domingo, 22 de febrero de 2026

Los hombres de mi vida (III). Victoria Tokareva

 

Los hombres de mi vida (III)



     Yo no quiero decir que Serguei Vladímirovich me convirtió en escritora porque convertirse en escritor es imposible. Hay que nacer escritor. Pero él me sacó de la escuela y me puso en el Instituto de Cinematografía. En el Instituto había talleres, debates, era un medio creativo, había competencia. Además, estaba mi tutora: Katerina Vinográdskaia. Ella se maravillaba conmigo y eso, para alguien que está empezando es indispensable. Hay algunos que dicen que la crítica es buena, pero al principio del camino la crítica puede ser como un reproche a un niño, mientras que la admiración da fuerza, seguridad en sí mismo y un toque de descaro.

     A Vinográdskaia le gustaba todo en mí: mi cara, mi ropa, mi alma y mis pensamientos.

     Yo la visitaba en su casa de Perediélkino para encontrarme a mí misma. De regreso a mi casa, cuando atravesaba el pequeño puente que quedaba cerca de la iglesia, yo iba llena como una vela con viento a favor. Iba con sed de escribir algo que estremeciera a todo el mundo, algo que hiciera que todos se voltearan y dijeran: “Esa es ella…”

     Vinográdskaia estaba desfasada. Se había quedado en los años 30, en aquellos ideales, en aquellos pensamientos puros, en aquel momento en que escribió su guion más importante: «Член правительства» (“Un hombre del gobierno”).

-   Quiero escribir el guion “Comunistas de los 70”, - me dijo un día.

     Yo sonreí con picardía porque el comunista de los 70 es un hijo de puta, un cínico, un corrupto. Se inscriben en el partido para hacer carrera y ganar un buen sueldo, pero mi pobre Vinográdskaia pensaba que los comunistas seguían siendo los mismos románticos desinteresados que ella conoció.

     Todo terminó cuando su último curso protestó contra una tutora tan atrasada. Ella se había convertido en un obstáculo para las ideas y los pensamientos nuevos. Los estudiantes no querían soportar eso.

     En consecuencia, a Vinográdskaia la jubilaron y le dieron una pensión miserable, además, perdió el contacto con la juventud. Una catástrofe. El ocaso.

     Al poco tiempo perdió la vista y murió.

     En el epitafio sobre su tumba había una fecha ficticia de nacimiento: había una diferencia de diez años. Lo que pasó fue que durante la guerra, Vinográdskaia, armó un escándalo, efectuó un disparo y rehízo su pasaporte. Se quitó 10 años. ¿Para qué? Para alargar la edad del amor porque Vinográdskaia era mujer de pies a cabeza, vivía sólo por y para el amor despreciando todo lo demás. Por supuesto perdió. La cruel realidad la desechó como un pez en la arena.

     Murió Vinográdskaia a los 80 años, pero en la humilde lápida sobre su tumba decía 70. Ella se habría alegrado, pero a los demás les daba lo mismo.

     El Instituto de Cinematografía es un campo fértil en el que la semilla germina. Si yo me hubiera quedado en la escuela, mi semilla se hubiera secado, no habría germinado nada.

 

     Mi terreno fértil fue el Instituto de Cinematografía y allí me llevó Serguei Vladímirovich Mijalkov. Él me ahorró 20 años de una vida sin sentido. Hasta el día de hoy yo repito:

-        Gracias, Serguei Vladímirovich, que Dios le de salud y felicidad donde quiera que usted se encuentre.  (Tomado de Singer).

     Pienso que miles de personas pueden repetir estas palabras conmigo. Pero puede ser que las repitan solo dos personas. En realidad, nadie llevaba la cuenta, aunque yo recuerdo que Serguei Vladímirovich siempre andaba lleno de pedidos y encargos. Le pedían que consiguiera una vivienda, que consiguiera un cupo en un hospital, que sacara a alguien de la cárcel, o que detuviera algunas publicaciones escandalosas. Incluso, una vez que estaba en Londres, él le consiguió trabajo a un inglés en un canal de la televisión local.

En una ocasión le comenté:

-        A usted simplemente se lo están llevando por pedacitos. ¿Para qué usted necesita eso?

-        Es -estoy preparándome para el más allá.

-       ¿En qué sentido? – quise comprender yo.

-        Es que allá hay una balanza y es necesario que la bondad pese más, por eso yo le meto más peso a las buenas acciones.

-        Usted vive bien aquí y quiere acomodarse allá. Es un pícaro…

-        Claro, - Serguei Vladímirovich estuvo de acuerdo conmigo.

     Yo no me había dado cuenta de que Mijalkov era creyente. Él creía en Dios, pero eso no era aceptado por los miembros del partido.

     Mijalkov era el jefe de redacción de “Fitil”, un noticiero satírico. “Fitil” era agudo, valiente, actual. Mijalkov lo dirigía con maestría. Escuchar sus observaciones era increíblemente interesante. Él distribuía los temas a derecha e izquierda. Los lanzaba como se lanzan semillas a los pájaros. Detrás de eso estaba la generosidad de su talento.

     Por otra parte, yo me daba cuenta de que la gente con poco talento guardaba sus ideas, las escondía, claro, no fuera a ser que se las robaran y entonces ¿cómo iban a crear algo? En cambio, si las guardaban, tenían algo para inventar.

     En “Fitil” había varios redactores entre los cuales recuerdo a Valentín Palonski, un hombre tierno que se emborrachaba en silencio. Mijalkov iba a visitarlo y un día me contó con tristeza:

-        Tiene el suelo agrietado, entra el viento frío, hay goteras en el techo. ¿Qué trabajo le puedo pedir si él vive en esas condiciones? Antes de exigir algo, es necesario garantizar una vida normal a la gente. Y Serguei Vladímirovich le consiguió un apartamento a Palonski. Mejor dicho, lo ayudó a conseguirlo.

     En el estudio se estaba rodando la película «Первый учитель» (El primer maestro), basada en el guion de Chinguiz Aitmatov. Era la primera película de Andrei Konchalovski, el hijo mayor de Mijalkov, y resultó un film extraordinario solo que eran tiempos turbios, era como el deshielo al final del invierno, no se sabía qué se podía esperar. Entonces Mijalkov padre se levantó y dijo:

-        La manzana cae lejos del manzano.

     A todos les hizo gracia y se echaron a reír. Pero, como Mijalkov padre era conocido como un conformista, como alguien que había sido capaz de adaptarse a cualquier poder, intentaba deslindarse un poco de su hijo. Estaba claro que no quería arrojar esa sombra a su hijo, que era un hombre progresista. Sin embargo, todos comprendían, bueno, al menos yo comprendía, que los manzanos tienen raíces maravillosas y a veces dan frutos poco frecuentes. Estoy hablando de padres e hijos. Simplemente al padre y al hijo les tocó vivir tiempos diferentes.

      Una vez le hice el siguiente comentario:

-        En su familia todos tienen la boca grande.

-        E -es más cómodo para gritar ‘hurraaa’, - me explicó Serguei Vladímirovich.

    Él no escondía el cinismo porque en los tiempos que le tocó vivir a Mijalkov, el cinismo era el único refugio de la gente inteligente. Se dice que quien vive entre lobos, aúlla como lobo. En consecuencia, Mijalkov actuaba como lobo cuando estaba entre lobos, y como ruiseñor cuando estaba entre ruiseñores. Esa es la razón por la que cada quien tiene su Mijalkov.

     Mi Serguei Mijalkov me tendió la mano cuando lo necesité y me ayudó a sobrevivir en una ciudad inmensa. ¿Yo le hacía falta a alguien? A nadie. Yo hubiera podía extraviarme como se extravía un botón y, sin embargo, él me ayudó a ingresar al Instituto de Cinematografía, es decir, me puso en un campo fértil, de ahí en adelante yo pude seguir sola el camino.

     Una vez, Serguei Vladímirovich me regaló un libro con esta dedicatoria: “Para Victoria Tókareva a quien le di un empujoncito y desde entonces ella va cuesta arriba por una superficie inclinada y resbaladiza.”

     Eso fue exactamente así: él me dio un empujoncito, me sacó de donde yo estaba y me dio un rumbo.

     Una vez fuimos a almorzar al restaurant de la Casa de los Escritores. Un mesonero se acercó a pedir la orden a Serguei Vladímirovich. Recuerdo perfectamente esa orden: menudencias de gallina y ensalada con piña. Me sorprendió que hubiera una ensalada con una fruta del otro lado del planeta.

     Cuando el mesonero llegó con la orden, yo, joven y hambrienta, empecé a devorar lo que trajo. Por dentro de mí sonaba una música y yo la dirigía con el tenedor lleno de felicidad.

     Mijalkov me observaba recostado de la silla.

-        Come, come, - me alentaba. – Yo vivo a dieta.

     Él echaba de menos la espontaneidad de la juventud. Su esposa, la maravillosa Natalia Petrovna, era 10 años mayor que él y, como toda la gente culta, cuidaba su salud, pero yo no cuidaba nada. Simplemente vivía.

     Como Serguéi Vladímirovich se había pasado de copas, de repente me confesó:

-        ¿Tú crees que yo amo a alguien? No amo a nadie… sufro por ellas.

     Entonces me di cuenta de que él se sentía solo. Eso me sorprendió porque ¿cómo podía sentirse solo alguien que disfrutara de la gloria, alguien con una posición privilegiada en la vida?

 

     Serguei Vladímirovich se había dado cuenta de cómo vivía yo y me ayudó. No me dio dinero, no. Yo escribía pequeños guiones, él los usaba para la producción de “Fitil” y yo recibía honorarios por ellos. Con esos honorarios yo pude comprar un televisor, una nevera, unas botas de inverno y, lo más importante, me pude mandar a hacer un abrigo en un taller de costura.

     Yo comprendí su generosidad ilimitada y pensaba en cómo podía agradecerle. ¿Cómo se le agradece a una persona que lo tiene todo? Además de ofrecerle nuestro amor…

     Ocurrió que una vez llegué a “Fitil” con mi amiga Natasha. Éramos contemporáneas y amigas desde Leningrado. Se la presenté a Serguei Vladímirovich y en el cielo se encendió la estrella del amor.

     Natasha tenía talento de geisha. Envolvía al hombre amado como el agua del río: por todos los rincones y rendijas.

     Se encontraron en el momento preciso. Cada quien pudo darle al otro justamente lo que necesitaba. Natasha necesitaba de todo: amor, dinero, casa. En ese tiempo ella era infeliz y anticuada. Serguei Vladímirovich le consiguió un apartamento en el centro de la ciudad; Natasha lo decoró sola porque tenía un gusto impecable. Cuando el apartamento estuvo listo, Natasha me invitó a visitarla. Cuando salí del ascensor, Natasha me recibió con unas pantuflas para que yo me las pusiera porque temía que le llevara sucio de la calle a su casa. Natasha tenía puesta una pequeña capa traslúcida. Debajo de la tela transparente se veía su busto, pequeño y firme, redondo como dos tazas de porcelana. Más abajo el delicado hoyo del ombligo y, debajo de él, un inocente triángulo oscuro como una flecha al paraíso.  Esa visión me indujo el siguiente pensamiento: qué hermoso es el ser humano. Ningún otro pensamiento pasó por mi mente. En mí se hizo evidente que es absolutamente innecesario cubrir todo lo que acostumbramos cubrir. En la naturaleza no existe algo feo. En la naturaleza todo es maravilloso. Natasha me condujo hasta el apartamento y me invitó a cenar.

     Tanto el apartamento con su mobiliario antiguo, como la comida y la misma Natasha, todo era impecable. Yo pensé: ¿a quién le hace falta mi talento literario? La gente puede leer y puede no leer, pero la gente necesita comer tres veces al día, todos los días y mejor si come sabroso, así que Natasha está mucho mejor equipada para la vida que yo.

     Una vez, Natasha le regaló a Serguei Vladímirovich un pullover blanco y le dijo:

-        Procure no ensuciarlo mucho, es delicado, hay que lavarlo cada tres días.

     A lo que él respondió:

-        Bueno, lo vas a lavar tu.

     Ella lo lavaba, lo alimentaba, lo abrazaba y la estrella del amor seguía brillando en el firmamento. Natalia Petrovna, la esposa de Serguei Vladímirovich, presintió el peligro y decidió invitar a Natasha a su casa. Quería conocerla, saber de qué tamaño era la amenaza.

Natasha fue, se presentó ante la reina. Natalia Petrovna se sorprendió al verla:

-        ¡Oh! Así que usted es alta. Yo pensé que era bajita.

Natalia Petrovna sabía ser encantadora y atractiva a pesar de la edad. Natasha quedó fascinada con ella de inmediato.

 

Después me contó muy emocionada:

-        En ningún caso es una cuaima, ella es una dama…

     Era evidente que Serguei Vladímirovich obedecía no solo a sí mismo, la jefa no le permitía seguir el llamado del amor. Bueno, y tampoco él quería destruir lo que había construido con los años, durante décadas. El amor comenzó a patinar como un camión en un camino pantanoso.

     Nuestra poco amable sociedad no aceptó a Natasha. Cuando ellos aparecían juntos, a sus espaldas decían: “Ahí va la peluquera.”

     Efectivamente, en algún momento de su vida, cuando era muy jovencita, Natasha había trabajado como peluquera. ¡Y qué peluquera había sido! En la época a la que me refiero, esa profesión era considerada un oficio menor pero, hoy en día son contados los estilistas talentosos.

     Dice Lérmantov: “Por cada día luminoso o por cada instante de dulzura, tienes que pagarle al destino con lágrimas y tristeza.”

     Natasha sufría por todo eso. Su historia terminó en que ella saltó del tren del amor, se casó y emigró a Estados Unidos.

     Pero como los lugares sagrados no suelen estar vacíos, al lado de Serguei Vladímirovich apareció otra Natasha, o no Natasha. Qué importa…

     Muchos años después, un día iba yo al Departamento de asuntos extranjeros de la Unión de escritores, una casa que fue construida donde antiguamente había unas caballerizas, era invierno y la nieve estaba muy alta. Para entrar a la casa se había formado un estrecho sendero. Justo ahí me encontré a Serguei Vladímirovich.

-       ¿Eres tú? –me reconoció él. Cómo has cambiado… De ti no queda nada.

-       Mírese usted, - le invité yo.

-        Los hombres ricos no envejecen…

Una respuesta extraordinaria.

La conversación fue sobre las dos Natashas.

-       ¿Quién le gustaba más? – le pregunté.

-        Cada una tiene sus virtudes, pero ninguna es LA QUE ES.

-        Y si de repente hace un último intento y encuentra a LA QUE ES.

-        Esas NO EXISTEN.

     La búsqueda del ideal y el sinsentido de la búsqueda es el tema de toda la literatura universal. Mijalkov lo resumió en dos palabras: NO EXISTEN.

     Cada quien busca a LA QUE ES o a  EL QUE ES pero no lo encuentra ¿por qué? Porque NO EXISTEN. Y uno sigue buscando y con ello hace que la Tierra gire. La búsqueda es el eje de la Tierra. Mejor dicho, así no es. El eje de la Tierra es el Amor y las vueltas de la Tierra sobre sí misma son la búsqueda. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario