieras vivir en otro país? – Le pregunté.

- No. Pero quisiera arreglar las cosas aquí. ¿Comprendes?

     Todo estaba claro. Yo tampoco puedo vivir en ninguna otra parte que no sea mi país. En el exterior, yo soy visita. Y, como dice un refrán alemán: “la visita al siguiente día apesta.”

     Volví a llamar a la Agencia de Derechos de Autor. Esta vez, el auricular lo levantó otro hombre, un poco más inteligente. Entonces yo pregunté:

- ¿Por qué se quedan con un porcentaje tan alto?

- Porque tenemos un impuesto progresivo, - me explicó el funcionario. – Mientras más se publiquen las obras de un escritor, mayor porcentaje tomamos de él.

     Como los escritores que más se publicaban por esos tiempos eran los hermanos Strugatski, supongo que si a mí me quitaban el 80% a ellos debían haberle quitado el 101%. Es decir, ellos le quedaban debiendo a la ADA.

     Todo estaba claro. Colgué el auricular.

     Serguei Kaledin y otros escritores escribieron cartas a la ADA en las que prescindían de los servicios de la agencia como intermediario.

     “Ustedes reciben su dinero por ver los toros desde la barrera,” – los acusó Tatiana Tolstaya; fue intransigente y desencadenó una batalla.

      Yo no soy conflictiva. Soy miedosa. “Miedoso era el pobre Vania”. Pero tampoco estaba dispuesta a trabajar para que los hijos de otros disfrutaran. Así que simplemente me retiré silenciosamente de la ADA y empecé a firmar convenios directamente.

     Después de eso, hubo una feria del libro de Moscú a la que llegaron las editoriales más importantes del mundo.

     Un día me llamó un tal Misha, del departamento de asuntos extranjeros, y me dijo:

- Te buscan de la editorial suiza “Diógenes”. ¿Les puedo dar tu número de teléfono?

- Por supuesto, - Decidí yo.

     Después ocurrieron coincidencias, que no casualidades. Es la divina providencia.      Precisamente en esos días, estaba de visita en mi casa Angelika, una eslavista que vivía en Alemania.

     Los representantes de “Diógenes” me llamaron. Le pasé el auricular a Angelika y ella, astutamente, logró un acuerdo para reunirnos en mi casa. Les dio mi dirección. Los representantes de “Diógenes” llegaron a la hora pautada. Eran tres mujeres jóvenes.

     Me quedé muda cuando las vi. Qué rostros… Qué trajes… Nada escandaloso, en ningún caso. Todo modesto, discreto y caro. El discreto lujo de la burguesía.

     Los rostros: hermosos por naturaleza, por cuanto el dueño de la editorial es hombre y a él le gusta contemplar caras bellas, no hocicos torcidos. También me percaté del color de los rostros: la piel era limpia, como si la hubieran lavado con agua pura. Pero eso no era por el agua sino por la comida. Ellas se alimentaban de manera balanceada: comían productos frescos y muchas vitaminas. De esas mujeres jóvenes emanaba otra vida.

     Conduje a las invitadas hasta la cocina. Ahí estaba el teléfono que el día anterior se me había caído y se había desarmado, aunque seguía funcionando.

     Sin mucho ruido les ofrecí almuerzo. Las suizas tenían hambre y comían de una manera inspiradora.

     Angelika traducía con precisión. Yo escuchaba con atención y esto fue lo que entendí: el dueño de la editorial, Daniel Keel, leyó mi novela corta “Старая собака” (“Un perro viejo”), que había sido publicada en la RDA, mucho antes de la perestroika. Cuando la leyó, se sintió identificado porque, en aquel momento, Daniel sentía algo semejante a lo que sentía mi personaje principal en la novela. Él quedó tan afectado por la novela, que quiso comprarla para su editorial. Pero… los derechos los tenía la ADA y Daniel no pudo hacer nada entonces. Sin embargo, cuando se realizó la feria del libro en Moscú, mandó a sus mensajeros, les ordenó encontrar a Tókareva y seducirla para la editorial a cualquier precio. Por eso aquí están conmigo: Kori, Susanna y otra tercera cuyo nombre no recuerdo.

     No lo voy a negar, antes me habían contactado unos agentes de Inglaterra y Estados Unidos, y se dieron unas conversaciones mustias. Pero en este caso, todo es diferente. Todo es operativo, concreto, con visita a la casa, directo a la cocina… Hubo un momento en el que Kori sacó una hoja de papel y, con su bolígrafo, se puso a escribir un formato: una carta de intención. Según ese acuerdo, yo debía trabajar exclusivamente con la editorial “Diógenes”.

     Más adelante, hay más. Las bellezas regresaron a Zurich, invitaron a Angelika, que estaba en Alemania y le dijeron que, si ella me convencía de trabajar exclusivamente para “Diógenes”, ellos le darían trabajo a ella en la editorial. A ellos les hacía falta, justamente, un eslavista.

     No era necesario que me convencieran. Ya me habían propuesto un súper generoso acuerdo. Yo hubiera aceptado la mitad, hasta la tercera parte.

     La vida de Angelika también cambió para mejor. Antes, ella vivía en una pequeña ciudad alemana y recibía un subsidio por desempleo. Una suma miserable. Ahora ella se había mudado para la capital de la Suiza de habla alemana, un país hermoso y ordenado. Empezó a trabajar en su especialidad, en una de las editoriales alemanas más importantes. Y el sueldo era 15 veces mayor que el subsidio anterior. Si así llueve, que no escampe.

      Angelika se mudó para Zurich. A mí también me invitaron a Zurich para cerrar el acuerdo. La invitación incluía: boleto aéreo en Business Class, Hotel “Europa”, cinco estrellas, o tal vez diez. En la habitación cambiaban las flores cada día. Ponían rosas frescas, tan perfectas, que yo creía que eran artificiales, pero no, eran de verdad.

     Un día Dani Keel llegó a la editorial para conocerme. Su atuendo era una chaqueta elegante y carísima, sobre unos jeans comunes. Llevaba un pañuelo atado al cuello. Tenía un rostro inteligente. Se le notaba algo nervioso. Él estaba recibiendo a su autor preferido como un filatelista recibe una estampilla rara.

     Por la noche, Dani, Winfried, su asistente, Angelika y yo fuimos a un club de striptease.

     Yo contemplaba con interés a las señoritas desnudas. Se veían ordinarias, toscas. Prostitutas baratas. Algunas eran  secas como conejos. Había una culona. Era evidente que ninguna había leído algún libro en su vida. Su prioridad era el dinero, la cantidad que fuera, incluso la más pequeña. Yo creo que una mujer sin mundo espiritual no puede ser hermosa.

     Dani me invito a bailar. Yo bailaba, intentaba moverme con facilidad y, de ser posible, con elegancia. Tenía 48 años, prácticamente, 50. “50 años es una buena edad, pero eso lo comprendes a los 60” (Tókareva en otro cuento).

     Desde el punto de vista de hoy día, yo me veía joven pero igual me sentía acomplejada. Me hubiera gustado tener 20 años menos, y si hubiera sido posible, 30. Es que escribir libros se puede a los 50, pero bailar es mejor a los 20.

     Dani es editor por designios divinos. Conoce toda la literatura mundial a fondo. Él mismo alguna vez intentó escribir, pero no le fue bien y, desde entonces, considera una especie de deidades a quienes escriben. Dani era mayor que yo 10 años, una buena diferencia. Pero lo más interesante en él era el talento como editor, la entrega con fanatismo a su oficio. Era un raro editor.

      Angelika y yo comenzamos a visitar a Dani. Angelika odiaba esos paseos porque le tocaba traducir sin descanso. A la pobre no le daba tiempo ni siquiera de comer bien y yo, metida completamente en la conversación, no me ponía en sus zapatos.

     Dani tenía una casa maravillosa, de dos pisos, en Eleonorstrasse. En Zurich, las calles tienen nombres de mujer, porque aman los nombres de mujer porque son bonitos. En cambio, en Moscú, puede haber una calle que se llame Proletárskaia y otra que se llame Calle Voikov. ¿Quién era ese Voikov? Existen varias hipótesis.

     La persona más importante en la vida de Dani era Anna, su esposa, una rubia delicada, de ojos inmensos. Anna era artista plástico, muy bondadosa y de risa fácil. Nunca había visto a unas personas que conjugaran en sí todo simultáneamente: talento, belleza, bondad y buen humor.

     Anna, todos los días, me mandaba flores al hotel. El botones traía unos ramos gigantes, no eran simples bouquets. Era algo nunca visto, eran como arbustos tropicales, casi árboles.

     Habitación de lujo, flores exóticas… Yo nunca había vivido así.

    Una vez, Dani y Anna quisieron mostrarme las bellezas suizas. Nos subimos a un funicular. Nuestro vagón se mecía en las alturas. Exótico. Pero ese día, el clima no era propicio porque había mucha niebla, no se veía nada.

     Dani y Anna llevaban abrigos de casimir. Anna llevaba una trenza y Dani un sombrero panamá.

     Nos comunicamos perfectamente, a pesar de que no estaba Angelika. La mímica, los gestos, un mal francés, en fin, todo ayudó. Recuerdo ese día más que los otros porque fuimos sinceros y cercanos, como una familia.

     Dani y Anna se amaban, pero su amor era particular. Su relación era volátil, como la de los adolescentes. A veces, en medio de un banquete, empezaban a gritarse tanto que el techo se levantaba. Al principio yo me asustaba, pero después me di cuenta de que los demás invitados no se inmutaban. Estaban acostumbrados. No les prestaban atención.

     Una vez se prendió un escándalo por culpa de la luna. Dani dijo que la calle estaba clara por la luz de la luna. Anna dijo que no, que la luna no tenía nada que ver, que la nieve, como es blanca, es por sí misma, fuente de luz. ¿Qué diferencia había? Al parecer muy grande, de principios, tal vez. Casi se pelearon por eso.

     Algunos años más tarde, Dani se enfermó. Su enfermedad se evidenciaba en los temblores: le temblaban las manos y la cabeza. Como siempre, yo viajaba a Zurich y los visitaba. Cuando yo iba a llegar, Dani tomaba un medicamento que relajaba los músculos y eliminaba el temblor. Pero el medicamento tenía un efecto secundario: Dani podía quedarse dormido mientras almorzaba. Simplemente se apagaba.

     Cuando yo veía que Dani se quedaba dormido sobre la mesa servida, me sentía confundida, no sabía qué hacer, cómo reaccionar. Una persona se queda dormida de repente, sobre la mesa, y los demás siguen como si nada. Todo seguía normal. Imagino que pensarían: Sí, está dormido, en algún momento se despertará.

     Simplemente aceptaban a Dani tal y como era. Sus virtudes pesaban mucho más, por eso le pasaban cualquier inconsistencia.

     Nuestra amistad es el pedazo más luminoso de mi vida. Bueno, si no el más luminoso, uno de ellos. Dani siempre me elevaba la autoestima.

     Yo vivía como podía y no encontraba nada particular en ello. Pero Dani lo encontraba. Él me aseguraba que yo era una escritora con más profesionalismo que, por ejemplo, George Sand. Según él, yo tenía mejores resultados. ¿Por qué? Porque George Sand le dedicaba demasiado tiempo a sus amantes mientras que yo ponía en primer lugar mi trabajo y, de todas maneras, tenía tiempo para ser mujer.

     Esa comparación era rara para mí. Me comparaba con una escritora que había vivido 100 años antes. ¿Dónde estoy yo, dónde está ella? En realidad, 100 años tampoco es tanto. Estamos casi una al lado de la otra.

     ¿Qué rol jugó Dani en mi vida? Él compró la colección de mis obras y me pagó unos honorarios considerables. En los años 90, esa suma se consideraba astronómica.

     Yo compré un terreno en una zona elitesca y construí una casa en las afueras de la ciudad. Una casa: ese era mi sueño, mi sueño hecho realidad.

     El dinero me lo dio “Diógenes”. “Diógenes” pudo cristalizarse para mí gracias a la perestroika. Y la perestroika la trajo Gorbachov, Mijaíl Sergueievich. De no haber sido por Gorbachov, yo hubiera seguido recibiendo 20% de honorarios y me hubiera comprado unas sandalias blancas en “Beriozka”.

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