jueves, 26 de febrero de 2026

Los hombres de mi vida (VI). Victoria Tokareva

Los hombres de mi vida (VI)


     Todo esto lo trajo el viento del deshielo. En otoño habían derrocado a Jruschov (menos mal que no lo mataron, simplemente lo sacaron del cargo).

     Llegó Brezhnev y comenzó un largo estancamiento. Los jóvenes escritores con talento no podían abrirse camino a través del tapón de goma compacta del estancamiento. La energía creadora se esfumó como el humo por una chimenea. Y por ahí se fue la vida también. Entonces los escritores jóvenes empezaron a emborracharse, a cambiar a sus mujeres, se fueron del país. Todo eso lo describe maravillosamente bien Dovlátov, a quien la gloria le llegó después de muerto. Más vale tarde que nunca, pero es mejor a tiempo.

     Mi cuento fue acogido. La crítica debatió largamente cómo calificar el género. Para ser un cuento humorístico era muy largo. Para ser un cuento serio era muy divertido. O sea ¿qué es eso?

     Fue el filósofo Evgueni Bogat quien encontró la definición: tono irónico. Así que yo ingresé al mundo literario con la etiqueta de “Tono irónico”.

     De regreso a aquellos días, recuerdo que Volodia Voinóvich me llevó por primera vez a mi casa en su automóvil, un pequeño “zaporózhetz”, y me preguntó:

- ¿Te alegra haber conocido a Voinóvich?

     Hoy no recuerdo mi respuesta. Por más que sea, yo era una mujer casada y no me olvidaba de eso.

     Claro que Voinóvich fue un escritor genial, pero descuidado. Uno sentía que la pobreza lo acompañaba toda la vida y que él se había acostumbrado a ella. Él tenía otras prioridades. Las ideas maduraban en su mente, pero su apariencia personal o qué carro usaba, para él no tenía la menor importancia.

     Al parecer, eso era hereditario porque sus padres habían sido iguales. En la novela “Autobiografía”, Volodia cuenta que sus padres habían cambiado un maravilloso apartamento, luminoso, ubicado en una ciudad soleada por algo antagónico totalmente. Se mudaron a la humedad y a la oscuridad. Era gente poco pragmática. A su hijo Volodia, un joven talentoso, lo pusieron a estudiar en un instituto politécnico y Volodia se hizo carpintero. Uno pudiera entender eso si los padres de Volodia no hubieran tenido formación académica pero no era así. El padre de Volodia era periodista y la madre, profesora de matemática. Es decir, eran intelectuales.

     Volodia era igual. Aunque en su época de emigrante, las ediciones salían con tirajes de millones y él recibía sumas enormes de dinero, no se sabía qué hacía con el dinero. Se le iba como el agua entre los dedos. En el modo de ser de Volodia había algo puro, infantil, y conmovedor especialmente en nuestro tiempo de capitalismo salvaje donde el dinero se ha convertido en el ideal nacional.

     Cuando Volodia terminó el instituto, empezó a trabajar en la construcción. Se casó con Valia Boltúshkina. Él era carpintero y ella pintor de brocha gorda. Tuvieron dos hijos.

     La pobreza les pisaba los talones, como un perro hambriento. Cada mañana Volodia agarraba sus pantalones, se acercaba hasta la ventana y los miraba al trasluz. ¿Se les habría abierto un hueco? A través de los huecos podrían verle los calzones azules y eso sería una situación realmente incómoda.

     Ya en esa época Volodia se sentía inclinado hacia la escritura y por eso iba al círculo literario del club de los ferroviarios. Allí conoció al joven Okudzhava.

     Ocurrió que un día, Volodia iba caminando con un amigo por la Calle Gorki y se les acercó un hombre que trabajaba en la radio. Era redactor y se dirigió al amigo de Volodia:

-     Oye, necesito a un joven en la redacción, alguien que no sea ambicioso, que pueda escribir lo que sea por un salario modesto. ¿Tienes a alguien?

-     Aquí está. – respondió el amigo señalando a Vóinovich que estaba a su lado. – Es joven, no tiene ambiciones y puede escribir lo que sea gratis.

     Por lo visto, el redactor estaba en una situación desesperada y estuvo de acuerdo. Contrató a Voinóvich sin saber a quién se estaba llevando. En ese entonces, Volodia tampoco entendía quién era él mismo. Podríamos decir que él era como el casco de oro de Alexander Makedonski, pero se sentía como un lavamanos.

      Por esa época, Gagarin fue al cosmos. Un día llamaron al departamento donde trabajaba Voinóvich y gritaron: “Se necesita una canción sobre el cosmonauta. ¡Es urgente! Oscar Feltzman ya compuso la música, pero falta la letra. ¡Es urgente!”

     La jefa de redacción empezó a llamar a los más venerables poetas porque se necesitaban unos versos urgentemente. El límite de entrega era en dos días. 

     Los venerables poetas se ofendieron: ¿Cómo es eso de dos días, qué se han creído?  ¿Acaso creen que somos chapuceros? Hay que pensar y después crear… La situación se volvió crítica.

     Entonces Volodia se sentó en la orilla de la silla y en media hora escribió: «Заправлены в планшеты космические карты, и штурман уточняет в последний раз маршрут. Давайте ка, ребята, закурим перед стартом, у нас еще в запасе четырнадцать минут…» (“Las cartas cósmicas están sobre la mesa, y el navegante afina, por última vez, la ruta. Fumemos antes de la partida, muchachos, que todavía nos quedan 14 minutos.”). 

     Posteriormente, la palabra “fumemos” fue sustituida por “cantemos” porque había empezado la campaña contra el cigarrillo. Indiscutiblemente “fumemos” es mejor porque dibuja la escena de unos pendejos que se ponen a cantar antes del despegue, además, antes de un despegue tan peligroso.

     La jefa de redacción lo leyó y de inmediato llamó a Feltzman, y le dijo:

- Acabamos de recibir unos versos maravillosos, los escribió un talento joven, esperanza de nuestra poesía.

     Feltzman podía no estar de acuerdo con un autor desconocido, pero no había tiempo para ponerse caprichoso. Gagarin ya estaba volando y ya regresaba. Entonces, aceptó.

     La canción se convirtió en el himno de los cosmonautas. Todavía provoca cantarla sin parar. No cansa y no envejece. *https://yandex.ru/video/preview/9971913869263812484*

     Desde su alta tribuna, el afable barrigón Jruschov citó los versos de la canción. Fue entonces cuando la estrella de Voinovich salió y brilló en el firmamento.

      Una vez Voinóvich regresaba a casa. Estaba muy borracho. Él vivía en un apartamento comunal y su habitación quedaba al final del pasillo. Entonces Volodia mentalmente trazó una línea recta desde sus ojos hasta la puerta de su habitación. Se concentró y caminó por esa línea. Al alcanzar la puerta, entró y sin desvestirse se tumbó en el diván. Se quedó dormido en el acto. Cuando se despertó, vio sobre la mesa un cuadro idílico: un plato sobre el que estaba un arenque perfectamente limpio, rebanado, con cebollín picadito por encima. Al lado del plato, recostado de un vaso, estaba un telegrama.

     Volodia extendió la mano, tomó el telegrama y leyó: “Te felicito y te deseo grandes éxitos por los senderos polvorientos de la literatura. Alexander Tvardovski”.

     Con la resaca, Volodia decidió que el propio Tvardovski había estado en su casa, había limpiado el arenque y le había colocado cebollín por encima. Se volvió a dormir con una sonrisa en la cara porque no a todo el mundo lo visita en su casa el gran Tvardovski y encima, le prepara un arenque.

     Después se supo que quien lo había visitado había sido su hermana Faina. Que había sacado el telegrama del buzón, después había preparado el arenque y lo había colocado al lado del telegrama.

     El éxito de verdad, el éxito grande, le llegó a Voinóvich después de que la  revista “Nuevo mundo” publicara dos de sus cuentos: «Хочу быть честным» (“Quiero ser honesto”) и «Расстояние в полкилометра» (“A medio kilómetro de distancia”).

     Por esos días él empezó a escribir «Чонкин» (“Chonkin”), y siempre supo que éste sería el libro más importante de su vida.

     Todo iba fluyendo felizmente. Era muy reconocido y solicitado; el éxito y el amor también lo acompañaban. Se casó con Irina, la mujer de sus sueños. Por ella se divorció de Valia Boltúshkina. No fue fácil, pero…

     Emigró con Irina. Fueron tiempos muy difíciles porque si ser emigrante es una experiencia difícil, compleja, en este caso fue peor porque Volodia no quería emigrar. El gobierno de su país lo desterró.

    Volodia Voinóvich  era de carácter sociable. No podía ser indiferente a lo que pasara a su alrededor, no toleraba la injusticia. Tampoco soportaba que lo manipularan o que lo pisotearan. En resumen se podría decir que era terco, pero en realidad era algo más grande. Se trataba de la necesidad de justicia.

    ¿Acaso cuando el Danko de Gorki se abrió el pecho y se sacó el corazón para llevarlo como antorcha tenía ganas de reventarse el pecho? Lo hizo porque su deber era iluminar el camino de los demás. Eso fue lo que pasó con Volodia Voinóvich. Y todo terminó en que lo botaron del país. Claro, eso no fue lo peor. Hubieran podido darle un tiro en la cabeza en el portal del edificio. Eliminaron a tantos de esa manera. Actuaban como delincuentes.

     Volodia no tenía seguridad sobre el día de mañana, pero de todas maneras no cedía a la presión. Ofrecía su vida por la verdad. Él era y seguía siendo un defensor de la VERDAD.

     Vladímir Voinóvich, Volodia, es uno de los pocos ideales de nobleza que iluminaron nuestra vida. En ese mismo grupo incluyo a Lijachov, Rostropovich, Sájarov.  Son esas las personas que rompen las tinieblas y muestran el camino como una llamita en la noche oscura de un bosque. Gracias a ellos queda claro para dónde hay que ir, en qué sentido.

     Irina, la esposa de Volodia, era profesora. Una vez sus estudiantes le regalaron un cuadro. Cuando ella llegó a casa, lo colgó de una pared. Volodia lo veía y lo veía… no le gustaba el fondo del cuadro. Entonces compró pinturas, pinceles y arregló el fondo. Lo oscureció o, por el contrario, lo aclaró, En todo caso, el cuadro quedó mucho mejor. Y por ahí empezó todo. En Volodia brotó un pintor. Él comenzó a pintar cuadros y los cuadros se parecen a su prosa: Voinóvich jamás miente sobre lo que representa.

     Ilya Glazúnov, por ejemplo, miente abiertamente sobre sus personajes. En sus retratos, los ojos son enormes, como de extraterrestres. Claro que las personas se ven bellas con unos ojos así. A ver, Glazúnov es un extraordinario pintor, un profesional de muy alto nivel. Yo no quiero decir que él pinta peor que Voinóvich, pero Voinóvich es honesto en todo y hasta el final. Para él no existe el conformismo. Justo en eso radica su esencia.

     La perestroika le devolvió a Volodia la nacionalidad. Gorbachov le dio un apartamento.

     Voinóvich ya había obtenido la nacionalidad alemana, pero con mucho placer abandonó la emigración y regresó a Moscú.

     En la Casa de los literatos se hacían foros sobre sus obras. Recuerdo las salas abarrotadas. La gente se sentaba hasta en las escaleras, lo único que faltaba era que se colgaran de las lámparas. La gente amaba no solo las obras de Voinóvich, sino su hazaña civilista porque él se había arriesgado por todos nosotros. Veíamos a Voinóvich, de pie sonriendo con sus dientes fuertes sobre el escenario.

     Ya no lucía desaliñado. Llevaba una chaqueta de paño alemana y pantalones nuevos. Bueno, tampoco se le observaba un chic particular. Su apariencia era de un hombre promedio, como quien dice, en la estadística. Pero nada de eso tenía importancia. La sala lo aplaudía y lo amaba. Yo también estaba en la sala y lo aplaudía, estaba extasiada. En la primera fila estaba sentada su esposa, Irina, vestida con sencillez pero con ropa cara. También estaba la hija de ambos, la dulce niña Olia que se parecía a Volodia, eran como dos gotas de agua. Ese fue un tiempo bueno, literalmente, fue su hora estelar.

     Sin embargo, al destino no le gusta cuando todo va bien por mucho tiempo. Irina se enfermó gravemente. Durante mucho tiempo lucharon contra la enfermedad, pero un día Irina dijo: “Estoy cansada. No puedo más. Me voy a morir.”

     Fue un tiempo muy doloroso porque Irina estaba en cama, sin conocimiento. Una vez recobró el conocimiento y dijo:

- Yo estuve ALLÁ.

- ¿Y cómo es ALLÁ?

- Es imposible describirlo…

     El misterio más importante no fue desvelado. Por lo visto, ALLÁ hay otro tiempo y otro espacio, y en nuestra lengua no existen palabras para describir eso “otro”.

     La vida de ellos había sido con altos y bajos, como cualquier otra vida. Pero en ese último período él la amó con mucha ternura y abnegación, como al principio.

     Irina se fue.

     Volodia empezó a vivir en dos países porque su adorada hija, Olia, se quedó a vivir en Alemania. Volodia venía a Moscú cada vez con más frecuencia porque aquí estaban su lengua, su juventud y sus amigos.

     Por supuesto que Munich es una buena ciudad: es limpia, hermosa, tiene buenos comercios y buena medicina. Pero… El bienestar no se encuentra allá, donde todo es bueno, sino allá donde tú eres necesario, donde no pueden vivir sin ti. Resulta que patria no es un sonido hueco. En la patria la sangre fluye de otra manera.

     Por veleidades del destino, Volodia se casó por tercera vez. Con Svetlana. Y nos hicimos vecinos porque vivíamos en la misma calle: Vostóchnaia Aleia.

     Nos veíamos con frecuencia. Él no había cambiado nada, no se había convertido en Vladímir Nikoláevich, siguía siendo el mismo Volodia en la lucha y en el trabajo. Escribía nuevos libros, pintaba nuevos cuadros, se enfrentaba por la justicia. Lo visitaban caminantes en busca de consejo y ayuda. En la televisión necesitaban siempre de sus recuerdos y valoraciones. Literalmente era como si estuviera en oferta.

     Como Volodía no tenía nietos, ese rol se lo tomó para sí su perra Niusha. Volodia no podía vivir sin ella y Niusha, a su vez, no podía quitar sus ojos enamorados de él. Una vez le pregunté:

-   Volodia, ¿a quién quieres más: a tu esposa o a Niusha?

-   Esa pregunta es una provocación, - respondió Volodia. – Yo sabía que tú me ibas a preguntar eso.

     Él las ama de manera diferente: a Niusha con un amor no humano y a Svetlana con amor humano.

     Su tercera esposa, Svetlana, es nieta de Lianozov, un gran petrolero, un mecenas (oligarca, dirían ahora); ella heredó el talento de su abuelo, la inteligencia y el pragmatismo, y a eso le sumó su gusto impecable. Ella no hubiera soportado “un erizo en la tiniebla”, y su variante promedio, tampoco le complacía. Así que Svetlana le dio la forma correcta a Volodia y él, de repente, se transformó, como Ivanushka, el del cuento “El caballito jorobado” que se bañó en los tres calderos. Volodia súbitamente se volvió elegante, noble, con estilo. Literalmente se convirtió en un senador canoso.

     ¿Cuáles fueron los tres calderos en los que él se bañó?

1.- La emigración. Las pérdidas. Murió Irina y Valia Boltúshkina también murió. Ellas se fueron y se llevaron parte de su alma.

2.- El amor, al que se aferraba como Anteo a la Tierra.

3.- La actividad creadora.

     Incluso ahora, cuando está por cumplir 80 años, él escribe libros maravillosos, sus obras de teatro las ponen en escena, sus cuadros son expuestos y se venden muy bien. La batería divina sigue latiendo y produciendo energía creadora.

     Es un invierno hermoso. Voy saliendo de la casa de Voinóvich. Volodia me acompaña. Sale hasta el porche. Yo me volteo. Ahí está Volodia, de pie, canoso, luce joven todavía, importante. Pero aquel “erizo en la tiniebla”, aquel niño grande, sigue ahí, dentro de Volodia como una matrioshka dentro de otra. No se diluye con el tiempo. ¿Por qué? Porque es su esencia. Su capa fértil, de donde brota toda su obra.

     Es un invierno hermoso, silencioso. Hay nieve sobre los árboles. El destino llevó a Voinóvich por todo el mundo y al final lo dejó en el paraíso, en Vostóchnaia Aleia. Tal vez sea la recompensa por tantas dificultades en la vida. ¿Por qué no? Dicen que no hay justicia… Pero sí hay. Sobre todo para quienes la buscan toda la vida.

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