lunes, 23 de febrero de 2026

Los hombres de mi vida (V). Victoria Tokareva

Los hombres de mi vida (V)


    

      A propósito, debo decir que el story board lo escribí yo sola, que además ayudé a Bogdánov a escribir el suyo. Simplemente, los demás pensaban que la historia de él lo acercaba más a la prosa dura que a mí. Porque ¿Qué había en mi historial? Formación musical, un carácter alegre y una sólida frivolidad. No había manera de que yo alcanzara la imagen de intelectual. A nadie se le hubiera ocurrido que yo tenía talento, que me inclinaba a tener pensamientos serios.

      De la profundidad del túnel salió el tren. Ahora Yuri entra y se va. Qué importa que sea provinciano, que sea derrotista… De pronto me encontré con un sentimiento grande, con el sentimiento de que él era una joya de muchos kilates que difícilmente Dios pondría dos veces en mi camino. “No pienses, - me decía. – No pienses.”

     Él entró al vagón. “No pienses”, me repetía como un mantra. Seguramente eso es lo que hacen los suicidas que se quieren lanzar desde una ventana. Seguramente se dicen: “No pienses…” y se lanzan al vacío.

     No volví a verlo. ¿Para qué? A veces pienso que si alguna vez él me hubiera podido encontrar, me hubiera dicho:

- Yo te amé…

- Lo sé, - le contestaría yo. - ¿Cómo has estado?

- No me convertí en Yuri Kazakov. Trabajo en una revista.

- ¿Y cómo está tu tío?

- ¿Cuál tío?

- El que robaba. ¿Sigue robando?

- No.

- ¿Se reformó?

- Simplemente envejeció. Perdió la maña y le duelen las articulaciones.

- ¿Y qué tienen que ver las articulaciones?

- ¿Y cómo corre?

     Él no me encontró. Y yo no lo encontré. Pero lo recuerdo como se recuerda el agua cristalina y helada de un manantial que, cuando la tomas, te congela los dientes, pero todo canta por dentro.

     En segundo año escribí un argumento para “Fitil”. Era una historia corta acerca de un maestro joven que pasa un día entero sin mentir, diciendo nada más lo que piensa.

     En ese mismo mes cayó en mis manos el cuento «Хочу быть честным» (“Quiero ser honesto”), de Vladímir Voinóvich.

     Cuando leí ese cuento me petrifiqué, quedé como una estatua de sal. Algo pasó dentro de mí. Fue como si me hubieran conectado a un tomacorriente cósmico y cuando llegó el toque, brotó la escritora que estaba escondida en mis genes.

     Empecé a investigar quién era Voinóvich.  Así supe que iba a participar en un encuentro en el Club de los ferroviarios y me fui para allá. Quería simplemente verlo. Quería saber cómo era él, cómo lucen semejantes superhombres.

    El superhombre resultó ser de baja estatura, cabellos erizados, ojos grandes y saltones y un traje barato, marrón oscuro. Parecía un erizo que había saltado de la cueva a la llanura porque unos perros lo habían asustado. Volodia Voinóvich era mayor que yo cinco años. Apenas cinco años y ya estaba en la cima del Olimpo, ya nadaba en la gloria.

     En el encuentro en el Club de los ferroviarios, Voinóvich leyó el cuento «Расстояние в полкилометра» (“A medio kilómetro de distancia”), cuyo argumento eran una vida nula y una muerte nula. Cuando terminó la presentación, yo me abrí paso hasta Voinóvich y le deslicé mis dos páginas de “Fitil”y le dije:

- A mí también me angustia el tema fúnebre.

     Después de eso él empezó a llamarme “tema fúnebre”.

     A los pocos días nos volvimos a encontrar. Voinóvich me regresó mi “Fitil” y dijo:

- Tu fuerza está en los detalles. Escribe con más detalle.

     Cuando llegué a casa volví a escribir el argumento pero con todos los detalles. Las dos páginas se convirtieron en 42. Voinóvich creó para mí el título: «День без вранья» (“Día sin mentiras”).

     Le había gustado el cuento y lo llevó a la revista “Nuevo mundo” y lo recomendó. Yo le pregunté:

- ¿Por qué lo llevaste? ¿Querías complacerme?

     A lo que él respondió.

- Incluso si yo me hubiera encontrado este cuento en la calle, lo hubiera llevado a la revista.

     Es obvio que eso fue un piropo.

     “Nuevo mundo” rechazó el cuento. Era lógico porque, por aquella época, Tvardovski prefería a los “campesinitos” porque ellos reflejaban la dura realidad.

     Yo tomé un autobús y llevé el cuento a la revista “Joven Guardia”. ¿Por qué precisamente ahí? Porque estaba cerca de mi casa, a tres paradas de autobús. Yo iba caminando por el corredor y leía los letreros en las puertas: “Departamento de poesía”, “Departamento de cartas”, “Redacción”. Me detuve frente al último letrero. Y entré.

     Detrás del escritorio estaba Alexander Evséievich Rekemchuk: un hombre un poco gordo, pelirrojo, calvo, con ojos alegres.

- Buenas, - saludé yo.

- Buenas. ¿Quién es usted?

- Yo traje mi cuento. – dije mientras colocaba el manuscrito en la esquina del escritorio.

- ¿De dónde viene usted?

- De la calle.

- ¿Quién la mandó?

- Nadie. Yo vine sola.

- Qué interesante. Si de la calle van a empezar a llegar uno tras otro, no me va a quedar tiempo para hacer mi trabajo. Hay un Departamento de prosa…

- ¿Me lo llevo? – pregunté y estiré la mano hacia mi cuento.

     Al parecer a Rekemchuk le conmovió mi humildad. Me concedió una mirada con sus ojos alegres de pelirrojo y vio que yo era joven, que estaba clara y que tenía unos collares de cuentas de madera que parecían un ábaco.

     Rekemchuk había llegado del Norte y aquí le habían dado una gran responsabilidad. No estaba acostumbrado a tener responsabilidades de la nomenclatura; él era un hombre talentoso, brillante e impetuoso. Podía emborracharse, pelear y terminar en una delegación de policía. Entre la gente de la nomenclatura no existen hombres así. Todos son hombres enfundados. Yo simplemente tuve suerte de haber abierto esa puerta.

     En Rekemchuk apareció y maduró con mucha rapidez el plan de coquetear conmigo. El plan de aprovecharse de la ocasión y de la situación laboral. Leyó mi cuento con mucha rapidez y… se desencantó. El cuento se diferenciaba completamente de cualquiera de las corrientes literarias.

     Rekemchuk convocó al Departamento de prosa y ordenó prestar mayor atención a los espontáneos, es decir, a todos los manuscritos que llegaran de la calle o por correo aunque entre los espontáneos también puede terminar el talento innato.

     Un día Rekemchuk me llamó a la casa. Cuando sonó el teléfono en mi apartamento comunal, atendió mi suegra y, sin querer, gritó:

- Es para ti… - A ella no le gustaban las voces masculinas.

     Me acerqué y respondí.

- Aló…

     Hubo un largo silencio. Después Alexander Evséievich preguntó:

- ¿Es Victoria?

- Si, soy yo, -le confirmé. – ¿Quién habla?

-  Rekemchuk.

- Ay… - me asusté yo.

- Dígame algo ¿usted escribió este cuento hace mucho tiempo?

- Hace una semana.

- ¿Lo llevó a otro lugar?

- No… - respondí astutamente.

     Escondí que el cuento había estado en “Nuevo mundo”, pero si a ver vamos, no lo había llevado yo sino Voinóvich.

- ¿Por qué lo trajo a “Joven guardia”?

- Porque vivo cerca.

- ¿Eso es todo?

- Si. ¿Por qué?

     Nueva pausa. Nosotros conversábamos con largas pausas. Daba la impresión de que Rekemchuk quería alargar el tiempo. En realidad, el temía que un pez grande se le escapara del anzuelo y por eso era tan cuidadoso.

- ¿Usted podría venir? – preguntó Rekemchuk.

 

- ¿Cuándo?

- Mañana.

- ¿A qué hora?

- Hacia las dos.

     Rekemchuk colgó el auricular y yo me quedé confundida: ¿le había gustado el cuento o no le había gustado? ¿Para qué tenía que ir? ¿Para recoger mi manuscrito? Por esa época, cuando yo llevaba algo a cualquier redacción, generalmente me respondían: “Es lindo, hay talento, pero…” y empezaban a enumerar los peros. Entonces yo cogía camino. Nadie me decía cosas desagradables, no, exactamente así: lindo, hay talento, pero… Ya me había acostumbrado a esa fórmula.

     Al otro día me presenté ante los ojos de Rekemchuk. En silencio él se puso de pie y me condujo hasta el jefe de redacción. El apellido del jefe de redacción era Níkonov: un alto e imponente hombre enfundado. Una funda gris. Por alguna razón todos ellos vestían de gris. Cuello blanco debajo de la corbata. Eso era obligatorio.

     Níkonov se puso de pie para recibirme y se colgó una expresión de saludo en el rostro.

- Es lindo, hay talento… - empezó a decir él.

- Pero, - susurré yo.

- Pero necesitamos “un buen camino”.

     Yo no entendí nada.

- ¿Esta es su primera publicación?

- Si.

- ¿Cuántos años tiene usted?

- 26

- Es una escritora novelle – dijo Rekemchuk.

- Nosotros quisiéramos darle “un buen camino”. Que alguno de los clásicos escriba.

- ¿Cuál clásico?

- Da igual. El que a usted le guste. El cuento saldrá con el preámbulo de un clásico.

- ¿Ustedes lo van a publicar? – pregunté yo dándome cuenta finalmente de todo.

- Lo publicaremos en la edición de julio, - dijo Níkonov. – Pero nos hace falta una buena fotografía y “un buen camino”.

     Me provocaba lanzarme a su cuello, pero hubiera sido una situación incómoda, además, el cuello blanco no estaba dispuesto para eso.

     Hay gente que no quiere a los jefes porque suponen que son unas fieras, unos miserables que son capaces de cortar cabezas solo para conseguir sus objetivos. Otros, especialmente las mujeres, adoran a los jefes porque son el poder y cualquier tipo poder es erótico. Yo le temo a los jefes. Ellos para mí son extraterrestres, no entiendo qué tienen en la mente.

     Rekemchuk y yo salimos de la oficina. Yo lo veía con los ojos brillantes porque había comprendido que si yo hubiera entrado en la puerta con el letrero “Departamento de prosa”, mi cuento hubiera reposado un mes allí, después me lo hubieran devuelto sin leerlo y me hubieran dicho la fórmula: “es lindo, hay talento, pero…”.

     Uno puede entender que un editor, por un sueldo miserable lee ríos turbios por culpa de los cuales se le llena el cerebro de pantano. ¿Qué diferencia podía haber con lo que yo había escrito? ¿Qué puede escribir una muchacha con collares, que usa zapatos de plataformas? La suerte que yo tuve fue que Alexander Rekemchuk no es indiferente, tiene el alma completica, un amor inevitable por la literatura y, lo más importante, talento humano. Tiempo después él dio clases en el Instituto de Literatura, dictó el seminario de prosa. Los estudiantes lo adoraban. También fue director de Mosfilm por un corto período, pero huyó de esa responsabilidad. Es que para las grandes responsabilidades hace falta ponderación y exactitud.

     Me quedé pensando en quién podría darme “un buen camino”. Había muchos buenos escritores pero, para decirlo en el lenguaje de hoy, el que tenía más glamour era Símonov. Él era nuestro Hemingway soviético: tenía el cabello gris, era guapo y famoso. Generalmente, los escritores, particularmente los “campesinitos”, se vestían como un repollo: una capa sobre otra. Solamente dos lucían elegantes: Símonov y Naguibin.

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