lunes, 23 de febrero de 2026

Los hombres de mi vida (IV). Victoria Tokareva

Los hombres de mi vida (IV)


     Y llegó la perestroika, algo así como una revolución. “Los que hoy son nada, todo lo han de ser.” Y quien fue todo, nada debe ser.

     Un día sonó el teléfono en mi casa. Cuando atendí, reconocí la voz de Serguei Vladímirovich, a quien tenía 15 años sin escuchar.

- ¡Vi –Victoria, ayúdame! ¡Me están ofendiendo

- ¿Quién? – pregunté en un grito.

-   Uspenski, Oster, esos malditos judíos.

- ¿Y cómo lo puedo ayudar?

-  No se. Invéntate algo.

     Colgué el auricular y entré aa la habitación. Mi esposo estaba sentado en el sillón leyendo el periódico.

- Me acaba de llamar Mijalkov, - dije yo. – Quiere que lo defienda porque lo están acosando.

     Mi esposo bajó el periódico y me dijo:

- Te recomiendo que no te metas en eso. Mijalkov tiene mala reputación. Se están vengando por Pasternak.

- ¿Y por qué no se vengaron antes? ¿Por qué no se atrevieron antes? ¿Por qué andaban llorando por los rincones? Ahora sí, de repente se volvieron valientes, ahora pueden…

- Haz lo que tú quieras, pero yo creo que mejor te mantienes al margen.

     Según esa lógica, estaba bien que cuando yo necesitaba a Serguei Vladímirovich, salía en una carrera a pedirle ayuda y ahora, cuando él necesitaba mi apoyo, yo debía quedarme al margen, guardar distancia. La ingratitud es un pecado. Mejor dicho, es una propiedad humana venenosa. Por eso, lo lógico es que cuando golpean a alguien amado, uno tiene que lanzarse al epicentro de la pelea a riesgo de salir golpeado.

     Un día, llegando al Teatro Sovrimiénnik, me encontré con Eduard Uspenski y le pregunté:

- ¿Qué te pasa a ti con Mijalkov? ¿Por qué lo estás acosando?

- ¿Y a ti que te pasa?

- Él es una buena persona.

- Contigo es una buena persona. No tienes idea de cómo él ahogó la literatura para niños siguiendo el principio de ahoga a los gatitos mientras están ciegos.

- Lo que pasó, pasó, - le respondí yo. – Ahora él está viejo, tiene 86 años. ¿No te avergüenza patear a un viejo león?

- La ruindad no tiene edad, -respondió Uspenski.

- Y a ti ¿qué te falta? Eres rico, famoso, joven. Vive tu vida en paz y sé feliz. Sé hombre, pues.

     Bajaron las luces y empezó el espectáculo. Durante algún tiempo yo veía a Uspenski. Él estaba sentado mirando al piso. Por lo visto pensando en mis palabras.

     Es posible que a él lo tuvieran ahogado en un puño, pero él supo salirse de ahí. Su Cheburashka recorrió el mundo entero. Lo que pasa es que Uspenski es un hombre talentoso y Mijalkov también es un hombre talentoso. Se puede vengar la incapacidad, pero no el talento.

     Después de eso, escribí un artículo para la revista “Ogoniok”. Era un artículo sobre mi Mijalkov y se titulaba “¡Mentir no es bueno!”

     Cuando salió la revista, Serguei Vladímirovich me llamó por teléfono para agradecerme el detalle.

- Gracias, Vikochka.

     Yo me corté y le pregunté:

- ¿Cómo están sus hijos?

- ¿Viste «Урга» (“Close To Eden”)? – a su vez preguntó Mijalkov.

- Sí.

- ¿Y «Ближний круг» (“El círculo más cercano”)?

- También.

- Y entonces ¿qué me preguntas? Mis hijos son famosos en todo el planeta…

     Eso es verdad. Los hijos heredaron el talento de sus padres, aunque no puedo decir que lo superaran. Cada uno es talentoso en su estilo, pero, para mí, el talento de Serguei Vladímirovich es insuperable.

     ¿Qué puedo decir? Yo amaba a mi Mijalkov. Y lo amo hasta el sol de hoy, aunque sea evidente que había gente que no lo quería. Lo que pasa es que mientras más grandes son las virtudes de alguien, más pesados son los defectos. Sin embargo, el plato de la balanza con la bondad pesa más.

     Murió Natalia Petrovna Konchalóvskaia.

     Por esos días, casualmente, vi a Serguei Vladímirovich.  Tenía el rostro desencajado. Entonces comprendí que Natalia Konchalóvskaia, para él, ERA TODO.

     Los amores pasajeros le hacían la vida más bonita, como las flores en un jarrón. Y más o menos así, se secaban. Pero la familia es eterna, como una roca, y nada está por encima de ella.

     Serguei Vladímirovich enviudó. Tal vez por eso con frecuencia iba a almorzar a la Casa de los escritores. Una vez vio a una mujer joven y hermosa, se le acercó y le dijo:

- Soy el poeta Serguei Mijalkov. Quiero conocerla.

     La mujer, que se llamaba Julia, se sonrojó de placer y dijo:

- ¡Qué felicidad ver al propio Mijalkov!

- Si usted quiere, me puede ver de forma permanente, - fue la respuesta de Serguei Vladímirovich.

     Eso fue, al mismo tiempo, una declaración de amor y una invitación.

      Mi amiga Natasha esperó 10 años la invitación, pero se fue antes de que llegara. Julia, por el contrario, la recibió de inmediato, al conocerlo. Serguei Vladímirovich era libre y tenía 86 años, no podía perder la oportunidad.

     Mijalkov se casó con Julia. Ella tenía 37 años. Había una diferencia casi de 50 años.

     Cuando por primera vez vi a Julia, me sorprendió que una mujer bella, con linaje, de buena familia no hubiera encontrado a alguien contemporáneo. Por supuesto, no pregunté nada únicamente lo pensé, pero Julia me leyó la mente y dijo:

- Para mí lo importante es la personalidad, no la edad.

     Eso es una posición ante la vida. Muchas mujeres están dispuestas a vivir con un viejo impotente y enano solo porque tiene una personalidad brillante y talentosa que las puede mantener y convertirlas en ricas.

     Dios les dio una larga vida. Serguei Vladímirovich y Julia vivieron en amistad y alegría.      Hay una frase de Yuri Naguibin que reza: “Las personas se aman realmente solo en la vejez.” Eso es comprensible porque antes que la pasión aparece la ternura. La pasión es un sentimiento carnal mientras que la ternura es algo divino. Eterno. La pasión puede acabarse. La ternura no.

     Una vez yo invité a Serguei Vladímirovich y a Julia a la celebración de mi aniversario. La recepción era en la Casa de los escritores. A ellos les tocó solo cruzar la calle para poder llegar.  Qué agradable fue ver llegar a esa pareja: altos, esbeltos, ambos vestidos de negro y blanco. Serguei Vladímirovich usaba un bastón con empuñadura de plata. Los años no se le notaban. Serguei Vladímirovich se veía mejor que cuando tenía 50. Era imposible llamarlo viejo. Nunca. Él era un patriarca.

     A mi mesa estaba sentada toda mi familia, que había aumentado considerablemente, y mis amigos. Es decir, estaban todos a quienes uno llama entrañables y cercanos.

     En un momento Serguei Vladímirovich hizo un brindis:

     “Me encontré con Victoria cuando ella daba los primeros pasos. Era una muchacha y el rompehielo fue “Ermak”. Ahora ella escribe libros que la gente QUIERE leer.”

     En realidad, mis libros se venden muy rápido. Los lectores hablan con rublos. ¿Qué quiere decir eso? Eso quiere decir que soy productiva para las editoriales y por eso las editoriales QUIEREN publicar mis libros.

     En la época soviética, me publicaban un libro cada cinco años ¿por qué? Porque yo no seguía la línea del partido, yo escribía sobre gente común, sobre sus sentimientos. Ahora me publican un libro al año. Es el capitalismo. Eso significa que económicamente me consolidé, pero ya no soy joven, ahora soy una mujer madura. ¿Qué se puede hacer? Nada. La vida te da y te quita.

     A la mesa nos acompaña mi nieto Petrusha. Él tiene 10 años, los ojos como lagos y la frente fruncida. Generalmente anda de mal humor, siempre hay algo que le desagrada.

     Hubo un momento en que Serguei Vladímirovich y yo nos quedamos solos en la mesa porque algunos invitados habían salido a fumar,

 - ¿Es duro ser anciano?

- Depende de quién esté a tu lado, - me respondió. – A mí me aman…

     Y yo comprendí todo con esas palabras básicas, sencillas, sin ceremonia. Si tienes a tu lado a una persona a quien tú ames y que te ame, puedes vivir hasta 120 años, como Moisés y los años no serán una carga.

     Pero volvamos a 1962. Serguei Vladímirovich me consiguió el cupo en el Instituto de Cinematografía, en el mismo en el que yo había fallado estrepitosamente la prueba de admisión. Bueno, no hubo estruendo. Simplemente me faltó un punto. Fue una casualidad. La ruleta.

     Me inscribieron en primer año. En otoño el grupo se reunió para empezar las clases y en ese grupo estaba yo.

     Todos abrieron los ojos de asombro porque habíamos presentado juntos la prueba de admisión y yo había fallado. Había chillado de la tristeza delante de todos ellos y, ahora, de repente, por arte de magia, aparecí. Todo estaba claro: era una enchufada y la gente desprecia a los enchufados. ¿Qué talento había demostrado yo después de haber fracasado en la prueba de admisión? Estaba claro que literario no podía ser. Nadie dijo nada de frente, pero yo sentía el frío de mis compañeros de clase.

     Entre los de nuevo ingreso había un muchacho que se llamaba Yuri Bogdánov, que había llegado de Rostov y venía de una familia de ladrones. Su tío, un hermano de su padre, era ratero, le sacaba el dinero de los bolsillos a la gente en los autobuses y tranvías. Ese tío empezó a llevarse a Yuri para que lo ayudara porque la mano de Yuri era más pequeña que la suya y, por lo tanto, era más fácil meterla en los bolsillos ajenos.

     Cuando Yuri creció, sintió dentro de sí la irresistible llamada de las letras, así que no siguió la dinastía hamponil. Decidió trasladarse a Moscú y de paso inscribirse en el Instituto de Cinematografía. Cuando nos conocimos, se enamoró de mí inmediatamente. Eso fue cuando presentamos el examen de admisión. Se enamoró en serio y hasta los huesos. Íbamos juntos a las clases, a los seminarios, a las proyecciones. Nos sentábamos uno al lado del otro y nos iba bien. Excelente.

     Yo no estaba enamorada. Un ladrón era lo único que me faltaba. Pero el amor de Yuri me abrigaba como el sol y, literalmente, me salvaba de la atmósfera hostil de mi grupo. Yo no percibía el rechazo hacia mí porque me bañaba la poderosa y tierna ola del amor de Yuri. ¿Qué rol desempeñó Yuri en mi vida? Ninguno, pero un sentimiento como ese no se olvida. ¿Cómo era él? Dulce. Tenía ojos castaños, pestañas largas como los niños y la camisa planchada. Por lo visto él mismo la lavaba y la planchaba. El grupo sospechaba que yo no estaba enamorada de él, que simplemente lo usaba. Pero ¿cómo podía usar a un estudiante pobrísimo y encima de otra ciudad?

     El primer trabajo que debíamos escribir para el taller de guiones era un story board. Yo escribí el story board “Nieve en junio”. En él hacía alusión a la pelusa de las alamedas. Ya no recuerdo de qué iba esa historia. Probablemente era de amor. ¿De qué más podía ser? Entregamos nuestros trabajos. El profesor del taller, el doctor Vaisfeld, los leyó y se repitió la historia que yo había vivido en la escuela 104: el profesor me puso el único 20 del grupo. La primera reacción del grupo fue caer en shock. La segunda: indignación. Entonces el grupo se reunió y fueron todos juntos a hablar con Vaisfeld. En nombre del grupo habló una tal Olga, intelectualoide y amante de la verdad. Ella dijo:

- ¿Por qué usted le puso 20 a Tókareva cuando todo el mundo sabe que ese trabajo lo escribió Bogdánov?

- ¿Y cómo lo saben? – se sorprendió Vaisfeld.

- ¿Y entonces? ¿Usted no se ha dado cuenta?

- ¿De qué tengo que darme cuenta? – preguntó sin comprender Vaisfeld.

- Bogdánov lo escribió. Eso está claro.

- En realidad no está claro y usted no puede demostrarlo.

     El grupo se retiró. Llevaba en el alma una noble ira.

     Después el grupo se reunió con Bogdánov. Hicieron que él les diera su palabra de que me iba a hacer a un lado. Bogdánov lo prometió, pero no lo cumplió porque él no podía hacer nada al respecto. El primer amor lo había abrasado y él no estaba en condiciones de matarlo.

- ¿Qué debo hacer para que tú seas mía? –me preguntó una vez.

- Tienes que ser famoso como Yuri Kazakov…

     Estábamos en la época del esplendor del escritor Yuri Kazakov. Le llamaban el segundo Bunin.

- Seré famoso como Kazakov, - prometió Yuri y creía que lo lograría.

     Una vez él y yo fuimos a Peredelkino, a visitar a Katerina Vinográdskaia. Poco antes de llegar a su casa, nos desviamos a un bosquecillo y nos detuvimos junto a un árbol. Había que besarse. Hasta ese momento, nuestras relaciones habían sido completamente platónicas. Yuri se limitaba a acompañarme en trolebús del Instituto hasta la calle Gorki. El recorrido era de una hora más o menos. Esa hora de camino era su felicidad y nuestra vida en común.

     Estábamos de pie bajo el árbol. Yo esperaba que él tomara la iniciativa, que me abrazara y finalmente me besara. Pero eso no ocurrió. Se asustó. No se decidió. Yo para él era inalcanzable y si se hubiera atrevido a tocarme, se hubiera desmayado.

     Era un muchacho puro, de provincia, conmovedor. No sé si tenía talento y si pudo haberse convertido en un Yuri Kazakov. Tampoco sé en quién podía haberse convertido para mí. Creo que se hubiera convertido solo en un perro, en un perro faldero.

     Yuri Bogdánov no se inscribió para el segundo año en el Instituto. Decidió abandonar los estudios y regresar a Rostov. Yo lo acompañé hasta la estación.

     Bajamos al metro. Esperamos el tren en el que él se iría. De repente me dio miedo. Comprendí que él se iría en ese momento y en mi alma se abriría un profundo hueco. Mi alma estaba crujiendo.

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